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NOTAS

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1. Para constatar cuán imbuida estaba la aristocracia en el misticismo, basta con contar los Pares del Reino de la nobleza británica que participaban en las prác­ticas espirituales de la nueva era en Reino Unido. Estas ideas fueron luego adoptadas por parte de la nueva clase dominante en la sociedad capitalista e incluso llegaron a ser utilizadas por militantes de la clase trabajadora para comprender y combatir la alienación. Sobre un análisis pormenorizado de cómo el fascismo recurre a las supersticiones paganas anteriores al cristianis­mo para movilizar a las masas frente a enemigos imaginarios, véase Trotsky

(1975/1974).

2. El interés en el “lenguaje corriente” u “ordinario” procedía originalmente de las reflexiones cultas de los filósofos de Oxford sobre las distinciones que la gente hacía sin darse cuenta (por ejemplo, Ryle, 1949/2005; Austin, 1962/2004; y para una recopilación de ensayos de esta corriente de “filosofía analítica”, véase Chappell, 1981/1971). La psicología ha adoptado con gran entusiasmo la “ordinariez” de las explicaciones cotidianas del comportamien­to como parte de su “giro lingüístico” (por ejemplo, Antaki, 1981 y 1998), por lo que las nociones de “diálogo” y “retórica” son estudiadas como parte de la celebración de lo que las personas ya saben, a lo que se suma el reparo liberal

 

LA PSICOLOGÍA COMO IDEOLOGÍA

que considera que hablar de “ideología” supondría faltar al respeto a estas gentes ordinarias (por ejemplo, Blackman y Walkerdine, 200i).

  1. Un proceso hábilmente desentrañado por Shotter (1987).
  2. Véase Danziger (1995) para una interesante explicación de cómo la psicología desarrolló una terminología propia de los procesos mentales.
  3. Cooke y Kothari (2001) analizan los problemas que plantea esta propensión a la “participación” y sus implicaciones en la forma que los psicólogos invitan a las personas comunes a participar en investigaciones realizadas en distintos países sobre temas de desarrollo.
  4. Sobre cómo la psicología cualitativa puede resultar un lastre para el análisis político y la intervención, véase Billig (1977). Para una revisión de los proble­mas con los modelos populares de investigación cualitativa en psicología, véase Parker (2005a).
  5. Un síntoma de este giro hacia el respeto de las ideas cotidianas del sentido común de las personas es que la espiritualidad haya pasado a formar parte de los intereses de investigación de algunas corrientes de “psicología crítica” (véase, por ejemplo, Walkerdine, 2002; Blackman, 2oo3).
  6. Esta cuestión es discutida y analizada por Sennett y Cobb (1972). Para una discusión sobre las cuestiones de clase en la psicoterapia británica inspirada en el trabajo de Sennett y Cobb, véase Richards (1995). Véase también Hannon et al. (2001) para un análisis de clase social de la orientación educativa en Estados Unidos. En los artícu­los de Walkerdine (1986 y 1987) se encuentran análisis interesantes sobre la naturaleza contradictoria del sentido común plagado de odio de clase, sexismo y racismo. Las luchas por redefinir la noción de “patología” y, en especial, lo que pueda significar “oír voces” lo abordan Blackman (2001) y James (2001).
  7. [N. de T.]: la “conciencia psicológica” es un concepto utilizado en la psicoterapia para aludir a la capacidad de la persona de conocer los procesos internos de su desa­rrollo psicológico y de establecer relaciones entre esos procesos y su propia vida.

io. Coltart (1988) opta por el planteamiento clásico, todavía influyente, de centrarse en la “conciencia psicológica” y que orienta el proceso de evaluación en muchas clíni­cas de psicoterapia del Servicio Nacional de Salud de Reino Unido.

11. Forrester (198o/1989) muestra cómo el desarrollo del psicoanálisis se basó en lo que uno de los primeros pacientes (de Breuer, el mentor de Freud) denomi­nó su “cura a través de la palabra”, y aunque la práctica psicoanalítica en el mundo anglosajón ha estado muy influida por las investigaciones interesadas en el comportamiento observable y el desarrollo infantil, sigue dependiendo del habla (la cual siempre amenaza con transformar el proceso hasta el punto que el analista determine lo que significa “hablar bien”).

12. Para una consideración a grandes rasgos de cómo el “discurso terapéutico” recurre al tiempo que reproduce suposiciones acerca de cómo deberíamos hablar sobre lo que está en nuestro interior, véase Parker (2003).

13. Hansen et al. (2oo3) tratan de mostrar cómo atravesar estos campos de minas y Bates (2006) propone algunas opciones mejores.

4. Véase la recopilación de Harré (1986) sobre la construcción social de la emo­ción y véase también Littlewood (1992) sobre la “terapia” entendida como una práctica culturalmente específica.

