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Capítulo II EL CEREBRO, ÓRGANO DE LAS EMOCIONES

Capítulo II

EL CEREBRO, ÓRGANO DE LAS EMOCIONES

Los hombres deberían saber que del cerebro
y nada más que del cerebro vienen las alegrías, el placer, la risa,
el ocio, las penas, el dolor, el abatimiento y las lamentaciones.
H I PÓCRATES

En el capítulo anterior hemos explicado que la mente es una de las muchas cosas que hace nuestro cerebro. No es obviamente la única; el cerebro es también responsable último del movimiento, el equilibrio, la percepción de sensaciones como frío-calor o hambre, el lenguaje, la visión… ¡casi todo lo que importa! Pero, sin lugar a dudas, la ubicación de la mente (o el alma, de acuerdo a los escritos de la medicina clásica) es uno de los temas más fascinantes. Si la mente está en —o, mejor, es— nuestro cerebro, nuestras emociones también.

En uno de los documentos médicos más antiguos de los que se tienen constancia (el papiro de Edward Smith, año 1550 a.C.) se cita, por primera vez en la historia, al cerebro como «localiza­ción de las funciones mentales», pero esta concepción no se po­pulariza hasta la llegada de los grandes médicos de la Grecia clásica, pioneros de la medicina moderna (Hipócrates, Galeno, Arateo de Capadocia). Hasta aquel momento, existía el conven­cimiento de que «el alma» estaba en los pulmones o el corazón, pero los griegos la situaron en el cerebro —lugar del que no de‑

bería haber salido nunca—, en parte porque, al tener un carácter sagrado debía, por lógica, estar emplazada en un lugar tan remo­to y aislado del resto del cuerpo como el cráneo. Quizás por esta creencia, los griegos clásicos eran completamente reticentes a co­merse el cerebro de cualquier animal, más de mil años antes de la crisis de las «vacas locas».

En lo que respecta al conocimiento del cerebro, la medicina evolucionó relativamente poco en los siguientes quince o dieci­séis siglos. La discusión únicamente pasó de si la mente estaba en el cerebro a discutir sobre si estaba en una parte determinada del mismo, es decir, si cada parte del cerebro tenía asignadas unas funciones específicas. El doctor Marcello Malpighi (siglo xvii), padre de la histología, la disciplina médica que estudia los diver­sos tejidos del cuerpo humano, veía el cerebro como una «glán­dula única»; es decir, ninguna parte tenía asignada una función específica.

En contraste a estos planteamientos nace la «frenología», dis­ciplina acuñada por el médico vienés Franz Gall en el siglo xvm, consistente en la asociación de determinados rasgos de carácter a determinadas formas del cráneo, considerando que de la forma del cráneo se podía inferir directamente la forma —y el funcio­namiento– del cerebro. Aunque esta hipótesis se demostró del todo absurda pocos años más tarde, la frenología gozó de gran popularidad en su época, ya que fascinaba a la gente por su sen­cillez y capacidad de predicción, dando un soporte aparentemen­te «científico» a las distintas conductas humanas, que hasta en­tonces eran atribuidas, invariablemente, a la voluntad divina y sus corresponsales (vírgenes y santos). La frenología, además, ofrecía respuestas rápidas, aparentemente exactas y contundentes, en una sorprendente definición de treinta y dos características de

«personalidad» que abarcaban aspectos tan dispares como el ins­tinto de reproducción, la crueldad, la inteligencia, la inclinación al crimen, la memoria, la percepción del color, la habilidad ma­temática, el espíritu metafísico, el sentido del humor, el talento poético, la facultad de imitación, el sentimiento de Dios o la banalidad. Todo ello aparentemente detectable a partir de distin­tas protuberancias en el cráneo. Evidentemente, la Frenología carecía de una base empírica pero, aunque hoy sea vista como una excentricidad, hay que reconocerle el mérito que tuvo, en su momento, para dilucidar –aunque fuera a partir de un argu­mento erróneo– una cierta especificidad de los lóbulos del cerebro.

En la primera mitad del siglo xix, Napoleón Bonaparte en­carga al fisiólogo Jean Pierre Flourens testar las hipótesis de la frenología. Obviamente, Flourens no puede replicar científica­mente las afirmaciones de los frenólogos, pero sus estudios son claves para determinar la especificidad de distintas áreas cerebra­les. Sus experimentos, realizados en su mayoría con ratones, ayu­dan a determinar la importancia del cerebelo en el equilibrio y la coordinación motora.

