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El Sacrificio 42

ojos, entre la sexualidad y las formas más diferentes de la violencia, sus­cepibles todas ellas, también, de provocar unos derramamientos de sangre.

Para entender la naturaleza y el alcance de esta afinidad hay que vol­ver a aquel empirísmo del que hablábamos poco antes, y también a un «gran sentido común» que desempeña, en cualquier pensamiento religioso, un papel mucho mayor que el que permiten sospechar las teorías de moda. Los hombres siempre han razonado de la misma manera. La idea de que las creencias de toda la humanidad son un colosal engaño al que somos casi los únicos en escapar, parece como mínimo prematura. El problema inmediato no es la arrogancia del saber occidental o su «imperialismo», es su insuficiencia. Es allí, en especial, donde la necesidad de comprender es más intensa y más urgente que las explicaciones propuestas son más bizantinas, en el terreno de lo religioso.

La estrecha relación entre sexualidad y violencia, herencia común de todas las religiones, se apoya en un conjunto de convergencias bastante impresionante. Con mucha frecuencia la sexualidad tiene que ver con la violencia, tanto en sus manifestaciones inmediatas —rapto, violación, des­floración, sadismo, etc.— como en sus consecuencias más lejanas. Oca­siona diferentes enfermedades, reales o imaginarias; lleva a los sangrientos dolores del parto, siempre susceptibles de provocar la muerte de la madre, del hijo o incluso de ambos a un tiempo. Hasta en el interior de un marco ritual, cuando se respetan todas las prescripciones matrimoniales y las de­más interdicciones, la sexualidad va acompañada de violencia; tan pronto como escapa a este marco, en los amores ilegítimos, el adulterio, el inces­to, etc., esta violencia y la impureza que resulta de ella se hacen extre­mas. La sexualidad provoca innumerables querellas, celos, rencores y ba­tallas; es una permanente ocasión de desorden, hasta en las comunidades más armoniosas.

Al negarse a admitir la asociación, tan poco problemática sin embargo, que los hombres, desde hace miles de años, siempre han reconocido entre la sexualidad y la violencia, los modernos intentan demostrar su «ampli­tud de espíritu»; se trata de una fuente de ignorancia que convendría tener en cuenta. Al igual que la violencia, el deseo sexual tiende a proyectarse sobre unos objetos de recambio cuando el objeto que lo atrae permanece inaccesible. Acoge gustosamente todo tipo de sustituciones. Al igual que la violencia, el deseo sexual se parece a una energía que se acumula y que acaba por ocasionar mil desórdenes si se la mantiene largo tiempo com­primida. Hay que observar, por otra parte, que el deslizamiento de la violen­cia a la sexualidad, y de la sexualidad a la violencia, se efectúa con gran facilidad, en ambos sentidos, incluso en las personas más «normales» y sin que sea necesario invocar la menor «perversión». La sexualidad con­trariada desemboca en la violencia. Las peleas de enamorados, a la inversa, terminan en el abrazo. Las recientes investigaciones científicas confirman en muchos puntos la perspectiva primitiva. La excitación sexual y la vio-

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