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La interacción humana

CAPÍTULO 13

 

La interacción humana

 

Es muy variable la necesidad del contacto social, así como el deseo y la capacidad de estar solos. Segura-mente habrás oído hablar de ermitaños y de perso­nas que se aislan voluntariamente del mundo, pero casi a nadie le gusta una vida solitaria. ¿Por qué es tan importante estar con la gente? ¿Por qué preferi­mos interactuar con algunas personas y no con otras? ¿Y qué saben los psicólogos respecto a la interacción humana? En el presente capítulo trataremos de con-testar las preguntas anteriores y exponer algunas ideas referentes a las interacciones en grupos.

NECESIDAD DEL CONTACTO
HUMANO

Desde la infancia necesitamos a los demás para sa­tisfacer nuestras necesidades básicas. Durante la ni­ñez y la adolescencia aprendemos a asociar un contacto personal estrecho con la satisfacción de nues­tras necesidades básicas. A medida que maduramos y nos hacemos adultos, buscamos el contacto perso­nal por la misma razón, aunque ya podamos valer-nos por nosotros mismos.

La compañía de la gente y la interacción con otros se han convertido así en un hábito difícil de erradicar.

Además, hemos adquirido las necesidades de elogio, respeto, amor y afecto, el sentido del logro y otras ex­periencias satisfactorias. Y estas necesidades, resulta-do del aprendizaje social, sólo pueden satisfacerlas otros seres humanos (Bandura y Walters, 1963).

Ansiedad y compañía

A los psicólogos sociales les interesa descubrir qué circunstancias intensifican el deseo del contacto hu­mano. Al parecer necesitamos tener cerca de noso­tros a otras personas sobre todo cuando tenemos miedo o ansiedad, y también necesitamos compañía cuando no estamos seguros de nosotros mismos y queremos comparar nuestros sentimientos con los de los demás.

El psicólogo Stanley Schachter (1959) decidió pro-bar el antiguo refrán “El sufrimiento busca compa­ñía”. Su experimento demostró que los que sienten un alto grado de ansiedad tienden más a buscar compañía que los que sienten poca ansiedad. Hizo que algunas universitarias acudieran a su laborato­rio. Un grupo de ellas fue saludada por un hombre de aspecto aterrador que se presentó a sí mismo como el doctor Gregor Zilstein de la escuela de medicina. El doctor Zilstein les dijo que les aplicaría descargas eléctricas, para estudiar el efecto que la electricidad produce en el cuerpo humano. Y también les dijo, en

 

 

un tono ominoso, que las descargas serían terrible-mente dolorosas. Con una sonrisa diabólica agregó que no ocasionarían daño permanente en la piel. Por razones obvias, a este grupo de mujeres se le llamó el grupo de gran ansiedad.

El doctor se mostró muy amistoso con otro grupo de mujeres y les dijo que las descargas les produci­rían hormigueos y cosquillas, que quizá hasta les re­sultarían agradables. Estas mujeres formaron el grupo de poca ansiedad.

Zilstein le indicó a las participantes del experi­mento que debían salir del laboratorio mientras ins­talaba el equipo. Luego le pidió a cada una apuntar en un cuestionario si deseaba esperar sola en un cuar­to privado o bien hacerlo en compañía de otras per­sonas en un cuarto más grande. La mayor parte de las mujeres del grupo de poca ansiedad preferían es­perar solas. En cambio, la gran mayoría de las que tenían mucha ansiedad optaron por esperar con otras mujeres. Así pues, el experimento demostró que una gran ansiedad produce la necesidad de compañía.

Comparación de experiencias y reducción de la incertidumbre

A las personas les gusta reunirse para atenuar la an­siedad relativa a sí mismas. Por ejemplo, cuando re­cibes los resultados de los exámenes escolares, seguramente les preguntas a tus compañeros cómo les fue. Tratas de entender tu situación comparándo­la con la de ellos. Conoces tus fuerzas y deficiencias

preguntando: ¿también otros pueden hacerlo?, ¿lo hicieron mejor o peor que yo? Muchos utilizan el de­sempeño de los demás como criterio para evaluarse a sí mismos. Según esta teoría, las mujeres del expe­rimento de las descargas eléctricas buscaron compa­ñía porque, entre otras cosas, querían averiguar cómo responderían al doctor Zilstein. ¿Deberían sentir eno­jo o miedo o bien darle poca importancia al experi­mento? Una manera de conseguir esta información era hablar con las otras participantes.

Schachter efectuó otro experimento para probar esta hipótesis. Prácticamente el experimento fue una repetición del realizado por el doctor Ziltein; sólo que esta vez se les provocó ansiedad a todas las mujeres. A la mitad de ellas se les permitió escoger entre espe­rar solas o bien con otras mujeres que estaban a punto de participar en el mismo experimento. A la otra mitad se le dio la opción de esperar solas y pasar el tiempo en un cuarto donde unos estudiantes espera­ban ser atendidos por sus orientadores académicos.

Como cabe suponer, las mujeres que tuvieron la opción de estar con otras que se encontraban en la misma situación que ellas aprovecharon la oportuni­dad. Querían comparar su experiencia con otros. En cambio, la mayor parte de las integrantes del segun-do grupo prefirió esperar solas y no con estudiantes a quienes no les interesaba su situación. He aquí la conclusión que se extrae del experimento: “El sufri­miento no ama cualquier clase de compañía, sino sólo la de aquellos que también sufren”.

