La génesis de los mitos y de los rituales 123

puede negarse a ver en el incesto un factor de la salvación colectiva, incluso cuando este incesto va asociado a la víctima propiciatoria. Persiste en ver en el incesto el acto maléfico por excelencia, el que amenaza con sumir a la comunidad en la violencia contagiosa, incluso si es realizado por el heredero y el representante de la víctima original.

El incesto coincide con el mal que se procura prevenir. Pero nos esfor­zamos en prevenir este mal repitiendo una curación que va indisolublemente mezclada con el paroxismo del mal. El pensamiento ritual se ve confron­tado a un insoluble problema de división, o, mejor dicho, a un problema cuya solución supone obligatoriamente un elemento de arbitrariedad. El pensamiento ritual está mucho más dispuesto de lo que nosotros mismos lo estamos a admitir que el bien y el mal sólo son dos aspectos de una misma realidad, pero no puede admitirlo hasta las últimas consecuencias: incluso en el rito, menos diferenciado que cualquier otro modo de la cultura humana, la diferencia debe estar presente, el rito sólo aparece para restau­rar y consolidar la diferencia, después de la terrible desaparición de la crisis. La diferencia entre la violencia y la no-violencia no tiene nada de arbitrario ni de imagnario, pero los hombres siempre establecen, por lo menos parcialmente, una diferencia en el seno de la violencia. Esta dife­rencia es lo que permite la posibilidad del rito. El rito elige una determinada forma de violencia como «buena», aparentemente necesaria para la unidad de la comunidad, frente a otra violencia que sigue siendo «mala» porque permanece asimilada a la mala reciprocidad. Así pues, el rito puede elegir determinadas formas de incesto como «buenas», el incesto del monarca, por ejemplo, frente a otras formas que siguen siendo «malas». Puede decidir también que todas las formas de incesto siguen siendo malas, es decir, negarse a admitir incluso el incesto regio entre las acciones, si no propia­mente sacrificiales, susceptibles por lo menos de contribuir a la eficacia sacrificial de la persona del rey.

Supuesta la importancia fundamental que tiene para toda comunidad la metamorfosis de la violencia maléfica, y la impotencia igualmente fun­damental de toda comunidad para penetrar el secreto de esta metamorfosis, los hombres están entregados al rito, y el rito no puede dejar de presen­tarse bajo unas formas a un tiempo muy análogas y muy diferentes.

El hecho de que el pensamiento ritual pueda adoptar frente al inces­to del rey dos soluciones diametralmente opuestas a partir de los mismos datos primarios, demuestra perfectamente el carácter a la vez arbitrario y fundamental de la diferencia entre la violencia maléfica y la violencia benéfica y sacrificial. En cada cultura, aflora la solución inversa detrás de la solución adoptada. En todas partes donde es exigido el incesto del rey, no por ello es menos maléfico, ya que exige un castigo y justifica la inmo­lación del monarca. En todas partes donde es prohibido, en cambio, dicho incesto, tampoco deja de ir asociado a una idea benéfica, ya que el rey cuenta con una afinidad especial, puesto que sigue siendo inseparable de la violencia que aporta a los hombres la salvación.

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