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La génesis de los mitos y de los rituales 127

sino terror, terror de la violencia absoluta. ¿Quién negará que más allá del deseo y más fuerte que él, único capaz de reducirlo al silencio y de derrotarlo, existe este terror sin nombre?

El parricidio y el incesto generalizado representan el término absoluto de la crisis sacrificial; el parricidio y el incesto limitados a un único indi­viduo constituyen la máscara semitransparente de esta misma crisis ente­ramente escamoteada porque está enteramente arrojada sobre la víctima propiciatoria. El fundamento oculto de los mitos no es la sexualidad. La sexualidad no es un auténtico fundamento porque está revelada. La sexua­lidad forma parte del fundamento en tanto que mantiene una disputa con la violencia, y le ofrece mil ocasiones de desencadenarse. Al igual que los fenómenos naturales, la sexualidad está realmente presente en los mitos; desempeña en ellos un papel aún más importante que la naturaleza pero no realmente decisivo a la postre, puesto que es el que aparece en primer pla­no, en el parricidio y en el incesto, asociado a una violencia puramente indi­vidual, para ofrecer una última pantalla a la reciprocidad interminable de la violencia, a la amenaza absoluta que destruiría la humanidad si el hom­bre no estuviera protegido de ella por la víctima propiciatoria, esto es, por el desconocimiento.

La idea de que los temas mitológicos recubren el miedo de los hom­bres delante de los fenómenos naturales ha sido sustituida, en el siglo xIx, por la idea de que estos mismos temas recubren el miedo de los hombres delante de la verdad puramente sexual e «incestuosa» de su deseo. Ambas hipótesis son míticas; se sitúan en la prolongación del mito y prosiguen su obra, puesto que disimulan, una vez más, lo que el mito siempre ha disi­mulado. Sin embargo, no hay que situar las dos tesis en el mismo plano. Freud es «menos» mítico que sus predecesores; la vida sexual está más comprometida en la violencia humana que el trueno o los temblores de tierra, más próxima al fundamento oculto de cualquier elaboración mítica. La sexualidad «desnuda», «pura», está en continuidad con la violencia; cons­tituye, pues, tanto la última máscara bajo la cual ésta se recubre como el comienzo de su revelación. Esto siempre es cierto históricamente: los pe­ríodos de «liberación sexual» preceden con frecuencia algún desencade­namiento violento; es cierto hasta en la misma obra de Freud. El dina­mismo de esta obra tiende a superar el pansexualismo inicial hacia la em­presa ambigua de Totem y tabú, así como hacia conceptos tales como el instinto de muerte. Cabe, pues, ver en Freud una etapa hacia la revela­ción de una inhibición más esencial que la suya y hacia la cual tiende oscuramente, la violencia absoluta todavía disimulada por algunas formas de desconocimiento siempre sacrificiales.

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