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Edad adulta y vejez

CAPÍTULO 10

 

Edad adulta y vejez

 

En el prefacio de su libro The Seasons of Man’s Life (1978), el investigador de Yale Daniel Levinson escri­be: “Los adultos jóvenes a menudo consideran que haber pasado la edad de 30 años equivale a ‘haber dejado atrás los mejores años’, y disponen de pocos elementos —fuera de unas cuantas frases hechas— para apreciar debidamente los problemas y posibili­dades de la vida adulta en varias edades. Los años de la madurez, piensan, si mucho les traerán una co­modidad insatisfactoria y, lo que es peor, tal vez es­tancamiento y desesperanza… Los adultos confían en que la vida comience a los 40 años, pero el que termine en esa edad les causa gran ansiedad. El re­sultado de un miedo tan generalizado en los años de madurez casi siempre es un absoluto silencio ante la experiencia de ser adulto.”

La edad madura asusta a muchas personas, pero la senectud es una etapa de la vida que causa mayor temor y sobre la cual existen muchas ideas falsas. A diferencia de algunas culturas donde llegar a la ve­jez se ve como una bendición del cielo, en el mundo occidental se espera con angustia ese periodo de la vida. Todos queremos mantener el dinamismo y el aspecto juvenil. Los que pueden recurren a la cirugía plástica y se pintan el pelo.

En gran parte, el miedo al envejecimiento provie­ne de estereotipos de lo que significa la senectud. La edad madura, se piensa en general, es un periodo de

deterioro tanto en lo físico como en lo mental. Mu­chos creen que la vida sexual disminuye de manera drástica. En la senectud se acelera muchísimo ese proceso de deterioro.

Pero esta concepción del envejecimiento no es aceptable. En efecto, el aspecto positivo de la edad adulta es uno de los secretos más celosamente guar­dados en la sociedad moderna. Vamos a rebatir algu­nos de los estereotipos referentes al envejecimiento; con ello confiamos comunicar una imagen auténtica de la edad adulta.

EDAD ADULTA O ADULTEZ

¿Qué es la edad madura? Ante todo, es un periodo de paradojas. En ella hay cambios e identidad, éxitos y fracasos, crisis y estabilidad, alegría y tristeza. Es un periodo en que el individuo alcanza todo su po­tencial. También puede ser una época en que se re­ducen las posibilidades y lo que antes eran potencialidades son ahora limitaciones. La forma de reaccionar dependerá de las circunstancias de cada cual y de su visión general de la vida.

Hasta hace poco los psicólogos poco sabían de la edad adulta (adultez). Antaño el interés se centraba en la niñez y en la adolescencia, sin que se prestara

 

más SOBRE PSICOLOGÍA

El efecto del grupo de edad. Supongamos que te piden medir el desempeño de los trenes en varios puntos de un itinerario con mucho tráfico. ¿Cómo lo harías?

Posiblemente adoptes un método longitudinal. Abordar un tren y permanecerán él durante todo el viaje, registrando observaciones durante el trayecto. Otra opción consiste en utilizar una estrategia de sección transversal. Pedir a un grupo de observadores, situados en puntos estratégicos, que comuniquen el desempe­ño de los trenes que pasen por allí.

Los psicólogos que estudian el comportamiento de las personas al pasar de la adultez a la senectud afronta una tarea similar. Puesto que este “viaje” puede durar varios años, algunos investigadores adoptan un método exclusivamente longitudinal, pero la mayor parte de ellos prefieren efectuar estudios tranversales en los que miden al mismo tiempo varios grupos de edad.

Por desgracia, los integrantes de estos grupos suelen tener experiencias diferentes en algunas áreas muy importantes: educación, alimentación, oportunidades profesionales y valores sociales. Estos antecedentes dificultan determinar cómo la edad influye en las capacidades, actitudes e incluso en la salud.

 

 

 

mucha atención al estudio de esta etapa de la vida humana. Hoy, en cambio, un número cada día ma­yor de psicólogos estudian la psicología del adulto. Muchos lo hacen desde la perspectiva de los hechos de la vida (Evans, 1985). En este enfoque, el desarro­llo de los adultos está más estrechamente ligado a los eventos significativos que al paso del tiempo. He aquí algunos ejemplos de ese tipo de eventos: ayudar a los adolescentes a convertirse en adultos responsa­bles y satisfechos, asumir la responsabilidad social y cívica propia de los adultos, lograr un buen desem­peño en el trabajo, encontrar actividades agradables de tiempo libre, relacionarse como persona con el cónyuge, ajustarse a los cambios físicos de la madu­rez y llevar buenas relaciones con los padres ancia­nos (Havighurst, 1972). Decidido partidario de esta perspectiva, Hancock (1985) descubrió que en el de­sarrollo de las mujeres suele influir más profunda-mente sus relaciones que su edad.

Si recuerdas los procesos evolutivos de la adoles­cencia expuestos en el otro capítulo (y algunos de tu experiencia personal), reconocerás semejanzas entre los años de la adultez y los de la adolescencia. En ambos periodos, los cambios fisiológicos exigen ajus­tes psíquicos; relacionarse satisfactoriamente con la gente es una meta importante —trátese de los padres, las personas de la misma edad o el cónyuge—, y para cumplir con las nuevas responsabilidades se requie­re un gran esfuerzo. Los adolescentes a menudo creen que nada tienen en común con sus padres, pero los

procesos de ambas etapas de la vida se asemejan tan­to que puede constituir la base de una mejor comu­nicación entre unos y otros. Además, entender los problemas y cambios que acompañan el envej eci­miento sirve de preparación a una etapa de la vida a la que la mayoría llegaremos algún día.