Otros investigadores han demostrado que, cuan­to más inseguro sea alguien, más tenderá a buscar a la gente. Como lo hiciera Schachter, Harold Gerard y J. M. Rabbie reclutaron voluntarios para un experi­mento. Cuando los voluntarios llegaron, algunos de ellos fueron acompañados a una cabina y conectados a una máquina que supuestamente media la emoti­vidad. Se encendió la máquina y los sujetos pudie­ron ver no sólo sus puntuaciones, sino también las obtenidas por otros participantes. En todos los casos el cuadrante del sujeto registraba 82 en una escala de 100; los cuadrantes de los otros participantes marca­ba 79,80 y 81. (Como ya habrás adivinado, la máqui­na había sido manipulada.) Un segundo grupo de sujetos fue conectado a una máquina parecida, mos­trándoseles sus puntuaciones pero no las de otros participantes. A un tercer grupo no se le suministró información alguna sobre sí mismos ni sobre otros participantes del experimento. Cuando se les pre­guntaba si querían esperar solos o con otros sujetos,

 

 

Figura 13.2

Un conjunto de apartamentos como éste se utilizó en un estudio dedicado a la elección de amistades. Se descubrió que, cuanto menos puertas haya entre las personas, mayores probabilidades habrá de que se hagan amigos.

 

la mayor parte de los integrantes del primer grupo preferían esperar solos. Habían comparado sus re­sultados con los de otros y pensaban que estaban re-accionando adecuadamente. En cambio, casi todos los sujetos de los dos grupos restantes, que no tenían un criterio para evaluarse, optaban por esperar en compañía de otros (Gerard y Rabbie, 1961).

Da buenos resultados buscar compañía cuando uno siente miedo o se siente inseguro de sus senti­mientos. Los sujetos que prefirieron estar en un gru­po cuando tenían miedo al experimento o carecían de información sobre su desempeño en relación con el de otros muestran menos ansiedad que los que “lo pensaron bien” y esperaron solos (Wrightsman, 1960).

ELECCIÓN DE AMIGOS

Muchos piensan que tienen una gran libertad para escoger a sus amigos. La facilidad del transporte, los teléfonos y el tiempo libre disponible para el hombre moderno al parecer facilitan la comunicación y, por tanto, permiten ponerse en contacto con muchas per­sonas de donde escoger los compañeros, amigos y

novios o novias. Pero generalmente nos servimos de los métodos más cómodos para establecer contacto con la gente.

Proximidad

¿Le sorprendería enterarse de que el factor decisivo para que dos personas se hagan amigas es la proxi­midad física, es decir la distancia que hay entre su casa o su trabajo? En términos generales, cuanto más cercanos se encuentren geográficamente dos in­dividuos, mayores probabilidades habrá de que se sientan atraídos. Y el factor decisivo no es sólo la opor­tunidad de las interacciones.

Los psicólogos descubrieron que incluso en un pequeño edificio de dos pisos, donde a los residentes les era fácil establecer contacto con todos, había ma­yores probabilidades que se hicieran amigos los que vivían en departamentos contiguos. En opinión de los psicólogos, es el resultado de los miedos y ver­güenza que produce el tratar con desconocidos. Cuan-do dos personas viven en casas contiguas, asisten a la misma escuela o trabajo en el mismo lugar, se van acostumbrando a convivir y encuentran razones para conversar sin correr en absoluto el riesgo de sufrir un rechazo. Es mucho más difícil hacer amistad con

 

alguien a quien no vemos normalmente. Hay que manifestar interés y, por tanto, se corre el riesgo de quedar en ridículo, porque el otro resulta menos in­teresante de lo que parecía a primera vista o porque el interés no es mutuo. Por supuesto, tal vez que nos sintamos contentos de que el otro finalmente se deci­dió a hablarnos.

Valores de premio

La proximidad favorece la creación de amistades, pero no garantiza una amistad prolongada. Algunas veces los que se ven obligados a compartir una situa­ción se van distanciado y terminan odiándose. Más aún, una vez establecida una amistad, la separación física no necesariamente pone fin a una relación. ¿Qué factores deciden si surgirá una simpatía mutua, una vez que dos personas entran en contacto?

La estimulación es un resultado positivo de la amistad. Un amigo tiene un valor de estímulo, si es interesante o creativo o bien si gracias a él conoce­mos nuevas ideas o experiencias. Un amigo tendrá un valor de utilidad, si es cooperativo y servicial, si siempre está dispuesto a compartir su tiempo y sus recursos para ayudarnos a alcanzar nuestras metas. Un tercer tipo del valor de la amistad es el valor de apoyo al yo: simpatía y aliento cuando las cosas mar‑

chan mal, aprecio y aprobación cuando marchan bien. Estas tres clases de satisfacciones —estimulación, uti­lidad y apoyo del ego— se evalúan consciente o in-conscientemente en toda amistad. A un hombre puede agradarle otro que es un conversador ingenio-so (valor de estímulo), que conoce mucho sobre jar­dinería (valor de utilidad). A una mujer posiblemente le simpatice un hombre, porque aprecia sus opinio­nes (valor de apoyo del yo) y porque la pasa muy bien con él (valor de estímulo).

Al examinar las tres clases de satisfacciones que pueden buscarse en la amistad, podemos entender otros factores que influyen en la simpatía y en el amor.

Aspecto físico. El aspecto físico de una persona in-fluye profundamente en la impresión que nos causa. Sentimos mayor autoestima cuando nos juntamos con personas que los demás consideran guapas. Y esto se aplica tanto a las del mismo sexo como a las del sexo opuesto. El atractivo físico influye en la elección de amigos y novios o novias.

