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Duelos en esta crisis. Posibles salidas y soluciones.

El individuo se enfrenta con un verdadero duelo por las cosas que ya no volverá a tener. Es el duelo, por diferentes pérdidas: por los años de juventud que quedaron atrás y no se recuperarán, por las posibilidades frustradas, por todo lo ambicionado y no alcan­zado, por el tiempo perdido.

Muchas veces este sentimiento depresivo no es tolerado; se busca, por el contrario, la actividad maníaca, el placer y el éxito fácil.

Los intentos compulsivos, en muchos hombres y mujeres, por permanecer jóvenes son frecuentes. Surgen las distintas estrategias y las técnicas engañosas como tentativas de correr una carrera contra el tiempo. En algunos, emerge la necesidad perentoria de la pro­miscuidad sexual: aventuras extraconyugales, búsqueda de amantes o divorcios y nuevos matrimonios, para convencerse de que todavía tienen la juventud y la potencia. Otros tienden a volcarse febrilmente en una actividad, o realizar viajes o mudanzas, o tener hijos a una edad madura. Por supuesto, ello no significa que si cualquier persona que está pasando por este período realiza alguna de estas actividades (mudanzas, viajes, etc.) , haya que dudar de su auten­ticidad y considerarlo un acto maníaco y de negación de su angustia. Nunca se puede analizar ni valorar un hecho aislado sino que debe ser enfocado dentro de su contexto global.

Pero cuando estas actitudes son sintomáticas de una defensa maníaca, además del empobrecimiento de la vida emocional que implica, produce un verdadero deterioro del carácter y del senti­miento de identidad, incremento del odio y de la envidia, y de las tenencias destructivas.

En cambio, la solución saludable sería poder elaborar esta vivencia depresiva sin tener que recurrir a los mecanismos maníacos o a cualquier otro tipo de defensa extrema. Es poder utilizar la propia capacidad de amor y la confianza en uno mismo para mitigan el odio y los impulsos destructivos, para reparar las cosas que se sienten dañadas y contrarrestar los temores de muerte con los deseos de vivir. La envidia destructiva es neutralizada por la ad­miración y la gratitud. Renace la esperanza a través de la sensación profunda de que los tormentos del duelo, la culpa y la persecución podrán ser tolerados y superados si se enfrentan con una reparación auténtica.

Sólo así se podrá llegar a transformar el componente de miedo, del miedo a morir, en una experiencia constructiva. La idea de muerte es percibida de otro modo y aceptada conscientemente. Se podrá vivir con ella sin la sensación de persecución abrumadora. Se experimenta la capacidad de elaborar la depresión actual y la reactivación de todos los duelos infantiles.

Se gana, de esta manera, la posibilidad de disfrutar mucho más de la vida adulta; de una profundización en la toma de conciencia de las cosas, en la comprensión y en la autorrealización. Se podrá sentir más la autenticidad de las cosas, viviendo más plenamente el momento presente, sin omnipotencia ni negación, y con un mayor respeto por la propia persona y por la de los demás.

Esto no significa que la integración y maduración que se pueda haber logrado, con el consiguiente fortalecimiento del sen­timiento de identidad, no se vuelva a perder y reencontrar perma­nentemente, y que no hayan de precipitarse nuevas crisis accionadas por acontecimientos internos y externos durante la edad adulta. Cambios en el medio social, político o económico, migraciones, muerte de familiares, etcétera, ponen a prueba el sentimiento de identidad y obligan a continuas re-elaboraciones.

 

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