Sexualidad

Sexualidad

S/ escuchamos a los chicos y chicas justo en el momento en que están más despreocupados, llenos de granos y poco atractivos, podremos penetrar en un misterio que la mayoría de no­sotros experimentamos intensamente en nuestro interior y que habíamos olvidado. Ese miste­rio es el proceso de la creación de un hombre o una mujer.

COLÍN MCINNES

Escritor escocés contemporáneo

 

 

Durante la adolescencia, la vida de los chicos y de las chicas se ve envuelta en un halo de sexualidad. En el Capítulo 3 estudia­mos las bases biológicas de la maduración sexual, incluyendo el calendario de los cambios biológicos y hormonales implicados. En este capítulo nos centraremos en las actitudes y experiencias sexuales de los adolescentes. Cuando concluya este capítulo, de­bería haber alcanzado los siguiente objetivos de aprendizaje:

Objetivo de aprendizaje 1 Entender que la sexualidad es un aspecto normal del desarrollo ado­lescente.

Objetivo de aprendizaje 2 Conocer mejor sobre las actitudes

y comportamientos heterosexuales de los adolescentes.

Objetivo de aprendizaje 3 Describir las actitudes y los com­portamientos homosexuales de los adolescentes.

Objetivo de aprendizaje 4 Analizar el tema de la autoestimu­lación y evaluar el uso de los mé­todos anticonceptivos.

Objetivo de aprendizaje 5 Saber más sobre los embarazos ado­lescentes.

Objetivo de aprendizaje 6 Describir las enfermedades de transmisión sexual.

Objetivo de aprendizaje 7 Exponer el tema de los abusos se­xuales y el acoso sexual.

Objetivo de aprendizaje 8 Evaluar los conocimientos sobre la sexualidad que tienen los adoles­centes y la educación sexual que se imparte en los centros educati­vos.

Objetivo de aprendizaje 9 Conocer la satisfacción sexual de los adolescentes y las medidas de política social relacionadas con los problemas sexuales de los adoles­centes.

 

LOS MISTERIOS Y CURIOSIDADES DE LA SEXUALIDAD ADOLESCENTE

 

Tengo 16 años y me gusta mucho esa chica. Pero ella quiere llegar virgen al matrimonio. Anoche salimos juntos y me dejó ir bastante lejos, pero no tanto como a mi me hubiera gustado. Yo sé que a ella también le gustó, pero siempre me frena cuando las cosas empiezan a ir deprisa. Todo esto me resulta muy difícil de soportar. Ella no lo sabe, pero yo también soy virgen. Siento que ya estoy preparado para mantener relaciones sexuales. He de admitir que también tengo fantasías sexuales con otras chicas. Tal vez debería salir con otras chicas.

Paco C.

Tengo 14 años y pienso mucho en el sexo. A veces, justo antes de dormirme, pienso en ese tío bueno de 16 años que juega en el equipo de fút­bol. Está tan cachas. Siento cómo me estrecha en­tre sus brazos, cómo me besa y cómo me acaricia. Cuando paseo por los pasillos del instituto entre clase y clase, a veces imagino historias con los chi­cos con quienes me cruzo y me pregunto cómo sería mantener relaciones sexuales con ellos. El año pasado perdí la cabeza por el entrenador del equipo de atletismo de los chicos. Yo estoy en el equipo de atletismo de las chicas, por lo que lo veía bastante amenudo. No creo que supiera lo mucho que pensaba en él, aunque intenté coque­tear con él en varias ocasiones.

Esther S.

¿Es normal tener 17 años y seguir siendo vir­gen? A veces me siento como el único chico de 17 años que no ha mantenido relaciones sexuales. Siento como si me estuviera perdiendo algo im­portante, o por lo menos eso es lo que dicen. Soy bastante religioso y a veces me siento culpable cuando pienso en el sexo. Me ronda por la cabeza la idea de que es mejor esperar al matrimonio o por lo menos a tener una relación estable con una chica que realmente me importe.

Tomy B.

Tengo 15 años y mantuve relaciones sexuales por primera vez hace poco. Tenía unas expectati­vas enormes sobre lo maravilloso que iba a ser… El tampoco tenía demasiada experiencia. Los dos estábamos bastante asustados. Todo fue tan rápi­do. Lo primero que pensé fue: «¿Eso es todo?». Fue una experiencia muy decepcionante.

Clara T.

Hacía mucho tiempo que me sentía distinto a los demás chicos; me gustó un chico por primera vez cuando tenía 13 años. Ahora acabo de cum­plir los 16 y por fin estoy empezando a asumir el hecho de que soy gay. Todavía no se lo he conta­do a mis padres. No sé si ellos lo sabrán encajar. Me siento un poco confuso con todo esto. Sé que algún día tendré que «salir del armario».

Jason R.

 

 

 

EXPERIMENTAR LA SEXUALIDAD ADOLESCENTE

La adolescencia es un período de exploración y experi­mentación con el sexo, de fantasías y realidades sexuales y de incorporación de la sexualidad a la identidad de la persona. Los adolescentes tienen una curiosidad casi in-saciable por los misterios del sexo. Se plantean pregun­tas sobre si son sexualmente atractivos, cómo comportar-se sexualmente con sus parejas y qué les deparará el futuro en lo que se refiere a la sexualidad. Al final, la ma­yoría de los adolescentes consigue desarrollar una iden­tidad sexual madura, aunque pasen por muchos momen­tos de vulnerabilidad y confusión.

La sexualidad: un aspecto normal del desarrollo adolescente

La mayor parte de lo que se comenta sobre la sexualidad adolescente hace referencia a los aspectos negativos, como los embarazos adolescentes y las enfermedades de trans­misión sexual. Éstas son cuestiones preocupantes, pero es importante clarificar las cosas y recordar que la sexuali­dad es una parte normal del desarrollo adolescente.

Un puente entre el niño asexual y el adulto sexual

Un tema importante sobre el que hemos hecho mucho hincapié en este libro es que con frecuencia se asumen es-

 

tereotipos negativos sobre los adolescentes. Planteamos esta cuestión en el Capítulo 1, «Introducción», y lo reto­maremos en el Capítulo 14, «Problemas adolescentes», y en el Epílogo. Todos los comentarios que hicimos sobre los estereotipos negativos y los problemas adolescentes también son aplicables al tema de la sexualidad (Crockett, Raffaelli y Molilanen, en prensa).

A continuación analizaremos diversos problemas relacionados con la sexualidad, como los embarazos ado­lescentes y las enfermedades de transmisión sexual. De todos modos, es importante recordar que el interés por la sexualidad y el desarrollo sexual son aspectos normales del desarrollo adolescente y que la mayoría de los ado­lescentes tienen actitudes sexuales sanas y se implican en conductas sexuales que no comprometen en absoluto su progreso hacia la etapa adulta.

La adolescencia es un puente entre la etapa infantil asexual y el adulto sexual (Feldman, 1999). Todas las so­ciedades prestan alguna atención a la sexualidad adoles­cente. Algunas sociedades vigilan a las mujeres para pro­tegerlas de los ataques sexuales de los hombres. Hay otras que potencian los matrimonios precoces y algunas otras, como por ejemplo las occidentales, que aunque toleran una cierta permisividad sexual, mantienen una cierta am­bigüedad respecto hasta dónde deben llegar las experien­cias sexuales.

En los capítulos previos tratamos algunas cuestiones relevantes para la comprensión de las actitudes sexuales y el comportamiento sexual durante la adolescencia:

  • Capítulo 3: «Pubertad, salud y fundamentos bioló­gicos»: un aspecto importante del cambio puberal es la maduración sexual y el considerable aumento de los niveles de andrógenos y estrógenos en los chicos y las chicas, respectivamente. En la actuali­dad, la pubertad se ha adelantado, en comparación con épocas anteriores. En las niñas comienza, apro­ximadamente, dos años antes que en los niños. En las chicas, la maduración temprana se asocia a pre­cocidad en las citas con miembros del otro sexo y en el mantenimiento de relaciones sexuales.
  • Capítulo 4. «El desarrollo del pensamiento en los adolescentes»: los adolescentes mas jóvenes suelen adolecer de un cierto egocentrismo —se perciben a si mismos como únicos y todo poderosos. Lo que puede llevarles a exponerse a determinados riesgos relacionados con la sexualidad. En los momentos de excitación como los que están implicados en la exploración sexual, el deseo imperioso de los ado­lescentes de experimentar las tentaciones propias de los adultos puede anular su capacidad para to­mar decisiones adecuadas. Unos breves momen­tos de actividad sexual irresponsable pueden tener consecuencias negativas incluso durante la etapa adulta.
  • Capítulo 5: «Familias»: los conflictos intensos y prolongados con los padres y la falta de supervisión

paterna se asocian a problemas con la sexualidad en la adolescencia. La necesidad de autonomía propia de los adolescentes y los intentos de implicarse en comportamientos propios de los adultos (como las relaciones sexuales) para demostrar su madurez pueden aumentar los conflictos con sus padres. El hecho de tener buenas relaciones con los padres se asocia a una mayor tendencia a posponer las rela­ciones sexuales, menor frecuencia a establecer cier­to tipo de relaciones y a tener menor cantidad de parejas durante la adolescencia (Miller, Benson y Galbraith, en prensa). Cuando los adolescentes mantienen una buena relación con sus padres y per­ciben que éstos desaprueban el hecho de que man­tengan relaciones sexuales, son más proclives a no tener este tipo de relaciones (Dittus y Jaccard, 2000; Sieving, McNely y Blum, 2000). Más ade­lante, en este mismo capítulo, veremos que los adolescentes reciben muy poca educación sexual en sus familias y que en muy pocas ocasiones hablan con sus padres sobre temas realcionados con el sexo.

  • Capítulo 6: «Los iguales»: los grupos de iguales y amigos son contextos donde los adolescentes pue­den aprender y hablar sobre sexualidad (Caruthers y Ward, 2002). Los adolescentes no suelen hablar de sexo con sus padres, pero sí lo hacen con sus hermanos del mismo sexo, los iguales y los amigos. Al pensar sobre la sexualidad adolescente, hemos de tener en cuenta que el sexo no es un comporta-miento individual, sino diádico. La sexualidad tie­ne lugar dentro del marco de las relaciones entre miembros del sexo opuesto o del mismo sexo. Du rante la adolescencia, el atractivo y el interés se­xuales están relacionados con la popularidad y la aceptación en el seno del grupo de iguales. El he-cho de tener amigos mayores se asocia a más pro­blemas que el hecho de tener amigos de edades si­milares. Asimismo, empezar a salir con chicos de forma precoz está relacionado con diversos proble­mas adolescentes. Las relaciones de pareja son un elemento importante (sobre todo para las chicas) durante la adolescencia. El principal ingrediente de las relaciones de pareja durante esta etapa, es la atracción sexual, pero este tipo de relación también implica emociones positivas y negativas. Los chi­cos y las chicas desmpeñan roles diferentes en las citas, proactivos y reactivos, respectivamente. En este capítulo seguiremos analizando las diferencias existentes entre los guiones sexuales de los adoles­centes en función del género.
  • Capítulo 7: «La escuela»: en el Capítulo 7 no tra­tamos el tema de la educación sexual, pero los cen­tros educativos desempeñan un papel cada vez más importante en esta área. Como veremos más ade­lante, en este mismo capítulo, la mayoría de los pa­dres reconocen que la educación sexual es un as-

 

pecto importante de la educación que deben recibir sus hijos en la escuela.

  • Capítulo 8: «La cultura»: la cultura impone im­portantes variaciones respecto al comportamiento sexual. En algunas culturas la sexualidad está muy reprimida, mientras que en otras hay modelos de comportamiento sexual mucho más liberales. Los medios de comunicación suelen presentar la se­xualidad adolescente de una forma poco realista (Kim, 2002). Un aspecto cada vez más preocupan-te es el acceso de los adolescentes a los contenidos sexuales en internet.
  • Capítulo 9: «La construcción del yo y la identidad»: la identidad sexual es una de las dimensiones de la identidad personal (Russell y Trong, 2002). La in­timidad es un aspecto importante de la naturaleza diádica de la sexualidad adolescente.
  • Capítulo 10: «Género»: existen diferencias físicas y biológicas entre los miembros de ambos sexos. A medida que los niños se van acercando a la adoles­cencia, se añade una nueva dimensión a su identi­dad de género: la sexualidad. Según la hipótesis de la intensificación de la identidad género, los cam­bios puberales favorecen que los chicos y las chi­cas adapten sus comportamientos a los roles tradi­cionales masculino y femenino.

Como acabamos de ver, la sexualidad tiene conexio­nes con todas las áreas del desarrollo adolescente analiza-das en este libro, ya que se trata de un aspecto importante en el desarrollo normal. A continuación analizaremos la cultura sexual a la que están expuestos los adolescentes en los países occidentales.

La cultura sexual

Es importante ubicar la sexualidad adolescente en el con-texto de la cultura norteamericana (Crockett, Raffaeli y Moilanen, en prensa) y de las culturas occidentales. En breve, analizaremos la creciente permisividad que ha apa­recido a lo largo del siglo XX respecto a la sexualidad. Mientras que en el pasado el sexo estaba reservado a las parejas casadas, hoy en día el sexo entre adultos ocurre fuera del matrimonio, entre personas divorciadas, solte­ras y un largo etcétera. Han aumentado considerable-mente los nacimientos en las mujeres adultas solteras. El sexo entre adolescentes solteros no es más que una ex-tensión de esa tendencia general hacia una mayor permi­sividad sexual en la cultura de los adultos.

Muchas personas tienen actitudes ambivalentes hacia el sexo. Se utiliza para vender prácticamente cualquier cosa, desde coches hasta detergentes. Se muestra explíci­tamente en el cine, los programas de televisión, los víde­os, las letras de las canciones, la cadena MTV y las pá­ginas de internet. Entonces, ¿por qué nos sorprende que los adolescentes muestren tanta curiosidad por el sexo y quieran experimentar con él?

Con frecuencia la sexualidad implica más tensión en­tre padres y adolescentes en la cultura norteamericana que en el resto de las culturas. En un estudio, se concluyó que las tensiones entre padres y adolescentes en lo que respecta al sexo son mayores en Estados Unidos que en Japón porque los adolescentes norteamericanos se impli­can en más conductas sexuales y porque en la cultura nor­teamericana la actividad sexual posee ciertas connotacio­nes sociales, como por ejemplo un estatus elevado, entre los miembros del sexo masculino (Rothbaum et ai, 2000).

 

 

En la cultura occidental el sexo está en todas partes y se utiliza para ven­der cualquier cosa. ¿Por qué nos ex­trañamos, entonces, de que los adoles­centes muestren tanta curiosidad por el sexo y se sientan tentados a experi­mentar con él?

 

El desarrollo de la identidad sexual

El dominio de las sensaciones sexuales emergentes y la formación de un sentido de la identidad sexual es un proceso multifacético (Brooks-Gunn y Graber, 1999; Brooks-Gunn y Paikoff, 1997; Graber y Brooks-Gunn, en prensa; Graber, Brooks-Gunn y Galen, 1999).

Este largo proceso implica aprender a manejar deter­minadas sensaciones, como por ejemplo la excitación y la atracción sexual, el desarrollo de nuevas formas de intimidad y el aprendizaje de habilidades para regular el comportamiento sexual a fin de evitar sus consecuen­cias indeseables. Además, el desarrollo de la identidad sexual incluye muchas más cosas que el comportamien­to sexual y tiene conexiones con otras identidades en proceso de desarrollo. La identidad sexual emerge en el contexto de factores físicos, sociales y culturales, y la mayoría de las culturas ponen límites al comportamiento sexual de los adolescentes.

La identidad sexual de un adolescente incluye su orientación sexual (homosexual, heterosexual o bisexual) y también las actividades, intereses y estilos de compor­tamiento relacionados con el sexo. Un estudio realizado sobre una muestra de 470 estudiantes australianos de 15 a 18 años permitió identificar cinco estilos diferentes de identidad sexual (Buzwell y Rosenthal, 1996):

  • Ingenuidad sexual. Este grupo mostró una baja au­toestima en relación al sexo que indicaba una falta de confianza o algún tipo de descontento con su se­xualidad y sus rasgos físicos. Estos adolescentes mostraron mucha ansiedad en lo que se refiere al sexo y puntuaron más bajo que ningún otro grupo en excitación y exploración sexual. Estaba com­puesto prioritariamente por chicas de 15 a 16 años, que en su mayoría eran vírgenes.
  • Inseguridad sexual. Este grupo informó sobre una autoestima especialmente baja en relación al sexo y mucha ansiedad respecto a este tema. Estos ado­lescentes no se sentían sexualmente atractivos, es­taban descontentos con su comportamiento sexual y percibían sus cuerpos como poco desarrollados y desagradables. Este grupo estaba compuesto prio­ritariamente por chicos y la mayoría eran vírgenes.
  • Competencia sexual. Este grupo tenía una autoesti­ma elevada, parecían estar seguros de su atractivo sexual y de su cuerpo y se sentían cómodos con su comportamiento sexual. Presentaban un nivel mo­derado de compromiso sexual, y el sexo les provo­caba un nivel de ansiedad bajo. Este grupo estaba compuesto por adolescentes de entre 17 y 18 años, con un ligero predominio del sexo femenino. La mayoría de ellos tenían experiencias sexuales.
  • Experimentación sexual. Este grupo tenía una auto-estima elevada en relación al sexo, baja ansiedad sexual, escaso compromiso sexual y un gran interés por explorar las distintas opciones sexuales. Este

grupo incluía una cantidad mayor de chicas que de chicos, de las cuales la mayoría no eran vírgenes. Elevada motivación sexual. Estos adolescentes te­nían una autoestima sexual elevada y estaban segu­ros de su capacidad para manejar situaciones se­xuales. Puntuaron más bajo que ningún otro grupo en compromiso sexual. Este grupo estaba com­puesto casi en su totalidad por chicos y contenía la mayor proporción de adolescentes sexualmente ex­perimentados.