Cambios físicos

En términos generales, el hombre alcanza su plena madurez física entre los 18 y 25 años. Son los años en que es más fuerte, goza de cabal salud y sus reflejos son más rápidos. Una prueba palpable de ello es la edad promedio de los atletas profesionales y de las bailarinas. En la generalidad de los adultos, el proceso del deterioro físico se realiza de manera lenta y gradual. La fuerza y el vigor físico comienza a disminuir en­tre los 25 y los 30 años de edad. Una persona de 24 años puede cargar cuatro pesadas bolsas con comes­tibles; a un individuo de 44 años le resulta más fácil hacer dos viajes. El aspecto físico cambia en la edad madura. Empiezan a aparecer las canas y el cabello empieza a escasearse. La piel empieza a presentar un aspecto de resequedad y pierde elasticidad; se obser­van las primeras arrugas. En la senectud,, los múscu­los y la grasa que se fue acumulando a lo largo de los años empiezan a diluirse, de manera que las perso­nas mayores adelgazan, disminuye su estatura, se observan más arrugas y pliegues, la piel se torna menos tersa.

 

Con el paso del tiempo los sentidos van requirien­do una estimulación cada vez más intensa. Entre los 40 y 50 años de edad, empieza a ser difícil distinguir objetos lejanos, ajustar la vista a la oscuridad y enfo­car las páginas impresas, a pesar de que la vista siem­pre haya sido buena. Muchos experimentan una pérdida gradual o repentina de la audición en la ve­jez. Además, aumenta el tiempo de reacción. Si un experimentador pide a un joven y a un anciano opri­mir un botón al ver encenderse una luz, el anciano tardará más tiempo en hacerlo.

Se dan diferencias en el envejecimiento físico de uno y otro sexo. En un estudio reciente de 69 hom­bres y mujeres, Rubén Gur y sus colegas descubrie­ron una impresionante diferencia en el deterioro del cerebro atribuible al sexo de los sujetos (New York Times, 1991). Aplicando una tecnología de punta para explorar el cerebro, comprobaron que el cerebro de los varones se deterioraba tres veces más rápidamente que el de las mujeres. Más aún, su degeneración ocu­rría casi siempre en el lado izquierdo: el centro del habla, las habilidades del lenguaje y el pensamiento lógico. En cambio, los dos lados del cerebro de las mujeres parecían envejecer de un modo uniforme. ¿Significa esta diferencia que los varones y las muje­res se comportan en forma diferente conforme enve­jecen? Se trata de una pregunta que los psicólogos tratarán de contestar en el futuro.

Problemas de salud. Algunos de los cambios que aso-ciamos al envejecimiento son resultado de los proce‑

sos naturales que lo acompañan. Otros se deben a enfermedades y al simple desuso o abuso. Dos de los problemas médicos más comunes de esta etapa —las enfermedades cardiacas y el cáncer— se relacionan con la obesidad y el tabaquismo. La obesidad puede ocasionar ataques cardiacos, hipertensión y diabetes. De hecho, para las personas con un exceso de peso del 30%, las probabilidades de morir en la edad ma­dura aumentan en un 40% (Turner y Helms, 1979). El tabaquismo se relaciona con el cáncer de la boca, la garganta, los pulmones, así como con problemas res­piratorios y cardiacos. Aumenta la probabilidad de enfermedad cardiovascular, que es la principal cau­sa de muerte entre las personas mayores. Por el con­trario, la incidencia de problemas médicos entre los no fumadores es la mitad comparada con la que se observa entre los fumadores. Si alguien come con fru­galidad, hace ejercicio, no fuma, no toma drogas ni alcohol y no sufre un severo estrés emocional, se sen­tirá más juvenil que quienes descuidan su salud.

Comportamiento sexual. ¿Se mantienen sexualmen­te activas las personas después de los 40 años de edad? De acuerdo con un estudio, la mayor parte de los estudiantes universitarios piensan que sus pa­dres tienen relaciones íntimas como máximo una vez al mes: una cuarta parte de los que participaron en un estudio dijeron que sus padres habían tenido re­laciones sexuales una sola vez o ninguna en el año anterior (Pocs y otros, 1977). En general, los jóvenes

 

Figura 10.1

El interés y la actividad sexual no cesan repentinamente a cierta edad: como demuestran un número cada vez mayor de estudios, los que tienen compañeros siguen siendo activos y productivos, continúan también disfrutando una vida sexual normal.

 

se sienten incómodos ante la idea de que las perso­nas mayores sigan disfrutando una vida sexual.

Pese a lo que piensan los jóvenes, se ha demostra­do que la actividad sexual no decae automáticamente con la edad. En efecto, como señalan los investigado-res sexuales WilliamMasters y Virginia Johnson (1970), no existe una causa fisiológica que impida la actividad sexual en la edad avanzada. La mayor parte de los ancianos que tienen una pareja llevan una vida sexual muy activa. Los que no son activos dicen que esto se debe al aburrimiento con una pareja que sufre un pa­decimiento crónico (una enfermedad cardiaca, por ejemplo) o una deficiente condición física. También lo atribuyen a la aceptación del estereotipo de la pérdida del impulso sexual en la vejez.

Es verdad que se dan cambios de la sexualidad durante la adultez. Un varón alcanza la cúspide del vigor sexual al final de la adolescencia. A partir de ese momento decrece su sensibilidad sexual. Pero se trata de un deterioro gradual y, salvo por la inseguri­dad en sí mismo que a veces ocasiona, no suele inter­ferir con un funcionamiento normal. Kinsey midió esta reducción paulatina de la frecuencia del orgasmo por semana en el caso de varones de 16 años o más, pero observó que incluso a los 70 años de edad el 70% de ellos seguían siendo sexualmente activos (Kinsey y sus colegas, 1948). Las mujeres alcanzaban el nivel máximo de actividad sexual después que los varo­nes; además, se presentaba más tarde la dis­minución de su sensibilidad sexual. Y cuando ocu­rre, posiblemente es menor que en los hombres (Botwinick, 1978).

