La identidad profesional.

Otro aspecto a investigar es el de la relación entre identidad profesional e ideología. La identidad profesional conformaría uno de los aspectos complementados importantes vinculados con la identidad total del individuo. Algunos la consideran como una subidentidad o identidad parcial. Eso dependería de la importancia y lugar que esa actividad ocupe en la vida del individuo, de la continuidad con que sea ejercida y de cuánto de sí mismo sienta comprometido en ella.

Al hablar de identidad profesional, trataremos de ilustrar con aquella que nos resulta más cercana y conocida, como lo es la iden­tidad psicoanalítica. Pero antes de considerar dicha identidad como una ideología, correspondería precisar en qué medida resulta lícito tratar al psicoanálisis mismo como una ideología. Por supuesto, se trata de una cuestión polémica que difícilmente llegaremos a resolver aquí.

Uno de nosotros (7) señaló la dificultad de ubicar el psico­análisis en algún sector determinado de las distintas disciplinas científicas o humanistas. Se trata de una teoría especial, resultado de un descubrimiento revolucionario que rompió con los esquemas psicológicos de su época, transformándose en el instrumento de investigación más importante realizado teóricamente para desen­trañar los secretos de la mente humana.

Garbarino (6) se refiere a dos posiciones existentes frente al problema de considerar al psicoanálisis como una ideología: 1) Para algunos, el psicoanálisis es sólo una ciencia y una técnica aprendidas por el psicoanalista para tratar los padecimientos neuróticos; aparte de eso, el analista sería un hombre como cualquier otro que, fuera del campo de su actuación científica, puede compartir cualquier ideología. 2) Para otros, el psicoanálisis es una ciencia pero al mismo tiempo una ideología, o sea que “posee un sistema de juicios de valor y pautas de conducta que le son propios”. Para el paciente, manifiesta o latente (consciente o inconsciente) su analista tiene una ideología, es decir, una valoración específica y personal, en con­sonancia con su doctrina, de lo político y de lo social, de los pro­blemas del sexo, de la agresión, de la religión, de la muerte, de la familia, de los hijos, etcétera. Por otra parte, agrega Garbarino, si aceptamos la segunda posición que sostiene que el psicoanálisis implica una ideología habría que plantearse cuál es y has dónde es compatible con otras ideologías filosóficas, políticas o religiosas, sin delatar una contradicción interna en el psicoanálisis.

Por nuestra parte, pensamos que el análisis es una teoría cien­tífica que se ideologiza en su práctica.

Erikson (3) sugiere la necesidad de cada psicoanalista de pre­guntarse qué particular configuración de impulsos, defensas, capa­cidades y oportunidades lo llevó a la elección de su actividad. Agrega que, al parecer, una particular “identidad psicoanalítica” se ha transformado en la piedra fundamental de su existencia como hom­bre, profesional o ciudadano.

Pero, en toda comunidad ideológica, es importante considerar qué es y cómo es la ideología para cada uno de sus integrantes, ya que cada cual puede otorgarle una interpretación o una deforma­ción particular. Cada uno tendrá también su manera específica y personal de encarar los objetivos de su quehacer común, determi­nada por su ideología y que determina, a su vez, su identidad psicoanalítica personal.

Las ideologías políticas, filosóficas o de otra índole que el psicoanalista pueda sustentar, participan en forma directa o indi­recta en su actividad específica. Algunos opinan que debería man­tenerlas totalmente excluidas de su labor, ya que obrarían como factores perturbadores del campo de trabajo. Otros, en cambio, piensan que tal exclusión es imposible y que el analista está presente siempre con la totalidad de su identidad, incluyendo sus ideologías. Coincidimos con este último punto de vista y creemos que se puede establecer una analogía con la evolución del concepto de contratransferencia en la teoría y técnica psicoanalíticas. Sabemos que siempre fue conceptualizada como un síntoma correspondiente a la patología del analista, hasta que por los trabajos de Racker y P. Heimann, las respuestas emocionales del analista fueron considera­das instrumentos útiles para detectar las fantasías inconscientes del paciente y que podrían ser incorporadas en forma sublimada a la técnica psicoanalítica. Del mismo modo, la ideología debería ser concientizada por el analista e instrumentada teóricamente. Un analista sin ideologías, como sin contratransferencia, sería un robot.

M. Langer se pregunta también: “Pero, ¿qué se espera del pa­ciente?”. Y dice que “eso dependerá de cada analista y de su idea (o ideología) de la normalidad (o norma) que, junto con la perso­nalidad de cada paciente, configurará su criterio de salud respecto de él”. En otro párrafo agrega: “¿Queremos adoctrinar a nuestros analizados en contra de toda técnica y ética analíticas? De ninguna manera, pero creemos indispensable tener conciencia de que influi­mos en la evolución total de ellos” (9) .

 

 

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