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El Sacrificio 26

de la comunidad, y siempre se traducen en disensiones y discordias. Cuan­to más aguda es la crisis, más «preciosa» debe ser la víctima.

Podemos ver una señal suplementaria de la acción ejercida por el sacrificio en el hecho de que desaparece en los lugares donde se establece un sistema judicial, en Grecia y en Roma especialmente. Desaparece su razón de ser. Cabe que continúe durante mucho tiempo, sin duda, pero en un estado de forma casi vacía; y nosotros lo recogemos generalmente en dicho estado, lo que refuerza nuestra idea de que las instituciones religiosas no tienen ninguna función real.

La hipótesis adelantada anteriormente se confirma: en las sociedades desprovistas de sistema judicial y, por ello, amenazadas por la venganza, es donde el sacrificio y el rito deben desempeñar en general un papel esen­cial. No debemos decir, sin embargo, que el sacrificio «reemplaza» el sistema judicial. En primer lugar, porque no se puede reemplazar lo que, sin duda, nunca ha existido, y luego porque, a falta de una renuncia vo­luntaria y unánime a toda violencia, el sistema judicial es, en su orden, irreemplazable.

Como minimizamos el peligro de la venganza ignoramos hasta qué punto puede ser útil el sacrificio. