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El Sacrificio 33

No debemos refugiarnos aquí en un determinado tipo de «mentalidad primitiva» y alegar «una posible confusión entre el individuo y el grupo». Si los chukchi perdonan al culpable no es porque distingan mal la cul­pabilidad; lo hacen, al contrario, porque la distinguen perfectamente. En otras palabras, es en tanto que culpable que éste ha sido perdonado. Los chukchi piensan tener buenas razones para actuar tal como lo hacen y son estas razones las que se trata de descubrir.

Convertir al culpable en víctima sería realizar el mismo acto que exige la venganza, sería obedecer estrictamente las exigencias del espíritu vio­lento. Al inmolar no al culpable sino a uno de sus allegados, se apartan de una reciprocidad perfecta que se rechaza porque es demasiado abierta­mente vengativa. Si la contraviolencia recae sobre el propio violento, participa, por este mismo hecho, de su violencia, y ya no se distingue de ésta. Ya es venganza a punto de desmesurarse, y se lanza a lo mismo que tiene por objetivo prevenir.

No se puede prescindir de la violencia para acabar con la violencia. Pero precisamente por eso la violencia es interminable. Cada cual puede proferir la última palabra de la violencia y así se avanza de represalia en represalia sin que intervenga nunca ninguna conclusión verdadera.

Al excluir al propio culpable de cualquier represalia, los chukchi se esfuerzan en no caer en el círculo vicioso de la venganza. Quieren embro­llar las pistas, de una manera suficiente pero no exagerada, pues preten­den no despojar a su acto de su significación primordial, que es la de una respuesta al homicidio inicial, un auténtico pago de la deuda con­traída por uno de los suyos. Para satisfacer las pasiones provocadas por el homicidio, hay que oponerle un acto que no se parezca demasiado a la venganza deseada por el adversario pero que tampoco difiera excesiva­mente de ella. Un acto semejante se parecerá a un tiempo al castigo legal y al sacrificio, sin confundirse con ninguno de los dos. Se parece al cas­tigo legal en que se trata de una reparación, de una retribución violenta. Los chukchi aceptan el sufrimiento, imponen a los suyos la misma pér­dida violenta que han infligido a otra comunidad. El acto se parece al sacrificio en que la víctima del segundo homicidio no es culpable del pri­mero. Ese es el elemento que nos parece absurdo, ajenos a la razón: ¡no se respeta el principio de culpabilidad! Este principio se nos antoja tan admirable y absoluto que no concebimos que sea rechazado. Siempre que está ausente, imaginamos alguna carencia en la percepción, alguna defi­ciencia intelectual.

Lo que aquí se rechaza es nuestra razón; se rechaza porque coincide con una aplicación demasiado estricta del principio de venganza y, como tal, cargada de peligros futuros.

Al exigir una relación directa entre la culpabilidad y el castigo, cree­mos aprehender una verdad que escapa a los primitivos. Somos nosotros, por el contrario, los que estamos ciegos a una amenaza muy real en el universo primitivo, la «escalada» de la venganza, la violencia desmedida.

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