Una nueva perspectiva. Bipedestación y fase anal, en relación a la identidad.

Cuando el niño se pone de pie y adquiere la posición vertical ve el mundo desde una nueva perspectiva. En lo muy inmediato y concreto, cuando el niño se mantiene parado y defeca, la materia fecal se cae, se separa de él, poniéndolo ante la evidencia de que algo que hasta ese momento le era propio, puede separarse y per­derse. Este fenómeno despierta angustia porque es vivido corno pérdida de identidad. Es por ello que, a veces, reacciona constipán­dose, intentando retener así partes de sí mismo cuya pérdida es sentida como pérdida de vida.

La repetición de la experiencia, sin embargo, en la medida en que el niño puede “aprender de la experiencia”, y la adquisición del control de sus esfínteres le permite tolerar la pérdida de esas sustancias, orina o materia fecal, que representan partes de sí mismo y de sus objetos, hacer el duelo por ellas, porque descubre que conserva la capacidad de recrearlas.

La confianza en las capacidades yoicas es uno de los sustentos más importantes de la identidad ya que, en la medida en que permiten recrear aspectos del self y objetos internos perdidos, aseguran la permanencia y estabilidad a través del tiempo. Esta confianza, basada en las experiencias pasadas, adquiere una función prospec­tiva que garantiza el mantenimiento de la integridad en el futuro.

En este período, la diferenciación que el niño puede establecer entre sí mismo y los demás es más notoria, en cuanto tiene cada vez mayor control de sus movimientos, aprende a caminar, puede acercarse a sus objetos y alejarse de ellos. Es en función de estas capacidades crecientes, que hacen sentir al niño cada vez más inde­pendiente y dueño de sí mismo, que M. Mahler (10) ubicó en esta etapa una de las fases cruciales en el desarrollo de la identidad.

Hacia los tres años, el niño demuestra diferenciar claramente las acciones propias de las ajenas, y los objetos propios de los ajenos, lo que se manifiesta en el lenguaje: deja de usar la tercera persona para designarse y comienza a utilizar adecuadamente los pronombres de primera persona: yo y mío. Sin embargo, como ya hemos dicho, basándonos en los conocimientos proporcionados por la teoría kleiniana, pensamos que este proceso ya ha comenzado mucho antes, y se va desarrollando a través de sucesivas crisis, de pérdidas y reencuentros. Podríamos decir que toda crisis implica una pérdida y obliga a la elaboración de un duelo: en la evolución normal, se relacionaría con las pérdidas de una etapa evolutiva para estructurar la siguiente.

 

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