Más que la edad, al parecer la salud física y men­tal es el principal factor que afecta a la actividad sexual. Los adultos pueden seguir disfrutando una vida sexual sana. El sexo después de los 40 años de edad no sólo es posible, sino que es una realidad.

Cambios intelectuales

Más que en la adolescencia, entre los 23 y 28 años de edad aproximadamente, las personas aprenden más fácilmente nuevas habilidades e información, resuel­ven problemas que requieren rapidez y coordinación y cambia de estrategias en la solución de problemas (Baltes y Schaie, 1974). Estas habilidades se conside­ran signo de inteligencia; son las que se miden en las pruebas de inteligencia.

Hubo una época en que muchos psicólogos pen­saban que el desarrollo intelectual alcanzaba su ni‑

vel máximo en esos años para luego empezar a de-caer. El motivo era que, en la edad madura, los suje­tos no consiguen calificaciones tan altas en las pruebas (tests) de inteligencia como cuando eran más jóve­nes. Investigaciones posteriores revelaron que algu­nas partes de los tests miden la rapidez, no la inteligencia (Bischof, 1969). Como se dijo con ante­rioridad, el tiempo de reacción empieza a alargarse después de cierta edad. Los tests de inteligencia nor­malmente “penalizan” esta lentitud de los adultos.

Un test de inteligencia, el de Wechsler, tiene en cuenta esto al probar dos tipos de habilidades. En la parte verbal, que mide la facilidad en el manejo de palabras e información almacenada, las personas mayores muestran poco deterioro. Sin embargo, en las partes del desempeño, que cuantifican la rapidez de reacción en la realización de tareas, sus puntua­ciones son más bajas. Basándose en tales pruebas, los investigadores concluyeron que el deterioro global de las habilidades no es importante y apenas si se percibe hacia los 50 años de edad o después (Bot­winick, 1978).

A pesar de una disminución de la rapidez, los adultos siguen adquiriendo información y amplian­do su vocabulario conforme van envejeciendo. La capacidad de entender nuevos materiales y de pen­sar con flexibilidad mejora con los años, sobre todo si el adulto ha cursado estudios superiores, vive en un ambiente estimulante y trabaja en un empleo donde hay que aplicar dotes intelectuales. Un investigador estudió a más de 700 sujetos que estaban becados, se dedicaban a la ciencia o al arte. Aunque los patrones variaban en cada profesión, la mayor paite de ellos alcanzaban el nivel máximo de creatividaq y produc­tividad entre los 40 y 50 años de edad (Deijinis, 1966).

Desarrollo social y de la personalidad

Como ya mencionamos, los estudios de investigación apenas han comenzado a centrarse en la edad madu­ra. La evidencia disponible indica que el carácter bá­sico del individuo —su estilo de adaptarse a las situaciones— es relativamente estable a lo largo de los años. Pero los investigadores también están con-vencidos de que la personalidad es flexible y capaz de cambiar a medida que el individuo afronta nue­vos retos.

Este punto de vista lo corroboran muchos estu­dios. Algunos investigadores han administrado los

 

mismos estudios de personalidad y de actitudes a personas en los últimos años de la adolescencia y otra vez al cabo de 10 o 15 años. Muchos de los sujetos pensaban que habían cambiado de manera radical. Pero las pruebas demostraron que no era así. El nivel de satisfacción que manifestaron acerca de su perso­nalidad y su vida en general durante los años de madurez concordaba con sus ideas anteriores. Los jóvenes seguros de sí mismos seguían siéndolo; los que se odiaban a sí mismos, seguían haciéndolo; los pasi­vos no habían perdido su pasividad, salvo cuando un hecho perturbador les había ocurrido, como un cam­bio abrupto en su situación económica (Kimmel, 1974). Pese a la estabilidad del carácter, las personas pasan por numerosos cambios a lo largo de su vida y se ajustan a ellos. Los adultos afrontan nuevos pro­cesos evolutivos, lo mismo que los adolescentes. Tam­bién ellos aprenden a superar los problemas y a encarar nuevas situaciones. El aprendizaje de las ha­bilidades necesarias para hacer frente al cambio pa-rece realizarse por etapas para ambos sexos. Daniel

Levinson, investigador que estudió el desarrollo de la personalidad en los varones, formuló una teoría acerca del ciclo de cambios por los que pasan.

Teoría del desarrollo de los varones propuesta por Levinson. Los trabajos de Daniel Levinson y de sus colegas en Yale no se conoció bien sino hasta 1976, cuando se divulgó gracias al best-seller de Gail Shee­hy titulado Passages: Predictable Clises of Adult Life. A lo largo de su investigación Levinson entrevistó a cuatro grupos de hombres cuya edad fluctuaba entre 35 y 45: diez eran ejecutivos, diez eran trabajadores por hora de la industria, diez eran novelistas y diez eran biólogos de universidades.

A partir de las entrevistas se diseñó una estructura de vida para cada uno de ellos. La estructura era una relación de los principales periodos de la vida del su-jeto, determinado por sus actividades, amistades y relaciones. Un riguroso estudio de estas estructuras reveló la existencia de un patrón que parecía aplicarse prácticamente a todos los integrantes de la muestra.

 

 

Figura 10.2

Modelo de la secuencia del desarrollo de los adultos hombres propuesto por Levinson. En el esquema se destaca que el desarrollo es un proceso permanente que requiere continuos ajustes.

 

Los tres estadios fundamentales son adultez tem­prana (desde los 17 años aproximadamente hasta los 40), la adultez media (de los 40 a los 60) y la adultez tardía (más o menos a partir de los 60). Entre esas etapas hay importantes periodos de transición a los 30, 40, 50 y 60 años de edad, que duran unos cinco años. La investigación de Levinson se centró en la adultez temprana y en la transición de la edad ma­dura. En seguida expondremos brevemente lo que averiguó acerca de ellas.

