Anuncios

Introducción al estudio de la adolescencia

LA JUVENTUD DE JEFFREY DAHMER Y ALICE WALKER

 

Jeffrey Dahmer tuvo una infancia y una adoles­cencia muy agitadas. Sus padres reñían constan­temente hasta que se divorciaron. Su madre tenía problemas emocionales y lo pagaba con el her­mano menor de Jeffrey. Jefrey sentía que su pa­dre lo desatendía, y un niño abusó sexualmente de él cuando tenia 8 años. Pero la inmensa ma­yoría de las personas que tienen una infancia y una adolescencia muy duras nunca llegan a co­meter los crímenes espeluznantes que cometió Dahmer entre los años setenta y noventa. Dah­mer asesinó a su primera víctima en 1978 con una barra de pesas y después mató a 16 personas más.

Una década antes de que Dahmer cometiera su primer asesinato, Alice Walker, quien poste­riormente ganaría el Premio Pulitzer por su libro «El color púrpura», pasaba sus días luchando contra el racismo en Mississippi. Walker, la octa­va hija de una familia de aparceros de Georgia, conocía los brutales efectos de la pobreza. A pesar

de lo mucho que tenía en su contra, se acabó con­virtiendo en una novelista galardonada. Walker escribe sobre la gente que, en sus palabras, «lo consigue, se labra un destino a partir de la nada. Las personas que triunfan».

¿Qué es lo que lleva a un adolescente, tan pro-metedor, a cometer actos de violencia brutales y a otro a transformar la pobreza y los traumas en creatividad literaria? ¿Cómo podemos explicar que un adolescente sea capaz de recoger los peda­zos de una vida destrozada por la tragedia, como la muerte de un ser querido, mientras que otro parece trastornarse ante los menores contratiem­pos de la vida? ¿Por qué algunos adolescentes son verdaderos torbellinos —tienen éxito en el insti­tuto, muchos amigos y rebosan energía— mien­tras que otros se quedan al margen, como meros espectadores de la vida? Si se ha preguntado al­guna vez qué es lo que mueve a los adolescentes, se ha formulado la principal pregunta que anali­zaremos en este libro.

 

 

 

PERSPECTIVA HISTÓRICA

¿Cómo han sido los adolescentes a lo largo de la histo­ria? ¿Cuándo se inició el estudio científico de la adoles­cencia?

Antigüedad

En la Antigua Grecia, tanto Platón como Aristóteles hi­cieron comentarios sobre la naturaleza de la juventud. Se­gún Platón (siglo IV a. C), el razonamiento no es una ca­racterística propia de los niños, sino que aparece durante la adolescencia. Platón pensaba que los niños deberían in­vertir su tiempo en el deporte y la música, mientras que los adolescentes deberían estudiar ciencias y matemá­ticas.

Aristóteles (siglo IV a. C.) argumentó que el aspecto más importante de la adolescencia es la capacidad de elección y que esta autodeterminación se convierte en un sello distintivo de la madurez. El énfasis de Aristóteles en el desarrollo de la autodeterminación no difiere demasia­do de algunos enfoques contemporáneos que consideran la independencia, la identidad y la elección de una pro­fesión como los temas clave de la adolescencia. Aristóte­les también señaló el egocentrismo de los adolescentes,

comentando que éstos se creen que lo saben todo y ade­más están bastante convencidos de ello.

En la Edad Media los niños y los adolescentes se con­sideraban adultos en miniatura y eran tratados con una disciplina férrea. En el siglo XVIII, el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau ofreció una visión más esperan­zadora de la adolescencia, restableciendo la creencia de que ser un niño o un adolescente no es lo mismo que ser un adulto. Al igual que Platón, Rousseau creía que el ra­zonamiento se desarrolla durante la adolescencia. Afirmó que en la educación de los niños de 12 a 15 años se debe fomentar sobre todo la curiosidad. Rousseau creía que en­tre los 15 y los 20 años se madura emocionalmente y el egoísmo es substituido por el interés por los demás. Por lo tanto, Rousseau contribuyó a restablecer la creencia de que el desarrollo tiene fases claramente delimitadas. Pero las ideas de Rousseau eran especulativas. Hasta principios del siglo XX no se empezó a estudiar científicamente la adolescencia.

