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El niño. “El amor pide la totalidad”.

Entretanto, había nacido el niño que fue de tez un poco clara y algo miope, pero no del todo “pálido y ciego” como Kali se había referido a él, apenas concebido, cuando impidió que Sita se ahorcase. Sus ojos de gacela tenían un resplandor cautivador y se parecía en todo a su madre “que era la parte clara e indiscutida de su ascendencia”.
Y sucedió que cuatro años después, Sita no pudo soportar la nostalgia por el lejano amigo y aprovechando una ausencia del esposo, tomó a su muchachito y se fue en su busca. Sita parecía representar el yo, que trataba de recuperar el control sobre la ubicación de sus partes y objetos. Encontró a Nanda, “con sus brazos fuertes como aquellos que la habían mecido al sol, pero su nariz ya no caía sobre sus labios abultados, de manera que así no podía ser llamada caprina… y sobre el pecho el rizo del ‘ternero de la suerte’ “.
Tuvieron su noche de amor, pero al día siguiente llegó Chridaman que sabía dónde podía encontrar a su mujer. “Sus celos no eran del estilo cotidiano… por la conciencia de que era su propio cuerpo de antes aquel con el que Sita había reanudado el matrimonio, cosa a la que tanto se podía llamar acto de fidelidad como de traición”. Lo recibieron con agrado, pues reconocían que donde hubiera dos de ellos faltaría siempre el tercero, y decidieron acatar lo que Chridaman hubiera decidido para los tres.
Este había llegado a la conclusión de que “el amor pide la totalidad” y como su dignidad rechazaba la poliandria, no les quedaba otro camino que unirse en la muerte.
El fracaso de la reparación maníaca los precipitó en la situación melancólica, encontrando como única salida el suicidio.
Chridaman propuso hacerlo de modo tal que asegurara el honor y el futuro de su hijo. Volverían a suicidarse, pero esta vez matándose mutuamente: se batirían con espadas y cada uno debía atravesar el corazón del otro.
Salvaban así el honor —sugiere irónicamente el autor— ya que eran rivales, al mismo tiempo que —agregamos nosotros— satisfacían su fantasía de un coito homosexual.
Sita, como digna viuda, se incineró viva con el cuerpo de ambos, por lo que su hijo disfrutó de los beneficios dispensados por la comunidad en esas ocasiones. Un brahman versado en los Vedas lo tomó bajo su custodia y le enseñó gramática, astronomía y lógica. Por otra parte, su miopía “le protegía de vivir demasiado en lo corpóreo y mantenía su cabeza en lo espiritual”, mientras sobre su pecho se desarrollaba el rizo del “ternero de la suerte”.
El hijo parecía condensar las partes salvadas del desastre de Sita, Chridaman y Nanda. Se parecía a la madre y tenía rasgos de ambos padres: era versado en los Vedas y poseía el “rizo del ternero de la suerte”. Resultaba ser el continente de las identificaciones proyectivas de lo que debía quedar vivo, preservado y reparado.
Con todo, la condición de ser “hijo de viuda con monumento” era toda la identidad que podían darle y, por supuesto, un tanto precaria. Por otra parte su miopía, que lo mantenía alejado de la realidad, facilitando su inmersión en la fantasía, reeditaba la disociación que había sido en el conflicto de sus padres.

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