Ingreso en el mundo délos adultos. Entre los 22 y los 28 años de edad, la sociedad —y el propio indivi­duo— consideran que es un principiante en el mun­do de los adultos: todavía no alcanza la madurez del adulto, pero ya dejó de ser adolescente. Empero en estos años debe tratar de resolver el conflicto entre la necesidad de explorar las opciones del mundo de los adultos y la de establecer una estructura estable en su vida. Debe probar diversas clases de relaciones, tener varias opciones profesionales y de empleo, exa­minar la naturaleza del mundo que ahora se abre ante él; pero también ha de emprender una carrera y for­mar una familia propia. Así pues, la primera estruc­tura estable de su vida tal vez sea de carácter provisional. Se puede escoger una carrera o empleo, pero sin comprometerse personalmente. Tal vez se enamore y hasta se case durante este periodo; pero la estructura de su vida durante los primeros años de la adultez a menudo no presentan estabilidad ni permanencia.

La crisis de los 30 años de edad. Hace algunos años, el lema de los jóvenes rebeldes con una fuerte orientación política que buscaban cambiar la socie­dad era: “Nunca confíes en los que tengan más de 30 años.” Los datos aportados por Levinson revelan que los años comprendidos entre los 20 y los 33 constitu­yen, en efecto, un periodo de transición. Los 30 años pueden marcar un verdadero hito; para casi todos los varones de la muestra de Levinson, podríamos designarla con el nombre de la “crisis de los 30 años”. En este periodo de transición, fueron reexaminados los compromisos provisionales hechos en la primera estructura de la vida; se replantearon muchas de las preguntas sobre la elección de cónyuge, carrera y metas, a menudo de modo doloroso. Se siente que deben atenderse ahora las partes insatisfactorias o incompletas de la vida porque pronto será demasia­do tarde para hacer algo al respecto.

Obtención de un equilibrio personal. Las pregun­tas y la búsqueda que forman parte de la crisis de los

30 años empiezan a resolverse, al aparecer la segun-da estructura de la adultez. Una vez que se han to­mado probablemente algunas decisiones firmes acerca de su carrera, familia y relaciones, el adulto empieza a buscar un nicho en la sociedad y se con-centra en lo que Levinson llama “alcanzar el éxito” en el mundo de los adultos. Trata de ascender por la escala de prestigio y de logros en la profesión escogi­da y de ser un miembro activo de ese mundo.

Levinson observó que hacia el final del periodo del equilibrio personal, aproximadamente entre los 36 y 40 años, se inicia una fase bien definida que reci­be el nombre de “ser dueño del propio destino”. En años anteriores los jóvenes veían en las personas de más edad y experiencia una guía de la vida (es decir, alguien que compartía con ellos su experiencia y su sabiduría), ahora cambia fundamentalmente esa re­lación, llegando incluso a la ruptura. Ha llegado el momento de obtener la independencia total. Duran-te este periodo el adulto trata de alcanzar la ascen­dencia y una buena posición en el mundo, identificada por él como la meta suprema al comen-zar este periodo de su vida.

La transición de la edad madura. Hacia los 40 años de edad, el periodo de la adultez temprana llega a su término y comienza la transición a la vida madura. De los 40 años a los 45, otra vez la gente vuelve a plantearse preguntas; sólo que ahora se refieren no sólo al pasado, sino también al futuro. Se pregunta­rá: “¿Qué he hecho de mi vida? ¿Qué he logrado? ¿Qué deseo lograr?” A los 30 años, tenía su vista en las metas futuras y ahora, en cambio, se encuentra en condiciones de valorar sus logros y decidir si han sido satisfactorios o no. Durante esta transición empieza a adquirir otra estructura de la vida que predomina­rá en el periodo de la adultez media.

También resurge el interés por el sexo. En parte, ello puede deberse a una revaloración general de la vida. Además, se pasa más tiempo al lado del cónyu­ge, sin las presiones de cuidar a los hijos pequeños. Sin embargo, tal vez la vida matrimonial esté muy deteriorada (Rollins y Feldman, 1970), si los cónyu­ges han cultivado intereses distintos a lo largo de los años. Por tanto, la relación con la esposa —buena o mala— tiende a ser un factor muy importante en la transición a la vida madura.

A menudo, cuando se logra una transición exito­sa a ella, el individuo se convierte en guía de una persona más joven. Este hecho marca la aparición, en el lenguaje de Erik Erikson, de la generatividad. Por

 

 

Figura 10.3

Guía y discípulo: el deseo de transmitir el propio conocimiento y la experiencia es una señal de lo que Erikson llama la resolución de generatividad de la crisis de la edad madura. La resolución opuesta —el estancamiento— ocasiona ensimismamiento, amargura y ver hacia atrás.

 

generatividad Erikson entiende el deseo de servirse de la propia sabiduría para orientar a las generacio­nes futuras —directamente en calidad de padres o indirectamente—. También puede presentarse la si­tuación opuesta —el estancamiento—. Podemos op­tar por aferramos al pasado, teniendo tal vez relaciones amorosas con una mujer más joven para recobrar la juventud. También nos preocuparemos más por la salud o sentiremos amargura ante la di­rección que ha tomado nuestra existencia.

La transición a la vida madura es el aspecto que más a fondo trata Levinson en sus obras. Cerca del 80% de los varones de la muestra pasaron por esa transición como una crisis de moderada a severa, que se caracterizaba por poner en duda prácticamente todos los aspectos de su vida. Es un periodo en que se plantean preguntas pero que da origen a una nue­va estructura.

La adultez madura. La adultez verdadera se al­canza cerca de los 40 años. La persona que encuentra soluciones satisfactorias a las crisis de su vida alcan­za un periodo de estabilidad y de interés por otros como individuos. Logra un equilibrio entre la nece­sidad de amigos y la de la intimidad.