En un estudio (Dion, Berscheid y Walster, 1972), a un grupo de sujetos se les mostraron fotografías de varones y mujeres de diverso grado de atractivo físico y se les pidió clasificar sus rasgos de personalidad. Dieron una clasificación más favorable a las personas atractivas que las menos atractivas. Las juzgaban más

 

sensibles, amables, interesantes, fuertes, equilibradas, sociables y de mayor sensibilidad sexual. Por tanto, parece ser que, aunque todos decimos que la “belleza del alma es lo más importante”, la belleza física es lo más importante para nosotros.

Generalmente se tiene una opinión negativa de las personas feas. De acuerdo con las investigacio­nes, los adultos obesos —a quienes en la cultura oc­cidental se les considera poco atractivos— son objeto de discriminación cuando solicitan empleo. Incluso los niños feos sufren prejuicios. Tienen mayores pro­babilidades de que se les juzgue “malos” o “crueles” por determinada acción o mala conducta que un niño más atractivo (Dion, Berscheid y Walster, 1972).

Es interesante señalar lo siguiente: los psicólogos han comprobado que los hombres y mujeres prestan menos atención al aspecto físico, cuando escogen marido o mujer o a un amigo íntimo que cuando in­vitan a alguien al cine o a una fiesta. Pero ni uno ni otro sexo buscan necesariamente al miembro más atractivo de su mundo social. Por el contrario, casi siempre buscan personas que ocupan el mismo nivel

que ellos en la escala del atractivo sexual (Levinger y Snoek, 1972).

Aprobación. Otro factor que influye en la elección de amigos es la aprobación. Todos tendemos a sentir simpatía por aquellos que dicen cosas agradables acerca de nosotros, pues nos hacen sentir mejor: nos dan un valor de apoyo al yo.

Los resultados de un experimento indican que las evaluaciones hechas por otros son más significativas, cuando contienen una combinación de elogio y críti­ca que cuando son exageradas en una y otra direc­ción. Nadie cree ser totalmente bueno o malo. Por tanto, tomaremos más en serio a los que ven nuestras cualidades y nuestros defectos. Pero cuando escucha­mos primero nuestras cualidades, escuchar después nuestros defectos nos desilusiona y nos causa enojo contra quien lo dice. Cuando oímos primero los de­fectos, se produce el efecto inverso. Uno piensa: “Esta persona es perceptiva y sincera. Al principio me cri­ticó, pero después me conoció como realmente soy” (Aronson y Linder, 1965).

 

Figura 13.3

En un experimento, a unas mujeres adultas se les mostraron descripciones de fotograffas de niñas que realizaban varios comportamientos antisociales. Las mujeres tendían no sólo a juzgar más antisociales los comportamientos de las niñas feas, sino que además atribuían una personalidad moral más intrínsecamente negativa que los de las niñas bonitas. (Adaptado de Dion, 1972.)

Figura 13.4

Estos dos hombres sin duda disfrutan mutuamente su compañía. Además del valor de estímulo que ésta tiene para ambos, probablemente les ofrece además valor de utilidad: pueden intercambiar consejos sobre problemas y oportunidades de negocios.

 

Semejanza. Tendemos a escoger amigos cuya forma­ción, actitudes e intereses se parecen a los nuestros. Casi siempre marido y mujer provienen de un am­biente económico, religioso y educacional semejante.

La fuerza de las actitudes compartidas se explica en muchas formas. Primero, coincidir en lo que es estimulante, importante o divertido sienta las bases para compartir algunas actividades. Los que tienen intereses afines tienden a hacer más cosas juntos y llegan a conocerse mejor.

Segundo, nos sentimos incómodos con aquellos que constantemente nos contradicen, y esta incomo­didad se transforma luego en hostilidad o evitación. Nos sentimos más cómodos con aquellos que nos brindan su apoyo. El respaldo de un amigo aumenta nuestra seguridad en nosotros mismos y mejora nues­tra autoestima. Además, casi todos somos lo bastan-te egocéntricos como para suponer que los que comparten nuestros valores son básicamente decen­tes e inteligentes (a diferencia de los demás).

Finalmente, a las personas que coinciden en va­rias cosas casi siempre les es más fácil comunicarse. Tiene menos argumentos y malos entendidos; predi­cen más eficazmente el comportamiento del otro y, en consecuencia, se sienten cómodos uno con otro.

A veces se da la complementariedad, o sea el atractivo entre personalidades contrarias. Por ejem­plo, una persona dominante podría buscar a alguien sumiso. Sin embargo, en opinión de los psicólogos la semejanza es un factor mucho más importante. Aun-que parece razonable la idea tradicional de que los contrarios se atraen, los investigadores no han logra-do comprobarla (Berscheid y Walster, 1978: 78-81).

¿QUÉ SON LOS GRUPOS?

¿Qué tienen en común los Rolling Stones, la selec­ción mexicana de fútbol soccer y las bandas musica­les de rock? Todos ellos pueden clasificarse como grupos. En general, las características que distingue a un grupo de otro tipo de conglomerados son la in­terdependencia y las metas comunes.

Interdependencia

Todos los habitantes del mundo que tienen el cabello rojo y pecas forman una categoría de personas, pero

no un grupo. Los miembros de esa categoría no son interdependientes. Hay interdependencia cuando la acción de un miembro influye en el resto de los inte­grantes o cuando el mismo evento afecta a todos. Por ejemplo, en los grupos de deportistas, actores o com­pañeros de dormitorio cada individuo tiene cierta responsabilidad para con el resto del grupo; si no la cumple, perjudicará a los otros. En el caso de los deportistas, la consecuencia puede ser perder el partido; en el de los actores, una mala escena; en el de los compañeros de dormitorio, un lugar desorde­nado.

