LOS HOMBRES SON DIRECTOS, CONCRETOS Y CONCISOS.

Las frases de los hombres son más cortas, más directas, están orientadas hacia un propósito, utilizan un vocabulario más amplio e interca­lan hechos. Suelen utilizar adverbios tajantes como «nunca», «jamás» o «absolutamente». Estas características discursivas les permiten cerrar tratos rápida y eficientemente, al mismo tiempo que reafirman su au­toridad. Cuando emplean el discurso directo en sus relaciones sociales, corren el riesgo de parecer maleducados y abruptos.

Observe las siguientes frases:

  1. ¡Ve y haz la tortilla para el desayuno!
  2. Anda, hazme una tortilla para desayunar
  3. ¿me harías una tortilla para desayunar, por favor?
  4. ¿Crees que podríamos desayunar tortilla hoy?
  5. ¿No crees que estaría muy bien desayunar tortilla?
  6. ¿Te apetecería una tortilla para desayunar?

Estas peticiones de tortilla van desde la frase más directa a la más indirecta. Las tres primeras frases suelen ser pronunciadas por hom­bres y las tres últimas por mujeres. Todas quieren comunicar el mismo significado, pero de formas diferentes. A veces es fácil que de la tortilla se pase a las lágrimas, cuando ella le responde: «¡Pedazo de vago, háztela tu mismo!» y él dice: «Es que no te aclaras. En fin, me voy al bar».

¿QUÉ SE PUEDE HACER?

Los hombres tienen que entender que el discurso indirecto forma parte de la estructura mental de la mujer y tienen que adaptarse si quie­ren mantener relaciones personales con el sexo femenino. Para ello, el hombre tiene que escucharla con atención, utilizar sonidos que le demuestren que la escucha y también realizar movimientos corporales que indiquen asentimiento. También es importante que no intente ofrecer soluciones constantemente y que no cuestione sus propósitos. Si al hombre le parece que la mujer tiene un problema, es bueno que le diga: «¿Quieres que te escuche como una mujer o como un hom­bre?» Si le responde que como una mujer debe escucharla y apoyarla, pero si le responde, que como un hombre, debe proponerle soluciones.

Para que un hombre le escuche, cómprele una agenda
y anóteselo con días de antelación.

Para impresionar a un hombre, déjele claro el tema de la conversa­ción y la hora. Un ejemplo sería: «Me gustaría hablar contigo sobre cómo solucionar un problema que tengo con mi jefe. ¿Qué tal te parece que lo discutamos a las siete?» Así, la estructura lógica masculina hace que se sienta considerado y todo irá como una balsa de aceite. Si se pone en práctica la táctica indirecta, el hombre puede pensar: «A nadie le impor­ta mi opinión», lo que hace que se sienta amenazado y tome una posi­ción defensiva. Los hombres, cuando tienen que hacer tratos con otros hombres, utilizan el discurso directo si están en países occidentales, pero en Asia el discurso indirecto se utiliza mucho para negociar. Por ejem­plo en Japón, si se utiliza el lenguaje directo para hacer negocios, pensa­rán que se trata de una persona inocente o bastante infantil. Por ello, a los extranjeros que utilizan estas estrategias lingüísticas en el mundo empresarial, los japoneses los califican de inmaduros.

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