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La génesis de los mitos y de los rituales 109

tortura de los esclavos en el poste de ejecución no obedece a una inter­pretación psicológica. Todos los que asisten al sacrificio están obligados a golpear a la víctima antes de que muera. Se trata de repetir la unanimi­dad. La ceremonia se desarrolla en un orden ritualmente fijado, relacio­nado con las diferencias jerárquicas en el seno del orden cultural. Los sacrificios de animales se desarrollan de la misma manera.’

Incluso en una sociedad que se desintegra en la violencia recíproca, la de los kaíngang por ejemplo, la exigencia de unanimidad reaparecerá bajo una forma degenerada, al nivel de esta violencia. «Los homicidas nunca querían actuar aisladamente. Pretendían la colaboración de los miem­bros del grupo. Exigir que la víctima sea apuntillada por otro es algo ha­bitual en los homicidios kaingang». 9 Es imposible negar la significación psicológica de tales hechos. Muy al contrario, en ausencia de cualquier estructuración colectiva, no se puede escapar a la interpretación psicoló­gica, no se puede acceder a una forma ritual. La violencia maléfica se desencadena de manera desmedida.

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Por poco que reflexionemos sobre ello, nos damos cuenta de que la función del sacrificio propuesta en nuestro primer capítulo no sólo per­mite sino que exige el fundamento de la víctima propiciatoria, esto es, de la unanimidad violenta. En el sacrificio ritual, la víctima realmente inmolada desvía la violencia de sus objetivos más «naturales» que están dentro de la comunidad. Pero ¿a quién sustituye, de manera más especí­fica, esta víctima? Hasta ahora sólo conseguíamos entender esta sustitu­ción a partir de mecanismos psicológicos individuales, y está claro que esto no es suficiente. Si no hay víctima propiciatoria para instituir el sa­crificio al nivel de la propia colectividad, y no de las relaciones entre particulares, habrá que pensar que la víctima sustituye únicamente a de­terminados individuos, los que inspiran al sacrificador unos sentimientos de hostilidad personal. Si el transfert es puramente individual, como ocurre en el psicoanálisis, es imposible que el sacrificio sea una institución real­mente social, que implique a todos los miembros de la comunidad. Ahora bien, sabemos que el sacrificio, mientras siga existiendo, es esencialmente eso, una institución comunitaria. La evolución que permite «individuali­zarlo» es tardía, contraria al espíritu de la institución.

Para entender por qué y cómo puede ocurrir así, basta con admitir

  1. H. Shárer, Die Bedeutung des Menschenopfers im Dagakischen Toten Kult, Mitteilungen der deustchen Gessellschaft für V6lkerkunde (10, Hamburgo, 1940). Ci­tado por Adolphe E. Jensen, op. cit., p. 198.
  2. Jules Henry, op. cit., p. 123.
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