Obtener información sobre la sexualidad adolescente

Reunir información sobre las actitudes y comportamien­tos sexuales de los adolescentes no siempre es una tarea fácil. Piense en cómo contestaría usted si alguien le pre­guntara: ¿cada cuánto tiempo mantiene relaciones sexua­les? O ¿cuántos compañeros sexuales ha tenido? Las per­sonas que tienen más posibilidades de responder a las encuestas sobre sexualidad son las que tienen actitudes y comportamientos sexuales más liberales. Por lo tanto, las investigaciones sobre las prácticas sexuales están limita-das por las reticencias de algunos individuos a responder sinceramente a preguntas sobre cuestiones tan personales (Halonen y Santrock, 1999). Además, cuando a una per­sona se le hacen preguntas sobre su actividad sexual, ¿res­ponde sinceramente o se limita a dar respuestas social-mente deseables? Por ejemplo, un muchacho de 15 años puede afirmar que ha mantenido relaciones sexuales sin haberlo hecho por el temor a que alguien se entere de que todavía es virgen.

Se han desarrollado métodos para incrementar la va­lidez de los autoinformes sobre cuestiones sexuales. Por ejemplo, en un estudio reciente, entrevistadores del mis­mo sexo que los entrevistados formulaban individual-mente a los adolescentes preguntas relacionadas con cier­tas conductas sexuales en orden creciente hasta que éstos contestaban que no se habían implicado en determinados comportamientos sexuales, momento en el que se daba por finalizada la entrevista (Paikoff et al, 1997). Proba­blemente esta estrategia es preferible a un listado de con­ductas, que puede favorecer el engaño, sea por defecto o por exceso, y provocar vergüenza en el entrevistado. Al­gunos investigadores han presentado a los adolescentes preguntas grabadas en una cinta magnetofónica con el fin de disminuir la vergüenza de los entrevistados para res­ponder a preguntas relacionadas con su comportamiento sexual ante un entrevistador desconocido.

Hasta aquí, hemos analizado una serie de ideas sobre el hecho de que la sexualidad es un aspecto normal del desarrollo adolescente. El siguiente repaso le ayudará a alcanzar los objetivos de aprendizaje relacionados con este tema.

Después de revisar la sexualidad como un aspecto nor­mal del desarrollo adolescente, nos centraremos en las ac­titudes y comportamientos sexuales de los adolescentes.

 

PARA TU REVISIÓN

Objetivo de aprendizaje 1 Entender que la sexualidad es un aspecto normal del desarrollo adolescente.

  • Se hace demasiado hincapié en los problemas relacionados con la sexualidad ado­lescente en vez de en el hecho de que la sexualidad es un aspecto normal del de­sarrollo adolescente. La adolescencia es una etapa de transición entre el niño sin in­terés por el sexo y el adulto sexualmente activo. Algunos de los aspectos comentados en los capítulos previos sirven como telón de fondo para entender la importancia de la sexualidad adolescente.
  • El aumento de la permisividad en la sexualidad adolescente ha ido parejo al incre­mento de la permisividad sexual en la cultura en general.
  • El desarrollo de la identidad sexual es un proceso multifacético. La identidad sexual de un adolescente incluye su orientación sexual, así como sus actividades, intereses y estilos de comportamiento sexual. En un estudio se identificaron cinco estilos de comportamiento sexual entre los adolescentes: ingenuo, inseguro, competente, ex­perimentador y altamente motivado por el sexo.
  • Obtener información válida sobre la sexualidad adolescente no es una tarea fácil. La mayor parte de los datos se obtienen a partir de entrevistas o cuestionarios, a los que los adolescentes pueden contestar dando respuestas falsas o socialmente deseables.

 

 

Actitudes sexuales y comportamiento sexual

A continuación analizaremos las actitudes sexuales y el comportamiento sexual de los adolescentes —primero heterosexuales y después homosexuales.

Actitudes y comportamientos heterosexuales

¿Cuál es la progresión de los comportamientos heterose­xuales de los adolescentes? ¿En qué medida han cambia-do las actitudes y comportamientos sexuales durante el si­glo XX? ¿Qué roles sexuales siguen los adolescentes? ¿Son algunos adolescentes más proclives que otros al comportamiento sexual irresponsable?

La progresión de los comportamientos sexuales durante la adolescencia

Los adolescentes se implican en conductas sexuales que siguen una progresión bastante consistente (DeLamater y MacCorquodale, 1979). Los besos suelen preceder a lo que se conoce vulgarmente como «darse el lote». Y des­pués viene el coito o, en algunos casos, el sexo oral, que ha aumentado considerablemente entre los adolescentes durante los últimos años. En una investigación realizada con estudiantes de entre 15 y 18 años, el 15 por 100 de las chicas que informaron no haber practicado el coito in­dicaron haber practicado sexo oral (Newcomer y Udry, 1985). En otro estudio reciente, se preguntó a 452 suje­tos de entre 18 y 25 años sobre sus experiencias sexua­les (Feldman, Turner y Araujo, 199). A partir de sus res‑

puestas se identificó la siguiente progresión de comporta­mientos sexuales: los besos precedieron a tocamientos, que a su vez precedió al coito y al sexo oral. El Cua­dro 11 .1 de la página siguiente muestra las edades apro­ximadas a las que los miembros de ambos sexos practi­caron por primera vez distintos comportamientos sexuales. Se constata el hecho de que los chicos se im­plican en los distintos comportamientos sexuales aproxi­madamente un año antes que las chicas.

Comportamiento adolescente heterosexual, tendencias e incidencia

Si usted hubiera ido a la universidad en 1940 probable-mente tendría una actitud muy diferente hacia muchos as­pectos de la sexualidad. Una revisión sobre las prácticas sexuales de los estudiantes universitarios a lo largo del si­glo XX reveló dos tendencias muy claras (Darling, Kallen y VanDusen, 1984). En primer lugar, el porcentaje de jó­venes que afirman haber mantenido relaciones sexuales ha aumentado considerablemente. En segundo lugar, la proporción de estudiantes universitarias que afirman ha­ber practicado el coito ha crecido más rápidamente que la de hombres, aunque el porcentaje inicial era superior en el grupo de los hombres.

¿Cuál es el perfil actual de la actividad sexual entre los adolescentes norteamericanos? A partir de los datos procedentes de una encuesta realizada a nivel nacional en Estados Unidos, el coito es poco frecuente durante la ado­lescencia temprana, y se hace más común en los años de bachillerato y universidad (véase la Figura 11 . 1) (Alan Guttmacher Institute, 1995, 1998; Centers for Disease and Prevention, 2000). A continiación se presentan algu­nos de los principales resultados de este estudio:

 

CUADRO 11.1

Edad de la primera experiencia respecto a diversos com­portamientos sexuales.

  • Ocho de cada diez chicas y siete de cada diez chi­cos siguen siendo vírgenes a los 15 años.
  • Las probabilidades de que un adolescente haya practicado el coito crecen significativamente con la edad, pero 1 de cada 5 adolescentes sigue siendo virgen a los 19 años.
  • La mayoría de adolescentes practican el coito por primera vez durante la adolescencia media o tardía, aproximadamente 8 años antes de contraer matri­monio. Más de la mitad de los adolescentes de 17 años ha practicado el coito.
  • La mayoría de los compañeros con quienes las adolescentes se implican voluntariamente en activi­dades sexuales son más jóvenes que ellas, de su misma edad o no más de dos años mayores que ellas; el 27 por 100 tienen tres o cuatro años más que ellas y el 12 por 100 les llevan cinco años o más.

La mayoría de los estudios indican que los adotes­centes tienden en mayor medida que las adolescentes a afirmar que han mantenido relaciones sexuales y que son

FIGURA 11.1

Porcentaje de jóvenes que afirman haber practicado el coi­to a distintas edades.

sexualmente activos (Feldman, Turner y Araujo, 1999; Hayes, 1987). Los chicos también son más proclives que las chicas a informar de que el coito les ha parecido una experiencia gratificante. Los adolescentes afroamericanos suelen tener un calendario menos restrictivo para mante­ner relaciones sexuales que otros grupos étnicos, mientras que los norteamericanos de origen asiático suelen ser más restrictivos (Feldmam, Turner y Araujo, 1999) (véase el Cuadro 11.2).

CUADRO 11.2

Calendario sexual de los adolescentes norteamericanos de raza blanca, afroamericanos y norteamericanos de origen hispano y asiático.

 

En algunas áreas de Estados Unidos es posible que los porcentajes de adolescentes jóvenes sexualmente ac­tivos sean incluso superiores. En un barrio céntrico de Baltimore, el 81 por 100 de los chicos de 14 años afir­maron haber practicado el coito. Otras encuestas realiza-das en áreas urbanas de baja extracción social también re-velan una incidencia elevada de las relaciones sexuales precoces (Clark, Zabin y Hardy, 1984).

Recientemente han aparecido algunos informes sobre el incremento del sexo oral entre la población adolescente (Remez, 2000; Schuster, 2000). Entre las posibles causas de este tipo de práctica se incluyen el hecho de que no se pueda asociar a embarazos y la creencia de que esta conducta no transmite enfermedades, aunque más adelan­te veremos que dicha creencia es errónea. Hablar sobre sexo oral se ha convertido en algo habitual en los medios de comunicación, lo que ha expuesto a los adolescentes a esta práctica.

Resumiendo, en Estados Unidos al final de la adoles­cencia la mayoría de las personas han practicado el coito. Los chicos, los afroamericanos y los adolescentes que vi-ven en los barrios céntricos de las ciudades son los que afirman ser sexualmente más activos. Aunque el coito pueden ser una experiencia llena de significado para los adolescentes mayores y más maduros, muchos adolescen­tes jóvenes todavía no están preparados para afrontar este tipo de experiencias. En un estudio se comprobó que, cuanto más precoz era la practica del coito en los ado­lescentes de ambos sexos, más probabilidades tenían de presentar problemas de adaptación (Bingham y Cro­ckett, 1996).

El momento en que los adolescentes empiezan a man­tener relaciones sexuales varía considerablemente de unos países a otros y entre los distintos géneros. En un es­tudio, se observó que la proporción de chicas que man­tuvo relaciones sexuales por primera vez entorno a los 17 años oscilaba entre el 72 por 100 en Mali, el 47 por 100 en Estados Unidos, y el 45 por 100 en Tanzania (Singh et al., 2000). La proporción de chicos que mantuvo relacio­nes sexuales por primera vez en torno a los 17 años osci­laba entre el 76 por 100 en Jamaica, el 64 por 100 en Es­tados Unidos y el 63 por 100 en Brasil.

Las pautas de actividad sexual de los adolescentes de 15 a 19 años son muy diferentes, entre ambos sexos, en todas las regiones del mundo (Singh et ai, 2000). En los países en vías de desarrollo, la mayoría de los chicos de esa edad, sexualmente experimentados, son solteros, mientras que dos tercios o más de las chicas de la misma edad, sexualmente experimentadas, están casadas. Sin embargo, en los países occidentales la inmensa mayoría de las chicas de 15 a 19 años están solteras.

Roles sexuales masculinos y femeninos. Cuando los adolescentes exploran su identidad sexual, se guían por los llamados roles sexuales. Un rol sexual es un patrón estereotipado de prescripciones acerca de cómo deberí­an comportarse sexualmente las personas. Las mujeres y

los hombres han sido socializados para que sigan roles sexuales diferentes. Las diferencias existentes entre los roles femenino y masculino pueden provocar problemas y confusiones en los adolescentes a medida que van cons­truyendo su identidad sexual. Las adolescentes tienden a asociar el hecho de mantener relaciones sexuales con el amor (Michael et al., 1994). A menudo, racionalizan su comportamiento sexual diciéndose a sí mismas que se de­jaron arrastrar por la pasión del momento. Diversos estu­dios han llegado a la conclusión de que las chicas son más proclives, que los chicos, a mencionar que están enamo­radas como principal razón para ser sexualmente activas (Cassell, 1984). Otra de las razones que esgrimen las chi­cas para ser sexualmente activas es que ceden a la presión de los chicos, la suposición de que mantener relaciones sexuales es una forma de conseguir novio, así como la cu­riosidad y el deseo sexual no relacionado con el hecho de estar enamoradas.

En la mayoría de las experiencias sexuales adoles­centes es el chico quien toma la iniciativa y la chica la que establece los límites (Goodchilds y Zellman, 1984). Du­rante la adolescencia, los chicos experimentan una inten­sa presión por parte del grupo para mantener relaciones sexuales. Como comentó un adolescente joven: «Siento una enorme presión para estrenarme». Todavía recuerdo vividamente las conversaciones subidas de tono que tení­amos en el vestuario de chicos cuando iba al instituto. Cuando tenía 15 años, estaba seguro de que era el único miembro del equipo masculino de baloncesto que toda-vía era virgen, pero…, ¿cómo iba a explicárselo al resto del equipo?

En un estudio se comprobó que los adolescentes de­seaban mantener relaciones sexuales y presionaban a las chicas para que mantuvieran relaciones con ellos, pero no las forzaban (Crump et ai, 1996). En una encuesta de ámbito nacional realizada en Estados Unidos, los adoles­centes de entre 12 y 18 años afirmaron que «a menudo hay una razón» para que los adolescentes mantengan re­laciones sexuales (Kaiser Familiy Foundation, 1996):

  • Un chico o una chica los está presionando (61 por

100 de las chicas, 23 por 100 de los chicos)

  • Creen que ya están preparados (59 por 100 de los

chicos, 51 por 100 de las chicas)

  • Quieren sentirse amados (45 por 100 de las chicas, 28 por 100 de los chicos)
  • No quieren que los demás se metan con ellos por que todavía son vírgenes (43 por 100 de los chicos, 38 por 100 de las chicas)

Factores de riesgo respecto a los problemas sexuales. La mayoría de los adolescentes se vuelven sexualmente activos en algún momento durante la adolescencia. Cuan-do practican el coito antes de cumplir 16 años, muchos corren el riesgo de tener problemas sexuales y de otro tipo. Con esta edad no utilizar de manera adecuada los métodos anticonceptivos, lo que aumenta el riesgo de

 

contraer enfermedades de transmisión sexual y de tener embarazos no deseados. La actividad sexual precoz tam­bién se asocia a otros comportamientos problemáticos, como beber en exceso, abusar de las drogas, mostrar con­ductas delictivas y tener problemas escolares (Rosen­baumy Kandel, 1990).

En un estudio longitudinal realizado recientemente, el hecho de que las chicas hubieran mantenido relaciones sexuales durante la adolescencia temprana se asoció a ni-veles de autoestima más bajos, mayores posibilidades de padecer depresión, mayor actividad sexual y obtención de peores notas durante los años de bachillerato (Buhr­mester, 2001). El hecho de salir con chicos a una edad muy temprana se asoció a un mayor abuso de sustancias tóxicas y a una mayor actividad sexual durante los años de bachillerato.

Los factores de riesgo para tener problemas sexuales durante la adolescencia incluyen factores contextúales como el nivel socioeconómico y las circunstancias fami­liares. En una reciente revisión se constató que el hecho de vivir en un barrio peligroso y/o de bajo nivel socioe­conómico eran factores de riesgo para los embarazos ado­lescentes (Miller, Benson y Galbraith, 2001). En esta re-visión también se identificaron algunos aspectos de la educación paterna asociados a menor riesgo de embara­zo adolescente: por ejemplo estrecha vinculación entre padres y adolescentes, supervisión o regulación paterna de las actividades de los adolescentes y valores paternos contrarios al establecimiento de relaciones sexuales pre­coces o al hecho de mantener relaciones sexuales sin pro­tección durante la adolescencia (Miller, Benson y Gal­braith, 2001).

Después de considerar una serie de ideas sobre las ac­titudes y comportamientos heterosexuales durante la ado­lescencia, nos centraremos en las actitudes y comporta­mientos homosexuales.

Actitudes y comportamiento homosexuales

La mayoría de las personas creen que el comportamien­to heterosexual y el comportamiento homosexual son pa­trones claramente diferenciados y fácilmente definibles. Sin embargo, la preferencia por compañeros sexuales del mismo sexo o del sexo opuesto no siempre es una deci­sión definitiva que se toma una vez y se mantiene de por vida. Por ejemplo, no es raro que una persona, sobre todo si es de sexo masculino, experimente con comportamien­tos homosexuales durante la adolescencia pero no vuelva a implicarse en este tipo de conductas durante la etapa adulta.

El continuo entre la heterosexualidad y la homose­xualidad. Hasta finales del siglo XIX se creía que las personas o eran heterosexuales o eran homosexuales. Hoy en día, es más aceptable considerar la orientación se­xual como un continuo que va de la heterosexualidad ex­clusiva a la homosexualidad exclusiva.

Entre los pioneros de este enfoque se encuentran Al­fred Kinsey y sus colaboradores (1948), quienes descri­bieron la orientación sexual como un continuo en una es-cala de seis puntuaciones, en la que el 0 se asigna a la heterosexualidad exclusiva y el 6 a la homosexualidad exclusiva (véase el Cuadro 11.3 de la página siguiente). Algunos individuos son bisexuales, es decir, se sienten atraídos por personas de ambos sexos. En la investiga­ción llevada a cabo por Kinsey aproximadamente el 1 por 100 de los individuos afirmaron ser bisexuales (1,2 por 100 en el sexo masculino y 0,7 por 100 en el femenino) y entre el 5 por 100 y el 7 por 100 afirmaron ser homo-sexuales (4,7 por 100 en el sexo masculino y 1,8 por 100 en el femenino). En una encuesta de ámbito nacional lle­vada a cabo en Estados Unidos, sólo el 2,3 por 100 de los encuestados de sexo masculino dijeron haber tenido experiencias sexuales con miembros del mismo sexo y sólo el 1,1 por 100 afirmó ser exclusivamente gay (Alan Guttmacher Institute, 1995). En otro estudio también rea­lizado en Estados Unidos, el porcentaje de individuos que afirmaron ser homosexuales activos fue mucho más bajo (2,7 por 100 en el sexo masculino y 1,4 por 100 en el femenino) que el a menudo citado 10 por 100 (Michael etal, 1994).

