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La crisis sacrificial 72

destinados a traducir la reciprocidad violenta: el uno engaña al otro… ¡Fraude sobre fraude! ¡Engaño sobre engaño!

Los grandes textos del Antiguo Testamento echan sus raíces en unas crisis sacrificiales diferenciadas entre sí, separadas incluso por prolongados intervalos de tiempo, pero, bajo determinados aspectos por lo menos, ente­ramente análogas. Así, pues, las primeras crisis están reinterpretadas a la luz de las siguientes. Y viceversa. El testimonio de las crisis anteriores apor­ta a la meditación de las posteriores un soporte que jamás deja de ser válido. Es lo que comprobamos en la interpretación del personaje de Jacob sugerida por Jeremías. Entre el Génesis y la crisis del siglo vi, la que el propio Jeremías está en trance de atravesar, se establece un contacto y se hace la luz en ambos sentidos. Al igual que la tragedia, la reflexión pro­fética es un retorno a la reciprocidad violenta; es, pues, una deconstrucción de las diferencias míticas, mucho más completa, a decir verdad, que la deconstrucción trágica, pero ahí abordamos un tema que merece ser tratado separadamente.

Aunque mucho más indirecta y precaria, la inspiración trágica puede concebirse sobre el mismo modelo que el texto de Jeremías. El paso que acabamos de citar podría constituir el esbozo de una tragedia sobre los hermanos enemigos del Génesis, Jacob y Esaú…

La fuerza de esta inspiración trágica o profética no debe nada a un conocimiento histórico y filológico, a una erudición enciclopédica. Surge de una intuición directa del papel jugado por la violencia tanto en el orden como en el desorden cultural, tanto en el mito como en la crisis sacríficial. De idéntica manera, es una Inglaterra en plena crisis religiosa la que ali­menta la inspiración de Shakespeare en Troilo y Cresida. No hay que creer que los progresos de la erudición permitan mejorar esta lectura por un proceso de enriquecimiento continuo afín a la concepción positivista. Por reales y preciosos que sean estos progresos, se sitúan en un plan dife­rente al de la lectura trágica; el espíritu de ésta, jamás muy extendido, in­cluso en los períodos de crisis, se pierde enteramente en los períodos de estabilidad natural.

En un momento determinado, debe invertirse el proceso de indiferen­ciación violenta para dar lugar al proceso inverso, el de la elaboración mí­tica. Y la elaboración mítica se invierte de nuevo en la inspiración trágica. ¿Cuál es el resorte de estas metamorfosis, de qué mecanismo proceden los ciclos del orden y del desorden cultural? Esta es la cuestión que se nos plantea. Se confunde con otra cuestión referida a la conclusión de la crisis sacrificial. Una vez que la violencia ha penetrado en la comunidad, no cesa de propagarse y de exasperarse. No vemos como la cadena de represalias pudiera romperse antes de la pura y simple aniquilación de la comunidad. Si existen realmente unas crisis sacrificiales, es preciso que supongan un freno, es preciso que intervenga un mecanismo autorregulador antes de que todo quede consumado. En la conclusión de la crisis sacrificial, lo que está en juego es la posibilidad de las sociedades humanas. Hay que descubrir

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