En los grupos pequeños, los miembros suelen ejer­cer una influencia directa sobre los demás: la influen­cia puede ser indirecta cuando una persona le grita a otra, le sonríe o lo elogia. En los grupos más grandes, la influencia puede ser indirecta. La interdependen­cia entre tú y el presidente de tu país no es resultado de un contacto personal. Pese a ello, uno de los moti­vos por los cuales los habitantes de México constitu­yen un grupo es el siguiente: las acciones del presidente afectan a todos los ciudadanos, y las de éstos le afectan a él.

Metas comunes

Los grupos se vuelven interdependientes porque se dan cuenta de que comparten ciertas metas. Los gru­pos suelen crearse para realizar tareas u organizar actividades que un individuo no podría realizar por su cuenta. Así, los integrantes de un grupo de consu­midores tienen la meta común de trabajar para pro­teger al público consumidor. Los miembros de los grupos étnicos y religiosos desean perpetuar un le­gado común o conjunto de creencias.

Las funciones que desempeñan los grupos son de dos tipos generales: funciones de tareas, es decir, aquellas cuya finalidad es realizar algún trabajo; fun­ciones sociales, o sea aquellas cuyo propósito es sa­tisfacer las necesidades emocionales de los miembros. En la generalidad de los grupos, ambas clases de fun­ciones se combinan en forma espontánea y no es fácil separarlas.

Los partidos políticos, los equipos de cirujanos y los de trabajadores de la construcción son grupos orientados a una tarea. Aunque las interacciones so­ciales se realizan en el seno de ellos, su objetivo fun­damental es terminar un proyecto o lograr un cambio en el ambiente. Se da prioridad a las funciones socia-

 

 

Figura 13.5

Grupo orientado hacia una tarea. No importa si los médicos y enfermeras de este equipo quirúrgico son o no amistosos fuera del quirófano; su propósito fundamental como grupo es realizar determinada tarea.

 

les en grupos temporales de carácter más informal. Cuando las personas pasean juntas, asisten a fiestas o participan en conversaciones, han formado un gru­po para obtener satisfacciones sociales como compa­ñía y apoyo emocional. Pero, una vez más, todo grupo cumple funciones sociales y de tareas, por lo menos hasta cierto punto.

COHESIÓN DE LOS GRUPOS

Los factores que intervienen para mantener juntos los grupos —y que aumentan su cohesión— son las acti­tudes y las normas que comparten, así como su ad­hesión a ellas.

Normas

Una forma en que los grupos consiguen que sus inte­grantes sigan todos la misma dirección consiste en establecer normas colectivas. Las normas son reglas que rigen el comportamiento y las actitudes de los

miembros. No se trata necesariamente de leyes rígi­das. Pero los miembros deben obrar en conformidad con las normas y, si no lo hacen, se les castiga de al­guna manera. Si una estudiante universitaria se ra­para, sus amigos no dudarían en hablar de ello. Y los extraños la señalarían con el dedo y se reirían, sim­plemente porque violó la norma de que una mujer no debe raparse. Así pues, los miembros del grupo po­drán castigarla tratándola con frialidad o criticándo­la. Si la norma es muy importante para el grupo, el miembro que la viole puede recibir un castigo más severo o hasta ser expulsado del grupo.

Ideología

Para que un grupo tenga cohesión, los miembros de­ben tener los mismos valores. En algunos casos las personas se unen porque descubren que comparten algunas ideas, actitudes y metas, es decir, la misma ideología. En otros casos, se sienten atraídas a un grupo porque su ideología les ofrece una nueva ma­nera de verse a sí mismos y de interpretar los aconte­cimientos, así como un nuevo conjunto de metas y medios para alcanzarlas. Así, el movimiento de los

 

derechos civiles en los años sesenta ofreció una ex­plicación de la opresión de los negros en Estados Uni­dos y la esperanza de hacer algo para cambiar la situación. De manera análoga, en los años 80 nació un movimiento en favor de los derechos de los ho­mosexuales. Los líderes, reuniones, libros y folletos, eslogans y símbolos son elementos todos que contri­buyen a difundir una ideología, a ganar adeptos y producir sentimientos de solidaridad entre los miem­bros del grupo.

Compromiso

La cohesión será grande si los miembros se sienten comprometidos con su grupo. Un factor que aumen­ta el compromiso individual es la necesidad del sa­crificio personal. Si alguien está dispuesto a pagar dinero, soportar penurias o la humillación con tal de pertenecer a un grupo, no lo abandonará. Por ejem­plo, los estudiantes universitarios que pasan por hu­millantes ritos de iniciación para unirse a algún grupo estudiantil tienden a ser fieles a él aun después de terminar su formación profesional.

Otro factor que aumenta el compromiso con el grupo es la participación. Cuando los miembros par­ticipan activamente en las decisiones colectivas y comparte las satisfacciones de los logros del grupo, se intensifica su sentimiento de pertenencia: sienten que han contribuido a hacer del grupo lo que es. Por ejemplo, los psicólogos sociales han comparado gru­pos de trabajadores que intervienen en las decisio­nes que afectan a su trabajo con otros que elegían a sus representantes en los comités de toma de deci­siones o bien con trabajadores a quienes simplemen­te se les dice qué hacer. Los que participan muestran un gran espíritu de grupo y aceptan el cambio con menor resistencia que el resto de los trabajadores (Coch y French, 1948).

