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La génesis de los mitos y de los rituales 119

En el transcurso de los ritos, de los que aquí sólo ofrecemos un resu­men muy parcial, existe también una ejecución simbólica del rey, a tra­vés de una vaca a la que la encarnación violenta comunica su silwane y convierte en «toro furioso» tocándola con su varita. Al igual que en el sacrificio dinka, los guerreros se arrojan todos juntos y sin armas sobre este animal que deben derribar a puñetazos.

En el curso de la ceremonia, la distancia entre el rey, su séquito, los guerreros y el conjunto del pueblo aparece temporalmente borrada; esta pérdida de las diferencias no tiene nada de una «fraternización»; coincide con la violencia que rodea a todos los participantes. T. O. Beidelman define esta parte de los ritos como un dissolving of distinctions.’ Victor Turner, por su parte, describe la Incwala como un play of kingship en el sentido shakesperiano de la expresión.

La ceremonia desencadena un mecanismo de excitación en constante aumento, un dinamismo que se nutre de las fuerzas que pone en juego, fuerzas en las que el rey aparece inicialmente como víctima, y después como dueño absoluto. Al principio casi sacrificado él mismo, el rey oficia a continuación en unos ritos que le convierten en el sacrificador por exce­lencia. Esta dualidad de papeles no debe asombrar; confirma la asimila­ción de la víctima propiciatoria en el juego de la violencia en su totalidad. Incluso cuando es víctima, el rey es a fin de cuentas el dueño de este juego y puede intervenir en cualquier punto de su recorrido; todos los papeles le pertenecen; no hay nada en las metamorfosis de la violencia, sea cual fuere el sentido en que se efectúan, que le resulte extraño.

En la cumbre del conflicto ritual entre los guerreros y el rey, este último, retirado una vez más a su recinto, sale de él provisto de una cala­baza que arroja contra el escudo de uno de los asaltantes. Después de lo cual todos se dispersan. Los informadores de H. Kuper le han asegurado que en tiempo de guerra el guerrero golpeado por la calabaza está lla­mado a morir. El etnólogo sugiere que veamos en este guerrero, el único que ha sido golpeado, una especie de chivo expiatorio nacional; lo que equivale a reconocer en él un doble del rey, que muere simbólicamente en su lugar, al igual que anteriormente la vaca.

El Incwala comienza en el momento en que termina un año y termina con el comienzo de un nuevo año. Hay una correspondencia entre la crisis que el rito conmemora y el final de un ciclo temporal. El rito obedece a unos ritmos naturales que no hay que considerar como primeros, incluso allí donde se adelantan, aparentemente, a una violencia que los mitos y los ritos tienen como función esencial disfrazar, desviar y resolver. Al final de las ceremonias se enciende una gran hoguera en la cual se queman las ímpurezas acumuladas durante los ritos y durante todo el año transcurri­do. Todo un simbolismo de la limpieza y de la purificación acompaña las etapas cruciales.

18. Op. cit., p. 391, núm. 1.

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