15. Véase Clud (1989) para una revisión de los problemas ideológicos con el dis­curso terapéutico y Dineen (2001) sobre la producción de “víctimas”. Para una aproximación “narrativa” que otorga un papel importante a estas cuestiones, las cuales intenta eludir en la práctica terapéutica, véase Guilfoyle (2005). La historia de la incitación a hablar de uno mismo como el lado opuesto al proce­so de control social es analizada por Michel Foucault en sus influyentes estudios sobre la confesión (1981/2006) y la disciplina (1977/2008).

 

IAN PARKER

  1. Newman y Holzman (1996) dan buena cuenta de cómo la psicología se distan­cia de la filosofía e intenta, por tanto, olvidar sus orígenes.
  2. Véase Parker (1997) para una discusión de estas conexiones.
  3. Boyle (2002) proporciona una destrucción definitiva de la categoría de “esquizo­frenia” y Rentan (1990) plantea cómo abordar desde la psicología los distintos “síntomas” que comprende esta categoría.
  4. Beck (1976) ha sido la figura más popular en la psicología, si bien un grupo de psicoanalistas de la tradición estadounidense desarrolló enfoques cognitivos educativos de andar por casa (por ejemplo, Eric Berne y Albert Ellis).

2o. En los estudios empíricos de Vanheule y Verhaeghe (2004) se incluye una dis­cusión sobre la terminología de la competencia y del síndrome del “estar

quemado” o desgaste profesional (burn- out), y Jonckheere (2005) elabora una respuesta polémica a cómo la “evaluación” en la psicoterapia desvirtúa al psi­coanálisis.

  1. Sobre las conexiones entre esta tradición en psicoanálisis y sus reduccionis – mos adaptados a la psicología en el contexto del sistema mental de salud estadounidense, véase Kovel (2004/1982).
  2. Los estudios clásicos revisados por Eysenck y Wilson (1973/1980) y de manera más comprensiva por Kline (1972/1976) empujaron al psicoanálisis a un para‑

digma metodológico que no pudiera satisfacer los criterios “científicos” empleados como evidencias, o lo desvirtuaron hasta el punto de que lo que pasara por el aro fuera irreconocible para los psicoanalistas en ejercicio. Véase Masling (1983) para una tentativa más partidaria de respaldar experimental­mente el psicoanálisis.

  1. 23.   Los términos originales utilizados por Freud fueron das Es (Ello) das Ich (yo) y das Uber-Ich (sobre yo o super yo).
  2. Bettelheim (1986/1983) plantea que la traducción inglesa de las obras de Freud ha tergiversado los fundamentos del psicoanálisis con la pretensión de convertir­lo en una “ciencia natural”.
  3. Sobre la pretensión de compatibilizar el psicoanálisis y catolicismo romano, véase Symington (1990), y véase también Coltart (200o) sobre sus vinculacio­nes con el budismo, en tanto sistema religioso de pensamiento.
  4. Véase la recopilación de Timms y Segal (1988) para un análisis de estas cuestiones.
  5. Los estudios experimentales sobre la interacción madre-infante consideran el influyente trabajo de Daniel Stern (1985/1996) como ejemplo paradigmático. Para una crítica de las repercusiones ideológicas de estas investigaciones, véase Cushman (1991).
  6. Por ejemplo, véase Miller et al. (1989) para una explicación de las observacio­nes de los menores como parte de la formación psicoanalítica en Reino Unido.
  7. Burman (1994) mantiene que el psicoanálisis funciona como el “otro reprimido” de la psicología y plantea una crítica de la forma en que las descripciones psicoanalíti‑

cas se incorporan en la psicología del desarrollo como si los fenómenos por los que se interesa el psicoanálisis pudieran ser, en efecto, observados.

3o. A diferencia de las concepciones psicológicas de la memoria, Laplanche (1989/2001) sostiene desde una perspectiva psicoanalítica que los recuerdos suelen

ser reconstrucciones de las experiencias que nos resultan incomprensibles. Para un análisis de estos debates acerca de la memoria y la experiencia desde el feminismo socialista, véase Haaken (1998), y veáse también Hayes (1998) para un análisis del tratamiento de la “memoria” en el debate político (con alusiones concretas a la Comisión de Verdad y Reconciliación de Sudáfrica).

31. New (1996) desarrolla esta postura desde una perspectiva afín al feminismo socialista (que concede un excesivo protagonismo a la psicología y la psicote­rapia).

 

LA PSICOLOGÍA COMO IDEOLOGÍA

32. Adorno (1967) mantuvo que la separación entre el individuo y el mundo social en el capitalismo y la correspondiente escisión entre la psicología y la sociolo­gía generan dos aspectos alienados de la condición humana que no se pueden reconciliar de cualquier modo. Más bien, “ambas son las mitades desgajadas de la libertad entera, que, sin embargo, no es posible obtener mediante su suma”. Esta observación identifica el problema que se halla en el fondo de una gran cantidad de estudios absurdos de “psicología social” que presumen que las dos mitades pueden reconciliarse. Para un análisis de esta cuestión y sus consecuencias en la investigación psicológica discursiva, véase Parker (2002).