El siglo xx

Las postrimerías del siglo XIX y los primeros años del si­glo XX fueron un importante período para la construcción del concepto que ahora denominamos adolescencia. Los

 

cambios subsiguientes que experimentaron los adoles­centes a medida que avanzaba el siglo XX también reper­cutieron considerablemente sobre sus vidas.

El cambio de siglo

Entre 1890 y 1920, diversos psicólogos, reformadores ur­banos, educadores, trabajadores y orientadores juveniles empezaron a dar forma al concepto de adolescencia. En aquel entonces, los jóvenes, sobre todo los de sexo mas­culino, ya no se veían como causantes de problemas, sino como seres cada vez más pasivos y vulnerables —cuali­dades que previamente sólo se habían asociado a las ado­lescentes de sexo femenino. La publicación en 1904 del libro de G. Stanley Hall sobre la adolescencia, comenta-do en el próximo apartado, desempeñó un gran papel en la reestructuración de las ideas sobre los adolescentes. Hall dijo que aunque algunos adolescentes aparentan pa­sividad están experimentando una gran confusión en su interior.

Los educadores, orientadores y psicólogos empezaron a desarrollar normas de conducta para los adolescentes. La idea de «la tempestad y el estrés» de Hall influyó con­siderablemente sobre estas normas. Consecuentemente, los adultos intentaron imponer la conformidad y la pasi­vidad en los adolescentes entre los años 1900 y 1920. En­tre los ejemplos de este énfasis en la conformidad, se in­cluyen la potenciación del espíritu escolar, la lealtad y el culto al héroe en los equipos deportivos.

G. Stanley Hall

Los historiadores consideran a G. Stanley Hall (1844-1924) como el padre del estudio científico de la adoles­cencia. Las ideas de Hall se publicaron por primera vez en dos volúmenes titulados Adolescence en 1904.

Hall estaba muy influido por Charles Darwin, el fa­moso teórico de la evolución. Hall aplicó las dimensio­nes científicas y biológicas de la teoría de Darwin al estudio del desarrollo adolescente. Hall creía que el de­sarrollo está controlado por factores fisiológicos genéti­camente determinados y que el ambiente desempeña un papel mínimo en el desarrollo, sobre todo durante los pri­meros años de vida. Sin embargo, admitió que el am­biente permite explicar más cambios en el desarrollo du­rante la adolescencia que en períodos evolutivos previos. Así que, por lo menos en lo que se refiere a la adoles­cencia, Hall creía —como pensamos en la actualidad— que la herencia interactúa con las influencias ambienta-les para determinar el desarrollo del individuo.

Según Hall, la adolescencia es el período comprendi­do entre los 13 y los 23 años de edad y se caracteriza por la tempestad y el estrés. El enfoque de la tempestad y el estrés es la idea de Hall de que la adolescencia es una etapa turbulenta dominada por los conflictos y los cam­bios anímicos. Hall tomó prestada la expresión de tem­pestad y estrés de las descripciones de «strum und drang» de los autores alemanes, como Goethe y Schiller, que es‑

cribieron novelas que rebosaban idealismo, compromiso con las metas, pasión, sentimiento y revolución. Hall con­sideraba que había un gran paralelismo entre los temas tratados por los autores alemanes y el desarrollo psicoló­gico de los adolescentes. Según Hall, las ideas, senti­mientos y acciones de los adolescentes oscilan entre la vanidad y la humildad, el bien y la tentación, la alegría y la tristeza. Un adolescente puede ser desagradable con un compañero de clase en un momento dado y amable in­mediatamente después. En un momento dado, un adoles­cente puede querer estar solo y, al cabo de pocos segun-dos, buscar compañía.

Hall fue un genio en el campo de la adolescencia. Fue el primero en empezar a teorizar, sistematizar y cuestio­nar más allá de la mera especulación filosófica. De hecho, a Hall le debemos el inicio del estudio científico del de­sarrollo adolescente.