Pero no fue hasta la segunda mitad de siglo, concretamente en 1861, cuando realmente se dio un enorme paso en la descrip­ción de la localización exacta de algunas de las funciones cerebra­les. En este año, el neuroariatomista y antropólogo francés Paul Broca tiene la oportunidad de examinar a monsieur Tan. Éste, cuyo verdadero nombre era monsieur Leborgne, había perdido misteriosamente la capacidad de pronunciar cualquier palabra (a excepción de «tan», de ahí su sobrenombre). Broca examinó en profundidad a Tan, que moriría al cabo de seis días. Este lamen­table incidente en la vida de Tan permite a Broca estudiar con

gran detenimiento su cerebro y localizar el área dañada, una pe­queña zona en la parte frontal izquierda del cerebro que es res­ponsable del lenguaje. A partir de aquel momento, esta área es conocida con el nombre de Área de Broca, aunque quizás habría sido más justo llamarla «Área de Tan». Por cierto, el hecho de que la localización inequívoca del lenguaje en el frontal izquierdo no coincidiera con la suposición realizada por la frenología significó un gran descrédito para esta disciplina y su posterior desapari­ción. La importancia de la localización del área del lenguaje reside en su aportación pionera al estudio de la especificidad cerebral.

Sin embargo, el caso anecdótico de monsieur Tan no es el único que en su momento ayudó a cambiar la percepción del cerebro. Algo más conocido y decisivo es el de Phineas Gage. Éste era un hombre cordial, amable, cooperador y nada problemático que, en 1848, trabajaba como peón especializado en la construc­ción de la vía de ferrocarril en Vermont (Estados Unidos). El trabajo del bueno de Phineas consistía en introducir una carga de dinamita en pequeños agujeros con la ayuda de una barra de metal de aproximadamente un metro de largo y unos dos centí­metros de grosor, para preparar el terreno para la instalación de los raíles. Como ya adivina el lector, la combinación de dinami­ta, barras de metal y seres humanos es un accidente esperando su momento para desencadenarse. Un desafortunado día, Phineas estaba haciendo su trabajo cuando la dinamita explotó por error, propulsando la barra de metal como si fuera un proyectil que acabó atravesando su cabeza, en aquel momento ligeramente in­clinada hacia la izquierda, y dañó por completo su córtex pre­frontal. A pesar de lo aparatoso del accidente, Phineas sobrevivió sin daño aparente sobre sus sentidos, la capacidad de movimien‑

to o la inteligencia, a pesar de llevar una barra de hierro de dos centímetros de grosor incrustada en la cabeza. La vida de Phineas se había salvado de auténtico milagro y, sorprendentemente, sin alteración de sus facultades. No fue hasta el cabo de un tiempo cuando empezó a ser notorio que lo que sí había quedado clara­mente alterado fue su carácter. Con la pérdida casi total del ló­bulo frontal, Phineas pasó a ser una persona indecisa, arrogante, obstinada y despreocupada por las necesidades de los demás y, de hecho, acabó sus días tristemente como atracción de feria mos­trando su lesión a cambio de unos pocos dólares. El caso de Phineas Gage es el paradigma de la localización ya no sólo de facultades como el lenguaje y la memoria, sino de aspectos rela­cionados con la conducta y la emoción. Mucha es la investiga­ción que se ha llevado a cabo desde entonces, y las nuevas técnicas

Imagen de Phineas Gage. Su desafortunado caso fue clave
para entender la especificidad de algunas funciones cerebrales.

de estudio del cerebro, como la neuroimagen, que permiten es­tudiarlo en vivo, han arrojado luz —en mayor o menor medi­da— sobre la especificidad de las distintas partes del mismo. Si algo queda claro es que la conducta, los pensamientos y las emo­ciones del ser humano son responsabilidad de su cerebro.

