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El Sacrificio 36

el suelo que rodea este árbol; la impureza disminuye a medida que nos alejamos del cadáver. Todo ocurre como si, del lugar en que la violencia se ha manifestado y de los objetos que ha afectado directamente, se des­prendieran unas emanaciones sutiles que penetran todos los objetos del en­torno y que tienden a disminuir con el tiempo y con la distancia.

En determinada ciudad ha tenido lugar una terrible matanza. Esta ciu­dad envía unos embajadores a otra. Son impuros; se evita en la medida de lo posible tocarlos, hablarles, o incluso permanecer en su presencia. Después de su marcha, se multiplican los ritos purificadores, las asper­siones de agua lustral, los sacrificios, etc.

Si Frazer y su escuela ven en el miedo del contagio impuro el criterio por excelencia de lo «irracional» y de lo «supersticioso» en el pensamiento religioso, otros observadores, al contrario, lo han convertido prácticamente en una ciencia avant la lettre. Esta perspectiva está basada en unas sor­prendentes coincidencias entre ciertas precauciones científicas y determina­das precauciones rituales.

Existen algunas sociedades en las que una enfermedad contagiosa, la viruela, posee su dios especial. Durante toda la duración de su enferme­dad, los enfermos están consagrados a ese dios; viven aislados de la co­munidad y confiados al cuidado de un «iniciado» o, si se prefiere, de un sacerdote del dios, o sea de un hombre que ha contraído anteriormente la enfermedad y ha sobrevivido a ella. Este hombre participa ahora de la fuerza del dios, está inmunizado contra los efectos de su violencia.

Es fácil imaginar como, impresionados por ejemplos de ese tipo, al­gunos intérpretes han creído descubrir, en el origen de la impureza ritual, una intuición vaga pero real de las teorías microbianas. Se rechaza, gene­ralmente, este punto de vista bajo el pretexto de que no todos los esfuer­zos, muy al contrario, para protegerse de la impureza ritual van en el mismo sentido que la higiene moderna. Esta crítica es insuficiente; no nos impide comparar, en efecto, las precauciones inútiles con una medicina todavía balbuciente, pero ya parcialmente eficaz, la del siglo pasado por ejemplo.

La teoría que ve en el terror religioso una especie de pre-ciencia, apun­ta a algo interesante pero tan parcial y fragmentario que tenemos que calificar de falso. Dicha teoría sólo podía nacer en una sociedad y en un medio en el que la enfermedad aparece como la única fatalidad que sigue pesando sobre el hombre, la última amenaza a domeñar. En la idea pri­mitiva de contagio es más que evidente que no está ausente la enferme­dad epidémica. En el cuadro de conjunto de la impureza ritual no cabe duda de que aparece la enfermedad, pero sólo constituye una parcela más. Nosotros aislamos esta parcela por ser la única en que el concepto mo­derno y científico de contagio, exclusivamente patológico, coincide con la noción primitiva, que tiene una extensión mucho mayor.

En la perspectiva religiosa, el terreno en que el contagio sigue siendo real para nosotros no se diferencia de los terrenos en que ha dejado de

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