El enfoque sociocultural de Margaret Mead

La antropóloga Margaret Mead (1928) estudió a los ado­lescentes de la isla de Samoa, situada en el Pacífico Sur. Esta autora concluyó que la naturaleza básica de la ado­lescencia no era biológica, como había apuntado Hall, sino más bien sociocultural. Además argumentó que cuando la cultura permite hacer una transición suave y gradual entre la infancia y la etapa adulta, que es el modo en que se enfoca la adolescencia en Samoa, este período se asocia a escasas turbulencias. Mead concluyó que las culturas que permiten que los adolescentes presencien las relaciones sexuales y cómo nacen los bebés, vean la muerte como algo natural, realicen tareas importantes, participen en juegos sexuales y sepan claramente en qué consistirán sus roles como adultos fomentan una adoles­cencia relativamente exenta de estrés. Sin embargo, en culturas como las occidentales, donde se establece una se­paración tajante entre niños y adultos y la adolescencia no se asocia a las experiencias que acabamos de mencionar, hay muchas más probabilidades de que esta etapa se viva de forma tormentosa.

Más de medio siglo después de su publicación, los trabajos de Margaret Mead fueron criticados como ses­gados y plagados de errores (Freeman, 1983). Las críti­cas actuales también afirman que en Samoa la adoles­cencia es más estresante de lo que señaló Mead y que la delincuencia aparece entre los adolescentes de Samoa igual que entre los adolescentes occidentales. En la actual controversia sobre los hallazgos de Mead, algunos inves­tigadores han defendido el trabajo de esta autora (Hol­mes, 1987).

La construcción social de la adolescencia

A pesar de que la adolescencia tiene una base biológica, como creía G. Stanley Hall, también tiene una base so­ciohistórica, como afirmaba Margaret Mead. De hecho,

 

La antropóloga Margaret Mead (izquierda) con una adolescente de Samoa. Mead constató que en Samoa la adolescencia era una etapa relativamente exenta de estrés, aunque recientemente se han criti‑

cado sus hallazgos. ¿En qué se diferencia la visión que tenía Magaret Mead de la adolescencia respecto a la de Hall?

las condiciones sociohistóricas contribuyeron a la emer­gencia del concepto de adolescencia. En la cita que abre este capítulo, P. Musgrove comenta que los adolescentes han entrado a hurtadillas en nuestras vidas. En un mo­mento no demasiado alejado de la historia, la adolescen­cia todavía no se había inventado. La construcción social de la adolescencia postula que es una creación sociohis­tórica. En este enfo que desempeñaron un papel funda-mental las circunstancias sociohistóricas que convergie­ron a principios del siglo XX, un momento en el que se promulgaron leyes que aseguraban la dependencia de los jóvenes, relegándolos a una esfera económica más ma­nejable. Comentamos muchas de esas circunstancias so­ciohistóricas en nuestro repaso general de los anteceden-tes históricos de la adolescencia. Esas circunstancias incluyen la reducción del régimen de aprendices; el in-cremento de la mecanización durante la Revolución Industrial, que a su vez requirió mano de obra más cua­lificada y una división especializada del trabajo; la sepa-ración entre el trabajo y la vida familiar; los escritos de G. Stanley Hall; la aparición de grupos juveniles, como

los YMCA y los Boy Scouts; y los centros de enseñanza segregados por grupos de edad.

Los centros educativos, el trabajo y la economía son dimensiones importantes de la construcción social de la adolescencia (Eider, 1975; Fasick, 1994; Lapsley, Enright y Serlin, 1985). Algunos expertos en adolescencia sostie­nen que la construcción del concepto de adolescencia fue un efecto colateral del intento de crear un sistema obli­gatorio de educación pública. Según este punto de vista, la función de la enseñanza secundaria es transmitir habi­lidades intelectuales a los jóvenes. Sin embargo, otros ex­pertos defienden que el principal objetivo de los centros de enseñanza secundaria es ubicar a la juventud dentro de la esfera económica y actuar a modo de trampolín para que se incorporen a la estructura de autoridad de la cul­tura (Lapsley, Enright y Serlin, 1985). Según este enfo­que, las sociedades occidentales «concedieron» el estatus de adolescentes a los jóvenes promulgando leyes de pro­tección al menor. Al dictar este tipo de leyes, la estructura de poder de los adultos colocó a los jóvenes en una po­sición de sumisión que restringía sus opiniones y fomentaba su dependencia, relegándolos a una esfera económica más manejable.