Si alguien no es tan afortunado, este periodo será de extrema frustración y tristeza. En vez de la gene­ratividad, habrá estancamiento; en vez de cambio y mejoramiento, habrá resignación ante una situación negativa. El empleo no es más que eso: un simple trabajo. El adulto se sentirá alejado de su familia y amigos. El futuro no le promete una vida mejor. Al evitar esta crisis, no hace más que favorecer su apari­ción —a los 50 años de edad— con una fuerza avasa­lladora (Rogers, 1979).

Los que logran adaptarse a la edad madura ven en ella una etapa sumamente satisfactoria. Ya que­daron atrás los difíciles años de la adultez temprana; ahora la gente busca en ellos el liderazgo y la expe­riencia. Son más felices que nunca en su trabajo, en su vida personal y matrimonial.

VEJEZ

El miedo a envejecer es quizás el más común en el hombre moderno. Lo rodean multitud de indicacio­nes de que el envejecimiento y la senectud son ne-

 

¿REALIDAD O MITO?

Los ancianos necesitan dormir más que los adultos más jóvenes.

Mito. Los estudios demuestran que, al pasar el individuo de la adultez a la senectud, generalmente disminuyen sus necesidades de sueño y también decrece la eficiencia de éste. En los ancianos el sueño se torna más fragmentario y se interrumpe más veces, de modo que deben pasar más tiempo en la cama y tomar siestas para recuperarlo. A los ojos del observador poco atento, los ancianos dan la impresión de dormir más tiempo.

 

 

 

gativos o, por lo menos, que son objeto de escarnio. En las tarjetas de cumpleaños se ridiculiza el enveje­cimiento y los cómicos lo toman para hacer bromas y entretener al público. La publicidad nos impulsa a cambiar los modelos de automóviles viejos por otros más nuevos y veloces. Las empresas jubilan a los an­cianos —lo quieran ellos o no— y los reemplazan con empleados más jóvenes. Muchos de nosotros ni si-quiera queremos utilizar la palabra “viejo”; optamos por expresiones alternas como “senectud”, “longe­vos”, “la tercera edad” u otras afines.

Muchas de nuestras actitudes ante la senectud provienen de un modelo decremental del envejeci­miento: con el paso de los años es inevitable el dete­rioro gradual en el aspecto físico y mental. En otras palabras, la edad cronológica es lo que hace “vieja” a las personas. De hecho, existen notables diferencias

en la constitución física de los ancianos, según su es­tructura genética y su ambiente. Así conocemos a personas de 80 años de edad que parecen tener 50 y a la inversa. El predominio de este modelo se expli­ca en parte por ignorancia y por el poco contacto con los ancianos. El resultado de ello es una serie de prejuicios en contra de ellos. Un investigador, But­ler, acuñó el término ancianismo para designarlos. Igual que en el caso del racismo y del sexismo, el ancianismo se nutre de mitos y prejuicios pero no de hechos.

Los jóvenes tienden a creer que el anciano tiene mala salud, vive en la pobreza y es víctima frecuente de delitos. Pero él rara vez considera que éstos son problemas, aunque es interesante señalar que pien­sa que sí lo son para otras personas más viejas que él (Harris, 1975).

 

Figura 10.4

Muchas de las actitudes estereotipadas de la sociedad acerca de los ancianos no son válidas. Las personas mayores no siempre se vuelven seniles; no necesariamente oponen resistencia al cambio; y tampoco son inútiles.

 

PSICOLOGÍA EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

Enfermedad de Alzhéimer. Este padecimiento es un problema común entre los ancianos. Aunque extre­madamente raro en personas menores de 50 años, afecta a unas dos personas de las que tienen más de 65 años y a más del 10% de las que ya cumplieron los 80 años.

Se trata de una enfermedad neurológica caracterizada por el deterioro gradual de la actividad cognitiva. Los primeros síntomas de la enfermedad son olvido frecuente, juicio deficiente, aumento de la irritabilidad y aislamiento social. Con el tiempo los pacientes pierden la capacidad de comprender preguntas simples y no reconocen a amigos ni seres queridos. En una etapa ya avanzada, necesitan supervisión constante y atención especial. Rara vez el paciente muere a causa de la enfermedad, pero su debilidad lo Hace muy vulnerable a otros problemas mortales.

Poco se sabe de la causa de la enfermedad de Alzhéimer. Algunas investigaciones recientes indican la presencia de un factor genético, aunque esto todavía no es concluyente.

En el momento actual no se cuenta con tratamiento para la enfermedad de Alzhéimer. A muchos pacien­tes y a quienes los cuidan (generalmente sus parientes) se les ofrece terapia de sostén para que acepten el avance inexorable déla enfermedad y las limitaciones que impone a las víctimas.

 

 

 

Se cree que los ancianos tienden a aislarse de la vida y a pasar el tiempo inactivos. Pero esto es sim­plemente otra idea falsa. Personas como el doctor Benjamin Spock, Ronald Reagan y Jessica Tandy, Gandhi y otros son ejemplos elocuentes de dinámi­cos ciudadanos ancianos, y muchos otros menos co­nocidos imitan su ejemplo. De hecho, en algunos países muchos ancianos trabajan o bien desean ha­cerlo por un sueldo o en forma voluntaria.

Cambios en la salud

Muchas personas de más de 65 años gozan de salud relativamente buena. Claro que la fuerza física y los cinco sentidos tienden a deteriorarse, pero, por ejem­plo, en Estados Unidos el 80% de los ancianos están en condiciones de realizar sus actividades norma-les. (El 15% no puede hacerlo y el 5% se encuentra en instituciones de asistencia.) En términos genera-les, la salud de un anciano se relaciona con la que tenían de jóvenes. Una buena salud en la adoles­cencia y en la vida adulta se conserva también du­rante la senectud.

Todos estamos sujetos a la enfermedad, sin im­portar si somos jóvenes o viejos. Cerca del 40% de los ancianos padecen al menos una enfermedad crónica (esto es, una incapacidad permanente y no la incapa­cidad aguda o temporal que se observa entre los jó­venes). Las cuatro enfermedades crónicas de mayor

incidencia —enfermedad cardiaca, hipertensión, dia­betes y artritis— tienden a afectar a las mujeres más que a los varones. En términos generales, las causas principales de muerte son la enfermedad cardiaca, los problemas cardiovasculares y el cáncer.