Los procesos que mantienen unido un grupo de­ben funcionar en ambos sentidos. El individuo ha de acatar las normas del grupo, aceptar su ideología y estar dispuesto a realizar sacrificios con tal de for­mar parte de él. A su vez el grupo debe responder a las necesidades de sus miembros. No podrá lograr la cohesión, si sus normas son imprevisibles, si su ideo­logía no es compatible con las creencias de sus miem­bros o si las satisfacciones que ofrece no superan a los sacrificios que exige.

INTERACCIONES DENTRO DE LOS GRUPOS

Proporcionar valores al individuo y darle un sentido de identidad no es más que un aspecto del significado que tiene el grupo para él. El papel que desempeña en las actividades del grupo es otro factor importante. Cada miembro posee habilidades e intereses especia-les, y en el grupo hay que llevar a cabo varias tareas. Se da el nombre de estructura del grupo a las funcio­nes que cada miembro desempeña en el grupo y a la forma en que se interrelacionan las funciones.

La estructura del grupo presenta muchos aspec­tos diferentes: las relaciones personales entre los miembros, como las de simpatía y confianza; el lugar que cada integrante ocupa en una dimensión par­ticular, como poder, popularidad, estatus o cantidad de recursos; y los papeles que desempeñan los inte­grantes. (Algunos papeles típicos de los grupos son el del líder, el bromista el callado y el sabiondo.)

Patrones de comunicación

Una técnica que utilizan los psicólogos para analizar la estructura del grupo es el sociograma. A todos los miembros se les pide dar el nombre de aquellos con quienes les gustaría interactuar en determinada oca­sión o con un fin específico, de aquellos que les son más simpáticos, etc. Por ejemplo, se les puede pre­guntar con quién les gustaría ir a una fiesta, hablar de política, ir de vacaciones o realizar una tarea or­ganizacional. Después sus selecciones se incluyen en un diagrama. El sociograma les sirve a los psicólogos para predecir en qué forma el individuo tenderá a comunicarse con otros integrantes del grupo. Pide a tu maestro hacer uno con tu grupo.

Otra manera de descubrir la estructura de un gru­po consiste en examinar sus patrones de comunica­ción: quién se dirige a quién y con qué frecuencia lo hace.

En 1951 Harold Leavitt realizó un experimento sobre los patrones de comunicación. Distribuyó una tarjeta con varios símbolos a los cinco miembros de un grupo. (Leavitt los colocó en un cuarto o cabina individuales y ellos podían crear las redes que apa­recen en la figura anexa.) Cada círculo representa una persona; las líneas indican canales abiertos. Los suje­tos puestos en los diversos lugares podían intercam-

 

 

 

Figura 13.6

Sociogramas que muestran los patrones de elección de amigos dentro de dos grupos. Las flechas punteadas indican que la simpatía no es recíproca; las otras flechas indican una amistad correspondi­da. Cuanto más simpatía se sienta por alguien, más alto aparecerá en el patrón. El patrón del grupo de la parte inferior presenta una estructura jerárquica, en que E y N son evidentemente los líderes. El sociograma de la parte superior indica una gran cohesión de grupo, en que incluso D y T —los dos miembros que gozan de menor aceptación— están claramente vinculados al grupo y tienen amigos que los aprecian.

biar mensajes únicamente con aquellos con quienes estaban conectados mediante canales.

El resultado más interesante del experimento fue que los sujetos que se organizaban en un “círculo” eran los que tardaban más tiempo en resolver el pro­blema, pero quienes lo hacían con mayor alegría. En este grupo todos enviaban y recibían muchos men­sajes hasta que finalmente uno de ellos resolvía el problema y transmitía la información respectiva. Por el contrario, en la “rueda”, todos enviaban pocos men­sajes a una persona situada en el centro, quien resol-vía el problema y comunicaba la respuesta adecuada al resto del grupo. Estos grupos encontraban pronto la respuesta, pero a los que estaban fuera de la rueda la tarea no les parecía particularmente interesante.

Después del experimento, a los miembros de cada grupo se les pidió identificar al líder del grupo. En los grupos centralizados (rueda, Y y cadena), la per­sona que estaba en el centro era señalada normalmen­te como el líder. En cambio, en la red de círculo la mitad de los miembros del grupo decían que, en su opinión, no había un verdadero líder y los que dije-ron que había un líder no coincidían en el nombre del mismo. En conclusión, la organización centrali­zada parece más eficaz para grupos orientados a una tarea, mientras que la red descentralizada lo es en el caso de grupo con una orientación social.

Liderazgo

Todos los grupos tienen un líder, sin importar si es­tán integrados por pandilleros, soldados, trabajado-res o políticos. Un líder encarna los ideales y las normas del grupo y lo representa ante el exterior. Den­tro del grupo toma la iniciativa, da órdenes, toma de-cisiones y resuelve las disputas. En una palabra, tiene mucha influencia en los otros miembros.

 

 

 

¿REALIDAD O MITO?

Las decisiones efe/ individuo son más riesgosas que las de grupo

Mito. A menudo las decisiones de grupo son más audaces que las que un miembro tomaría por su cuenta. A este proceso se le da el nombre de desplazamiento del riesgo. Según los psicólogos, este desplazamiento se da en virtud de una difusión de responsabilidad, es decir, cuando a nadie se le responsabilizará por la decisión del grupo.

 

 

Figura 13.7

Red de comunicación de Harold Leavitt.

