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La génesis de los mitos y de los rituales 108

común pueden tener. Hasta un examen somero revela que, en toda vida religiosa, en toda práctica ritual, en toda elaboración mítica, el tema de la unanimidad reaparece con una frecuencia extraordinaria en unas cul­turas tan alejadas entre sí, bajo unas formas tan variadas y en unos textos de naturalezas tan diferentes que es absolutamente imposible suponer una difusión por influencia.

Acabamos de ver que la inmolación sacrificial en los dinka consiste frecuentemente en una embestida de todos los jóvenes que pisotean la bestia y la sofocan bajo sus cuerpos. Guango el animal es demasiado volu­minoso y vigoroso para que sea posible matarlo de este modo, es objeto de una inmolación regular, pero no antes, según parece, de que se haya producido un simulacro de embestida en masa; la exigencia de participación colectiva debe ser satisfecha, por lo menos bajo una forma simbólica. El carácter colectivo de la ejecución aparece de nuevo en una asombrosa can­tidad de sacrificios, especialmente, como veremos más adelante, en el sparagmos dionisíaco.6 Todos los asistentes, sin excepción alguna, son obli­gados a participar en la ejecución. Ocurre lo mismo en el caso del famoso sacrificio árabe del camello, descrito por Robertson Smith en Religion of the Semites y en una cantidad tan considerable de ceremonias rituales que no hay por qué enumerarlas.

Es todos juntos que Ulises y sus compañeros hincan la estaca infla­mada en el ojo del Cíclope. Es todos juntos, en numerosos mitos fun­dadores, que los conspiradores divinos inmolan a un miembro de su pro­pio grupo. En la India, los textos del Yadjur-Veda mencionan un sacri­ficio realizado por los dioses. Se trata de ejecutar a otro dios, Soma. Mitra comienza por negarse a unirse a sus compañeros, pero éstos vencen su re­sistencia. Sin la colaboración de todos, el sacrificio hubiera perdido sus virtudes. El mito ofrece en este caso, de manera muy explícita, un modelo al que los sacrificios de los fieles deben conformarse. La exigencia de unanimidad es formal. Basta la mera abstención de un solo asistente para que el sacrificio sea peor que inútil: peligroso.

En el mito que refiere el homicidio de la heroína fundadora Hainuwe­le, de Ceram, los sacrificadores míticos, después de haber realizado su tarea, entierran a su víctima y, todos juntos, pisotean su tumba, como para subrayar explícitamente el carácter unánime y colectivo de la empresa. Los signos de unanimidad que aparecen aquí y allá en un mito pueden reaparecer bajo la misma forma exactamente en el ritual de otra comuni­dad. Entre los ngadju-dayak de Borneo, por ejemplo, hay unos sacrifi­cios de esclavos al término de los cuales la víctima es enterrada ritual­mente: todos los participantes son obligados a pisotear su tumba.’ No sólo, por otra parte, en este sacrificio, sino que en todos los ritos sacrificiales de los ngadju-dayak se requiere la participación unánime. La prolongada

  1. Cf. cap. V, pp. 223-224.
  2. Adolphe E. Jensen, op. cit., p. 198.
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