33. Cuando los investigadores en psicología reconocen que influyen en el objeto de estudio que construyen y analizan, lo achacan a haber sido “simplemente subjetivos”. Esta cuestión es discutida en Parker (1999d y 20o5a).

34. Los debates feministas sobre la ciencia y la subjetividad en la investigación se han detenido en esta cuestión, como muestra el trabajo de Hollway (1989). Para un tratamiento más amplio de estas cuestiones, en referencia a la raza y el racismo, véase Mama (1995).

35. Para una aproximación metodológica que otorga un papel importante a la expe­riencia y pretende mostrar cómo se constituye históricamente, véase la tradición feminista marxista del “trabajo de memoria” (memory work), vinculado a la “psicología crítica” alemana (por ejemplo, Haug, 1987 y 200o). Para la opción más fácil que se regodea en la “espiritualidad” psicologizada véase el enfoque “transpersonal” en Rowan (2005/1996).

36. Véase, por ejemplo, la dura recopilación de Roberts y Groome (2001).

37. Para un análisis de las representaciones “orientalistas” occidentales de los que se representan como un “otro” para Occidente, véase Said (1978/2002), y para un análisis de las representaciones coloniales de masculinidad y femini­dad impregnadas de fantasías de diferencias raciales, véase McClintock (1995).

38. Para un análisis de las representaciones occidentales de lo que interesada­mente se concibe como “mundo islámico”, véase Mamdani (2005).

39. A esto responde que los enfoques que prometen abordar la dimensión “políti­ca” de la psicoterapia suelan ser tan decepcionantes, en el sentido que asimilan la política a una concepción junguiana o afín a ella de una vida espiritualmen­te repleta. que llene el vacío entre la razón y el sentimiento creado por la sociedad capitalista. Compárese, por ejemplo, la más que aceptable panorámi­ca de las relaciones entre la política y la psicoterapia de Totton (2000) y su recopilación de orientación espiritual (Totton, 2006).

4o. Véase Dalal (1988) para una excelente revisión de los elementos racistas en la obra de Jung, y véase también Sammuels (1992 y 1993) para una valoración “posjunguiana” de esta problemática y del legado del trabajo de Jung. En la psicoterapia, Jung fue una de las figuras que contó con el apoyo de los nazis después de la quema de los libros de Freud (Cocks, 1985). Para un estudio del destino del psicoanálisis cuando el Tercer Reich lo consideraba como una “ciencia judía”, véase Frosh (2005).

41. La búsqueda junguiana de los principales contenidos arquetípicos de la mente asumidos para reflejar una psicología homogénea y unificada de una comunidad nacional también ha orientado el trabajo del psicólogo Kawai Hayas, una figura influyente en la formalización de la formación en la psico­logía clínica y de la educación en Japón. En este caso, la psicología basada en concepciones junguianas de las diferencias raciales de marcado tono espiri­tual pasa de ser una disciplina definida por la metodología, como es el caso de la tradición occidental, a convertirse en una disciplina definida por sus con­tenidos religiosos (véase, por ejemplo, Kawai, 1995).

 

IAN PARKER

  1. Sobre el planteamiento de que podemos solucionar el racismo a través de la “celebración del Otro”, véase Sampson (1993). Para una interpretación de gran rigor político sobre cómo la “civilización” occidental esconde sus pro­pias formas de barbarie inflingidas en sus “otros”, véase Achcar (2006/2007). Intentos recientes de acercar el trabajo de Rogers a la política radical se encuentran en Proctor et al. (2006).
  2. El desarrollo de la psicología del asesoramiento en Estados Unidos ha estado más ligado a la psicología dominante que en el caso de Reino Unido, en donde si bien existen ciertas dificultades para su ejercicio, lo cierto es que algunas de las discusiones conceptuales mantenidas han sido muy radicales (por ejemplo, Woolfe et al., 2003).
  3. Se aprecia aquí una transformación optimista de las ideas de Hegel, y el plan­teamiento de Rogers es un ejemplo excelente de psicologización de las ideas filosóficas (véase Pinkard, 2000/2001).
  4. En Chantler (2004 y 2005) se incluyen intentos de atajar el racismo en la terapia por medio de una reflexión acerca de las limitaciones del enfoque estrictamente rogeriano, y véase también Chantle (2006) para un tratamien­to de las cuestiones de poder en este enfoque.
  5. Masson (1990) señala estas dificultades políticas con la terapia rogeriana. Sobre posturas que desde la psicología comunitaria sostienen que la psicote­rapia es “fútil”, véase Albee (1990). Para una discusión marxista de la psicoterapia, véase Cohen (1986).
  6. Swartz (1986) ofrece un análisis de este planteamiento desde Sudáfrica. Para un estudio de los vínculos entre la psicología estadounidense y el apartheid, véase Lambley (1973).
  7. Véasen Mowbray (1995) y House y Totton (1997) para buenas revisiones y crí­ticas del fomento de registros de psicoterapeutas con la esperanza de proteger el interés público.
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