 

La mayor parte de nosotros creemos que el lide­razgo es un rasgo de la personalidad. Y en cierto modo lo es. Los líderes tienden a ser más equilibrados, más seguros de sí mismos, más dinámicos, extrovertidos y ligeramente más inteligentes que los demás (Gibb, 1969). Pero la naturaleza del grupo determina en parte quién lo encabezará. Si un grupo está amenazado por el conflicto interno, necesitará un líder que sea bueno para dirigir a la gente, resolver problemas, cal-mar los ánimos y realizar otras acciones semejantes. Si un grupo tiene una tarea compleja por realizar, nece­sitará un líder con gran experiencia en el establecimien­to de metas y en la planeación de estrategias para alcanzarlas (Fiedler, 1969).

Así pues, en un grupo puede haber dos tipos de líderes. Es fácil distinguirlos por lo que dicen. Un tipo, el líder social, tiende a hacer comentarios alentado-res, a relajar la tensión con una broma, a lograr que los demás respondan a lo que está sucediendo. Por su parte, el líder de tareas o actividades, asume el control cuando es tiempo de dar información, mani‑

festar opiniones o sugerir cómo hacer algo. Es más autoritario, sin que dude en mostrar su desacuerdo y ejercer presión para que se adopte una opinión o cur­so de acción, aun cuando se genere tensión en el gru­po. Esta clase de líder generalmente tiene conoci­mientos o habilidades especiales, de modo que va­rias personas pueden desempeñar este papel, según lo que el grupo vaya a hacer. El líder social será siem­pre la misma persona, prescindiendo de lo que el grupo haga, pues siempre existe la necesidad de favo­recer la cohesión. Casi siempre logra la lealtad del grupo (Bales, 1958) y proyecta atractivo emocional.

Hay muchas formas en que una persona puede adquirir suficiente influencia para ser líder de un grupo. Las tres más comunes son conocimientos es­pecializados, carisma y poder.

Un experto dirige la actividad de un grupo por-que posee los conocimientos que el grupo necesita para conseguir sus metas. Así, el capitán de un barco debe saber tripularlo y afrontar las emergencias que se le presenten en alta mar. Muchos líderes poseen

 

Figura 13.8

Lee lacocca fue despedido de su puesto en una compañía automo­triz, pero no se desanimó y después llegó a ser el presidente del consejo de administración de Chrysler Corporation. Sus

habilidades de liderazgo fueron puestas a prueba en Chrysler, y se le atribuye el haberla llevado al éxito cuando se encontraba a punto de quebrar.

además un fuerte atractivo emocional, o carisma. El presidente John F. Kennedy constituye un ejemplo notable de un líder político cuyo carisma despertaba profundos sentimientos entre sus seguidores y enemi­gos. La influencia también puede provenir del poder de controlar los premios y castigos. El presidente de una compañía es el que concede los aumentos y las promociones; también puede despedir a los emplea-dos o removerlos de su puesto. Es un líder no porque les simpatice a los empleados, sino porque posee la mayor parte de las acciones de la empresa o bien por-que lo nombraron los accionistas y es el presidente.

Sin importar la razón por la cual un integrante del grupo asume el liderazgo, la forma en que reali­za esta función incidirá en la estructura del grupo y en las funciones que desempeña el resto de los miem­bros. Un líder poderoso tomará todas las decisiones más trascendentes y asignará tareas de menos impor­tancia a los demás. Un líder más democrático quizá trate de lograr la mayor participación posible del gru­po en el proceso de la toma de decisiones.

Difusión de responsabilidad

Algunas veces, las personas se encuentran ante un problema común aunque carezcan de líder y ni si-quiera piensen que forman un grupo. Ha habido muchos ejemplos famosos de atracos, violaciones y asesinatos cometidos en público, mientras un grupo numeroso de individuos observaba sin que intervi­niera ni pidiera ayuda.

Para averiguar por qué los espectadores no inter­vinieron, los psicólogos estudian las crisis artificial-mente. En un experimento, a unos estudiantes universitarios se les pidió participar en una discu­sión de problemas personales. Se les indicó que es­perasen en cuartos individuales. A algunos se les dijo que se comunicarían únicamente con otro participan-te; a otros se les dio la impresión de que hablarían con cinco personas. Toda comunicación, le dijeron a cada uno de ellos, tendría lugar a través de micrófo­nos para garantizar el anonimato y que todos pudie­ran hablar más libremente. Cada participante tomaría su turno para hablar.

En realidad, no había más personas: las voces que escuchaban los sujetos habían sido grabadas. Con-forme avanzaba la discusión, oían que uno de los participantes manifestaba los síntomas de un ataque epiléptico. La víctima comenzaba a pedir ayuda, emitiendo sonidos sofocados. Los psicólogos descu­brieron que la mayor parte de los que pensaban que se encontraban solos con la víctima salían del cuarto para ayudarle. Pero, de los que pensaban que había otras cuatro personas en los cuartos, menos de la mitad intentó ayudarle.

El experimento revela que este comportamiento se debió a la difusión de responsabilidad. En otras palabras, como estaban presentes varios participan-tes, cada uno suponía que alguien ayudaría al que sufría el ataque epiléptico. Los investigadores com­probaron que se presentaba el mismo patrón de con­ducta en los experimentos en que los participantes podían ver a sus colegas.

Además, los espectadores se comunicaban la idea de que no convenía interferir. Según los resultados referentes a la difusión de responsabilidad, cuanto más numerosa sea la multitud o el grupo de especta­dores, mayores probabilidades habrá de que el indi­viduo no se sienta responsable de lo que está sucediendo (Darley y Latané, 1968).