Dilemas a la hora de tomar
una decisión sexual

Elizabeth es una adolescente que se está debatiendo en­tre si debería o no mantener relaciones sexuales con un chico del que está enamorada. Dice que no es cuestión de si lo ama o no. Ella sabe que lo ama, pero todavía no sabe si el hecho de mantener relaciones sexuales con él estaría bien o mal. El chico le ha propuesto mantener re­laciones sexuales, pero ella sabe que a sus padres no les gustaría que lo hiciera. Cuando plantea la cuestión a sus amigas, algunas le dicen que sí y otras que no. Elizabeth no sabe qué hacer. Después de varios días de darle vuel­tas al tema, en un momento de sinceridad, admite que no considera que el chico esté profundamente enamorado de ella. Esto le hace decantarse más por la decisión de no mantener relaciones sexuales con él. Se da cuenta de que, en el caso de que la relación no prosperara, miraría ha­cia atrás y se arrepentiría por haber mantenido relaciones sexuales. Al final, Elizabeth le dice al chico que no va a hacer el amor con él.

Las cavilaciones de Elizabeth reflejan su lucha in-terna por entender que está bien y qué está mal sobre el hecho de mantener relaciones sexuales. En sus circuns­tancias, el hecho de admitir en un momento de sinceri­dad que el chico no está profundamente enamorado de ella le ayuda a tomar una decisión.

 

CUADRO 11.3

El continuo de la orientación sexual.

El continuo va desde la exclusiva heterose­xualidad, a la que Kinsey y sus colabora-dores (1948) asignaron la puntuación de 0, a la exclusiva homosexualidad (6). Las per­sonas a quienes les atraen ambos sexos en la misma medida (2 a 4) son bisexuales.

 

Causas de la homosexualidad. ¿Por qué algunos indi­viduos son homosexuales y otros heterosexuales? Se han hecho muchas especulaciones acerca de esta pregunta, pero todavía no se ha llegado a ninguna respuesta defini­tiva. Los hombres y las mujeres homosexuales y hetero­sexuales tienen respuestas fisiológicas similares durante la excitación sexual y parecen excitarse ante el mismo tipo de estimulación táctil. Los investigadores no han de­tectado diferencias entre homosexuales y heterosexuales en un amplio abanico de actitudes, comportamientos y ni­vel de adaptación (Bell, Weinberg y Mammer-smith, 1981; Savin-Williams, 1995). Tanto la American Psy­chiatric Association como la American Psychological As­sociation reconocieron que la homosexualidad no es nin­guna enfermedad y dejaron de clasificarla como un trastorno en la década de los setenta.

Recientemente, los investigadores han explorado las posibles bases biológicas de la homosexualidad (D’Au­gelli, 2000; Herek, 2000). A este respecto, evaluaremos los estudios sobre las hormonas y el cerebro; y los estu­dios sobre gemelos. Los resultados obtenidos en los es­tudios hormonales han sido inconsistentes. De hecho, si a un homosexual de sexo masculino se le administran hor­monas masculinas (andrógenos), su orientación sexual no se modifica; lo único que ocurre es que se incrementa su deseo sexual. Es posible que sobre la orientación sexual influya un período crítico situado en un momento muy temprano del proceso de desarrollo. Entre el segundo y el quinto mes después de la concepción, la exposición del feto a los niveles hormonales característicos del sexo fe-menino puede provocar que el individuo (independiente-mente de su sexo) se sienta atraído por los hombres (Ellis y Ames, 1987). Si esta hipótesis del período crítico resul­tara ser cierta, podría explicar por qué los clínicos han comprobado que la.orientación sexual es difícil, si no im­posible, de modificar (Meyer-Bahlburg et al., 1995).

En lo que se refiere a las estructuras anatómicas, el neurocientífico Simon LeVay (1991) encontró que un área del hipotálamo que regula el comportamiento sexual es el doble de grande (aproximadamente del tamaño de un grano de arena) en los hombres heterosexuales que en

los homosexuales. Este área tiene el mismo tamaño en los hombres homosexuales y en las mujeres heterosexuales. Los críticos del estudio de LeVay señalan que muchos de los homosexuales del estudio tenían sida, por lo que es posible que sus cerebros estuvieran alterados por la en­fermedad.

En otra investigación se anlizó la orientación sexual de pares de gemelos (Withman, Diamond y Martin, 1993). Los investigadores empezaron estudiando un gru­po de homosexuales cada uno de los cuales tenía un her­mano gemelo, y después comprobaron la orientación se­xual de estos últimos. Los gemelos monocigóticos proceden del mismo ovocito fecundado, por lo que son genéticamente idénticos. De todos los gemelos monoci­góticos estudiados, casi dos tercios tenían una orientación homosexual. Los gemelos dicigóticos proceden de dos ovocitos diferentes y, por lo tanto, no son más parecidos genéticamente que dos hermanos que no son gemelos. De todos los gemelos dicigóticos estudiados, menos de un tercio presentó una orientación homosexual. Los autores interpretaron los resultados como consistentes con una in­terpretación biológica de la homosexualidad. En cual­quier caso, no todos los gemelos monocigóticos estudia-dos presentaban una orientación homosexual, lo que indica claramente que los factores ambientales también juegan un papel importante.

Lo más probable es que la orientación sexual de una persona —heterosexual, homosexual o bisexual— esté determinada por una combinación de factores genéticos, hormonales, cognitivos y ambientales (Strickland, 1995). La mayoría de los expertos en homosexualidad creen que no existe un factor aislado que provoque la homosexua­lidad y que el peso relativo de cada uno de ellos puede variar de un individuo a otro. De hecho, nadie sabe qué es exactamente lo que provoca que un individuo sea ho­mosexual. Los científicos tienen una idea bastante clara sobre los factores que no provocan la homosexualidad. Por ejemplo, los niños criados por parejas de padres ho­mosexuales —gays o lesbianas— no tienen más probabi­lidades de ser homosexuales que los niños criados por pa­dres heterosexuales (Patterson, 1995). Tampoco existen

 

pruebas de que la homosexualidad masculina sea provo­cada por una madre dominante o un padre débil, ni que la homosexualidad femenina obedezca a la elección de modelos de rol masculinos.

Identidad gay o lesbiana durante la adolescencia. Aunque el desarrollo de la identidad gay o lesbiana ha sido ampliamente estudiado en los adultos, pocos inves­tigadores han analizado la identidad gay o lesbiana (a me-nudo conocida como el proceso de «salir del armario») durante la adolescencia (Flowers y Buston, 2001). En un estudio sobre adolescentes gays, se identificaron tres fa­ses en el proceso de «salir del armario»: sensibilización; conciencia con confusión, negación, culpa y vergüenza; y, por último, aceptación (Newman y Muzzonigro, 1993). La mayoría de los adolescentes gays afirmaron que duran-te la infancia se sentían diferentes a los demás niños. La edad promedio en que por primera vez les gustó otro chi­co fueron los 12,7 años. La mayoría de los chicos afir­maron que se sintieron confundidos cuando se dieron cuenta de que eran gays. Aproximadamente la mitad de ellos comentaron que al principio intentaron negar su identidad gay.

Las reacciones ante el reconocimiento de la homose­xualidad oscilaron entre el alivio y la alegría («Ahora lo entiendo y me siento mejor») y la ansiedad, la depresión y las ideas suicidas («No puedo permitir que se entere na­die; tengo que matarme»). Con frecuencia los adolescen­tes gays desarrollan mecanismos de defensa para prote­gerse de la estigmatización. Estos mecanismos de defensa incluyen racionalizaciones tales como las siguientes (Sa­vin-Williams y Rodríguez, 1993):

«Debía de estar borracho».

«Sólo fue una vez que estaba atravesando una mala racha».

«He oído que todos los chicos lo prueban alguna vez». «Sólo la amo a ella, no a todas las chicas».

«Me sentía demasiado solo».

«Sólo lo hice por curiosidad».

Este tipo de justificaciones pueden ser temporales o durar toda la vida. Pueden tener consecuencias positivas (como redirigir las energías sexuales a objetivos acadé­micos) o destructivas (como casarse con una persona hacia la que uno no se siente erótica o emocionalmente atraído).

Salir del armario. Basándonos en las investigaciones empíricas, podemos formular las siguientes conclusiones sobre los adolescentes que revelan su identidad gay o les­biana (Savin-Williams, 1998, 2000):

  • Casi nunca son los padres las primeras personas a

quienes los adolescentes dan a conocer que se sien‑

ten atraídos por miembros de su mismo sexo.

  • Las madres suelen recibir la noticia antes que los

padres, probablemente porque los adolescentes tie‑

No estaba interesado en ligar con las chicas como mis amigos

«Durante los primeros años que estudié en el instituto es-tuve muy metido en el grupo de teatro. Mi voz es una mezcla entre la de Elvis y la de Roger Rabbit, pero siem­pre me daban algún papel en los musicales. Era un ‘adicto’ a ser el centro de atención… Tenía mucho carisma y me sentía muy seguro de mí mismo, hasta que entró en juego el tema del sexo… Yo no estaba interesado en ligar con las chicas como lo estaban mis amigos y no encontraba a Daniela ni a sus pechos tan irresistibles. La forma en que Raúl conquistó a Celia no me parecía nada in­teresante, sobre todo porque yo no tenía ningún interés por participar en ese tipo de conductas. Cuando por fin desarrollé deseos sexuales, en torno a los 13 o los 14 años, comprobé que Daniela y sus pechos seguían sin de­cirme nada. Sin embargo, me di cuenta de que me fijaba mucho en Tony, con sus rasgos angulosos y su musculoso cuerpo».

Adolescente gay

nen una relación más distante con sus padres que con sus madres.

  • Las madres tienen más probabilidades que los pa­dres de saber que sus hijos se sienten atraídos por miembros de su mismo sexo.
  • Aproximadamente entre el 50 y el 60 por 100 de los adolescentes que son gays, lesbianas o bisexuales se lo han contado a alguno de los hermanos, aun-que los hermanos no suelen ser las primeras perso­nas con quienes se sinceran los adolescentes perte­necientes a estas minorías sexuales.
  • La primera persona a quien los adolescentes reve­lan su orientación homosexual o bisexual suele ser

Sesgos y discriminación. El hecho de tener sentimientos negativos e irracionales hacia los homosexuales recibe el nombre de homofobia. En sus formas más extremas, la ho­mofobia puede llevar a un individuo a ridiculizar, comba­tir o incluso asesinar a otras personas por su condición de homosexual. En sus formas mas habituales supone la evi­tación de los homosexuales, mantener creencias erróneas sobre el estilo de vida homosexual (como creer que la ma­yoría de las personas que abusan sexualmente de los niños son homosexuales), o la discriminación sutil, o no tan su­til, en la vivienda, el empleo y otros ámbitos de la vida. Uno de los aspectos más negativos de la estigmatización de la homosexualidad es la autodevaluación en la que incurren muchos gays (Patterson, 1995; Rodges,

 

2000; Savin-Williams y Rodríguez, 1993). Una forma ha­bitual de esta evaluación negativa consiste en ocultar o di-simular la identidad sexual real. Entre las estrategias de ocultamiento se incluyen dar información que falsea la identidad homosexual o evitar mostrar la verdadera iden­tidad sexual. Las estrategias de disimulo también inclu­yen decir: «Yo soy normal y me siento atraído por los individuos del otro sexo». Este tipo de mecanismos de de­fensa contra el reconocimiento de la homosexualidad está fuertemente arraigado en nuestra sociedad. Sin el apoyo adecuado y ante el temor de la estigmatización, muchos adolescentes gays y lesbianas se esconden den­tro del armario durante mucho tiempo y no salen hasta que se sienten más seguros, cosa que suele ocurrir al lle­gar a la universidad. Un aspecto especialmente preocu­pante es la falta de apoyo que los gays y lesbianas reciben de sus padres, profesores y orientadores, durante la ado­lescencia (Davis y Stewart, 1997; Savin-Williams, 2001).

Otro aspecto importante es la asociación existente en­tre riesgo de suicidio y orientación sexual (Morrison y L’Heureux, 2001; Rose y Rogers, 2000). En un estudio sobre estudiantes de enseñanza secundaria obligatoria y bachillerato, los intentos de suicidio se produjeron en el 28 por 100 de los chicos bisexuales/homosexuales, el 21 por 100 en las chicas bisexuales/homosexuales, el 15 por 100 en las chicas heterosexuales y sólo el 4 por 100 en los chicos heterosexuales (Ramafedi et al., 1998).

Después de estudiar las actitudes y comportamientos heterosexuales y homosexuales, analizaremos otra dimen­sión de la sexualidad adolescente: la autoestimulación.

La autoestimulación

Independientemente de la orientación sexual que tenga una persona, durante la adolescencia, tendrá que enfren­tarse a una creciente activación sexual. Muchos jóvenes que no salen con nadie o que eligen conscientemente abs­tenerse de mantener relaciones sexuales superan esta in­sistente activación sexual mediante la masturbación o la autoestimulación.

Como ya hemos visto, las experiencias sexuales de muchos adolescentes heterosexuales siguen un continuo que empieza en los besos y sigue con los tocamientos, para finalizar con el coito y el sexo oral. Sin embargo, hay una cantidad considerable de adolescentes cuyas expe­riencias sexuales no encajan en este continuo heterose­xual, al implicarse en conductas de masturbación y com­portamientos sexuales con miembros del mismo sexo. La mayoría de los chicos eyaculan por primera vez entre los 12 y los 13 años. La masturbación, el contacto genital con una pareja sexual del mismo sexo o del otro sexo, o las poluciones nocturnas son las situaciones más comunes en las que se producen estas eyaculaciones.

La masturbación es la práctica más frecuente que uti­lizan muchos adolescentes para liberar su excitación se­xual (Gates y Sonnenstein, 2000). En una investigación se constató que la masturbación estaba muy extendida en‑

tre los adolescentes (Has, 1979). Más de dos tercios de los chicos y la mitad de las chicas se masturbaban una o varias veces a la semana. A diferencia de lo que ocurría en el pasado, los adolescentes de hoy en día no se sien-ten culpables por el hecho de haberse masturbado, aun-que se pueden sentir avergonzados o ponerse a la defen­siva cuando se les pregunta al respecto. En el pasado se afirmaba que la masturbación prodcucia todo tipo de ma­les, desde lombrices hasta la locura. En la actualidad, sólo el 15 por 100 de los adolescentes desaprueban esta prác­tica (Hyde y DeLamater, 2000).

En un estudio se analizaron las prácticas masturbato­rias de los estudiantes universitarios de ambos sexos (Leitenberg, Detzer y Srebnik, 1993). Casi el doble de chicos que de chicas afirmaron haberse masturbado en al­guna ocasión (el 81 por 100 de los chicos frente al 45 por 100 de las chicas), y los chicos que se masturbaron du­rante la adolescencia temprana y la juventud lo hicieron tres veces más a menudo que las chicas que se masturba-ron en las mismas etapas evolutivas. No se detectó nin­guna asociación entre el hecho de practicar la masturba­ción durante la preadolescencia y/o la adolescencia temprana y el ajuste sexual durante la etapa adulta.

El uso de métodos anticonceptivos

La actividad sexual, aunque es un actividad normal ne­cesaria para la procreación, lleva consigo riesgos consi­derables si no se toman las precauciones pertinentes (Zimmer-Gembeck, Doyle y Daniels, 2001). Los adoles­centes se enfrentan a dos tipos de riesgo: los embarazos no deseados y las enfermedades de transmisión sexual. Ambos tipos de riesgo se pueden reducir significativa-mente utilizando métodos anticonceptivos. Aunque los gays y las lesbianas no corren el riesgo de embarazo, es­tán expuestos al igual que los heterosexuales al riesgo de las enfermedades de transmisión sexual.

Una buena noticia es que los adolescentes cada vez utilizan más los métodos anticonceptivos (Child Trends, 2000). El uso de métodos anticonceptivos entre las chi­cas aumentó del 48 por 100 al 65 por 100 durante la dé-cada de los ochenta (Forrest y Singh, 1990). En torno al año 1995, el uso de métodos anticonceptivos en la pri­mera ocasión en que se practica el coito alcanzó el 78 por 100, y dos tercios de los casos se asociaron al uso de preservativos. Una adolescente sexualmente activa que no utilice métodos anticonceptivos tiene un 90 por 100 de probabilidades de quedarse embarazada en un año (Alan Guttmacher Institute, 1998). En Estados Unidos el método anticonceptivo que utilizan más a menudo las adolescentes es la pildora (44 por 100), seguido del preservativo (38 por 100). Aproximadamente el 10 por 100 utiliza anticonceptivos inyectables, el 4 por 100 el coitus inte-rruptus, y el 3 por 100 los implantes (Alan Guttmacher Institute, 1998). Aproximadamente un tercio de las adolescentes que utilizan preservativos también toma la pildora o practican el coitus interruptus.

 

Aunque el uso de métodos anticonceptivos entre los adolescentes está aumentando, una gran cantidad de los que son sexualmente activos siguen sin utilizar estos mé­todos o los utilizan de forma inconsistente (Ford, John y Lepkowski, 2001). Los adolescentes mas jóvenes que son sexualmente activos suelen tomar menos precauciones. Tienden a utilizar preservativos o la interrupción del coi­to, mientras que los mayores utilizan la pildora o el dia­fragma. Un estudio reveló que las adolescentes han mo­dificado su comportamiento en la dirección de un sexo más seguro en mayor medida que sus homólogos de sexo masculino.

Al pensar en el uso de anticonceptivos durante la ado­lescencia, es importante tener en cuenta el contexto in­terpersonal de la vida de los adolescentes. Por ejemplo, una de las razones que aducen las chicas para no exigir a sus compañeros sexuales que utilicen preservativos es que no quieren arriesgarse a perderlos como pareja. Es decir, a los ojos de una adolescente el riesgo potencial de que-darse embarazada sin desearlo o de contraer una enfer­medad de transmisión sexual no es tan amenazador como la pérdida potencial de su pareja (Feldman, 1999).