¿Y qué hay de extraordinario en el cerebro para que sea capaz de llevar a cabo tantas y tan distintas tareas? A primera vista, nada que prometa demasiado. El cerebro humano es fundamental­mente una masa de grasa (en un 60-70 por ciento), de entre un kilo y un kilo y medio de peso, de consistencia similar a un hue­vo a medio hervir, de color entre rosa y marrón, que generalmen­te cabría en la palma de una mano (depende del tamaño de la mano y del cerebro, claro), dividido de forma más o menos si­métrica en dos mitades o hemisferios separados por una clara

Lóbulo parietal

Lóbulo frontal

Imagen del cerebro.

hendidura con una zona común denominada cuerpo calloso. Si, como es muy probable, no ha tenido nunca la oportunidad de tener un cerebro en sus manos, puede pensar en un cerebro como en una nuez —una vez retirada la cáscara, que equivaldría al cráneo—, marcada por varios surcos y pliegues. Si lo prefiere, puede imaginar un chicle usado para visualizar las dobleces del exterior del cerebro. Esta parte externa es la corteza y, a pesar de su apariencia, es la encargada de las funciones superiores.

Adherida a su parte posterior inferior encontramos una pro­tuberancia llamada cerebelo, que a simple vista nos puede recor­dar a una hoja de brócoli invertida, al que algunos expertos de­nominan «piloto automático», ya que es responsable de algunas de las acciones más inmediatas e inconscientes (en el mejor sen­tido de la palabra), como el ciclo de sueño-vigilia del cerebro, el movimiento o el equilibrio.

El cerebro se divide, de forma bastante visible, en distintas áreas, cada una de las cuales tiene asignada una función priori­taria, aunque en la mayoría de los casos pueden realizar de for­ma alternativa tareas de otra. Algunas de estas áreas serían como países separados por fronteras que, dependiendo de su profun­didad, reciben el nombre de «surcos» o «circunvalaciones»; otras serían continentes separados por océanos, que reciben el nom­bre de «ventrículos». Las diversas «áreas» del cerebro reciben el nombre de «lóbulos», y podemos distinguir fundamentalmente cuatro:

n El lóbulo frontal, como su nombre indica, se halla en el espacio frontal del cráneo. Es el encargado, entre muchas otras cosas, de planificar la actividad, clasificar informa­ción, tomar decisiones o inhibir conductas.

ni Los lóbulos temporales están situados más o menos a la altura de nuestras orejas y se unen en una diadema ima­ginaria que pasa por la parte superior del cráneo, exacta­mente como si fueran unos audífonos como los que nos entregan en los aviones, por lo que en realidad sería más correcto hablar en singular de ellos. El lóbulo temporal es el encargado, entre otras cosas, de la identificación de caras y objetos, el olfato, procesa información de los oídos y juega un papel crucial en determinados tipos de memo­ria (como el recuerdo de hechos).

13 El lóbulo parietal está situado exactamente donde algunos hombres tienen la coronilla. Entre otras funciones, se encarga de la percepción táctil o la percepción de tempe­ratura, pero también del lenguaje y la lectura.

n El lóbulo occipital coincide aproximadamente con la parte trasera de la cabeza, la que solemos apoyar en la butaca. Tiene un papel muy importante en el procesamiento de las imágenes.

Bien, ya sabemos más sobre el cerebro, pero… ¿cuál es la parte de nuestro cerebro que se encarga de regular nuestras emo­ciones? El sistema límbico, también llamado cerebro medio, ce­rebro emocional o cerebro reptiliano, que está situado justo de­bajo de la corteza cerebral e integrado fundamentalmente por el tálamo, el hipotálamo, el hipocampo y la amígdala.

El sistema límbico es el encargado de regular nuestras emo­ciones para que éstas sean estables y acordes con nuestras viven­cias. Podemos describirlo como un «termostato emocional». Una parte esencial del sistema límbico es la amígdala, fundamental en emociones como el miedo y funciones tan complejas como la

empatía. Se han descrito casos, por ejemplo, de personas con lesiones en la amígdala que eran incapaces de reconocer expre­siones de tristeza o alegría en el rostro de otra persona. Por otra parte, distintos estudios de neuroimagen muestran alteraciones a nivel de algunas estructuras límbicas en personas que padecen trastorno bipolar.

Por lo tanto, y a pesar de lo que digan algunos poetas, queda claro que las emociones están en nuestro cerebro.

RECUERDE QUE…

Nuestras emociones son responsabilidad última de nuestro cerebro.

El sistema límbico es el regulador de la estabilidad de las emociones.

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