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Detalles claves. Pensamientos y masturbación mental.

En esta época el análisis se centró alrededor de algunos sueños-clave muy ricos que no puedo entrar a detallar, pero que hablaban de su incapacidad para la acción: su “estar sentada, sin hacer nada y pensando todo, todo, hasta sus últimas consecuencias”, que la enloquecía. Eran maneras de masturbarse con los pensamientos, fantaseando que tenía que “pensar por todos”. Su falta de sentimiento de identidad “propia” encubría una fantasía omnipotente, en que suponía “ser todos”.
Sus mayores esfuerzos estaban dirigidos a “no ver” la realidad, no ver quién era ella ni ver a los otros. En uno de esos sueños yo aparecía como una profesora que quería limpiar los vidrios de las ventanas de su casa, a lo que ella se oponía desesperada. En esos días perdió también su libreta con los nombres y direcciones de “todo el mundo”, y soñaba reiteradamente situaciones que implicaban quedarse en mi interior.
Fluctuaba entre su necesidad de no nacer, “no salir afuera”, identificada con la hermana que quedaba dentro de la madre y, por otra parte, volver a la utilización de sus mecanismos de disociación e identificación proyectiva mediante los cuales se proyectaba en muchos objetos. Si salía afuera, ya era “en pedazos”: se vaciaba en cada cambio.
Con todo, para no perderse totalmente en los objetos, trató de mantener un manejo obsesivo de su disociación, rotulando a cada uno con los roles adjudicados, incluso tratando de retener un aspecto suyo con el que se autodefinía: “Lo único que reconozco como mío son las peleas”; era el único rol admitido en ese momento, la parte “peleadora”, aspecto parcial de su identidad.
Comenzó a preguntar a los demás cómo la veían, y trataba de que el marido le hablara de ella, como un recurso desesperado para saber qué rol tenía frente a él, y en qué estado se encontraban sus partes proyectadas en los otros.
Estaba lanzada a la búsqueda de sus partes dispersas y empezaba a traerlas a sesión, pero sintiendo que ella no podía contenerlas, no podía reintroyectar esos aspectos propios, aún amados, porque le eran desconocidos y además temía que se le mezclaran dentro. Material ulterior hace pensar que los temía porque los suponía robados, ajenos.
“Ricardo me dijo algo que me dejó totalmente desorientada; dijo que yo era apasionada. Muy soprendicla, le pregunté cuándo, y dijo: ‘Siempre, después de los primeros tiempos’. Yo no entiendo. Una amiga me dijo que era cariñosa. Que me digan eso me conmueve, y entonces siento que tengo algo que ver con lo que pasa. Pero también siento bronca, porque si él sabía ¿por qué no me lo dijo antes?”
Experimentaba resentimiento contra sus partes apasionadas y tiernas que querían volver, por haber estado afuera tanto tiempo, por haberse hecho extrañas, y también contra sus objetos que sabían de esas partes, como si la hubieran estado robando, porque les había dado algo sin darse cuenta.
Al mismo tiempo, vemos que algunos aspectos son más fácilmente reintroyectados que otros; admitía con más facilidad ser tierna que apasionada, estableciéndose una competencia entre las partes proyectadas para ser aceptadas nuevamente.
El que denominamos, con la paciente, el “sueño de los espejos” ilustra sobre el estado de su identidad en ese momento.

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