La cuestión de la anticoncepción resulta más difícil para los adolescentes que para los adultos debido a que estos dos grupos de edad tienen patrones de actividad se­xual diferentes (Feldman, 1999). Mientras que muchos adultos, especialmente los que están casados, mantienen relaciones sexuales regularmente o con una periodicidad predecible y típicamente con una sola pareja (o con una cantidad reducida de compañeros sexuales), la actividad sexual de los adolescentes suele ser irregular e imprede­cible. Por ello, algunas de las formas de anticoncepción que son más eficaces y más utilizadas por los adultos (como la pildora y el DIU) no son tan adecuadas para el tipo de relaciones sexuales que suelen mantener los ado­lescentes. Además, las parejas casadas suelen hablar so­bre el método anticonceptivo que prefieren utilizar, mien­tras que este tipo de conversaciones son mucho menos frecuentes entre adolescentes y entre adultos jóvenes sol­teros. Ello determina que, a menudo, los adolescentes acudan a los preservativos, que no son fiables al 100 por 100. No obstante, los preservativos, a diferencia del DIU

y la pildora, son eficaces para prevenir el contagio de en­fermedades de transmisión sexual.

¿Qué factores están relacionados con el uso de anti­conceptivos? Tener un nivel socioeconómico bajo es uno de los mejores predictores del establecimiento de rela­ciones sexuales sin utilizar métodos anticonceptivos du­rante la adolescencia. Los adolescentes más jóvenes tam­bién son más reacios a utilizar anticonceptivos que los de más edad (Hofferth, 1990). El hecho de no tener una re­lación estable en la que exista un compromiso también se asocia a la no utilización de métodos anticonceptivos (Chuman, 1979). Asimismo, los adolescentes con esca­sas habilidades de afrontamiento, falta de visión de futu­ro, elevada ansiedad, escaso ajuste social y actitud nega­tiva hacia los anticonceptivos son más reacios a utilizar este tipo de métodos. El nivel de preocupación personal sobre el sida y la percepción de que la compañera sexual valorará positivamente el uso de preservativos son facto-res que se asocian a un uso más consistente entre los ado­lescentes de sexo masculino (Pleck, Sonenstein y Ku, 1991). La vergüenza y el temor a que esta práctica se aso­cie a una reducción del placer sexual inhibe el uso de preservativos. Los programas educativos que incluyen in-formación sobre el sida y sobre la prevención de los em­barazos no deseados pueden favorecer un uso más habi­tual de los preservativos entre los adolescentes de sexo masculino.

Aunque el uso de anticonceptivos entre los adoles­centes norteamericanos ha aumentado durante las dos úl­timas décadas, los adolescentes de Canadá, Gran Bretaña, Francia, Suecia y los Países Bajos siguen utilizando es-tos métodos en mayor proporción que los estadouniden­ses (Child Trends, 1000; Forrest, 1990). Particularmente, los adolescentes norteamericanos son menos proclives a utilizar métodos anticonceptivos eficaces, como la pildo­ra, que sus homólogos de otros países occidentales.

Desde el último repaso, hemos analizado muchos as­pectos sobre las actitudes y comportamientos hetero y ho­mosexuales, la autoestimulación y el uso de métodos an­ticonceptivos. El repaso de la página siguiente le ayudará a alcanzar los objetivos de aprendizaje relacionados con estos temas.

 

PARA TU REVISIÓN

Objetivo de aprendizaje 2  Conocer mejor sobre las actitudes y los comportamientos heterosexuales de los ado­lescentes.

  • La progresión típica de los comportamientos sexuales es empezar por los besos y se­guir con los «tocamientos», el coito y, en algunos casos, el sexo oral.
  • La cantidad de adolescentes que afirman haber practicado el coito ha aumentado sig­nificativamente durante el siglo XX. La proporción de adolescentes de sexo femeni­no que se implican en este tipo de comportamiento ha crecido más deprisa que la de sus homólogos de sexo masculino. Los datos disponibles en Estados Unidos in­dican que a los 17 años de edad más de la mitad de todos los adolescentes han prac-

 

304      Psicología del desarrollo en la adolescencia

PARA TU REVISIÓN (continuación)

ticado el coito, aunque el porcentaje varía en función del sexo, la etnia y el contex­to. Los adolescentes afroamericanos de sexo masculino y los que viven en los ba­rrios céntricos de las grandes ciudades son los que informan sobre una frecuencia más elevada de prácticas sexuales.

  • El rol sexual tradicional implica que el chico tome la iniciativa, siendo la chica la que establece los límites a los avances sexuales de su compañero. Los roles sexua­les de las adolescentes vinculan más el sexo con el amor que los guiones sexuales de sus homólogos de sexo masculino.
  • Entre los factores de riesgo relacionados con los problemas sexuales se incluyen el inicio precoz de la actividad sexual, las reticencias a utilizar métodos anticoncepti­vos, la implicación en otros comportamientos de riesgo como consumir alcohol y la delincuencia, vivir en un barrio de bajo nivel económico y el hecho de pertenecer a una minoría étnica.
Objetivo de aprendizaje 3

Objetivo de aprendizaje 4

Describir las actitudes y los comportamientos homosexuales de los adolescentes.

  • Hoy en día está ampliamente aceptado que la orientación sexual debería concebir se como un continuo que va de la heterosexualidad exclusiva a la homosexualidad exclusiva.
  • Lo más probable es que la orientación sexual de un individuo —sea bisexual, hete­rosexual u homosexual— sea el resultado de una combinación de factores genéti­cos, hormonales, cognitivos y ambientales.
  • Recientemente las investigaciones sobre la homosexualidad se han centrado en cómo afrontan los adolescentes el hecho de sentirse atraídos por miembros de su mismo sexo, cómo exponen este hecho a los demás y la lucha interna que suelen experi­mentar al hacerlo.
  • La discriminaci ón hacia la homosexualidad produce un estrés considerable en los adolescentes con este tipo de orientación sexual.

 

Analizar el tema de la autoestimulación y evaluar el uso de los métodos anticoncep­tivos.

 

  • La autoestimulación forma parte de la actividad sexual de prácticamente todos los adolescentes y es una de las válvulas de escape más habituales de sus necesidades sexuales.
  • Los adolescentes cada vez utilizan con más frecuencia los métodos anticonceptivos, aunque una cantidad considerable de ellos sigue sin hacerlo. Los adolescentes jóve­nes y los de extracción social mas baja son más reacios a utilizar anticonceptivos que los de más edad y los de clase media.

 

Hasta aquí, en este capítulo, hemos revisado los aspec­tos normales de la sexualidad adolescente, así como las ac­titudes y comportamientos sexuales. Al hablar sobre las actitudes y comportamientos sexuales, mencionamos al­gunos factores que están relacionados con los problemas sexuales de los adolescentes. A continuación, explorare­mos más extensamente este tipo de problemas.

PROBLEMAS SEXUALES EN LOS ADOLESCENTES

Los problemas sexuales que pueden tener los adolescen­tes incluyen los embarazos no deseados, las enfermeda­des de transmisión sexual, los abusos sexuales y el acoso sexual.

Los embarazos adolescentes

Angela tiene 15 años y está embarazada. Se dice a sí mis­ma: «Estoy de tres meses. Esto podría arruinarme la vida. Había hecho tantos planes para el futuro…, y ahora los he echado todos a perder. No tengo a nadie con quien hablar sobre éste problema. No se lo puedo contar a mis padres. Ellos no lo entenderían.» En el pasado, las adolescentes embarazadas eran invisibles e innombrables, pero el se­creto de ayer se ha convertido en un dilema a voces hoy. En nuestra exposición sobre los embarazos adolescentes, nos centraremos en su incidencia y naturaleza, sus con-secuencias, los factores cognitivos que pueden estar implicados en ellos, las respuestas de los padres de los adolescentes y las formas en que se puede reducir su in­cidencia.

 

La incidencia y la naturaleza de los embarazos adolescentes

Las adolescentes que se quedan embarazadas tienen an­tecedentes étnicos diferentes y son de lugares distintos, pero sus circunstancias son igual de estresantes. Como Angela, hay muchas adolescentes que se quedan emba­razadas durante la adolescencia. En Estados Unidos, más de 200.000 chicas se quedan embarazadas antes de cum­plir dieciocho años. Como dijo una madre de 17 años de Los Angeles que tenía un hijo de un año: «Somos niñas que tenemos niños».

Los estudios transculturales indican que Estados Uni­dos tiene uno de los índices de embarazos adolescentes más altos de todo del mundo desarrollado, a pesar del considerable descenso que se produjo en la década de los noventa (Alan Guttmacher Institute, 2000; Centers for Disease and Prevention, 2001).

El índice de embarazos adolescentes es similar en Estados Unidos, Rusia y varios países del este de Euro-pa, como Bulgaria, cuadruplicando los índices de Francia, Alemania y Japón. Prácticamente multiplica por 8 al de los Países Bajos. Aunque los adolescentes norteamerica­nos no son sexualmente más activos que sus homólogos de los Países Bajos, su índice de embarazos es mucho más elevado.

De todos modos, los datos más recientes son espe­ranzadores (Ventura et al, 2001). En el año 2000, los par-tos de adolescentes descendieron a una cifra record (Cen­ters for Disease Control & Prevention, 200 1a). Por cada 1.000 chicas de edades comprendidas entre los 15 y los 19 años, se produjeron 49 nacimientos —la cifra más baja de las seis décadas en que se ha registrado este dato. El índice de embarazos adolescentes ha descendido un 22 por 100 desde 1991. Entre las razones de este descenso se incluyen el incremento del uso de métodos anticon­ceptivos, el temor a contraer enfermedades de transmi­sión sexual, como el sida, y la prosperidad económica de los años noventa, que ha motivado que muchas adoles­centes retrasen el momento de formar una familia para poder labrarse un futuro profesional.

El mayor descenso del índice de embarazos adoles­centes en Estados Unidos fue el que afectó a las afroa­mericanas de edades comprendidas entre los 15 y los 17 años. El miedo a contraer enfermedades de transmisión sexual, especialmente el sida, las clases sobre sexualidad y las perspectivas de un futuro más halagüeño se inclu­yen entre las razones más probables del descenso de los índices de embarazos adolescentes durante la década de los noventa. Las adolescentes de origen hispano que vi-ven en Estados Unidos son más proclives a quedarse em­barazadas que las afroamericanas y las de raza blanca no hispanas (Child Trends, 2001). Las adolescentes de ori­gen hispano y las afroamericanas son más proclives a reincidir en los embarazos que las de raza blanca no his­panas.

Las consecuencias de los embarazos adolescentes

Las consecuencias de los altos índices de embarazos adolescentes son motivo de preocupación (Kalil y Konz, 2000). El hecho de quedarse embarazada durante la ado­lescencia supone riesgos para la salud tanto del hijo como de la madre. Los hijos de madres adolescentes tienen más posibilidades de nacer con bajo peso —un factor de riesgo para la mortalidad infantil y para los pro­blemas neurológicos y las enfermedades infantiles (Dry­foos, 1990). Además, las madres adolescentes suelen de­jar los estudios. Aunque muchas madres adolescentes retoman los estudios después, generalmente, no alcanzan el nivel educativo de aquellas mujeres que posponen la maternidad. En la National Survey of Work Experience of Youth (Encuesta Nacional sobre la Experiencia Labo­ral de los Jóvenes Estadounidenses), se constató que sólo la mitad de las mujeres de edades comprendidas entre los 20 y los 26 años que dieron a luz a su primer hijo cuan-do tenían 17 años habían completado el bachillerato (en aquellas que habían tenido hijos siendo más jóvenes, el porcentaje era todavía más bajo) (Mott y Marsiglio, 1985). Sin embargo, entre las mujeres de la misma edad que esperaron a cumplir 20 años para tener un bebé, el 90 por 100 había completado el bachillerato (Kenney, 1987).

Estas deficiencias educativas tienen consecuencias negativas tanto para las madres como para sus hijos (Ken­ney, 1987). Los padres adolescentes tienen más probabi­lidades de tener trabajos mal pagados, ocupar puestos de menos prestigio o estar en paro que los que retrasan la pa­ternidad. Los ingresos familiares medios de las mujeres de raza blanca que dan a luz antes de cumplir 17 años son aproximadamente la mitad de los de aquellas mujeres que retrasan la maternidad hasta después de cumplir 20 años.

Aunque es cierto que las consecuencias del elevado ín­dice de embarazos entre las adolescentes norteamerica­nas es motivo de preocupación, no suele ser el embarazo, considerado aisladamente, lo que se asocia a consecuen­cias negativas para las madres y sus hijos (Brooks-Gunn y Paikoff, 1997; Feldman, 1999; Pittman, 2000). Las ma­dres adolescentes tienen más posibilidades de proceder de una baja extracción social (Hoffman, Foster y Fursten­berg, 1993). Muchas madres adolescentes no eran buenas estudiantes antes de quedarse embarazadas. Además, de­bemos tener en cuenta que no todas las adolescentes que tienen hijos están abocadas a una vida de pobreza y bajo rendimiento. Por lo tanto, aunque es cierto que el hecho de quedarse embarazada durante la adolescencia es una circunstancia de alto riesgo y que generalmente a las ado­lescentes que no tienen hijos les va mejor que a las que los tienen, algunas madres adolescentes van bien en los estudios y obtienen un balance positivo de la experien­cia de la maternidad temprana (Ahn, 1994; Leadbetter y Way, 2000).

 

Los factores cognitivos implicados en los embarazos adolescentes

Los cambios cognitivos tienen implicaciones interesantes para la educación sexual de los adolescentes (Lipsitz, 1980). Con su emergente idealismo y la capacidad de pensar de forma abstracta e hipotética, los adolescentes más jóvenes pueden quedarse atrapados en un mundo mental muy alejado de la realidad. Por esta razón creen que las cosas malas no les pueden pasar o no les pasarán a ellos y que son omnipotentes e indestructibles. El he-cho de tener información sobre los métodos anticoncep­tivos no basta —lo que parece predecir si los adolescen­tes utilizarán o no este tipo de métodos es la medida en que se acepten a sí mismos y acepten su sexualidad—. Y esta aceptación no requiere solamente madurez emocio­nal, sino también madurez cognitiva.

La mayoría de las discusiones sobre los embarazos adolescentes y su prevención asumen que los adolescentes son capaces de anticipar las consecuencias, ponderar los resultados probables de su conducta y proyectar en el fu­turo qué les ocurrirá si se implican en ciertos actos, como por ejemplo el coito. Es decir, la prevención se basa en la creencia de que los adolescentes poseen la capacidad cognitiva de resolver problemas de una manera planifi­cada, organizada y analítica. Sin embargo, algunos ado­lescentes sólo han empezado a desarrollar esa facultad y hay otros que todavía están lejos de alcanzarla.

La exclusividad personal descrita en el Capítulo 4 se puede relacionar con los embarazos adolescentes. El ado­lescente se dice a sí mismo: «Bueno, eso no me ocurrirá a mí». Si una adolescente cae en la trampa de la exclusi­vidad personal, es posible que no responda bien a un cur­so sobre educación sexual que fomenta la prevención. Sólo un enfoque evolutivo que tenga en cuenta las capa­cidades dé los adolescentes será adecuado para determi­nar qué es lo que se puede enseñar a los adolescentes en las clases de educación sexual.

Los adolescentes de 18 o 19 años son hasta cierto punto bastante realistas y tienen una visión de futuro so­bre las experiencias sexuales y sus consecuencias, al igual que sobre las carreras y el matrimonio. Los adoles­centes de edades comprendidas entre los 15 y 17 años a menudo envuelven la sexualidad en un halo de romanti­cismo. Pero los adolescentes más jóvenes, de 10 a 15 años, parecen experimentar el sexo de una forma desper­sonalizada, llena de ansiedad y negación. Esta forma des-personalizada de concebir la sexualidad no favorece el comportamiento preventivo.

Los adolescentes como padres

Los hijos de padres adolescentes tienen que afrontar pro­blemas incluso antes del nacimiento. Sólo una de cada cinco adolescentes embarazadas recibe algún tipo de cui­dados prenatales durante los tres primeros meses de em­barazo, que son fundamentales. Las adolescentes emba‑

Niños que tienen niños

He aquí algunos comentarios hechos por adolescentes y adultos sobre los embarazos adolescentes:

«Tener un hijo demasiado pronto no es justo ni para el niño ni para ti. El amor no basta. Yo tenía 16 años y estaba soltera cuando tuve mi primer hijo. Dejé los estu­dios y tuve al bebé en otro estado. Mi madre hizo los trá­mites necesarios para dar al bebé en adopción. Sufrí, lloré y me preocupé tanto…, sola en aquella habitación, tan lejos de casa. Me quería morir, pero también quería vivir para ver a aquel bebé que llevaba en mi vientre. Lo vi brevemente después del parto, y muchos años después contacté con él. Nunca podré perdonármelo.»

Esperanza, una adulta reflexionando sobre su juventud

«Es preciso crear una atmósfera acogedora donde los adolescentes puedan hacer preguntas. Entonces, habrá más adolescentes que pidan preservativos y pildoras an­ticonceptivas.»

Sara, 17 años

«Deberíamos preguntarnos: ¿Por qué hay tantos pa­dres tan negligentes? En vez de ¿Por qué hay tantas adoles­centes que se quedan embarazadas’?»

Susan, adolescente norteamericana

«Los planes de estudio de la educación secundaria deberían mostrar a los adolescentes en qué se convierte la vida cuando se tiene un bebé. La experiencia, aunque sea simulada, es el mejor método de aprendizaje.»

Ricardo, que fue padre con 17 años

razadas tienen más probabilidades de padecer anemia y de tener complicaciones relacionadas con la prematuridad que las madres que dan a luz cuando tienen entre 20 y 24 años. Los problemas de los embarazos adolescentes du­plican el riesgo normal de dar a luz a un bebé con bajo peso (menos de 2,5 kg), una situación que coloca al bebé en mayor riesgo de padecer deficiencias físicas y menta-les (Dryfoos, 1990).