Los historiadores se refieren al período comprendido entre 1890 y 1920 como la «edad de la adolescencia» porque creen que fue durante estos años cuando se in­ventó el concepto de adolescencia. En este período se promulgaron muchas leyes obligatorias relacionadas con los jóvenes. Prácticamente en todos los países occidenta­les se dictaron leyes que excluían a los jóvenes de la ma­yoría de empleos y les obligaban a asistir a centros de educación secundaria. La mayoría de estas leyes incluían amplias medidas de aplicación.

Estos cambios legislativos trajeron consigo dos con-secuencias evidentes: la disminución del empleo juvenil y el incremento de las tasas de asistencia de los jóvenes a los centros educativos. Entre 1910 y 1930, la cantidad de adolescentes de 10 a 15 años que tenían un trabajo re­munerado descendió aproximadamente en un 75 por 100. Además, entre 1900 y 1930 la cantidad de alumnos que completaban el bachillerato aumentó considerablemente. En este período de 30 años, en Estados Unidos, termina-ron el bachillerato aproximadamente un 600 por 100 más de adolescentes que en el período inmediatamente ante­rior.

Un análisis del contenido de la revista más antigua so­bre Psicología del Desarrollo que todavía se sigue publi­cando (Journal of Genetic Psychology —anteriormente denominada Pedagogical Seminary) proporcionó pruebas adicionales sobre el papel que desempeñó la Historia en la percepción de los adolescentes (Enright et al., 1987).

En este trabajo se evaluaron cuatro períodos históri­cos —la depresión de la década de 1890, la depresión del 29 y las dos guerras mundiales—. Durante los períodos de depresión predominaron los escritos sobre la inmadu­rez psicológica de los jóvenes y sus necesidades educati­vas. Sin embargo, durante las dos guerras mundiales no

 

se describió a los adolescentes como inmaduros, sino que se recalcó su importancia como reclutas y empleados de las fábricas.

Cambios durante el siglo xx

En las tres décadas comprendidas entre 1920 y 1950, los adolescentes adquirieron un estatus más prominente con-forme iban experimentando una serie de cambios com­plejos. La vida de los adolescentes dio un giro a mejor en los años veinte, pero atravesó momentos difíciles durante los años treinta y cuarenta. En la década de 1920, la at­mósfera optimista de los alocados años veinte influyó so­bre los adolescentes. La pasividad y la conformidad con los dictados de los adultos dieron paso al incremento de la autonomía y a la conformidad con los valores del gru­po. Los adultos empezaron a imitar el estilo de vida de los jóvenes, en lugar de al revés. Si se ponía de moda un nuevo baile, la hija adolescente era la que lo bailaba pri­mero y su madre lo aprendía de ella. En Norteamérica, en muchos estados estaba prohibido beber, pero muchos adolescentes bebían considerablemente. Irrumpieron ac­titudes sexualmente más permisivas y las fiestas de besos se pusieron a la orden del día. Las minifaldas provocaron incluso una campaña por parte de la YMCA contra un comportamiento tan «anormal».

Justo cuando la adolescencia estaba empezando a ser divertida, llegó la depresión del 29, seguida de la Segun-da Guerra Mundial en los años cuarenta. Las graves pre­ocupaciones económicas y políticas sustituyeron a los va-lores hedonísticos de los adolescentes de los años veinte. Durante la década de 1930 en Estados Unidos creció la cantidad de grupos radicales de protesta que criticaban la labor del gobierno, y la Segunda Guerra Mundial puso en peligro la vida de muchos adolescentes. El servicio mili­tar dio pie a que los jóvenes viajaran y entraran en con-tacto con personas de otros lugares. Esta experiencia fa­voreció la adquisición de una perspectiva más amplia sobre la vida y un mayor sentido de independencia.

En los años cincuenta, el período evolutivo que cono­cemos como adolescencia había alcanzado la mayoría de edad —no sólo poseía una identidad física y social, sino que también recibía un tratamiento legal especial. Muchos países occidentales habían desarrollado leyes especiales para los jóvenes comprendidos entre los 16 y los 18 o 20 años de edad. Los adolescentes de los años cincuenta se han descrito como la generación silenciosa. La vida era mucho mejor para los adolescentes de esta década que para los que habían vivido durante los años treinta y cua­renta. El gobierno de los Estados Unidos pagaba los estu­dios universitarios a muchos jóvenes con los presupuestos generales del estado y la televisión empezaba a invadir los hogares. Estudiar una carrera universitaria, la clave para encontrar un buen empleo, estaba en la mente de muchos adolescentes en la década de 1950 —al igual que casarse, formar una familia y establecerse para poder acceder a la vida llena de lujos que mostraban los anuncios televisivos.

