La crisis sacrificial 60

Santa Catalina, en el Brasil, constituye una notable excepción.’ Conviene detenerse en ella unos instantes. El etnólogo ha vivido con los indios poco después de su instalación en una reserva, en una época en que este cambio de vida sólo ejercía sobre ellos una influencia limitada. Así que ha podido observar por sí mismo, u obtener unos testimonios muy directos sobre lo que aquí denominamos la crisis sacríficial.

La extrema pobreza de la cultura kaingang, tanto en el plano reli­gioso como en el plano técnico, y en todos los restantes planos, ha sor­prendido mucho a Jules Henry, que la ha entendido como una consecuen­cia de los blood feuds, es decir, de la venganza en cadena, entre los pa­rientes próximos. Para describir los efectos de esta violencia recíproca, el etnólogo ha recurrido instintivamente a las grandes imágenes míticas y en especial a la peste: «La venganza se extendía, seccionando la sociedad como un hacha terrible, diezmándola como lo haría una epidemia de peste.» (pág. 50).

Reencontramos aquí todos los síntomas que intentamos reunir bajo el concepto de crisis saerificial o crisis de las diferencias. Parece que los kaingang han olvidado cualquier mitología más antigua en favor de unos relatos aparentemente bastante fieles que se refieren exclusivamente a los ciclos de la venganza. Cuando discuten los homicidios familiares, diríase «que ajustan los mecanismos de una máquina cuyo funcionamiento com­plicado les resulta perfectamente conocido. La historia de su propia des­trucción ejerce sobre estos hombres tal fascinación que los innumerables cruces de la violencia se graban en su mente con una claridad extraordi­naria.» (pág. 51.)

A la vez que constituye la degradación de un sistema más estable, la venganza kaingang conserva algo de «sacrificial». Constituye un esfuerzo cada vez más violento, y por consiguiente cada vez más infructuoso, para retener la «buena» violencia, ordenadora y protectora. Y la violencia ma­léfica, a decir verdad, se detiene largo tiempo en la frontera exterior del grupo, por otra parte muy reducido, de los que «viajan juntos». Esta zona de paz relativa debe concebirse como la contrapartida y la otra cara de la violencia que triunfa al otro lado, esto es, entre los grupos.

En el interior del grupo, la voluntad de conciliación es llevada hasta los últimos límites. Las provocaciones más audaces no son percibidas; el adulterio es tolerado, mientras que reclama una respuesta inmediata y sangrienta si se produce entre los miembros de grupos rivales. Mientras la violencia no supera un cierto umbral, asegura un círculo interior de no-violencia, indispensable para la realización de las funciones sociales esenciales, esto es, la supervivencia de la sociedad. Llega el momento, sin embargo, en que el grupo elemental es contaminado. Una vez instalados en su reserva, los miembros de un mismo grupo tienden a enfrentarse entre sí; ya no pueden polarizar su violencia sobre los enemigos del exte‑

2. Nueva York, 1941. Reeditado por Vintage Books, Random House, 1964.

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