Los bebés que consiguen superar los riesgos físicos asociados al hecho de tener una madre adolescente no siempre consiguen esquivar los riesgos psicológicos y so­ciales (Brooks-Gunn y Chase-Lansdale, 1995; Luster et al., 1995). Los hijos de madres adolescentes obtienen pe-ores resultados en los tests de inteligencia y tienen más problemas de conducta que aquellos cuyas madres los tu-vieron cuando superaban la veintena (Silver, 1988). Las madres adolescentes utilizan prácticas de crianza menos adecuadas y tienen expectativas menos realistas sobre el desarrollo de los bebés que las madres de más edad

 

(Osofsky, 1990). A los 18 años, una madre que había te-nido un hijo siendo adolescente comentó: «Al poco tiem­po del nacimiento, empecé a estar resentida con el bebé. Durante el primer año, no jugué con él. No habló hasta los dos años —se limitaba a gruñir—. Estoy segura de que la lentitud de su proceso de desarrollo fue en gran parte culpa mía. Ahora intento compensar mi error dedi­cándole toda mi atención, pero sigue estando retrasado para su edad». Otras madres adolescentes pueden esperar con emoción la llegada de la «adorable criaturita» y anti­cipar que su vida con el bebé será maravillosa. Pero, cuan-do comprueban que el bebé exige toda su atención y que tienen que cuidar de él en vez de salir con chicos, sus expectativas positivas dan paso a la amargura.

Por ahora, sólo hemos hablado sobre las madres ado­lescentes. Aunque algunos padres adolescentes se impli­can en el cuidado de sus hijos, la mayoría no lo hacen. Sólo una cuarta parte de las madres adolescentes con un hijo de tres años afirmó que los padres mantenían una re­lación estrecha con ellas y sus hijos (Leadbetter, Way y Raden, 1994). En otro estudio se comprobó que en las dos últimas décadas se ha reducido considerablemente la im­plicación de los padres en la vida de los hijos de madres adolescentes (Leadbetter, 1994).

Los padres adolescentes tienen ingresos inferiores, ni-veles educativos más bajos y más hijos que los padres que posponen la paternidad hasta que tienen veinte años o más. Una de las causas de estas dificultades es que muchos pa­dres adolescentes reaccionan ante el hecho de haber deja-do embarazadas a sus novias abandonando los estudios (Resnick, Wattenberg y Brewer, 1992). En cuanto dejan los estudios, pasan a ocupar puestos de trabajo mal remune­rados. Los padres adolescentes se dicen a sí mismos: «De-bes ser un buen padre. Lo mínimo que puedes hacer es conseguir un trabajo y traer algún sustento a casa».

Muchos padres jóvenes no saben qué se supone que debe hacer un padre. Es posible que quieran a sus hijos, pero no sepan cómo comportarse. Las sociedades occi­dentales les ofrecen poca guía y poco apoyo. Los progra­mas diseñados para ayudar a los padres adolescentes si­guen siendo relativamente escasos, aunque en los últimos años van en aumento. Terry, de 21 años, tiene un hijo de 17 meses y es hijo de padres adolescentes. Después de be­neficiarse del Teenage Pregnancy and Parenting Project de San Francisco, ahora trabaja en este proyecto como orien­tador. Explica: «Mi padre me tuvo siendo adolescente. Mi abuelo también tuvo a mi padre siendo todavía un chaval. Sé que la cadena se romperá en mi hijo» (Stengel, 1985).

Reducir la incidencia de los embarazos adolescentes

Se deben hacer serios esfuerzos para ayudar a las adoles­centes embarazadas y a las madres jóvenes a mejorar sus oportunidades educativas y profesionales. Las madres adolescentes también necesitan ayuda para poder acceder a guarderías de calidad y a planificar su futuro (Klaw y

Saunders, 1994). John Conger (1988) hizo cuatro reco­mendaciones para reducir los altos índices de embarazo adolescente: (1) educción sexual y planificación familiar; (2) acceso a métodos anticonceptivos; (3) utilizar el en-foque de las opciones vitales, y (4) apoyo y profunda im­plicación de la comunidad. Seguidamente considerare­mos cada una de estas recomendaciones.

Es conveniente que los adolescentes reciban una edu­cación sexual adaptada a su edad. Más adelante, en este mismo capítulo hablaremos sobre la educación sexual.

Ademas de una educación sexual y algunos conoci­mientos sobre cuidados parentales adecuados a sus capa­cidades intelectuales, los adolescentes sexualmente activos deben tener acceso a métodos anticonceptivos. En ocasio­nes estas necesidades son satisfechas por los centros de planificación familiar y de atención a la mujer que ofrecen servicios integrales y de muy buena calidad. En cuatro clí­nicas, ubicadas en St. Paul (Minnesota), el índice anual de embarazos adolescentes primerizos ha descendido del 80 por 1.000 al 29 por 1.000 (Schorr, 1989). Estas clínicas ofrecen desde vacunas y servicios de medicina deportiva hasta el tratamiento de enfermedades de trasmisión sexual. También asesoran a los adolescentes sobre métodos anti­conceptivos y recetan pildoras anticonceptivas (siempre y cuando los padres hayan dado su consentimiento para que los adolescentes visiten la clínica). Un aspecto importante de estos centros es la presencia de personal formado es­pecíficamente para atender las necesidades especiales y los problemas propios de la etapa adolescente.

Pero, mejorando solamente la educación sexual, la planificación familiar y el acceso a los métodos anticon­ceptivos, no evitaremos los embarazos adolescentes, so­bre todo en lo que respecta a los grupos de riesgo. Los adolescentes deben estar motivados para reducir los ries­gos de embarazo. Esta motivación llegará cuando miren hacia el futuro y vean que tienen la oportunidad de ser au­tónomos y tener éxito. Además, necesitan oportunidades para mejorar sus habilidades académicas y profesionales, sus oportunidades laborales, asesoramiento para planifi­car sus vidas y amplios servicios de salud mental.

Por último, para que la prevención de los embarazos adolescentes tenga éxito, necesitamos la implicación y el apoyo de toda la sociedad en su conjunto (Duckett, 1997). Este apoyo es una de las principales razones del éxito de los esfuerzos para prevenir los embarazos adolescentes en muchos países desarrollados donde los índices de emba­razo, aborto y parto adolescente son mucho más bajos que en Norteamérica, a pesar de poseer índices similares de actividad sexual. En Holanda, al igual que en otros paí­ses europeos como Suecia, el sexo no posee las connota­ciones de misterio y conflicto que tiene en la sociedad norteamericana. En Holanda no hay un programa obliga-torio de educación sexual, pero los adolescentes pueden recibir asesoramiento sobre métodos anticonceptivos en clínicas subvencionadas a muy bajo coste. Los medios de comunicación holandeses también han desempeñado un papel importante en la educación sexual del público, di-

 

fundiendo información sobre el control de la natalidad, el aborto y otros temas afines. Los adolescentes holandeses no conciben la posibilidad de mantener relaciones sexua­les sin utilizar métodos anticonceptivos.

Una estrategia para reducir el índice de embarazos adolescentes en Estados Unidos, es el Teen Outreach Pro­gram (TOP), que se centra en fomentar la participación de los adolescentes en servicios a la comunidad de ca­rácter voluntario y estimula coloquios que los ayudan a valorar los aprendizajes realizados a través del volunta­riado. En un estudio, en el que participaron 695 estu­diantes de edades comprendidas entre los 14 y los 18 años se asignaron aleatoriamente a un grupo de TOP o a un grupo control (Alien et ai, 1997). Las estudiantes fueron evaluadas tanto al inicio como al final del programa, de nueve meses de duración. El índice de embarazos fue considerablemente inferior en el grupo que había partici­pado en el programa TOP. Las estudiantes del grupo TOP también tenían índices más bajos de fracaso escolar y de expulsiones escolares.

Girls, Inc. (Sociedad de Chicas) tiene cuatro progra­mas cuyo objetivo es incrementar la motivación de las adolescentes para evitar el embarazo hasta que sean lo su­ficientemente maduras como para tomar decisiones res­ponsables sobre la maternidad (Roth et ai, 1998). Gro­wing Together (Crecer Juntos), incluye una serie de cinco talleres de trabajo de dos horas de duración para madres y adolescentes, y Will Power / Won’t Power (El poder de

la voluntad / el poder de decir No), está formado por una serie de seis sesiones de dos horas de duración centradas en el entrenamiento en asertividad, dirigidas a chicas de entre 12 y 14 años de edad. Para adolescentes mayores, Taking Care of Business (Cuidar de los Negocios) cons­ta de nueve sesiones que enfatizan la planificación del fu­turo profesional y proporcionan información sobre la se­xualidad, la reproducción y los métodos anticonceptivos. Health Bridge (Puente de Salud) coordina servicios edu­cativos y sanitarios —las chicas pueden participar en este programa como una de las actividades de su club o aso­ciación. Las investigaciones indican que las adolescentes que participan en estos programas tienen muchas menos probabilidades de quedarse embarazadas que las que no lo hacen (Girls, Inc., 1991).

Hasta aquí, hemos comentado cuatro formas de dis­minuir la incidencia de los embarazos adolescentes: edu­cación sexual y planificación familiar, acceso a métodos anticonceptivos, opciones educativas y profesionales, y la implicación y el apoyo de la comunidad en su conjunto. Una última consideración, que es especialmente impor­tante para los adolescentes más jóvenes es la abstinencia. La abstinencia se recomienda cada vez más en las clases de educación sexual (Darroch, Landry y Singh, 2000).

Desde el último repaso, hemos analizado una serie de aspectos para reducir la incidencia de los embarazos ado­lescentes. El siguiente repaso le ayudará a alcanzar los objetivos de aprendizaje relacionados con este tema.

 

PARA TU REVISIÓN

Objetivo de aprendizaje 5

Saber más sobre los embarazos adolescentes.

  • Cuatro de cada nueve embarazos adolescentes no son deseados. El índice de emba­razos adolescentes de Estados Unidos es el más alto de todo el mundo occidental. Afortunadamente el índice de embarazos adolescentes en Estados Unidos ha empe­zado a descender en los últimos años.
  • El hecho de quedarse embarazada durante la adolescencia incrementa los riesgos tan to para la salud de la madre como para la del hijo. Las madres adolescentes tienen más probabilidades de dejar los estudios y tener trabajos peor remunerados que las adolescentes que no tienen hijos. De todos modos, es importante recordar que a me-nudo no es sólo el embarazo lo que sitúa a las adolescentes en situación de riesgo. Las madres adolescentes suelen proceder de niveles socioeconómicos bajos y no eran buenas estudiantes antes de quedarse embarazadas.
  • Factores cognitivos, como el pensamiento egocéntrico e inmaduro, pueden estar impli­cados en los embarazos adolescentes.
  • Los bebés hijos de madres adolescentes están en situación de riesgo tanto médica como psicológica. Los padres adolescentes son menos eficaces a la hora de cuidar a sus hijos que los padres de más edad. Muchos padres adolescentes no mantienen una relación estrecha ni con sus hijos ni con las madres de éstos.
  • Entre las principales recomendaciones para reducir los embarazos adolescentes, se incluyen la educación sexual y la planificación familiar; el acceso a métodos anti­conceptivos; las posibilidades de elegir entre diferentes opciones, la implicación y el apoyo de la comunidad en su conjunto; y la abstinencia. En un estudio, el hecho de participar en servicios de voluntariado de ayuda a la comunidad se asoció a una me­nor incidencia del embarazo adolescente.

 

Después de revisar algunos de los factores implicados en los embarazos adolescentes, dirigiremos nuestra aten­ción hacia otro problema relacionado con la sexualidad en esta etapa de la vida: las enfermedades de transmisión sexual.

Las enfermedades de transmisión sexual

Tania, de 15 años, acaba de escuchar la conferencia de un experto en la clase de educación para la salud. Oímos lo que le comenta a una amiga conforme van avanzando por el pasillo del instituto: «¡Vaya conferencia tan repulsiva! No me creo que puedas coger todas esas enfermedades por el mero hecho de mantener relaciones sexuales. Creo que sólo intentaba asustarnos. Se ha pasado mucho rato hablando del sida, que he oído que es una enfermedad que no afecta a las personas normales. ¿Verdad? Sólo afecta a los homosexuales y a los drogadictos. Y también dicen que la gonorrea y muchas otras enfermedades de transmisión sexual tienen curación, o sea que ¡tampoco se va a hundir el mundo por el hecho de contraer alguna de esas enfermedades!». La actitud de Tania ante las enfer­medades de transmisión sexual —que siempre les ocurren a los demás; que se pueden curar con facilidad y sin ries­gos, que son demasiado desagradables para que una per­sona de bien hable sobre ellas y todavía más para que las contraiga— es bastante común entre los adolescentes. Pero lo cierto es que los adolescentes que mantienen re­laciones sexuales sin protección corren el riesgo de con-traer este tipo de enfermedades.

Las enfermedades de transmisión sexual (ETS) son enfermedades que se contraen fundamentalmente a tra­vés del contacto sexual. Este contacto no se limita a la penetración vaginal, sino que incluye también el contacto oral-genital y el ano-genital. Son un problema sanitario cuya incidencia va en aumento. Se estima que aproxima­damente, el 25 por 100 de los adolescentes sexualmente activos contraen alguna ETS cada año (Alan Guttmacher Institute, 1998).

Tipos

Entre las principales ETS que pueden contraer los ado­lescentes se incluyen las infecciones bacterianas (como la gonorrea y la sífilis), la clamidiasis, y dos ETS provoca-das por virus —el herpes genital y el sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida).

Gonorrea. La gonorrea es una de las enfermedades de transmisión sexual más frecuentes en Estados Unidos. Está provocada por una bacteria llamada Neisseria Go­norrhoeae, que se desarrolla en las membranas mucosas húmedas que recubren la boca, la garganta, la vagina, el cuello del útero, la uretra y el tracto anal. La bacteria se contagia a través del contacto entre las membranas mu­cosas del individuo afectado y las de otro individuo.

Los primeros síntomas de la gonorrea son más visi­bles en los hombres, que segregan un fluido por el pene y experimentan una sensación de quemazón al orinar. El primer síntoma de gonorrea en las mujeres, que a menu­do pasa desapercibido, es un leve flujo vaginal, a veces irritante. Las complicaciones de la gonorrea en el sexo masculino incluyen los problemas de próstata, vejiga y riñones, así como la esterilidad. En el sexo femenino pue­de cursar con enfermedad pélvica inflamatoria, esterili­dad y adherencias abdominales (Crooks y Buer, 2002).

La gonorrea se puede tratar de forma eficaz en sus fa­ses iniciales con penicilina u otros antibióticos. A pesar de que la incidencia de la gonorrea ha disminuido, anual-mente se dan más de 500.000 casos en Estados Unidos. El índice de afectación más elevado en el sexo femenino y el segundo más elevado en el masculino se da en la ado­lescencia (Centres for Disease Control, 2000).

Sífilis. La sífilis es una enfermedad de transmisión se­xual provocada por la bacteria Treponema Pallidum, un miembro de la familia de las espiroquetas. Las espiro­quetas necesitan un ambiente cálido y húmedo para so­brevivir, y se transmiten a través del contacto entre el pene y la vagina, el contacto oro-genital o el anal. Tam­bién la puede transmitir la madre al feto después del cuar­to mes de embarazo. Si la madre es tratada con penicili­na antes de ese momento, no contagiará la sífilis al feto. Si no se trata, la sífilis se desarrolla en cuatro fases: primaria (aparición de pupas en la piel, llamadas chan­cros), secundaria (aparición de una erupción cutánea ge­neralizada), latente (asintomática, puede durar varios años), y terciaria (puede cursar con enfermedad cardio­vascular, ceguera, parálisis, úlceras cutáneas, lesiones he­páticas y problemas mentales) (Crooks y Bauer, 2002). En sus fases iniciales, la sífilis se puede tratar con éxito administrando penicilina. En Estados Unidos se diagnos­tican aproximadamente 100.000 casos de sífilis cada año.

Clamidiasis. La clamidiasis es la más frecuente de to­das las enfermedades de transmisión sexual. Debe su nombre a Chlamydia Trachomatis, un organismo que se contagia a través del contacto sexual e infecta los órga­nos sexuales de ambos sexos. A pesar de que hay muchas menos personas que han oído hablar de la clamidiasis que de la gonorrea o la sífilis, la incidencia de la primera es mucho mayor (Morris, Warren y Aral, 1993).

Aproximadamente 4 millones de norteamericanos contraen clamidiasis cada año. Entorno al 10 por 100 de los estudiantes universitarios padecen clamidiasis. Esta ETS es muy contagiosa y las mujeres tienen un riesgo de contraerla que supera el 70 por 100 en un solo contacto sexual. Para el sexo masculino, el riesgo se ha estimado entre el 25 y el 50 por 100.

Muchas mujeres que tienen clamidiasis presentan pocos o ningún síntoma. Cuando aparecen los síntomas, éstos incluyen alteraciones menstruales, dolor pélvico, fiebre, náuseas, vómitos y dolor de cabeza. Entre los sin-

 

tomas que pueden presentar los hombres, se incluyen la secreción de fluido por el pene y la sensación de escozor o quemazón al orinar.

Debido a que muchas mujeres que padecen clamidia­sis son asintomáticas, con frecuencia la enfermedad pasa desapercibida sin recibir tratamiento hasta que se extien­de al tracto reproductor superior, provocando una enfer­medad pélvica inflamatoria. La resultante cicatrización del tejido de las trompas de Falopio puede cursar con es­terilidad o embarazos ectópicos (o tubares) cuando el ci­goto se implanta fuera del útero. La cuarta parte de las mujeres que contraen la enfermedad pélvica inflamatoria se vuelven estériles; el hecho de padecer repetidamente esta enfermedad incrementa las posibilidades de quedar estéril al 50 por 100. Algunos investigadores sugieren que la clamidiasis es la primera causa prevenible de esteri­lidad.

