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Las salidas fuera. Cenar o ir de compras, gustos distintos, miradas distintas.

IR A COMER FUERA DE CASA

Las mujeres contemplan el acto de comer fuera de casa como una forma de enriquecer una relación, discutir problemas o ayudar y dar apoyo a un amigo. Los hombres lo ven como una alternativa lógica a cocinar, ya que no hay que ir a comprar, ni es necesario tener que limpiar y fregar después. Cuando están en el restaurante, las mujeres llaman al resto de los comensales por su nombre porque así fomentan las relacio­nes, pero los hombres intentarán no crear demasiada intimidad con los otros hombres. Si Barbara, Robyn, Lisa y Fiona van a comer juntas, se llamarán, así, por sus nombres, pero si Ray, Allan, Mike y Bill van a tomar una copa juntos se llamaran entre sí con sobrenombres o mo­tes. Estos apodos evitan cualquier tipo de intimidad.

Cuando llegue la cuenta, las mujeres sacarán las calculadoras y esti­marán cuánto tiene que pagar cada una. Los hombres tiran un billete de 5.000 ptas. sobre la mesa para hacerse notar, al mismo tiempo que aparentan no controlar el cambio.

IR DE COMPRAS: ES LA GLORIA DE LAS MUJERES Y EL INFIERNO DE LOS HOMBRES

Para las mujeres, ir de compras es como hablar: no tiene por qué haber una razón especial o un objetivo, pueden hacerlo sin ningún rumbo y tardar horas y horas. A las mujeres ir de compras y escaparates les parece un ejercicio rejuvenecedor y relajante, compren o no compren. Este tipo de compras provoca una hemorragia cerebral en el hombre en menos de 20 minutos. Para que un hombre se sienta motivado y con energías para realizar esta tarea, tiene que haber un objetivo definido y un horario. Hay que recordar que, al fin y al cabo, él no es más que un cazador. Quiere salir al campo, tener un plan de acción claro, matar al blanco y volver a casa.

La mayoría de los hombres padecen hemorragias cerebrales
después de ir a ver escaparates de ropa durante más de 20 minutos.

Los hombres se ponen muy nerviosos cuando entran en las tiendas de ropa y la mujer empieza a probarse prenda tras prenda y no compra nada. A las mujeres les vuelve locas probarse innumerables conjuntos de ropa porque es compatible con su estructura cerebral y así obtienen diferentes sensaciones y emociones con cada prenda que se prueban, según su fase emotiva. La ropa del hombre refleja también su estruc­tura cerebral: predecible, conservadora y orientada hacia un objetivo. Por eso resulta realmente sencillo señalar a un hombre que deja que su mujer le elija la ropa. El hombre que viste con estilo se debe a que su mujer le elige la ropa o a que es gay. Uno de cada ocho hombres es daltónico y no puede distinguir el color azul, verde o rojo y poseen muy poca maña para combinar estampados y diseños. Tam­bién por eso es fácil reconocer a un soltero.

Para intentar que un hombre quiera ir de compras debe ofrecerle unos criterios bien definidos como los colores, las tallas, las marcas, el estilo, etc. y seguro que asiente a ir con usted y durante el tiempo que quiera. Cuando existen objetivos claros (también vale inventárselos), se sorprenderá del entusiasmo que su marido puede llegar a mostrar por ir de compras.

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