Aunque la meta de tener una educación superior per­sistió entre los adolescentes norteamericanos de los años sesenta, se hizo tristemente evidente que a muchos adoles­centes afroamericanos no sólo se les negaba una educa­ción universitaria, sino que también recibían una enseñan­za secundaria de menos calidad. Los conflictos étnicos, en forma de disturbios y sentadas, estaban a la orden del día, y los adolescentes en edad universitaria protagonizaban la mayoría de ellos.

Las protestas políticas de los adolescentes alcanzaron su máxima expresión a finales de los años sesenta y prin­cipios de los setenta, cuando millones de adolescentes re-accionaron violentamente ante lo que percibieron como la participación inmoral de Estados Unidos en la Guerra del Vietnam. Cuando en el año 1968 los padres nortea­mericanos presenciaron la famosa Convención Democrá­tica, no sólo vieron discursos políticos en apoyo de los candidatos sino también a sus hijos adolescentes peleán­dose con la policía, gritando obscenidades y protagoni­zado sentadas.

En la década de 1960 a los padres les preocupaba más el consumo y el abuso de las drogas de sus hijos adoles­centes que en épocas anteriores. Y también aumentó la permisividad sexual, que incluía las relaciones sexuales prematrimoniales, la cohabitación y la aprobación de conductas sexuales antes prohibidas.

A mediados de los años setenta, la mayor parte de la protesta radical de los adolescentes se había esfumado, dando paso a una mayor preocupación por labrarse un futuro profesional, trabajando mucho en el instituto, la universidad o las escuelas de artes y. oficios. Los intere­ses materiales empezaron a dominar las motivaciones de los adolescentes, mientras las reivindicaciones ideológi­cas contra las instituciones sociales iban perdiendo in­tensidad.

Las protestas de los años setenta también implicaron el movimiento por la liberación de las mujeres. Las des­cripciones de los adolescentes de épocas anteriores se re­ferían prioritariamente a jóvenes de sexo masculino. Los objetivos profesionales y familiares de las adolescentes de hoy en día coincidirían en muy poco con los de las adolescentes de las décadas de 1890 y 1900.

Durante muchos años, distintas barreras impidieron que muchas mujeres y miembros de minorías étnicas en­traran en el ámbito de estudio del desarrollo adolescente. Las mujeres y los miembros de minorías étnicas que ob­tenían el título de doctores tenían que esforzarse mucho y superar muchas dificultades. Una de las mujeres pione­ras en este campo fue Leta Hollingworth, que llevó a cabo importantes investigaciones sobre desarrollo adolescente, retraso mental y niños superdotados.

Entre los psicólogos afroamericanos pioneros cabe destacar a Kenneth y Mamie Clark, que estudiaron la au­toestima de los niños afroamericanos (Clark & Clark, 1939). Y en 1932, George Sánchez documentó la exis­tencia de sesgos culturales en los tests de inteligencia para niños y adolescentes.

 

a) Los alocados años veinte fueron un período en el que los adolescentes empezaron a comportarse de una forma más permisiva. Los adultos empezaron a imitar los estilos de los jóvenes. El consumo de alcohol creció considerablemente entre los adolescentes, b) En los años cuarenta muchos jóvenes participaron en la Segunda Guerra Mundial. El servicio militar expuso a muchos adolescentes a circunstancias que pusieron en peligro sus vidas y les permitieron entrar en contacto directo con personas de otros lugares, c) En los años cincuenta los objetivos de muchos jó­venes se orientaron más hacia la educación. La televisión entró en muchos hogares. Uno de los entretenimientos que estaban de moda en los años cincuenta, como se ve en esta fotografía, consistía en comprobar cuánta gente podía meterse en una cabina telefónica, d) En los años sesenta mu­chos jóvenes protestaron contra la participación de los Estados Unidos en la Guerra del Vietnam. Los padres se empezaron a preocupar más por el consumo de drogas de sus hijos adolescentes, e) A partir de los años setenta, gran parte de las protestas radicales de los jóvenes se atempera-ron. Los adolescentes de hoy en día están más orientados hacia la motivación de logro y es más probable que tengan trabajos remunerados, de­sempeñen roles adultos antes, muestren un mayor interés por la igualdad entre sexos y estén muy influidos por los medios de comunicación.