A continuación nos centraremos en las ETS provoca-das por virus —el herpes genital y el síndrome de inmu­nodeficiencia adquirida (sida)—. Ninguna de estas dos enfermedades tiene curación.

Herpes genital. El herpes genital es una enfermedad de transmisión sexual provocada por una amplia familia de virus procedentes de cepas diferentes. Estas cepas pro­ducen otras enfermedades no trasmitidas por vía sexual, como la varicela y la mononucleosis. Tres días después del contacto, se puede experimentar picor u hormigueo en el área genital, seguido de una erupción de pupas o am-pollas. Los ataques pueden durar hasta tres semanas y pueden volver a presentarse al cabo de varias semanas o incluso años.

Aunque se pueden utilizar algunos fármacos, como el acyclovir, para aliviar los síntomas, no se conoce ningu­na forma de curar el herpes. Por este motivo, las perso­nas infectadas por el herpes genital experimentan una gran angustia emocional, aparte del considerable males­tar físico. El virus se puede transmitir a través de preser­vativos que no sean de látex y de espermicidas, lo que hace que los individuos afectados sean reticentes a man­tener relaciones sexuales, preocupados por la impre­dictibilidad de sus vidas y temerosos del dolor que les provocará el próximo ataque. Por este motivo, se han es­tablecido grupos de apoyo para los afectados de herpes genital.

Sida. Ninguna otra ETS considerada de forma aislada ha tenido mayor impacto sobre el comportamiento sexual, ni ha creado más temor en la población durante las dos últimas décadas que el sida. Revisaremos su naturaleza e incidencia, cómo se transmite, las fases de la enfermedad y su prevención.

El sida es una enfermedad fundamentalmente trans­mitida por vía sexual provocada por el VIH (virus de la inmunodeficiencia humana), que destruye el sistema in-muno lógico de los afectados. Después de haber contraí‑

do el sida, un individuo es vulnerable a una serie de gér­menes que un sistema inmunológico normal podría des­truir.

En junio de 2000 se diagnosticaron casi 4.000 casos de sida entre los adolescentes norteamericanos de 13 a 19 años (Centers for Disease Control and Prevention, 200 1b). En el grupo de edad de 20 a 24 años, se habían diagnosticado más de 26.000 casos de sida. Debido al lar­go período de incubación existente entre la infección por VIH y el diagnóstico del sida, la mayoría de las personas diagnosticadas entre los 20 y los 24 años contrajeron la enfermedad durante la adolescencia.

La mayor preocupación en lo que se refiere al sida se encuentra en el África subsahariana, donde ha alcanzado proporciones epidémicas (Pisan, 2000; OMS, 2000). En muchos países africanos las adolescentes son especial-mente vulnerables a ser infectadas con VIH al mantener relaciones sexuales con hombres adultos. En estos países la cantidad de adolescentes de sexo femenino con sida casi multiplica por 6 a la de sus homólogos de sexo mas­culino. En Kenia, el 25 por 100 de las chicas de entre 15 y 19 años dan positivo en la prueba del VIH en compa­ración con el 4 por 100 de los chicos de la misma edad. En Botswana más del 30 por 100 de las adolescentes em­barazadas están infectadas por el VIH.

En Estados Unidos hay más chicos que chicas afec­tados por el VIH (Centers for Disease Control and Pre­vention, 200 1b). La diferencia existente entre Estados Unidos y África probablemente obedece a la mayor trans­misión del VIH de los hombres adultos a las adolescen­tes en el África subsahariana y a la mayor transmisión en­tre hombres homosexuales que entre heterosexuales en Estados Unidos.

El sida sigue generando una gran preocupación en muchas partes del mundo, aparte del África subsaharia­na. En Estados Unidos la prevención se dirige especial-mente a aquellos grupos que presentan una mayor inci­dencia de la enfermedad; grupos de riesgo que incluyen a las personas que consumen drogas inyectables, las per­sonas afectadas por alguna otra ETS, los homosexuales jóvenes de sexo masculino, las personas con escasos re-cursos económicos, los norteamericanos de origen hispa­no y los afroamericanos (Centers for Disease Control and Prevention, 2001b). Asimismo, en los últimos años, en Estados Unidos, ha aumentado la transmisión heterose­xual del VIH.

Existen algunas diferencias entre los casos de sida diagnosticados en los adolescentes en comparación con los diagnosticados en los adultos:

  • Un mayor porcentaje de los casos de sida adoles‑

cente se transmiten por contacto heterosexual.

  • Un mayor porcentaje de adolescentes son asinto‑

máticos (aunque se volverán sintomáticos al llegar

a la etapa adulta).

  • Entre los adolescentes, hay un mayor porcentaje de afectados afroamericanos y de origen hispano.
  • En el diagnóstico y la información a las parejas y

 

los padres de los adolescentes está implicado un

conjunto especial de cuestiones éticas y legales.

  • Entre los adolescentes, el uso y la disponibilidad de

métodos anticonceptivos es menor.

En un estudio se comprobó que el uso de preservati­vos entre los adolescentes norteamericanos que están en situación de riesgo de contraer el sida —por ejemplo, los consumidores de drogas intravenosas— estaba significa­tivamente por debajo de la media (Sonenstein, Pleck y Ku, 1989). Sólo el 21 por 100 de los adolescentes que ha­bían consumido drogas inyectables o aquellos cuyos compañeros sexuales habían consumido este tipo de dro­gas utilizaban preservativos. Entre los adolescentes que afirmaron haber mantenido relaciones sexuales con pros­titutas, sólo el 17 por 100 dijo haber utilizado preservati­vos. Los adolescentes que reconocieron haber mantenido relaciones sexuales con cinco o más parejas sexuales du­rante el año anterior, utilizaron preservativos sólo el 37 por 100. Los adolescentes que mantenían relaciones ho­mosexuales fueron los que utilizaron preservativos en ma­yor porcentaje —el 66 por 100.

La transmisión del VIH

Los expertos afirman que el sida sólo se puede transmitir mediante el contacto sexual, el hecho de compartir jeringuillas y las transfusiones de sangre (que durante los últimos años han estado estrictamente controladas) (Kelly, 2000). Aunque en Estados Unidos el 90 por 100 de los casos de sida siguen ocurriendo entre homosexua­les de sexo masculino y consumidores de drogas inyec­tables, recientemente se ha producido un incremento des-proporcionado de casos entre las mujeres cuyas parejas son bisexuales o consumidores de drogas inyectables. Este incremento sugiere que el riesgo de contraer el sida probablemente está creciendo entre los heterosexuales que tienen múltiples compañeros sexuales. En el Cua­dro 11.4 de la página siguiente se describen las conduc­tas de riesgo y las que no lo son respecto al contagio del sida.

Preguntarle a tu pareja sobre su vida sexual anterior no es ninguna garantía de protección contra el sida u otras ETS. Por ejemplo, en una investigación se formu­laron preguntas a 655 estudiantes universitarios sobre la mentira y el comportamiento sexual (Cochran y Mays, 1990). De los 422 que dijeron ser sexualmente activos, el 34 por 100 de los hombres y el 10 por 100 de las muje­res reconocieron haber mentido a sus parejas con el pro-pósito de mantener relaciones sexuales. Un porcentaje superior —el 47 por 100 de los hombres y el 60 por 100 de las mujeres— dijeron que otras personas les habían mentido para mantener relaciones sexuales con ellos. Cuando les preguntaron sobre qué aspectos de su pasado serían más proclives a mentir, más del 40 por 100 de los miembros de ambos sexos dijeron que minimizarían la

Comportamiento sexual
y decisiones morales: privacidad y protección

El novio de Carolina, con quien llevaba saliendo 3 años, le contagió un herpes genital. Después de romper esta re­lación y de pasar algún tiempo sola, Carolina empezó a salir con Carlos. Antes de mantener relaciones sexuales con su nuevo novio, Carolina le informó sobre su infec­ción, pensando que era lo correcto. Carlos aparentemente aceptó bien la noticia, pero poco tiempo después em­pezó a tratar a Carolina de una forma diferente. Se volvió distante y frío con ella y acabó rompiendo la relación di­ciendo que «no iba bien». Carolina estaba convencida de que Carlos rompió con ella a causa del herpes.

Posteriormente Carolina conoció a Javier, un chico que le gustaba mucho y con quien le apetecía salir «en serio». Empezaron a quedar y, conforme se iba acercan-do el momento de mantener relaciones sexuales, Caroli­na sentía que debería informar a Javier sobre el herpes, pero temía que, si se lo contaba, él también la abando­nara. Pensó que si conseguía evitar las relaciones sexua­les en el momento en que tuviera las ampollas del herpes (cuando es más fácil contagiar la enfermedad), protege-ría a Javier. También pensó que si utilizaban preservati­vos de látex Javier estaría protegido, a pesar de que los preservativos se pueden romper.

¿Es aceptable que Carolina oculte esta información a Javier? Si considera que Javier lo debería saber, ¿de qué modo sería mejor explicárselo? Si Carolina se lo contara a Javier y éste rompiera la relación, ¿habría sido un error explicárselo? ¿Tiene Javier el derecho a saber que Caro­lina padece una enfermedad de transmisión sexual? ¿Tie­ne Carolina el derecho a la privacidad?

cantidad de compañeros sexuales que habían tenido. El 20 por 100 de los hombres, pero sólo el 4 por 100 de las mujeres afirmó que mentiría si dieran positivo en la prue­ba del sida.

La prevención

Puesto que en los grupos de alto riesgo es posible e in­cluso probable contraer simultáneamente varias ETS, los esfuerzos para prevenir una enfermedad pueden reducir la prevalencia de otras enfermedades. Los esfuerzos para prevenir el sida también pueden ayudar a evitar embara­zos adolescentes y otros problemas relacionados con la sexualidad. Debido a la alta incidencia de las ETS, es fun­damental que tanto los adolescentes como los adultos comprendan las consecuencias de estas enfermedades (Klaus, 1997).

Un estudio en el que se evaluaron 37 proyectos de prevención del sida dirigidos a niños y adolescentes (Janz et al, 1996), se comprobó que las actividades que

 

El virus del sida no se transmite como un resfriado o la gripe, sino mediante el intercambio de sangre, semen o fluidos vaginales infectados. El contagio se suele producir al mantener relaciones sexuales, al compartir jeringuillas o cuando una madre transmite el virus a su hijo antes o durante el parto.

El sida no se contagia por:

El contacto cotidiano con otras personas en el centro educativo, el lugar de trabajo, las tiestas, las guarderías o los comercios.

Nadar en una piscina, aunque alguno de los bañistas tenga el sida.

La picadura de un mosquito, pulga, piojo, moscardones u otros insectos.

La saliva, el sudor, las lágrimas o las heces. Los besos.

Ropas, teléfonos o los asientos de los inodoros.

Utilizar el vaso, los cubiertos o cualquier otro utensilio para comer que haya utilizado otra persona que tiene el sida.

Coincidir en un autobús, ascensor o tren muy concurrido donde hay alguien que tiene el sida.

Donar sangre en un banco de sangre.

El riesgo de contraer el sida al recibir una transfusión de sangre se ha reducido considerablemente. Los donantes se seleccionan teniendo en cuenta los factores de riesgo y en la sangre donada se analizan los anticuerpos del sida.

Comportamientos arriesgados:

Las probabilidades de entrar en contacto con el virus del sida aumentan si:

—                  Se tiene más de una pareja sexual.

—                  Se comparten jeringuillas y agujas.

—                  Se practica el sexo anal, vaginal u oral sin utilizar preservativo.

—                  Se practica el sexo anal, vaginal u oral con alguien que consume drogas intravenosas.

—                  Se mantienen relaciones sexuales con personas desconocidas o que tienen varios compañeros sexuales.

—                  Se mantienen relaciones sexuales sin protección (sin preservativo) con una persona infectada.

Comportamientos seguros: Abstinencia sexual.

Practicar actividades sexuales que no impliquen intercambio de fluidos (caricias, abrazos, masajes).

Mantener relaciones sexuales con una sola pareja sexual que también sea fiel y no esté infectada.

Mantener relaciones sexuales con la protección adecuada. No consumir drogas intravenosas.

 

CUADRO 11.4

Entender mejor el sida: ¿Qué es arriesgado y qué no lo es?

FUENTE: America Responds to AIDS. U.S. Folleto informativo del gobierno de Estados Unidos, 1988.

 

se mostraron como más eficaces fueron las discusiones en grupos reducidos, el hecho de acceder a los sectores de la población que exhiben conductas de alto riesgo y la formación a cargo de iguales y voluntarios. Las dis­cusiones en grupos reducidos, con un énfasis especial en la comunicación abierta y la repetición de los mensajes, son excelentes oportunidades para que los adolescentes aprendan y compartan información sobre el sida. Los mejores programas dirigidos a los grupos de riesgo es­tán adaptados a los rasgos culturales de cada grupo e in­cluyen incentivos para fomentar la participación. En este tipo de programas, los monitores que son personas co­nocidas y respetadas pueden ayudar a romper las barre-ras del miedo y la desconfianza y dar seguridad para que sus mensajes sean escuchados y seguidos. Para que los incentivos funcionen, también se deben adaptar a pobla­ciones específicas. Los niños y adolescentes en edad es-colar se pueden sentir atraídos por créditos académicos o por incentivos económicos. Los consumidores de dro­gas inyectables pueden sentirse atraídos por los alimen­tos, un techo y un lugar seguro donde reunirse. Para las madres que tienen un trabajo remunerado, ayudarles en el cuidado de sus hijos para que tengan más oportunida­des para pasar tiempo con otros adultos puede ser un

buen incentivo. Utilizar educadores de edades similares a las personas a quienes va dirigido el programa suele dar buenos resultados. Como modelos de rol, los iguales pueden mostrar estilos de vida saludables a la población a la que va dirigido el programa, al tiempo que ofrecen retroal i mentación y modelan normas grupales para apoyar el cambio conductual. Los educadores de edades similares a las de la población a la que van dirigidos los proyectos de prevención del sida suelen ser eficaces a la hora de conseguir la implicación de los participantes.

Por ahora, hemos expuesto dos problemas relaciona-dos con la sexualidad adolescente: los embarazos adoles­centes y las enfermedades de transmisión sexual. Segui­damente exploraremos otros dos de esos problemas: los abusos sexuales y el acoso sexual.

Los abusos sexuales y el acoso sexual

La mayoría de las personas eligen, voluntariamente, te­ner relaciones sexuales u otras actividades de carácter se­xual. Pero, lamentablemente, hay algunas personas que fuerzan a otras a mantener relaciones sexuales.

 

Abusos sexuales

La violación consiste en forzar a otra persona a mante­ner relaciones sexuales en contra de su voluntad. Las de­finiciones legales de violación varían de un país a otro. E incluso en Estados Unidos, en algunos estados está per­mitido que un marido obligue a su mujer a mantener re­laciones sexuales, mientras que en otros no lo está. De­bido a las dificultades asociadas al hecho de informar sobre este tipo de actos, su incidencia actual no es fácil de determinar. Al parecer, se producen más violaciones en las grandes ciudades, donde se ha informado de que 8 de cada 10.000 mujeres mayores de 11 años son violadas cada año. En Estados Unidos se documentan casi 200.000 violaciones anuales, el 95 por 100 de las cuales son co­metidas por miembros del sexo masculino.

¿Por qué son tan frecuentes las violaciones en la cul­tura norteamericana? Las escritoras feministas creen que los hombres son socializados para que sean sexualmente agresivos, vean a las mujeres como seres inferiores y an­tepongan su propio placer al de las mujeres. Los investi­gadores han detectado una serie de características que son comunes a todos los violadores: el hecho de cometer la agresión incrementa su sensación de poder o masculini­dad, suelen sentir ira hacia las mujeres en general y quie­ren hacer daño a sus víctimas.

Un aspecto especialmente preocupante es la violación consecuente a una cita o entre conocidos que es la ac­tividad sexual coercitiva dirigida a alguien a quien el agresor conoce en cierta medida. Este tipo de violacio­nes es un problema cada vez mayor en los institutos y campus universitarios. Aproximadamente, dos tercios de los universitarios de sexo masculino reconocen haber to­cado a alguna mujer en contra de su voluntad, y la mitad admite haber obligado a una mujer a mantener relaciones sexuales. En un estudio reciente se puso de manifiesto que en dos tercios de los incidentes de abuso sexual, los agresores y las víctimas habían mantenido previamente una relación de pareja (Flanagan, 1996). En otro estudio reciente, el 15 por 100 de las adolescentes afirmó haber sido víctima de una violación en el contexto de una cita (Vicary, Klingaman y Harkness, 1995).

La violación es una experiencia traumática para la víctima y sus allegados. Las víctimas de una violación inicialmente se sienten desconcertadas y paralizadas y con frecuencia profundamente desorganizadas. Algunas mujeres expresan su dolor a través de la palabra y el llan­to, mientras que otras interiorizan su sufrimiento. Aunque se esfuercen para que sus vidas vuelvan a la normalidad, pueden experimentar miedo, depresión y ansiedad durante meses o años. Las disfunciones sexuales, como la dis­minución de la libido y la incapacidad para alcanzar el orgasmo, se dan en el 50 por 100 de las víctimas de vio­lación. Muchas de ellas introducen cambios en su forma de vida, como mudarse de casa o dejar de salir por las no-ches. Aproximadamente, una quinta parte de las víctimas de una violación intentan suicidarse —un índice que

multiplica por ocho al de las mujeres que no han sido vio­ladas.

La recuperación de las víctimas depende tanto de sus habilidades de afrontamiento como del ajuste psicológico previo al asalto. El apoyo social procedente de los padres, la pareja u otros allegados es un factor importante para la recuperación, al igual que la posibilidad de obtener ayuda profesional (Koss, 1993), disponible en centros de atención a la mujer y casas de acogida para mujeres violadas y maltratadas. Muchas víctimas de violación se sienten más fuertes al denunciar el episodio a la policía y al participar en el juicio contra el violador, en el caso de que sea detenido. De todos modos, en el caso de las mu­jeres que optan por la vía legal es especialmente reco­mendable que soliciten la ayuda de un profesional para que las apoye a lo largo de la dura experiencia que supone el proceso. Todas las mujeres tienen derecho a tomar sus propias decisiones acerca del hecho de denunciar o no una violación.