La calidad de la atención médica que se presta a los ancianos no es tan buena como la que se da a la población general. Los que pertenecen a clases so­cioeconómicas bajas no cuidan de su salud ni acuden al médico cuando lo necesitan. Muchos doctores pre­fieren atender a pacientes más jóvenes con enferme­dades graves y no a ancianos con padecimientos crónicos a quienes no pueden curar, sólo estabilizar. Algunos doctores tienen ideas estereotipadas acerca de la senectud y, por tanto, pueden equivocarse en el diagnóstico o en el tratamiento.

Muchos ancianos que no pueden cuidarse a sí mismos viven en asilos. Por desgracia muchas de es­tas instituciones no poseen las instalaciones adecua-das. A medida que una proporción cada día mayor de la población llega a la senectud, se siente la ur­gencia de una renovación general del tratamiento médico y de las instalaciones destinadas a este sector de la población.

Cambios en la situación de la vida

Para los jóvenes, las transiciones de la vida —termi­nación de los estudios, matrimonio, paternidad o

 

maternidad— suelen ser positivas y favorecen una participación más personal. En la adultez tardía, las transiciones (como la jubilación y la viudez) a menudo son de carácter negativo, aminoran las responsabilidades y propician el aislamiento. Quizá la transición más devastadora sea la pérdida del cónyuge. En Estados Unidos, más de 50% de las mu­jeres y 20% de los varones enviudan a los 55 años de edad. Y a los 80 años, una tercera parte de los varo­nes y siete de cada diez mujeres viven solos (Stevens-Long, 1979). Muchas veces, el que enviuda no sólo pierde al cónyuge, sino también el apoyo de los ami­gos y de la familia, que no soportan ver su dolor o que se sienten amenazados por la viudez del super-viviente.

La pérdida de la autoestima que acompaña a la jubilación, una menor participación en la vida de la comunidad o el sufrimiento por la pérdida del cón­yuge pueden causar una fuerte depresión. Los índi­ces de suicidio entre los ancianos sigue siendo alto en Estados Unidos (Mclntosh y Hubbard, 1988) y en otros países como Alemania (Erlemeir, 1988) y Aus­tralia (Hassan y Carr, 1989). En México, en general el anciano es aceptado y en la familia se le rodea de cariño y aprobación. En este grupo, el índice más ele-vado de aceptación se da entre los varones de raza blanca. Una causa de ellos es que, como han definido su personalidad a partir de su carrera y su prestigio, les resulta extremadamente difícil aceptar la jubila­ción y el envejecimiento (Papalia y Olds, 1989). Mu­chos ancianos que intentan suicidarse lo hacen a través de medios no violentos como la inanición o no aceptando los regímenes médicos (por ejemplo, in­gieren dosis excesivas o insuficientes de los medica­mentos). A este fenómeno se le llama suicidio silencioso. A menudo estos suicidios se diagnosti­can como muerte por causa natural. Por consiguien­te, probablemente haya más suicidios en este sector de la población de los que se registran oficialmente (Mclntosh y Hubbard, 1988). Las señales de un posi­ble intento de suicidio entre las personas de 75 años o más son los siguientes: disminución de la energía física, comportamiento extraño, aparición de proble­mas en las actividades diarias, negativa constante a ingerir alimentos y bebidas, ausencia de un fuerte apoyo de la familia, soledad, aislamiento social y re­traimiento (Brant y Osgood, 1990), o incluso el pade­cimiento de una enfermedad incurable.

Por desgracia, los ancianos reciben apenas el 2% de los servicios psiquiátricos disponibles. En cierta

medida, ello se debe a las actitudes sociales ante ellos. Para el personal médico, sus problemas emocionales y de ajuste son naturales y el resultado inevitable del envejecimiento. Esos mismos síntomas en personas más jóvenes seguramente recibirían atención y trata-miento (Butler, 1963).

Desarrollo emocional. Predomina la idea de que las personas al envejecer cambian en el aspecto emocio­nal. Así pues, algunas se volverían “excéntricas” o “tercas” y otras “tiernas” con los años. ¿Es cierto esto? Los psicólogos (Malatesta y Kalnok, 1984) han com­probado que un aspecto de la emoción, la experien­cia emocional (lo que realmente sentimos en nuestro interior) permanece estable a lo largo de la adultez. Sin embargo, puede cambiar la expresión de las emociones (la manera de externarlas). Por ejemplo, si alguien nos prometió boletos para la primera fila de un espectáculo y luego nos dice que ya no encon­tró boletos, nos enojaremos o nos sentiremos decep­cionados. Estos sentimientos constituyen una experiencia emocional y tienden a permanecer inal­terados conforme envejecemos, pero sí cambiará la manera de expresarlos. Un joven, preocupado por observar los convencionalismos, tenderá a ocultar estos sentimientos con un “Gracias por intentarlo”. Por el contrario, al anciano le preocupará menos ob­servar las reglas de la convivencia social, es decir, los convencionalismos sociales o lo que piensa la gen-te. Por ello, quizá expresen sus emociones con más franqueza y griten a la persona que los ha decepcio­nado. En conclusión, la forma de expresar las emo­ciones cambia con los años.

Cambios en el funcionamiento mental

A medida que se envejece, se observan también cam­bios en las actividades mentales, aunque el deterioro de la inteligencia y la memoria es menor del que la gente supone. Si comparamos algunas medidas de la capacidad intelectual de un grupo de ancianos con los resultados obtenidos por personas más jóvenes, notaremos una diferencia, a saber: los primeros no consiguen resultados tan buenos en los tests de in­teligencia. Sin embargo, el grupo de mayor edad ten­derá a tener un nivel más bajo de escolaridad y estar menos familiarizado con la realización de pruebas Más aún, existen muchos tipos de habilidades y apti­tudes mentales que se combinan para producir la

 

actividad intelectual, las cuales no se desarrollan al mismo ritmo ni al mismo tiempo a lo largo de la vida.