 

Hasta este momento hemos descrito algunas circuns­tancias sociohistóricas importantes que han experimenta-do los adolescentes a lo largo de la historia y hemos eva­luado cómo la sociedad ha visto a los adolescentes en distintos momentos históricos. A continuación analizare­mos por qué es necesario ser precavido a la hora de ge­neralizar sobre los adolescentes en cualquier área.

Estereotipos sobre los adolescentes

Es fácil estereotipar a una persona, grupo o clase de per­sonas. Un estereotipo es una categoría amplia que refleja nuestras impresiones y creencias sobre la gente. Todos los estereotipos se refieren a una imagen de cómo es un miembro típico de un grupo en particular. Vivimos en un

 

mundo complejo e intentamos simplificar su compleji­dad. Una forma de conseguirlo es creando estereotipos sobre la gente. Simplemente asignamos una etiqueta a un grupo de personas —por ejemplo, decimos que los jóve­nes son promiscuos—. Así, simplificamos las cosas cuan-do pensamos en este grupo de personas. Una vez asigna­mos un estereotipo, es difícil abandonarlo, incluso aunque encontremos indicios contradictorios.

Los estereotipos sobre la adolescencia son innumera­bles: «Dicen que quieren trabajar, pero cuando encuen­tran un trabajo, no quieren pegar golpe»; «Son todos unos vagos»; «Todos se lían con todos»; «Se drogan todos, no se salva ninguno»; «Los chicos de hoy en día no tienen la moral de mi generación»; «El problema de los adoles­centes de hoy en día es que lo tienen todo demasiado fá­cil»; «Son el colmo del egoísmo»; y un largo etcétera.

Hay que reconocer que durante la mayor parte del siglo xx los adolescentes han sido descritos como perso­nas anormales y pervertidas más que como normales y sa­nas. Recuérdese la propuesta de Hall sobre de la tempes­tad y el estrés. Consideremos también la imagen de los adolescentes que difunden los medios de comunicación, como seres rebeldes, conflictivos, caprichosos, delin­cuentes y egocéntricos —Rebelde sin causa a finales de los años cincuenta, y Easy Rider en los sesenta, por ejem­plo—. Consideremos también la imagen de los adoles­centes como perturbados y estresados que se da en las pe­lículas Dieciséis velas y El club del desayuno, en los años ochenta, y en Boyz N the Hood, en los noventa.

Esta tendencia a estereotipar a los adolescentes está tan extendida que el investigador Joseph Adelson (1979) se re­firió a ella como la brecha de la generalización sobre la adolescencia, refiriéndose a que se han desarrollado ge­neralizaciones ampliamente extendidas sobre los adoles­centes basadas en una información fragmentaria sobre un grupo limitado y a menudo muy visible de adolescentes.

Una visión positiva de la adolescencia

Se ha abusado mucho del estereotipo negativo de la ado­lescencia (Howe y Strauss, 2000; Stepp, 2000). En un es­tudio transcultural llevado a cabo por Daniel Offer y sus colaboradores (1988) no se pudo verificar esta visión ne­gativa de la adolescencia. Se analizó la propia imagen que los adolescentes tienen de si mismos en distintas partes del mundo —Estados Unidos, Australia, Bangladesh, Hun­gría, Israel, Italia, Japón, Taiwan, Turquía y Alemania Occidental. Se constató que por lo menos el 73 por 100 de los adolescentes estudiados tenían una imagen positiva de si mismos. Estaban avanzando hacia la etapa adulta con una integración sana de las experiencias previas, con con-fianza en sí mismos y optimismo sobre el futuro. Aunque había diferencias entre ellos, estaban contentos la mayor parte del tiempo, disfrutaban de la vida, se experimenta­ban a sí mismos como capaces de ejercer autocontrol, va­loraban el trabajo escolar, expresaban seguridad en su

Querer que te valoren

«Muchas veces a los adolescentes se nos percibe como un problema del que nadie quiere hacerse cargo. A veces la gente se siente intimidada y reacciona con hostilidad cuando intentamos desafiar su autoridad. Lo interpretan como una falta de respeto. A los adolescentes no se nos valora ni se nos trata como pensadores innovadores que seremos los dirigentes del mañana. Los adultos tienen en sus manos la facultad de enseñar a la generación más jo-ven y trasmitirnos el mensaje de que tenemos un papel importante en el mundo.»