Aunque la mayoría de las víctimas de una violación son mujeres, también se producen violaciones de hom­bres. Los hombres que ingresan en prisión son especial-mente vulnerables a las violaciones, a menudo practica-das por heterosexuales, que utilizan la violación para establecer su dominancia y su poder dentro de la cárcel. Aunque pueda parecer imposible que una mujer viole a un hombre, la erección no está completamente bajo el control voluntario del hombre, y existen informes de al­gunos casos de violación de hombres cometidos por mu­jeres (Sarrel y Masters, 1982). A pesar de que los hom­bres sólo representan un 5 por 100 de las víctimas de todas las violaciones, el trauma que experimentan es igual de fuerte al que experimentan las mujeres.

El acoso sexual

Las mujeres son víctimas de acoso sexual de muchas formas diferentes —desde los comentarios sexistas y el contacto físico encubierto (palmaditas, roces) hasta las proposiciones explícitas y las agresiones sexuales (Fitz­gerald, 2000; Paludi, 1998). Literalmente millones de mujeres sufren acoso sexual cada año en contextos edu­cativos y laborales.

En un estudio, el 85 por 100 de las chicas de entre 13 y 17 años informaron de que eran víctimas de acoso se­xual con cierta frecuencia (American Association of Uni­versity Women, 1993). Un porcentaje sorprendentemente alto de chicos (el 75 por 100) también afirmó ser víctima de acoso sexual frecuentemente. Los comenta­rios, bromas, miradas y gestos sexuales eran las formas más habituales de acoso. Los estudiantes también infor­maron sobre otros comportamientos molestos, que iban desde ser objeto de rumores sexuales hasta ser forzado a participar en actos sexuales.

La oficina de derechos civiles del Departamento de Educación de Estados Unidos publicó una guía de 40 pá­ginas sobre el acoso sexual. En esta guía, se establece una

 

distinción entre dos tipos distintos de acoso sexual: el acoso sexual quid pro quo y el acoso sexual de ambiente hostil (Chmieleski, 1997). El acoso sexual quid pro quo ocurre cuando un docente amenaza con basar una deci­sión curricular (por ejemplo, una calificación) en la par­ticipación del alumno en una conducta de carácter sexual en la que éste no desea participar. Por ejemplo, un pro­fesor pone un sobresaliente a un alumno por aceptar im­plicarse en ciertas actividades sexuales, o bien le suspen­de por negarse a participar en tales actividades. El acoso sexual de ambiente hostil ocurre cuando los estudian-tes son objeto de conductas sexuales en las que no dese­an participar que son tan graves, persistentes u omni­presentes que limitan la capacidad de los estudiantes de beneficiarse de la educación. Este tipo de ambientes hos­tiles se generan a raíz de una serie de incidentes previos, como repetidas proposiciones sexuales.

El acoso sexual es una forma de poder o dominio ejer­cido por una persona sobre otra, que puede acarrear con-secuencias perjudiciales para la víctima. Puede ser espe‑

cialmente nocivo cuando es perpetrado por profesores y otros adultos que tienen un poder y una autoridad consi­derable sobre la víctima (Lee et ai, 1995). Como socie­dad, debemos ser menos tolerantes con el acoso sexual (Firpo-Triplett, 1997).

Los abusos sexuales que ocurren en las citas entre adolescentes también son un motivo de preocupación. En un estudio reciente, se entrevistó a 2.000 estudiantes de sexo femenino de entre 14 y 18 años sobre la medida en que habían sido objeto de violencia física y sexual (Sil­verman et al, 2001). Aproximadamente el 20 por 100 de las entrevistadas informaron de que los chicos con quie­nes salían les habían inflingido malos tratos físicos o abu­sos sexuales. Además, los malos tratos y los abusos se­xuales se asociaron a abuso de sustancias tóxicas.

Desde el último repaso, hemos revisado ciertas cues­tiones sobre las enfermedades de transmisión sexual, los abusos sexuales y el acoso sexual. El siguiente repaso le ayudará a alcanzar los objetivos de aprendizaje relacio­nados con estos temas.

 

PARA TU REVISIÓN

Objetivo de aprendizaje 6

Objetivo de aprendizaje 7

Describir las enfermedades de transmisión sexual.

  • Las enfermedades de transmisión sexual (ETS) se contraen fundamentalmente a tra­vés del contacto sexual. Este contacto no se limita a la penetración vaginal, sino que incluye también el contacto oral-genital y anal-genital.
  • La gonorrea es una de las ETS mejor diagnosticada en Estados Unidos. La sífilis está provocada por la bacteria Treponema Pallidum, una espiroqueta. La clamidiasis es la ETS más frecuente. El herpes genital está provocado por una familia de virus prove­nientes de diferentes cepas.
  • El sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) está provocado por el VIH, que destruye el sistema inmunológico de los afectados. Actualmente, la incidencia del sida entre los adolescentes norteamericanos es relativamente baja, pero ha alcanza-do proporciones epidémicas en el África subsahariana, especialmente entre las ado­lescentes. Debido al largo período de incubación del sida, muchas personas de 20 a 24 años a quienes se les diagnostica esta enfermedad se infectaron durante la ado­lescencia. El sida se puede transmitir a través del contacto sexual, el hecho de com­partir jeringuillas y las transfusiones de sangre. Hay diversos proyectos centrados en la prevención del sida.

Exponer el tema de los abusos sexuales y el acoso sexual.

  • Algunas personas obligan a otras a mantener relaciones sexuales. La violación con­siste en forzar a otra persona a mantener relaciones sexuales en contra de su volun­tad. Aproximadamente el 95 por 100 de las violaciones son cometidas por hombres. Un aspecto especialmente preocupante son las violaciones consecuentes a una cita o entre conocidos.
  • El acoso sexual es una forma de poder o dominio ejercida por una persona sobre otra. El acoso sexual entre adolescentes está muy extendido. Hay dos tipos distintos de acoso sexual: el acoso sexual quid pro quo y el acoso sexual de ambiente hostil.

 

Hasta aquí, en este capítulo hemos analizado la se­           tamientos sexuales y los problemas sexuales de los ado‑

xualidad como un aspecto normal del desarrollo adoles­           lescentes. Seguidamente nos centraremos en los conoci‑

cente. Asimismo hemos revisado las actitudes y compor-           mientos sobre la sexualidad que tienen los adolescentes.

 

LOS CONOCIMIENTOS SOBRE LA SEXUALIDAD

QUE TIENEN LOS ADOLESCENTES Y LOS CONTENIDOS

DE LA EDUCACIÓN SEXUAL

Debido a la elevada incidencia de las ETS, un aspecto es­pecialmente importante para su prevención es que tanto los adolescentes como sus padres tengan los conocimien­tos adecuados sobre estas enfermedades y sobre otros aspectos de la sexualidad. ¿Qué conocimientos tienen los adolescentes sobre la sexualidad? ¿Cuáles son las fuen­tes a partir de las que obtienen información sexual los adolescentes? ¿Qué papel desempeñan los centros edu­cativos en la educación sexual?

Los conocimientos sobre la sexualidad que tienen los adolescentes

En una investigación sobre adolescentes norteamericanas de 15 a 17 años, se comprobó que un tercio de ellas no sabía en qué fase del ciclo menstrual tenían más proba­bilidades de quedarse embarazadas (Loewen y Leigh, 1986). En otro estudio, la mayoría de los adolescentes creía que el riesgo de embarazo es mayor durante la menstruación (Zelnick y Katner, 1977). En un trabajo rea­lizado en 1992, el 12 por 100 de una muestra de más de 8.000 estudiantes creía que la pildora anticonceptiva ofre­cía alguna protección contra el sida, y el 23 por 100 cre­ía que sólo mirando a un compañero sexual potencial po­día, saber si estaba o no infectado por el VIH (Hechinger, 1992). En una investigación de ámbito nacional desarro­llada recientemente en Estados Unidos con una muestra de más de 1.500 adolescentes de 12 a 18 años, los en­cuestados contestaron que disponían de suficiente infor­mación para comprender el embarazo pero no para obte­ner y utilizar métodos de control de la natalidad (Kaiser Family Foundation, 1996).

Según June Reinisch (1990), director del Kinsey Ins­titute for Sex, Gender and Reproduction, los ciudadanos norteamericanos saben más acerca de cómo funcionan sus coches que sobre el funcionamiento sexual de sus propios cuerpos. Los adolescentes y adultos norteameri­canos no están preparados para comprender los mensajes sexuales. Reinisch opina que con demasiada frecuencia los adolescentes reciben gran cantidad de información se­xual, pero no son capaces de entenderla. La información sexual abunda, pero la mayor parte de ella es errónea o poco ajustada a la realidad. En algunos casos, hasta los profesores de educación sexual adolecen de una gran ig­norancia sobre este tipo de conocimientos. Un profesor de instituto que impartía clases de educación sexual se re­fería a las zonas erógenas como «zonas erróneas», ¡tal

vez haciendo pensar a sus alumnos que sus zonas se­xualmente sensibles eran un error!

Las fuentes de las que procede la información sexual

Cuando a un chico de 14 años se le preguntó dónde ha­bía aprendido lo que sabía sobre sexo, contestó: «En la calle». Cuando le preguntaron si ésa había sido su única fuente de información, respondió: «Bueno, aprendí algo más del Playboy y otras revistas sobre sexo.» ¿Y en el instituto?. «Nada. Me hablaron sobre higiene, pero nada que sirva realmente de ayuda». Cuando le preguntaron sobre la contribución de sus padres, contestó: «No me ex­plicaron absolutamente nada».

Los padres son un factor importante, aunque en gran medida ausente, en la lucha contra los embarazos ado­lescentes y las enfermedades de transmisión sexual (Brock y Jennings, 1993). La gran mayoría de los ado­lescentes dicen que no pueden hablar libremente con sus padres sobre cuestiones sexuales. Las encuestas indican que, aproximadamente, el 17 por 100 de la educación se­xual que tienen los adolescentes procede de las madres y sólo un 2 por 100 de los padres (Thornburg, 1981). Aun-que los padres y las madres, especialmente los primeros, en escasas ocasiones son fuentes información sobre edu­cación sexual para sus hijos adolescentes, éstos afirman que, cuando hablan sobre sexo abierta y libremente con sus padres, son menos proclives a ser sexualmente acti­vos. El uso de métodos anticonceptivos por parte de las adolescentes también aumenta cuando pueden hablar so­bre sexo con sus padres (Fisher, 1987).

Como acabamos de ver, los adolescentes tienen más conversaciones sobre sexo con sus madres que con sus padres. Esto es cierto para ambos sexos, aunque las chi­cas afirman mantener más conversaciones de este tipo con sus madres que sus compañeros de sexo masculino (Feldman y Rosenthal, 1999; Lefkowitz et al, 1999). Asi­mismo, en un estudio reciente en el que se grabaron en vídeo las conversaciones sobre cuestiones sexuales entre adolescentes de ambos sexos y sus madres, las chicas mostraron mayor entusiasmo e interés que los chicos (Lefkowitz et al, 1999).

En una encuesta que se pasó a los 1.152 alumnos de un instituto norteamericano, se les preguntó dónde habían aprendido lo que sabían sobre distintos aspectos del sexo (Thornburg, 1981). Como en otras investigaciones, la principal fuente de información sexual eran los iguales, seguida del material escrito, las madres, los centros edu­cativos y sus propias experiencias.

Aunque se suele creer que los centros educativos son la principal fuente de información sexual para los ado­lescentes, sólo el 15 por 100 de la información que reci­ben procede de la instrucción explícita. En un estudio, los

 

alumnos universitarios afirmaron que habían obtenido más información sobre sexo de la lectura que de ninguna otra fuente (Andre, Frevert y Schuchman, 1989).

La educación sexual en los centros de enseñanza

En una encuesta reciente se comprobó que el 93 por 100 de los norteamericanos estaban de acuerdo con que que se impartiera educación sexual en los institutos de bachi­llerato y el 84 por 100 apoyaban la idea de que se im­partiera en los centros educativos de secundaria obligato­ria (SIECUS, 1999). El dramático incremento del sida y de otras enfermedades de transmisión sexual es una de las principales razones para que la gente cada vez apoye más la inclusión de la educación sexual en el currículo esco­lar. En la encuesta mencionada se comprobó que 8 de cada 10 norteamericanos opina que los adolescentes de­berían recibir información sobre cómo protegerse de los embarazos no deseados y de las enfermedades de trans­misión sexual, así como sobre los métodos de abstinen­cia. Y 8 de cada 10 personas encuestadas rechazaba la idea de que el hecho de proporcionar información sexual a los adolescentes fomentara su actividad sexual.

La naturaleza de la educación sexual que se imparte en los centros educativos está cambiando. En un estudio reciente, se analizaron los programas de educación sexual que se impatieron en los centros de enseñanza públicos de Estados Unidos desde 1988 hasta 1999 (Darroch, Landy y Singh, 2000). Los resultados de la encuesta in­dican que:

  • Algunas cuestiones —cómo por ejemplo como se transmite el VIH, las ETS, la abstinencia, cómo re­sistir a la presión de los iguales para mantener re­laciones sexuales y la forma correcta de utilizar un preservativo — se enseñaban en niveles educativos mas bajos en 1999, que en 1988.
  • En 1999. el 23 por 100 de los profesores de ense­ñanza secundara explicaba la abstinencia como la única forma de prevenir los embarazos y las ETS, en comparación con el 2 por 100 de 1988. Los pro­fesores encuestados en 1999 también tenían más probabilidades que los de 1988 de señalar que la abstinencia era el mensaje más importante que que rían transmitir (el 41 por 100 frente al 25 por 100).
  • Entre los años 1988 y 1999 se produjo una marca-da reducción del porcentaje de profesores que esta­ban dispuestos a instruir a sus alumnos sobre el control de la natalidad, el aborto y la orientación se xual.

Resumiendo, la educación sexual que se imparte ac­tualmente en los centros de enseñanza norteamericanos cada vez está más centrada en la abstinencia y no ofre­ce una visión exhaustiva que incluya contenidos sobre

el control de la natalidad, el aborto y la orientación se­xual.

En un estudio reciente realizado con 1.789 profesores norteamericanos que impartían clases a estudiantes de quinto y sexto curso de primaria (10 a 12 años), se for­mularon preguntas sobre el contenido de las clases de educación sexual que se habían impartido en su centro durante el año 1999 (Landry, Singh y Darroch, 2000). Los resultados informaron que:

  • El 72 por 100 dijo que en sus centros se impartía educación sexual tanto a los alumnos de quinto cur­so, como a los de sexto.
  • Más del 75 por 100 de los profesores que incluían la educación sexual en sus clases trataban los si­guientes temas: la pubertad, la transmisión del VIH y el sida, el consumo de drogas y alcohol, y cómo mantenerse firme en una decisión. Sin embargo, ha­bía muchos profesores de quinto y sexto curso que no impartían ningún contenido de educación se­xual. Asimismo se estimó que, globalmente, estos temas se enseñan aproximadamente en la mitad de los grupos de quinto y sexto de primaria.
  • Más de la mitad de los profesores incluían el tema de la abstinencia en sus clases de educación sexual.

Los programas de educación sexual que se imparten de forma aislada en algunos centros educativos no bastan para prevenir los embarazos adolescentes y las ETS. La investigación ha puesto de manifiesto que las clases de educación sexual mejoran el conocimiento que tienen los adolescentes sobre la sexualidad humana, pero dichos co­nocimientos no siempre repercuten sobre su conducta. Cuando se combinan los programas de educación sexual con el acceso a los métodos anticonceptivos, los índices de embarazo adolescente tienen más probabilidades de disminuir (Wallis, 1985). Esto ha motivado el desarrollo de programas de educación sexual y prevención de em­barazos vinculados al centro educativo, más que con sede en el centro de enseñanza (Kirby et al., 1993). En un pro-grama aplicado de forma experimental por algunos cen­tros públicos de enseñanza de Baltimore en colaboración con la Universidad John Hopkins, los centros de planifi­cación familiar se ubican cerca de los institutos (Zabin, 1986).

Estos centros envían a un enfermero y a un asistente social a los institutos, donde hacen una presentación for­mal de los servicios que ofrece el centro y hablan de forma muy general sobre la sexualidad. También se po­nen a disposición de los alumnos varias horas al día por si éstos desean hacerles alguna consulta. El mismo per­sonal sanitario dirige sesiones de formación en el centro de planificación familiar después del horario escolar. Es­tas sesiones incluyen asesoramiento, películas e informa­ción sobre planificación familiar. Los resultados han sido muy positivos. Los estudiantes que participaron en este programa retrasaron el establecimiento de relaciones se-

 

Aplicar conceptos psicológicos a la propia historia sexual

Piense en cómo aprendió usted «las cosas de la vida». ¿Procedía la mayor parte de la información de fuentes bien documentadas? ¿Pudo hablar de forma libre y abierta con sus padres sobre estos temas? ¿Adquirió algunas creencias erróneas a través del ensayo-error? Conforme fue creciendo, ¿descubrió algún aspecto de su conoci­miento sexual que tenía que revisar porque era erróneo? Basándose en su experiencia sobre la adquisición de in-formación sexual, ¿cómo cree que se debería enfocar el tema de la educación sexual para que tuviera una mayor incidencia en la sociedad? ¿Cómo desarrollaría su pro-puesta psicológica basándose en los datos existentes?

xuales respecto a los del grupo control. Al cabo de 28 me­ses, el índice de embarazos se redujo en un 30 por 100 en los centros donde se había aplicado el programa, mien­tras que en los centros que formaron el grupo control au­mentó en un 60 por 100. Este programa demuestra que un aspecto clave de la prevención de los embarazos es la re­lación entre los servicios de información y los de apoyo (Kenney, 1987).