Otro factor que inhibe la acción es la tendencia a concederle poca importancia a la necesidad de hacer

 

algo. Para intervenir, antes debe admitirse que existe una emergencia. Pero tal vez uno no sepa exactamente qué está sucediendo al oír gritos o golpes en el piso de arriba. Lo más seguro es que decida esperar para no arriesgarse y apresurarse a ofrecer ayuda donde nadie la necesita ni la quiere. Resulta más fácil con-vencerse de que no debe hacerse nada si se ve a otros que se abstienen de intervenir. Uno terminará por pensar que no es necesario intervenir y descargará la responsabilidad en los demás.

CONFLICTO Y COOPERACIÓN EN LOS GRUPOS

Los conflictos entre grupos son un hecho común de la vida: siempre se da un poco de hostilidad entre hombres y mujeres, entre jóvenes y viejos, entre tra­baj adores y jefes, entre los grupos étnicos, entre cató­licos y protestantes, entre profesores y alumnos. ¿A qué se deben tales conflictos y por qué persisten? Empezaremos por analizar los resultados de un gru­po de psicólogos que crearon un campamento para niños a fin de estudiar las relaciones entre grupos. El campamento de Robber’s Cave ofrecía las activida­des habituales, y los niños no sabían que eran parte de un experimento.

Desde el inicio del experimento, los niños fueron divididos en dos grupos. Escalaban cerros, nadaban y jugaban béisbol sólo con los miembros de su pro­pio grupo, naciendo pronto amistades y el espíritu de equipo. Al cabo de un tiempo los experimentado-res (que trabajaban como orientadores) reunieron a los grupos para celebrar un torneo. Habían supuesto que aparecería la hostilidad, cuando los dos grupos fueran colocados en situaciones de competencia en que un grupo sólo podría alcanzar sus metas a costa del otro. Y acertaron.

Aunque los juegos comenzaron con un gran espí­ritu deportivo, aumentó la tensión a medida que avanzaba el torneo. La competencia amistosa dege­neró en palabras ofensivas, peleas y ataques a las cabinas del enemigo. Los psicólogos habían demos­trado con qué facilidad podían crear unidad dentro de los grupos y odio entre ellos. Después trataron de averiguar cómo podrían poner fin al conflicto y lo­grar la armonía entre los dos grupos. Los reunieron para que compartieran actividades placenteras como

ver una película o disfrutar una buena comida. El intento fracasó. Los niños adoptaban actitudes de rechazo y hostilidad entre ellos, se lanzaban la comi­da e insultos y, en general, aprovechaban la oportu­nidad para continuar con sus ataques.

A continuación los psicólogos inventaron una serie de “emergencias”, para que los niños tuvieran que ayudarse mutuamente pues de lo contrario perderían la oportunidad de hacer u obtener algo que deseaban. Por ejemplo, una mañana alguien notificó que la tube­ría del campamento se había roto. Se les dijo a los ni­ños que, si no colaboraban para detectar la fuga y repararla, todos tendrían que abandonar el campamen­to. En la tarde ya se habían reunido y habían reparado la falla. Poco a poco, gracias a este tipo de actividades de cooperación, empezaron a aminorar la hostilidad y las tensiones entre los dos grupos. Comenzaron a sur­gir amistades entre los individuos de los grupos an­tagónicos y finalmente los grupos empezaron a buscar la ocasión para integrarse. Al final del periodo de cam­pamento, los miembros de ambos grupos pidieron via­jar juntos en el mismo autobús en armonía.

Los resultados de este experimentos fueron muy interesantes. Un grupo de niños provenientes del mis­mo ambiente habían adquirido una fuerte hostilidad hacia los demás, simplemente por haber sido coloca-dos en grupos enemigos. La cooperación fue el fac­tor decisivo que acabó con la hostilidad (Sherif, 1961).

Trampas sociales

El problema del conflicto no se confina tan sólo a los grupos pequeños. Se aplica también a comunidades más grandes, pero entonces la posibilidad de una trampa social es mayor. Se presenta una trampa so­cial cuando los integrantes de un grupo deciden no cooperar. Entonces adoptan una actitud egoísta y crean una situación negativa para todos.

Un ejemplo de la trampa social lo encontramos en la forma en que algunos responden a los problemas de la contaminación. Sabemos que el escape de los automóviles genera contaminación atmosférica. Y sa­bemos que una manera de reducirla consiste en utili­zar el transporte público o bien que varias personas viajen en un solo automóvil. Con todo, el conductor que diariamente recorre 40 kilómetros para ir a su tra­bajo y que sabe estar contaminando el ambiente pien­sa: “Sí, sé que el escape de mi motor contamina. Pero no soy el único. Si no voy a mi trabajo en automóvil,

 

no por ello disminuirá la contaminación.” Mientras pensemos así, seguiremos destruyendo el ambiente. Los psicólogos analizan medios para superar las trampas sociales como la anterior. Un método con­siste en legislar para cambiar el comportamiento; por ejemplo, la ley que exige instalar sistemas especiales de escape en los automóviles. Otra manera es con­cientizar a la población respecto a los problemas y

también comunicar la idea de que “Usted es impor­tante. Usted es parte de la solución”. Si se da publici­dad a los problemas y las soluciones y si se organizan grupos para actuar, el individuo empezará a conven­cerse de que su participación es decisiva. Y el grupo reforzará sus acciones. De este modo, se da cuenta de que es mejor cooperar que obrar de manera total-mente egoísta.

