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Procesos en el varón y la mujer.

Será útil agregar unas palabras más acerca de cómo se irán delineando las respectivas identidades sexuales del varón y la mujer a través de su evolución (9) .

El destete, primera experiencia de pérdida después del naci­miento, como acabamos de señalar, desencadena un estado de duelo, que el niño trata de elaborar intentando rehacer el vínculo de otra manera, con otra zona corporal de satisfacción (genital) y un otro objeto: el pene del padre que sustituirá, en la fantasía, al pecho de la madre y con cuya inclusión se inicia la situación edípica triangular. Ante la imposibilidad de satisfacer las fantasías genitales con la madre, el varón pasa por una fase femenina transitoria que se instala bajo el dominio de impulsos y fantasías inconscientes orales, uretrales y anales, en relación con el objeto primario: el pecho de la madre. Al desplazar parte de sus deseos libidinosos al pene del padre, lo fantaseará como un órgano bueno y creador que le dará bebés como se los da a su madre. Estos deseos femeninos constituyen la raíz de un complejo edípico invertido y forman la base de las primeras fantasías homosexuales. Pero la imagen positiva del pene paterno es también una condición previa para la identidad masculina que capacita el desarrollo de los deseos edípicos positivos.

La imagen del pene será predominantemente buena o mala Según haya, sido la relación con el pecho. De modo que si lo que se transfiere sobre el pene es una relación negativa, y el padre real resulta incapaz),de modificar esa imagen, el pene será vivido como perseguidor y castrador, y llevará al sometimiento pasivo antes que a la asunción de una identidad masculina.

También la niña busca una satisfacción genital con el pene del padre, en sustitución de la relación con el pecho, y sobre el modelo de las relaciones orales: una cavidad que recibe un órgano que nutre.

La frustración inevitable de los deseos genitales en esta fase, que se agrega a la peligrosidad que de por sí involucran por estar estructurados sobre la base de la frustración oral, hace que, tanto para el varón como para la niña, la relación que los padres man­tienen entre sí pase a ser el centro de su atención, curiosidad, riva­lidad, celos y envidia. Aumenta el odio hacia la madre como rival que, para la fantasía del niño, recibe todo lo anhelado del padre, y odio hacia el padre que da todo lo bueno a la madre y a su vez recibe todo lo bueno de ella. Las fantasías de venganza por esta situación entrañan ataques a la pareja en coito, al vientre de la madre y al pene del padre.

Estas fantasías están en la base de futuros temores a los órganos genitales, y a ser vaciado retaliativamente en la relación sexual, tanto en el hombre como en la mujer; de no ser elaboradas, dificultan      la asunción de la identidad sexual, dando lugar a sus diver­sas perturbaciones, como la homosexualidad u otras perversiones.

De todos modos, el inevitable fracaso de la “fase genital tem­prana” (1) lleva, por regresión, a la que P. Heimann denominó “fase perversa polimorfa” (8) durante la cual, como al nacer, se trata de recuperar el vínculo con el objeto a través de todo el cuerpo, que se carga de sensaciones erógenas como también de fan­tasías crueles y agresivas.

La “fase anal expulsiva” que sucede a la anterior en el desa­rrollo libidinoso, aparece como una forma de preservar el vínculo con un objeto bueno, evacuando a los padres malos internalizados, atacados por las sucesivas frustraciones (destete, frustración genital y odio por la escena primaria) . Esta fase expulsiva actúa también como defensa frente a la confusión.

Con el control de esfínteres y la actuación de los mecanismos obsesivos se instala la “fase anal retentiva” en la que hay una mayor capacidad de discriminación entre los objetos a expulsar y los objetos a retener.

Es recién después de haber atravesado todas estas etapas cuando el niño siente que ha expulsado los objetos peligrosos y ha sido capaz de retener los valiosos, manteniendo el dominio sobre los esfínteres, que puede volver a las fantasías de una nueva “fase genital” en que el niño desea a la madre y la niña al padre.

La rivalidad con el progenitor del mismo sexo despierta inten­sas ansiedades: en el varón, básicamente, surge el temor a ser pri­vado de sus genitales de diversas maneras, y en la mujer el miedo a ser vaciada, que subyace a lo que puede manifestarse como envidia al pene, cuyo carácter es defensivo.

Con todo, los deseos edípicos no se reprimen solamente por la angustia de castración (femenina y masculina) , sino también por la percepción, por parte del niño, de que la muerte del padre (al que fantasea sustituir) sería dolorosa para la madre, y también por el dolor y la pena que el niño siente frente a ese padre, y los deseos de preservarlo.

El conflicto edípico se resuelve por la identificación introyec­tiva de la imagen positiva y permisiva del progenitor del mismo sexo *.

El establecimiento de la identidad sexual implica una renuncia al sexo que no se tiene. En rigor de verdad, cada paso hacia la aceptación de la propia identidad y de lo que cada uno es obliga a la elaboración del duelo por lo que uno no es.

* Al comentar la importancia del complejo de Edipo, J. Lacan (10) se­ñala que se debe incorporar un cuarto personaje, introducido a través del padre, que representa la estructura o código social que rige las relaciones entre el niño, la madre y el padre. Esta función paterna denominada “falo” o la ley del padre, y diferenciada del pene concreto del padre, sería de gran impor­tancia en la evolución y resolución del conflicto edípico que, según Lacan, se desarrolla en tres tiempos. En el primero, el niño busca la relación inmediata con el padre pero descubre que la madre no está libre, que su relación con ella está mediatizada y depende de algo exterior a ella: el falo. Trata de iden­tificarse con el objeto de su deseo, el falo del padre que todavía no diferencia del pene; el niño quiere convertirse concretamente en el falo del que la madre carece. Pero esa identificación no satisface a la madre. En el segundo tiempo, el padre aparece activamente en la relación con la madre, y es el agente directo de la prohibición. Priva a la madre de la posesión del falo ya que es quien lo tiene, y separa al niño de la madre, haciendo cumplir la ley. En el tercer tiempo, el niño descubre que lo que el padre tiene no es falo sino pene, y lo importante es identificarse con quien lo posee. El padre deja de ser omnipotente: no es el falo. Al reconocer al padre como hombre y no como ley, se introyecta el falo como símbolo, como normas, se lo instala como ideal del yo, se resuelve el complejo de Edipo, y comienza la vida moral en términos de valores.

 

 

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