El Sacrificio 34

Eso es, sin duda, lo que procuran exorcizar las aparentes extravagancias de las costumbres primitivas y de la violencia religiosa.

Detrás del extraño rechazo de tocar físicamente el anatema, en el universo griego, especialmente, hay un temor análogo, sin duda, al que

motiva la costumbre chukchi. Causar violencia al violento es dejarse con‑

taminar por su violencia. Se arreglan para situar el anatema en una situa­ción tal que no pueda sobrevivir; nadie, a no ser él mismo, será directa‑

mente responsable de su muerte, nadie le causa violencia. Se abandona al desdichado solo, sin víveres, en pleno mar o en la cima de una mon­taña, se le obliga a arrojarse de lo alto de un acantilado. La exposición de los niños maléficos obedece, según parece, a una preocupación del mis­mo tipo.

Todas estas costumbres nos parecen absurdas, poco razonables, cuando están lejos de carecer de razones y estas razones obedecen a una lógica

coherente. Se trata siempre de concebir y de ejecutar una violencia que

no resulte a las violencias anteriores lo que un eslabón más, en una ca­dena, es a los eslabones que le preceden y a los que le siguen; se piensa en una violencia radicalmente distinta, en una violencia realmente decisiva

y terminal, en una violencia que ponga fin, de una vez por todas, a la violencia.

Los primitivos se esfuerzan en romper la simetría de las represalias al nivel de la forma. Contrariamente a nosotros, perciben perfectamente la

repetición de lo idéntico e intentan ponerle un final a través de lo dife‑

rente. Los modernos, en cambio, no temen la reciprocidad violenta. Esta es la que estructura cualquier castigo legal. El carácter aplastante de la in‑

tervención judicial le impide ser un primer paso en el círculo vicioso de las represalias. Nosotros ni siquiera vemos lo que asusta a los primitivos en la pura reciprocidad vengativa. A esto se debe que se nos escapen las razones del comportamiento chukchi o las precauciones con respecto al anatema.

Es evidente que la solución chukchi no se confunde con la venganza, pero tampoco con el sacrificio ritual o con el castigo legal. Y, sin embar‑

go, no es ajena a ninguno de estos tres fenómenos. Se sitúa en un lugar en el que la venganza, el sacrificio y el castigo legal parecen coincidir. Si ninguno de los pensamientos actuales es capaz de pensar estos mismos fenómenos como susceptibles de coincidir, no hay que esperar de ellos mucha luz sobre los problemas que nos interesan.

Cabe leer en la costumbre chukchi un gran número de implicaciones psicológicas, de interés limitado. Cabe pensar, por ejemplo, que al no eje­cutar al culpable sino a uno de sus allegados, los chukchi quieren mos­

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