Identidad. Nociones fundamentales del concepto.

“Yo soy yo” es la expresión corrientemente utilizada para refe­rirse al sentimiento de identidad y traduce una experiencia de auto-conocimiento.

La noción de identidad es una de las más controvertidas tanto en el terreno filosófico como psicoanalítico.

En la literatura psicoanalítica, quien introdujo el término iden­tidad, fue Víctor Tausk, en su clásico trabajo sobre el origen del “aparato de influencia” (16) . En ese artículo, Tausk estudió cómo el niño descubría los objetos y su self, afirmando que el hombre, en su lucha por la supervivencia, debe constantemente encontrarse y experimentarse a sí mismo.

Freud utilizó el término identidad solamente una vez en toda su obra, y lo hizo en forma incidental y con una connotación psico­social. Fue cuando trató de explicar en un discurso su vínculo con el judaísmo y habló de “oscuras fuerzas emocionales que eran tanto alas poderosas cuanto menos se las podía expresar con palabras y una clara conciencia de una identidad interior” que no está basada en raza o religión, sino en una aptitud común a un grupo a vivir en oposición y estar libres de prejuicios que coartarían el uso del intelecto (6) (la bastardilla es nuestra). Se refiere, pues, a algo medular del interior del individuo, que tiene relación con un aspecto esencial de la coherencia interna de un grupo.

Erikson (3), al comentar esta afirmación de Freud, deduce que el término identidad expresa “una relación entre un individuo y su grupo” con la connotación de una persistente mismidad y un persistente compartir cierto carácter esencial con otros, Volveremos sobre este concepto porque lo consideramos esencial para la conceptualización de la identidad como un sistema en el que importa establecer la relación solidaria entre todas las partes que lo com­ponen.

La formación de la identidad es un proceso que surge de la asimilación mutua y exitosa de todas las identificaciones fragmen­tarias de la niñez que, a su vez, presuponen un contener exitoso de las introyecciones tempranas. Mientras ese éxito depende de la relación satisfactoria con la madre y luego con la familia en su totalidad, la formación de la identidad más madura depende, para Erikson, del desarrollo del yo, que obtiene apoyo para sus funciones de los recursos de una comunidad más amplia., La gradual selección de las identificaciones significativas, la anticipación de la identidad y la resíntesis al final de la adolescencia, serían trabajo del yo. Es a esa parte del trabajo del yo que Erikson llama “identidad del yo” (3) para diferenciarla de la “identidad ilusoria” que no responde a un sentimiento de la realidad del ser en su realidad social.

Sin embargo, la denominación “identidad del yo” parecería implicar que sólo el yo está involucrado en el sentimiento de iden­tidad, y no queda claro que se trata de un logro del yo. Los que objetaron esa limitación propusieron en cambio el término “forma­ción de identidad” en el sentido de que se trata de un desarrollo progresivo, y agregaron que “la captación del self como una entidad organizada y diferenciada, separada y distinta del ambiente que la rodea, que tiene continuidad y capacidad de seguir siendo la misma en la sucesión de cambios, forma la base de la experiencia emocional de la identidad” (10). Se trataría, pues, de una “identidad del self”, criterio al que nos adherimos y que tenemos presente cuando hablamos de “sentimiento de identidad”, como preferimos denomi­narlo.

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