John Horn (1979) propuso dos tipos de inteligen­cia: inteligencia cristalizada e inteligencia fluida. La primera se refiere a la capacidad de utilizar en las situaciones apropiadas el conocimiento y el aprendi­zaje acumulados. Es una habilidad que mejora con los años y la experiencia, sin que se aprecie deterioro alguno conforme pasa el tiempo. La inteligencia flui­da es la capacidad de resolver problemas relacióna­les de carácter abstracto y de generar nuevas hipótesis. Es una habilidad que no está vinculada a la instrucción formal y poco a poco mejora, a medida que madura el sistema nervioso. Al ir envejeciendo y al deteriorarse el sistema nervioso, lo mismo sucede con este tipo de inteligencia. Cuando disminuye la capacidad del sistema nervioso, aumenta el tiempo de reacción, se deteriora la flexibilidad motor visual y también la memoria. Así, los ancianos no son muy hábiles para resolver problemas que requieren com­binar y producir nueva información o ideas, pero, con la práctica, mejoran su capacidad de dominar tareas relacionadas con la inteligencia fluida (Baltes, Sowar­ka y Kliegl, 1989).

La capacidad de los ancianos para recordar y pen­sar claramente también varía con el ambiente. B. F. Skinner sostuvo que no reciben tanto reforzamiento del ambiente para su comportamiento mental y ver­bal como las personas más jóvenes, de manera que decae su desempeño (Skinner y Vaughn, 1983). Al ir envejeciendo, se sienten menos motivados para uti­lizar sus facultades mentales. El primer paso para modificar esas circunstancias consiste en reconocer de qué manera éstas influyen en el pensamiento.

A los 79 años de edad, Skinner escribió un libro titulado Enjoy Oíd Age (Disfrute la vejez), en el cual da algunos consejos prácticos para cambiar el am­biente y mejorar así el desempeño mental. Una técni­ca que utilizaba para mejorar la memoria de nuevas ideas consistía en llevar un cuaderno de bolsillo, don-de apuntaba los pensamientos que se le ocurrían. Más tarde no tenía que tratar de recordarlos, sino que bas­taba entreabrirlo para recordarlos. Con el propósito de evitar la engorrosa situación de no recordar el nombre de alguien, recomendaba mencionar jocosa-mente la propia edad y aceptar esta limitación. Para que las interrupciones no hagan desviarse del tema de la conversación, aconsejaba repasar o tomar apun­tes mentales de lo que se decía. Del mismo modo que las capacidades físicas se deterioran con el cansancio

físico, lo mismo sucede con facultades psíquicas a causa de la fatiga mental. Según Skinner, los ancia­nos deben protegerse contra la fatiga mental haciendo pausas para descansar de sus actividades mentales y trabajando menos horas al día en este tipo de trabajo.

AGONÍA Y MUERTE

¿Debe decirse a los pacientes terminales que van a morir? Si se le informa la inminencia de su muerte, ¿qué consecuencias tiene esto para su familia, el per­sonal del hospital y el paciente? ¿Y qué sucede si no se le notifica? En su libro Awareness of Dying (1965) (Conciencia de la agonía), Barney Glaser y Anselm Strauss estudiaron estas cuestiones y los efectos que producen en el enfermo, en su familia y en el perso­nal del hospital. Muchas veces los médicos deciden no comunicarle que va a morir. A esto Glaser y Strauss lo llaman conciencia cerrada, el personal y la familia conocen la situación del enfermo, no así éste. A me-nudo los médicos optan por esta alternativa, pues exige menos de ellos. La familia y amigos del enfer­mo apoyan esta decisión, ya que son incapaces de afrontar la inminencia de la muerte. Pero aun cuan-do no se les informe, algunos pacientes empiezan a sospechar que su enfermedad es terminal. En este momento, el de la conciencia sospechada, acuden al personal o a su familia para averiguar si sus sospe­chas son ciertas.

Si el paciente llega a descubrir la gravedad de su enfermedad, el personal del hospital dispone de dos alternativas: puede fingir que ignora si la enferme-dad es terminal {conciencia de mutuo fingimiento) o bien reconocer abiertamente su gravedad y tal vez hasta hablar de la enfermedad con el paciente (con-ciencia abierta). Con frecuencia las enfermeras pre­fieren ser totalmente francas con los enfermos desde un principio; así evitan la desconfianza que algunas veces se presenta cuando el paciente sospecha que está muriendo, pero no puede descubrir la verdad. La tendencia actual es darle a conocer al paciente su situación; el personal del hospital dispone de cierto margen de libertad para decidir cuánta información proporcionarle.

Una vez que se le comunica al paciente la inmi­nencia de su muerte, éste deberá afrontar una ver-dad que pocos nos atrevemos a encarar. Elisabeth

 

Kübler-Ross (1969) realizó trabajos pioneros sobre cómo el enfermo terminal reacciona ante la cercanía de la muerte. Su investigación representa una impor­tante aportación a la nueva disciplina de la tanatolo­gía, o sea el estudio de la agonía y la muerte. Con base en entrevistas a 200 pacientes a punto de morir, identificó cinco etapas de ajuste psicológico. La pri­mera es la negación. La reacción más frecuente al enterarse de que se va a morir es de choque y des-concierto; aparece luego la negación. La gente reac­ciona diciendo “Esto no puede estarme sucediendo a mí”. Tal vez digan que los médicos son incompeten­tes o que el diagnóstico es erróneo. En casos extre­mos, rechaza el tratamiento y sigue realizando sus actividades habituales como si nada hubiera sucedi­do. La mayor parte de los pacientes que adoptan esta actitud son personas acostumbradas a afrontar las situaciones difíciles de su vida negándolas. En efec­to, este hábito posiblemente haya empeorado la gra­vedad de la enfermedad. Por ejemplo, alguien puede negarse a acudir al médico al inicio de su enferme-dad negando que ésta exista.