ZULA, 16 años

Brooklyn, Nueva York

identidad sexual, tenían sentimientos positivos hacia sus familias y se sentían capaces de afrontar el estrés de la vida —lo que no encaja demasiado con la imagen de la adolescencia como una etapa de estrés y tempestad.

Viejos siglos y nuevos siglos

Lamentablemente, siguiendo las ideas de G. Stanley Hall en los Estados Unidos y las procedentes de otros países occidentales, la adolescencia se ha percibido durante la mayor parte el siglo XX como una etapa problemática del ciclo vital que los jóvenes, sus familias y la sociedad te­nían que soportar. Pero, como indica el estudio que aca­bamos de comentar, la gran mayoría de los adolescentes no se sienten tan alterados ni tienen tantos problemas como sugiere el estereotipo popular sobre la adolescencia.

Los cambios de siglo tienen la propiedad de estimular reflexiones sobre cómo han sido las cosas e ideas sobre cómo podrían o deberían ser. Tanto en el ámbito de la psi­cología general como en el ámbito concreto del desarro­llo adolescente, esto ha implicado volver la vista atrás, contemplando un siglo en el que el campo de la psicología se había vuelto demasiado negativo (Larson, 2000; San­trock, 2003; Seligma y Csikszentmihalyi, 2000). La psi­cología se había convertido en una ciencia marcadamente pesimista en la que se solía caracterizar a la gente como pasiva o victimizada. Ahora se reivindica centrar el foco de atención en la cara positiva de la psicología y poner mayor énfasis en temas como la esperanza, el optimismo, los rasgos individuales, la creatividad y los valores grupa-les y cívicos positivos, tales como la responsabilidad, la educación, el civismo y la tolerancia.

Como hemos visto antes, en el ámbito concreto del desarrollo adolescente, a principios del siglo XX G. Stan­ley Hall (1904) propuso un enfoque negativo de la ado­lescencia, caracterizado por la tempestad y el estrés, que

 

influyó considerablemente sobre la forma de concebir la adolescencia durante la mayor parte del siglo. Ahora, a principios del siglo XXI, nos damos cuenta de que duran-te el siglo XX los adolescentes se estereotiparon dema­siado negativamente.

Recuerdos y percepciones generacionales

Las percepciones que tienen los adultos sobre los adoles­centes son el resultado de la combinación de sus propias experiencias personales y de la imagen que difunden los medios de comunicación, ninguna de las cuales produce una visión objetiva de cómo se desarrollan normalmente los adolescentes (Feldman y Elliott, 1990). En gran parte, la facilidad con que los adultos asumen lo peor sobre los adolescentes probablemente se debe a que tienen mala memoria. Muchos adultos perciben a los adolescentes de hoy en día como más problemáticos, menos respetuosos,

 

más egocéntricos, más asertivos y más aventureros de lo que fueron ellos en su juventud.

Sin embargo, en lo que se refiere a gustos y modos de comportarse, los jóvenes de cada generación siempre han parecido radicales, desconcertantes y diferentes a los adul­tos —en lo que se refiere al aspecto, el comportamiento, los gustos musicales, el corte de pelo y el vestuario. Es un error garrafal confundir el entusiasmo propio de los ado­lescentes por probar nuevas identidades y disfrutar de do-sis moderadas de comportamientos escandalosos con la hostilidad contra los estándares paternos y de la sociedad en general. El hecho de revelarse y de poner a prueba los límites son formas consagradas de avanzar hacia la acep­tación, en vez de hacia el rechazo, de los valores paternos.

Hasta este punto hemos examinado muchas ideas so­bre la perspectiva histórica de la adolescencia. El siguien­te repaso le ayudará a alcanzar los objetivos de aprendi­zaje relacionados con este tema.

Anuncios
  1. Deja un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: