La génesis de los mitos y de los rituales 101

Hemos comenzado por descubrir la función catártica del sacrificio. Hemos definido a continuación la crisis sacrificial como pérdida tanto de esta función catártica como de todas las diferencias culturales. Si la vio­lencia unánime contra la víctima propiciatoria pone realmente término a esta crisis, está claro que debe situarse en el origen de un nuevo sistema sacrificial. Si la víctima propiciatoria es la única que puede interrumpir el proceso de desestructuración, también está en el origen de toda estruc­turación. Veremos más adelante si es posible comprobar esta afirmación al nivel de las formas y de las reglas esenciales del orden cultural, de las fiestas, por ejemplo, de las prohibiciones del incesto, de los ritos de inicia­ción, etc. A partir de ahora ya poseemos serias razones para pensar que la violencia contra la víctima propiciatoria pudiera ser radicalmente fun­dadora en el sentido de que, al poner fin al círculo vicioso de la violen; cia, inicia al mismo tiempo otro círculo vicioso, el del rito sacrificial, que muy bien pudiera ser el de la totalidad de la cultura.

Si esto es cierto, la violencia fundadora constituye realmente el origen de cuanto poseen de más precioso los hombres, y ponen mayor empeño en conservar. Esto es precisamente lo que afirman, pero bajo una forma velada y transfigurada, todos los mitos de origen que se refieren al homi­cidio de una criatura mítica por otras criaturas míticas. Este aconteci­miento es sentido como fundador del orden cultural. De la divinidad muerta proceden no sólo los ritos sino las reglas matrimoniales, las prohi­biciones, todas las formas culturales que confieren a los hombres su hu­manidad.

En algunos casos, las criaturas míticas pretenden conceder, y en otros, al contrario, negar a los hombres todo lo que necesitan para vivir en socie­dad. Los hombres siempre acaban por conseguir lo que necesitan, o por apoderarse de ello, pero no antes de que una de las criaturas míticas no se haya distanciado de las demás y no le haya acontecido una aventura más o menos extraordinaria, a menudo fatal, a veces aparentemente ri­dícula, y en la que puede verse una alusión más o menos oscura a la reso­lución violenta. Sucede que el personaje se aparta del grupo y se escapa con la baza del debate; entonces es atrapado y condenado a muerte. A ve­ces sólo es herido y golpeado. O también es él mismo quien pide que se le golpee y, a cada herida, se producen unos beneficios extraordinarios, unas consecuencias maravillosas que se refieren en su totalidad a una fe­cundidad y a una prosperidad asimilables al funcionamiento armonioso del orden cultural.

El relato mítico se presenta a veces en el marco de una especie de concurso o de competición casi deportiva o belicosa que evoca, claro está, las rivalidades de la crisis sacrificial. Detrás del conjunto de estos temas siempre es posible leer las huellas del devenir unánime de una violencia

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