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LOS QUE SE NEGABAN A ADAPTARSE DEBÍAN SER OBSERVADOS, TRATADOS Y ENCAUZADOS

LOS QUE SE NEGABAN A ADAPTARSE DEBÍAN SER OBSERVADOS, TRATADOS Y ENCAUZADOS

A los patronos no les gusta que se les obligue a garantizar la seguri­dad en el trabajo, respetar un máximo de horas de la jornada laboral y, menos aún, acordar un salario mínimo. Sin embargo, el bienes­tar de los trabajadores es, en cierta medida, de su incumbencia, por lo que el Estado, junto con la familia, comenzaría a jugar un papel decisivo con respecto a la salud de los trabajadores y a la educación de los futuros empleados. Los individuos y sus familias serían los principales responsables de su cuidado en el día a día hasta que el gobierno pusiera en marcha la regulación de las normas de salud y, gradualmente, las de salud “mental”. Los pro­gramas de bienestar gubernamentales vigentes y los organismos benéficos independientes no siempre intervenían directamente en las familias, dictando a los padres y madres la educación y la crianza de sus menores. Con todo, la combinación de las leyes

 

IAN PARKER

específicas y los consejos morales en la esfera “pública”, fuera de la familia, sirvió para forjar un espacio en el que la familia supues­tamente operaba, un espacio con un tipo de configuración que incluía determinadas responsabilidades en la esfera “privada” del hogar19.

Los capitalistas que toman decisiones precipitadas en la inversión, o cuya conducta extraña pone en peligro una empresa, no suponen un problema inmediato para la economía. Incluso hoy en día algunos ricos excéntricos se las arreglan para salir impunes de este tipo de conductas sin que las autoridades estatales les pres­ten atención. La verdadera preocupación del Estado es que los trabajadores, de todo tipo de suerte, en la fábrica, en las tiendas o en casa, no puedan trabajar o dejen de hacerlo. Que los trabajado­res decidan dejar de vender su fuerza de trabajo y pasar hambre por decisión propia es una conducta irracional que puede conta­giar a otros, hombres y mujeres.

Las expresiones del desorden que resultaron más perturbado­ras para las autoridades durante las sublevaciones populares de la Comuna de París en 1871 fueron las que pusieron de manifiesto la participación activa de las mujeres. La acción colectiva contra el capitalismo es en sí misma perniciosa, pero cuando estas acciones derriban la separación entre el trabajo y el hogar, la cosa se pone seria20. La policía puede lidiar con las agitaciones políticas delibe­radas que amenazan a la producción, pero para los casos de irracionalidad individual que pueden propagarse en insatisfaccio­nes colectivas era necesario un nuevo cuerpo profesional: la psicología entraba en escena.

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