La crisis sacrificial 54

trágicos —Esquilo, Sófocles, Eurípides— utilizan unos procedimientos e incluso unas fórmulas muy semejantes. Se trata de un aspecto del arte trágico sobre el cual la crítica contemporánea apenas insiste; puede ocurrir incluso que lo silencie por completo. Bajo la influencia de las ideas de nuestro tiempo, esta crítica tiende a convertir a la singularidad de la obra de arte en el criterio único de su excelencia. Tiene la impresión de fallar su objetivo siempre que se ve obligada a reconocer unos temas, unos ras­gos estilísticos, y unos efectos estéticos que no están exclusivamente re­servados a un escritor en especial. En el terreno estético, la propiedad individual mantiene la fuerza de un dogma religioso.

Claro está que con la tragedia griega no es posible llevar las cosas tan lejos como con los escritores contemporáneos, que son los primeros en jugar el juego de la diferencia a cualquier coste; no por ello el individua­lismo exasperado deja de ejercer una influencia menos nociva sobre la lectura de los trágicos.

Resulta imposible negar que existen rasgos comunes entre los grandes trágicos griegos, así como también que existen rasgos comunes entre los diferentes personajes que estos tres grandes trágicos han creado; no siem­pre se puede hablar de las diferencias, sino que se admiten las semejanzas para menospreciarlas a continuación tratándolas de estereotipos. Hablar de estereotipo ya equivale a sugerir que el rasgo compartido por varias obras o por varios personajes no tiene ninguna importancia auténtica en ninguna parte. Yo pienso, al contrario, que en la tragedia griega el supuesto es­tereotipo revela lo esencial. Si lo trágico nos elude es porque nos separa­mos sistemáticamente de lo idéntico.

Los trágicos nos muestran unos personajes enfrentados con una mecá­nica de la violencia cuyo funcionamiento es demasiado implacable para dar pie al menor juicio de valor, para permitir cualquier distinción, sim­plista o sutil, entre los «buenos» y los «malos». A ello se debe que la mayoría de nuestras interpretaciones modernas sean de una infidelidad y de una indigencia extraordinarias; nunca escapan del todo a ese «mani­queísmo» que triunfa en el drama romántico y que, a partir de entonces, sigue exasperándose.

Si no hay diferencia entre los antagonistas trágicos, es porque la vio­lencia las borra todas. La imposibilidad de diferir aumenta la rabia de Eteocles y de Polinice. Ya hemos visto que en La locura de Heracles el héroe mata a Licos para proteger a su familia, que este usurpador quiere sacrificar. El «destino», siempre irónico —coincide con la violencia—, lleva a que Heracles cumpla el siniestro proyecto de su rival; él es, a fin de cuentas, quien sacrifica a su propia familia. Cuanto más se prolonga la rivalidad trágica, más favorece la mimesis violenta, más multiplica los efectos de espejo entre los adversarios. Como hemos visto anteriormente, la investigación científica moderna confirma la identidad de las reacciones engendradas por la violencia en los individuos en principio más diferentes.

Son las represalias, esto es, las reanudaciones de una imitación vio-

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