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El Sacrificio 37

serlo. Eso no significa que la religión primitiva esté sujeta al tipo de «confusión» de que la acusaron en sus tiempos un Frazer o un Lévy-Bruhl. La asimilación de las enfermedades contagiosas y de la violencia bajo todas sus formas, uniformemente consideradas, también ellas, como contagiosas, se apoya en un conjunto de índices concordantes que componen un cuadro de una coherencia extraordinaria.

Una sociedad primitiva, una sociedad que no posea un sistema judi­cial, está expuesta, como se ha dicho, a la escalada de la venganza, a la aniquilación pura y simple que ahora denominamos violencia esencial; se ve obligada a adoptar respecto a esta violencia unas actitudes incompren­sibles para nosotros. Siempre tropezamos con dificultades para entender las cosas por las dos mismas razones: la primera es que no sabemos absoluta­mente nada respecto a la violencia esencial, ni siquiera su existencia; la segunda es que los mismos pueblos primitivos sólo conocen esta violencia bajo una forma casi enteramente deshumanizada, es decir, bajo las apa­riencias parcialmente engañosas de lo sagrado.

Consideradas en su conjunto, por absurdas que puedan parecernos al­gunas de las precauciones rituales dirigidas contra la violencia, no tienen nada de ilusorio. Es lo que ya hemos comprobado, a fin de cuentas, res­pecto al sacrificio. Si la catharsis sacrificial consigue impedir la propaga­ción desordenada de la violencia, es realmente una especie de contagio lo que llega a atajar.

Si echamos una mirada hacia atrás, descubriremos que, desde el prin­cipio, la violencia se nos ha revelado como algo eminentemente comuni­cable. Su tendencia a precipitarse sobre un objeto de recambio, a falta del objeto originariamente apuntado, puede describirse como una especie de contaminación. La violencia largo tiempo comprimida siempre acaba por esparcirse por los alrededores; ¡ay de quien, a partir de aquel momento, quede a su alcance! Las precauciones rituales tienden, por una parte, a prevenir este tipo de difusión y, por otra, a proteger, en la medida de lo posible, a los que se encuentran repentinamente implicados en una situa­ción de impureza ritual, es decir, de violencia.

La menor violencia puede provocar una escalada de cataclismos. Aun­que esta verdad, sin llegar a desaparecer del todo, sea difícilmente visible en nuestros días, al menos en nuestra vida cotidiana, todos sabemos que el espectáculo de la violencia tiene algo de «contagioso». A veces es casi imposible sustraerse a este contagio. Respecto a la violencia, la intolerancia puede revelarse tan fatal, a fin de cuentas, como la tolerancia. Cuando la violencia se hace manifiesta, hay unos hombres que se entregan libremente a ella, incluso con entusiasmo; hay otros que se oponen a sus progresos; pero son ellos, con frecuencia, quienes permiten su triunfo. No existe regla universalmente válida ni principio que consiga resistir. Hay momen­tos en que todos los remedios son eficaces, tanto la intransigencia como el compromiso; existen otros, por el contrario, en que todos son inútiles; no consiguen otra cosa que aumentar el mal que pretenden contrarrestar.

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