 

Figura 13.9

Escenas del experimento de Robbers Cave, a) Los niños en competencia unos con otros en actividades como tirar de la cuerda, b) La gran hostilidad que surge entre los dos grupos se manifestó en dibujos como éste, c) La hostilidad también se expresó en pleitos y ataques a las cabinas del enemigo, d) Se eliminó la hostilidad haciendo que los niños realizaran tareas en las cuales se requería la cooperación, como empujar el camión que traía los víveres al campamento.

 

 

CAPÍTULO 13 / LA INTERACCIÓN HUMANA

RESUMEN

257

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  1. Los psicólogos sociales han descubierto que ne­cesitamos a los demás cuando sentimos miedo, ansiedad, estamos inseguros o queremos compa­rar nuestros sentimientos con los de otros que se hallan en la misma situación.
    1. El factor más importante que decide si dos per­sonas se harán amigos es la proximidad física.
  2. Algunas de las satisfacciones de la amistad son la estimulación, la utilidad y el apoyo al yo. Las satisfacciones se evalúan de modo consciente o inconsciente en toda amistad. Otros factores que influyen en la elección de amigos son el aspecto físico, aprobación y semejanza.
  3. Los grupos son conjuntos de personas interde­pendientes, es decir, las acciones de un miembro repercuten o influyen en los demás. Los miem­bros del grupo se vuelven interdependientes por que saben que comparten algunas metas.
    1. Los dos objetivos fundamentales de los grupos son realizar funciones de tareas y funciones so­ciales.
  4. La estructura del grupo es la forma en que los individuos se integran para constituir una uni­dad global. La manera en que interactúan los miembros de un grupo se estudia por medio de sociogramas y el análisis de patrones de la co­municación. Un elemento importante de la es­tructura es el liderazgo. El líder es la persona que ejerce la mayor influencia dentro del grupo.
  5. La difusión de responsabilidad se asemeja a la acción de las turbas, en el sentido de que los in­tegrantes de la turba parecen pensar que no son responsables de lo que está ocurriendo. Durante una crisis, la gente se abstiene de intervenir por-que le dan muy poca importancia a la situación, porque esperan que otros hagan algo o porque no quieren ser “diferentes”.
    1. El conflicto en los grupos puede superarse cuan-do los miembros de grupos hostiles se ven obli­gados a cooperar.

 

PREGUNTAS DE REPASO

 

 

 

  1. ¿En qué situaciones queremos estar con otras per­sonas?
  2. ¿Es cierto el refrán según el cual “El sufrimiento ama la compañía”?
  3. ¿Cuál es el factor más importante que determina el inicio de una amistad? ¿Por qué es un factor tan decisivo?
  4. ¿Cuáles son las tres clases de satisfacciones de la amistad?
  5. ¿En qué etapa de la relación el atractivo físico del otro es un elemento importante? ¿Nos sentiremos impulsados a pedirle una cita a una persona atractiva?
  6. En general, ¿tendemos a escoger como amigo a alguien que se parezca a nosotros o a alguien que complemente nuestras cualidades y deficiencias?
  7. ¿Qué características distinguen a un grupo de un conjunto de individuos que no forman un gru­po? ¿Cuál es la finalidad de los grupos?
  8. ¿Qué factores son los que mantienen unido a un grupo? ¿Qué factores aumentan el compromiso de los miembros para con él?
  9. ¿Qué técnica emplean los psicólogos para estu­diar la estructura de los grupos? ¿En qué tipos de estructuras será fácil reconocer al líder?
  10. ¿Cuáles son las dos clases de líderes? ¿Qué clase contará con la lealtad del grupo? ¿Cuáles son las tres formas en que alguien puede llegar a ser el líder de un grupo?
    1. ¿Cuáles son los dos factores que inhiben la ac­ción del grupo?
    2. Si quisiéramos atenuar el conflicto entre dos gru­pos antagónicos de estudiantes, ¿en qué tipos de acciones les pediríamos participar?

 

 

 

Origen de las actitudes

Formación de actitudes

Conformidad • Identificación

  • Intemalización

Prejuicio

Estereotipos y papeles • Opresión

  • La personalidad autoritaria • Prejuicio y discriminación • El chivo expiatorio
  • Integración

Congruencia cognitiva y cambio de actitud

Actitudes y acciones

Hacer es creer • Predicción que se cumple por sí misma • Implicaciones prácticas Persuasión

El proceso de la comunicación • El efecto del durmiente • El efecto de inoculación

  • Aplicaciones de la psicología: Cómo promover la conservación de la energía Influencia social

Lavado de cerebro • Presiones del grupo para conformarse • Obediencia a la autoridad

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  • Se multiplicaron unos pequeños grupúsculoss restauracionistas; yo los llamo fundamentalistas. Como usted dijo, en este cúmulo de incertezas les dicen a los jóvenes: “Hacé asi y asá”. Entonces un pibe o una chica de diecisiete o dieciocho años se entusiasman, le meten para adelante en directivas de rigidez y, en verdad, les hipotecan la vida y a los treinta explotan. Porque no los prepararon para superar las mil y una crisis de la vida, incluso los mil y uno fallos que uno tiene, las mil y una injusticias que uno comete. No tienen elementos para conocer o entender lo que es la misericordia de Dios, por ejemplo. Ese tipo de religiosidad, bien rígida, se disfraza con doctrinas que pretenden dar justificaciones, pero en realidad privan de la libertad y no dejan crecer a la gente. En gran parte terminan en la doble vida.

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  • El que no dice la verdad se hace cómplice de los mentirosos y falsificadores.

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    G. K. Chesterton


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