Sin embargo, algunos críticos de este enfoque sostie­nen que la vinculación entre los centros de planificación familiar y los institutos potencian el sexo prematrimonial y fomentan el aborto entre las adolescentes embarazadas. Estos críticos consideran que se debería hacer más hin­capié en potenciar la abstinencia sexual de los adoles­centes. Los defensores de los centros de planificación fa­miliar vinculados a los institutos argumentan que la actividad sexual se ha convertido en una práctica habitual entre los adolescentes y que, por lo tanto, las interven­ciones deberían centrarse en enseñar comportamientos sexuales responsables y en facilitar el acceso a los méto­dos anticonceptivos (Dryfoos, 1995). Además, en un es­tudio reciente se analizaron los efectos de un programa llamado «Safer Choices» («Elecciones más seguras»), que se centraba en la prevención de los embarazos y en el uso de preservativos. Su aplicación en todos los cursos de un instituto de secundaria permitió reducir la canti­dad de adolescentes que mantenían relaciones sexuales sin utilizar preservativos y la cantidad de personas con quienes los adolescentes mantenían relaciones sexuales (Basen-Enquist et al, 2001).

En Estados Unidos los adolescentes se dejan seducir por las historias de amor romántico y las escenas de sexo que difunden los medios de comunicación. En este país, se fomentan los contactos directos entre chicos y chicas. Pero, al mismo tiempo, existen muchas reticencias a ha­blar abiertamente sobre sexo, disgusta la idea de facilitar

el acceso a los métodos anticonceptivos (incluyendo los preservativos) a los adolescentes, y nadie ofrece otras al­ternativas que no sea la abstinencia sexual (Crockett, Raf­faelli y Moilanen, en prensa). El contraste existente entre Estados Unidos y otros países occidentales es considera­ble. Por ejemplo la Comisión Estatal Sueca sobre Educa­ción Sexual recomienda que los estudiantes obtengan unos conocimientos que les permitan experimentar su vida sexual como una fuente de felicidad y satisfacción. Sin embargo, en Estados Unidos la educación sexual se ha centrado típicamente en los peligros del sexo y en la necesidad de proteger a las adolescentes de sus depreda-dores de sexo masculino (Fine, 1988).

Los adolescentes suecos empiezan a ser sexualmente activos antes que los norteamericanos y la televisión les expone a un sexo incluso más explícito. Pero el Departa-mento Nacional de Educación Sueco ha desarrollado un plan de estudios que asegura que todos los niños del país, empezando a los 7 años, adquieran unos amplios conoci­mientos sobre biología reproductiva, de modo que, cuan-do tienen entre 10 y 12 años, se les introduce en el tema de los métodos anticonceptivos. En los centros educati­vos de este país se espera que los profesores estén dis­puestos a tratar el tema del sexo siempre que sea perti­nente, independientemente de la asignatura que estén impartiendo. La idea es desmitificar y desdramatizar el sexo para que la familiaridad con este tema haga a los es­tudiantes menos vulnerables a los embarazos no deseados y a las enfermedades de transmisión sexual. La sociedad

El sexo está mucho más desmitificado en Suecia que, por ejemplo, en Estados Unidos. El índice de embarazos adolescentes es mucho más bajo en Suecia que en Estados Unidos.

 

norteamericana está a años luz de esta apertura de mente en lo que a educación sexual se refiere.

Los suecos han tenido bastante éxito con los progra­mas de prevención de los embarazos adolescentes. A pe­sar de que empiezan a mantener relaciones sexuales a una edad bastante temprana, el índice de embarazos ado­lescentes de Suecia es uno de los más bajos de todo el mundo.

SATISFACCIÓN SEXUAL, POLÍTICA SOCIAL Y ADOLESCENTES

Previamente en este mismo capítulo, comentamos algu­nos de las principales problemas que puede presentar la sexualidad de los adolescentes, como los embarazos no deseados, las enfermedades de transmisión sexual, los abusos sexuales y el acoso sexual. Es importante recor­dar que, por norma general, el interés y la actividad se­xual son un aspecto normal del desarrollo adolescente. Sin embargo, como ya hemos visto, la sociedad envía a los jóvenes mensajes contradictorios. Esperamos que los niños no tengan ningún interés por el sexo y que los adul­tos normales sean sexualmente activos (dentro del matri­monio). Pero no proporcionamos pautas claras acerca de cómo debería producirse la transición de un niño sin in­terés por el sexo a un adulto sexualmente activo. Se trata de una de las transiciones vitales más importantes y por tanto, merece mayor atención. Seguidamente, analizare­mos algunas relaciones entre las transiciones evolutivas propias de la adolescencia y la satisfacción sexual.

Satisfacción sexual y transiciones evolutivas

Todas las sociedades tienen mecanismos para regular la sexualidad adolescente, y algunos son más eficaces que otros (Brooks-Gunn y Paikoff, 1997; Graber y Brooks-Gunn, en prensa). Existen variaciones respecto al control que ejercen los padres, la influencia del grupo de iguales, las normas sociales y las costumbres de cada barrio, tan­to entre sociedades como en diferentes grupos dentro de una misma sociedad. Los cambios históricos también influyen sobre la medida en que los grupos que están in­mersos en el seno de cada cultura se atienen a las normas sociales. En las sociedades tradicionales el matrimonio se asocia a la madurez sexual y el primer matrimonio tiene lugar durante la adolescencia (Piage y Piage, 1985). Pero en las sociedades industrializadas, que requieren mayores niveles de educación formal, el matrimonio se pospone hasta la edad adulta. La mayor precocidad de la pubertad y el retraso del matrimonio han alargado considerable-mente el período existente entre la llegada de la madurez reproductiva y el matrimonio. En 1890, el intervalo entre ambos acontecimientos era de poco más de 7 años; hoy en día, se ha alargado a unos 12 años, que pueden pare‑

cerle una eternidad a un adolescente o a un adulto joven en plena efervescencia sexual.

Aunque a algunos adultos les gustaría ignorarlo, lo cierto es que el sexo tiene un importante significado en la vida de los adolescentes. Los adolescentes están desarro­llando su identidad sexual, participan en conductas de ex­ploración sexual (sea besándose, practicando el coito o simplemente soñando con el sexo) y negocian la autono­mía y la intimidad en contextos sexuales.

La mayoría de las investigaciones sobre sexualidad adolescente se han centrado en el estudio de las relacio­nes sexuales y el uso de métodos anticonceptivos, en vez de examinar las multiples dimensiones que afectan a la sexualidad y a los contextos en los que las relaciones se­xuales tienen lugar. El estudio de la sexualidad adoles­cente se puede ampliar, incluyendo también los senti­mientos que tienen los adolescentes sobre la pubertad y sobre su propio cuerpo, la excitación y el deseo sexual, el comportamiento sexual no limitado al coito y el sexo seguro como algo que va mucho más allá que el uso de preservativos (Graber, Brooks-Gunn y Galen, 1999). Se­gún Jeanne Brooks-Gunn y Roberta Paikioff (1997), hay cinco cuestiones evolutivas que deberían examinarse más detenidamente en el estudio de la sexualidad adolescente:

  • Calendario de los comportaientos sexuales. Para una chica madurar precozmente se asocia al hecho de mantener relaciones sexuales a una edad tempra­na. Este hecho desencadena una cascada de acon­tecimientos tales como empezar a salir con chicos, tener amigos mayores, ser perseguida por chicos mayores, exigir más autonomía a los padres y pa­sar más tiempo en actividades que no están super-visadas por los adultos. Por ello, se debe prestar una atención especial a las chicas que maduran pre­cozmente, ya que estas presentan una mayor vul­nerabilidad (Graber, Britto y Brooks-Gunn, 1999).
  • Concurrencia de comportamientos de riesgo. La maduración precoz no sólo se asocia al hecho de mantener relaciones sexuales a una edad temprana sino también a comportamientos como fumar y be­ber alcohol siendo muy joven. Muchos jóvenes considerados de alto riesgo no presentan sólo un problema, sino que presentan varios al mismo tiem­po. La confluencia de problemas como el manteni­miento de relaciones sexuales sin protección, el consumo de drogas, la delincuencia, e ir mal en los estudios sitúan a los adolescentes en una trayectoria evolutiva de riesgo, sobre todo cuando estos proble­mas aparecen en la adolescencia temprana.
  • Contextos del comportamiento sexual. El compor­tamiento sexual de los adolescentes está influido por muchos factores contextúales, como la pobre­za, el nivel socioecómico del barrio en el que viven, las características del centro educativo al que asis­ten regularmente y las normas del grupo de iguales al que pertenecen (Brooks-Gunn et al, 1993). En

 

diferentes apartados de este capítulo hemos visto que la edad a la que se establecen las primeras re­laciones sexuales y el porcentaje de embarazos en­tre los adolescentes varía notablemente de unas cul­turas a otras.

  • El desarrollo de las experiencias sexuales. Los adolescentes jóvenes no deberían practicar el coito, ya que son más reticentes que los adolescentes de más edad a utilizar métodos anticonceptivos, y ello incrementa notablemente sus probabilidades de embarazo. Desde el punto de vista cognitivo y emo­cional, los adolescentes más jóvenes tienen difi­cultades para afrontar las experiencias intensas asociadas a la sexualidad y para entender los com­plejos significados de la sexualidad.
  • Género y sexualidad. Las experiencias sexuales de muchas adolescentes son involuntarias o, por lo menos, ocurren en contextos en los que domina el sexo masculino. Además, como vimos previamen­te, en este mismo capítulo, los roles sexuales de ambos sexos suelen ser distintos.

El estudio de la sexualidad adolescente debería refor­mularse para tener en cuenta tanto los comportamientos como los sentimientos, así como potenciar un enfoque multidimensional y analizar las transiciones sexuales que van más allá de las primeras relaciones o de la utilización de métodos anticonceptivos. Las trayectorias sexuales sa­ludables incluyen (Brooks-Gunn y Paikoff, 1997):

En política social, una meta importante es educar a los adolescen­tes para la paternidad.

  • Practicar la abstinencia sexual, al tiempo que se tie­nen actitudes y sentimientos positivos hacia el pro­pio cuerpo.
  • No practicar el coito, pero sí la exploración sexual.
  • Participar con otra persona en las conductas prepa­ratorias o prolegómenos sexuales que suelen pre­ceder al coito durante la adolescencia temprana, lo que puede, o no, desembocar en el coito propia-mente dicho en la adolescencia tardía.
  • Practicar el coito en el marco de una relación que implique compromiso en la adolescencia tardía o la edad adulta, utilizando prácticas sexuales se­guras.

Política social y sexualidad adolescente

Los adolescentes deberían adquirir una serie de conoci­mientos sobre la reproducción y la sexualidad humana, mucho antes de ser sexualmente activos. Los programas de promoción de una sexualidad saludable no deberían empezar después de la adolescencia temprana. La educa­ción sexual debería incluir información suficiente como para prevenir la transmisión del virus del sida. Por ejem­plo, muchos adolescentes no saben que el período de in-cubación del sida puede ser de 10 años o incluso más y que una mujer embarazada puede transmitir el VIH al feto. Las intervenciones deberían identificar aquellas si­tuaciones de carácter sexual en las que es más probable que se puedan encontrar los adolescentes y proporcio­narles un entrenamiento útil para poder afrontar dichas si­tuaciones de forma eficaz. Los centros educativos, las fa­milias y los medios de comunicación pueden contribuir a este propósito.

Los embarazos adolescentes constituyen otro de los caballos de batalla de las iniciativas de la política social (Dannhausen-Brun, Shaliwitz y Berry, 1997). La mayo-ría de los embarazos adolescentes no son deseados. Cual­quier enfoque educativo sólido necesita dejar muy claro que convertirse en padre en el momento adecuado —y éste es siempre después de la adolescencia— es funda-mental para el desarrollo óptimo tanto de los padres como de los hijos.

El informe Starting Points: Meeting the Needs of Our Youngest Children (Carnegie Foundation 1994) hizo hin­capié en la importancia de preparar a los adolescentes para una paternidad responsable. Cuando las personas toman la decisión consciente, informada y comprometi­da de tener hijos, tienen más probabilidades de conver­tirse en buenos padres. Las personas que no están prepa­radas para las responsabilidades que entraña la paternidad suponen mayores riesgos para sus hijos.

Las sociedades occidentales necesitan aumentar con­siderablemente los esfuerzos dedicados a educar a los adolescentes para la paternidad. A este respecto, las fa­milias son una importante fuente de información, pero también lo son los centros educativos, los lugares de cul-

 

to y las organizaciones comunitarias. Se debería animar a los adolescentes a participar como voluntarios en guar­derías y jardines de infancia. Esto puede ayudarles a ex­perimentar en su propia piel todo lo que se necesita para cuidar a un hijo.

Si las adolescentes tienen hijos, ¿qué medidas de po­lítica social podrían adoptarse? Entre estas recomenda­ciones, se incluyen las siguientes (Chase-Lansdale y Bro­oks-Gunn, 1994). Primero, la diversidad que caracteriza a las trayectorias vitales de las madres adolescentes su­giere que ningún programa de intervención tiene una apli­cabilidad universal. Más bien deberían desarrollarse dis­tintos tipos de programas para distintos tipos de madres adolescentes. Por ejemplo, aquéllas que han dejado los estudios necesitan servicios diferentes que aquellas que han completado el bachillerato y tienen un trabajo remu­nerado. En segundo lugar, los servicios deberían am­pliarse para incluir también a niños de educación prima­ria. A pesar de que la mayoría de los estudios muestran consecuencias más negativas para los niños mayores que para los de menos edad, la mayor parte de los servicios dirigidos a hijos de madres adolescentes están pensados para bebés y niños en edad preescolar.

Otras dos medidas de política social son la coordina­ción de los servicios y los sistemas familiares. Se necesita una mejor coordinación entre los servicios dirigidos a las madres y los dirigidos a los hijos. Históricamente, los pro-gramas se han dirigido bien a las madres (haciendo hinca-pié en la formación laboral) o bien a los hijos (haciendo hincapié en la estimulación precoz), pero no han relacio­nado la vida de las madres adolescentes con las de sus hi­jos. Asimismo, en los enfoques de política social se echa en falta una perspectiva de sistemas familiares. Las abue­las suelen ser miembros significativos en las familias de las madres adolescentes y los servicios de apoyo deberían te­ner esto en cuenta. Prácticamente no existe ningún progra­ma dirigido específicamente a las abuelas. Además, el sis-tema familiar puede ayudar o, por el contrario, obstaculizar los esfuerzos de la adolescente para ser una madre eficaz, o para alcanzar una cierta estabilidad económica.

Desde el último repaso, hemos analizado diferentes aspectos de los conocimientos sobre la sexualidad y la educación sexual, así como sobre la satisfacción sexual y la política social relacionada con los adolescentes. El si­guiente repaso le ayudará a alcanzar los objetivos de aprendizaje relacionados con estos temas.

 

PARA TU REVISIÓN

Objetivo de aprendizaje 8

Objetivo de aprendizaje 9

Evaluar los conocimientos sobre la sexualidad que tienen los adolescentes y la edu­cación sexual que se imparte en los centros educativos.

  • Los adolescentes y los adultos no son demasiado doctos en sexo. La información so­bre sexo abunda bastante, pero con frecuencia es errónea o poco ajustada a la rea­lidad. Los adolescentes obtienen la mayor parte de la información sexual de sus igua­les, de la lectura, de sus madres, de los centros educativos y de la experiencia.
  • La mayoría de los norteamericanos aprueban el hecho de que se imparta educación sexual en los centros educativos y este apoyo ha crecido en consonancia con la pro­liferación de las ETS, especialmente del sida. Algunos expertos consideran que la edu­cación sexual vinculada a los centros educativos, que establece una relación entre estos últimos y los centros de salud y/o planificación familiar de la comunidad, es una estrategia prometedora.

Conocer la satisfacción sexual de los adolescentes y las medidas de política social re­lacionadas con los problemas sexuales de los adolescentes.

  • Es preciso examinar cinco cuestiones más detenidamente: el calendario de compor tamientos sexuales, la concurrencia de los comportamientos de riesgo, los contextos en los que tienen lugar los comportamientos sexuales, la edad a la que tienen lugar las primeras experiencias sexuales, y el género.
  • También es preciso mejorar y ampliar las iniciativas para reducir los embarazos ado lescentes y educar a los adolescentes sobre las responsabilidades que implica la pa ternidad.

 

 

En este capítulo nos hemos centrado en la sexualidad adolescente. En varias ocasiones, hemos comentado cues­tiones morales relacionadas con el comportamiento se­xual. En el Capítulo 12 estudiaremos el desarrollo moral más detenidamente.

ALCANZAR LOS OBJETIVOS DE APRENDIZAJE

Al principio de este capítulo formulamos nueve objetivos de aprendizaje e instamos al lector a ir repasando el ma-

 

terial relacionado con estos objetivos en cinco puntos del capítulo. Éste es un buen momento para retomar esos re-pasos y utilizarlos como guía de estudio para alcanzar los objetivos de aprendizaje.

Objetivo de aprendizaje 1 Entender que la sexua­lidad es un aspecto normal del desarrollo adolescente.

Objetivo de aprendizaje 2 Conocer mejor sobre las actitudes y los comportamientos heterosexuales de los adolescentes.

Objetivo de aprendizaje 3 Describir las actitudes y comportamientos homosexuales de los adolescentes.

Objetivo de aprendizaje 4 Analizar el tema de la autoestimulación y evaluar el uso de los métodos anti­conceptivos.

Objetivo de aprendizaje 5 Saber más sobre los embarazos adolescentes

Objetivo de aprendizaje 6 Describir las enferme­dades de transmisión sexual.

Objetivo de aprendizaje 7 Exponer el tema de los abusos sexuales y el acoso sexual.

Objetivo de aprendizaje 8 Evaluar los conoci­mientos sobre la sexualidad que tienen los adolscentes y la educación sexual que se imparte en los centros educa­tivos.

Objetivo de aprendizaje 9 Conocer la satisfacción sexual de los adolescentes y las medidas de política so­cial relacionadas con los problemas sexuales de los ado­lescentes.

 

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