En la segunda etapa, la de ira, la reacción del pa­ciente es “¿Por qué a mí?” Siente ira contra el desti­no, contra Dios, contra el mundo, contra todas las personas con quienes tienen contacto. Le provoca envidia que ellas estén sanas, sobre todo las que los atienden. También se enoja porque otros saben que está muriendo. En esta etapa, suele alejarse de los demás pues nadie puede mitigar el enojo que siente ante el poco tiempo que le queda de vida.

Durante la etapa de la negociación, se observa un cambio de actitud y el enfermo trata de resignarse a su destino. Por ejemplo, una mujer pedirá a Dios un poco de tiempo a cambio de portarse bien; promete‑

rá cambiar de vida, incluso dedicarla a la iglesia. Tal vez anuncie que ya está dispuesta a aceptar un tipo de enfermedad menos grave y trate de negociar el diagnóstico con el médico. Esta etapa dura poco tiem­po; viene después una etapa de depresión.

Durante la depresión, los enfermos se percatan de las pérdidas que sufrirán, por ejemplo, la del tejido corporal, la del empleo, la de sus ahorros. También les causa depresión lo que perderán más tarde: se encuen­tran en el proceso de perder todo y todos sus seres queridos. Kübler-Ross señala que conviene permitirle al moribundo manifestar su tristeza, sin tratar de ocultar las cosas ni obligarlo a mostrarse optimista, i

Por último, los pacientes aceptan la muerte. Ha terminado la lucha y se sienten serenos. En este mo­mento, están cansados y débiles y duermen mucho. En algunos casos, ven la cercanía de la muerte can tranquilidad y resignación. Los enfermos optan por ver a menos personas y no muestran mucho interés por asuntos mundanos. Parecen irse desligando in­tencionalmente de las cosas, para que la muerte no sea tan difícil.

No todos los pacientes pasan por las etapas que describe Kübler-Ross. Por ejemplo, habrá quienes al morir se encuentren todavía en la etapa de negación porque psicológicamente están imposibilitadas de avanzar a la siguiente o porque ante la rápida evolu­ción de la enfermedad no hubo tiempo de pasar a otra etapa. Kübler-Ross observa que la conducta de los pacientes no se restringe a una etapa; cuando es­tán deprimidos pueden tener accesos de ira. También señala que nunca se pierde la esperanza en ninguna de las etapas. Hasta en los pacientes más resignados y realistas se observa la esperanza de que tal vez so­brevivan después de todo.

 

RESUMEN

 

  1. Hasta hace algunos años poco sabían los psicó­logos acerca de la edad adulta. La mayor parte de los estudios y teorías se centraban en la niñez y en la adolescencia. Los trabajos recientes indi­can que la edad madura incluye muchos cam­bios y transiciones importantes. En parte, una buena adaptación a la edad madura se basa en la realización satisfactoria de algunas funciones del desarrollo.
  2. Los cambios físicos de la edad madura son len-tos y graduales. Decaen la fuerza y el vigor, cam­bia el aspecto físico y los sentidos empiezan a requerir mayor estimulación. Dos de los proble­mas médicos más comunes son la enfermedad cardiaca y el cáncer.
  3. Daniel Levinson propuso las siguientes etapas en la vida de los varones adultos: entrar en el mun­do de los adultos (de los 22 a los 28 años de edad), la crisis de los 30 años, el equilibrio (periodo com­prendido aproximadamente entre los 30,35 y los 40 años) y la adultez madura (entre los 50 y los 60 años).
    1. Muchas de nuestras creencias relacionadas con el proceso del envejecimiento se basan en el mo­delo decremental, el cual sostiene que el deterio­ro progresivo de carácter físico y mental es inevitable con los años. Sobre la senectud tam­bién existen muchos mitos que influyen en las ideas referentes a los ancianos y en el trato que se les da.
    2. La mejor receta para asegurar la felicidad en la senectud es la buena salud. Y una buena salud guarda en esta etapa de la vida estrecha relación con la salud que se haya tenido de joven.
    3. Los ancianos pasan por cambios en muchos as­pectos de su vida —jubilación, muerte del cón­yuge y de los amigos, disminución de los ingresos—, pero muchos se las arreglan para adaptarse y seguir siendo personas felices y activas.
    4. Elisabeth Kübler-Ross distingue cinco etapas del ajuste psicológico ante la muerte: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

 

PREGUNTAS DE REPASO

 

 

 

  1. ¿En qué aspectos se parecen la adultez y la ado­lescencia?
  2. ¿Qué cambios físicos ocurren durante la edad adulta? ¿Cuáles son los problemas médicos más comunes en esta etapa de la vida?
  3. ¿Qué cambios se presentan en las capacidades intelectuales durante la adultez? ¿En qué aspec­tos son los adultos mejores para realizar las acti­vidades mentales?
  4. ¿Cuáles son las etapas de la edad adulta? ¿Qué sucede en cada una de ellas?
  5. Describe cómo el “modelo decremental del en vejecimiento” da origen a actitudes de prejuicio ante los ancianos (“ancianismo”).
  6. ¿Qué problemas médicos sufren los ancianos? ¿Qué necesitan para llevar una vida normal? ¿Su­fren muchos de ellos enfermedades crónicas? ¿Cómo cambia su vida sexual?
    1. ¿Qué tipos de transición o cambios sufren los an­cianos?
    2. Describe los niveles de conciencia en que los pa­cientes con enfermedad terminal ven su situación. En tu opinión, ¿cuál de ellos es el mejor?
    3. Explica brevemente las cinco etapas del ajuste psicológico ante la muerte, propuestas por Kü­bler-Ross.

 

 

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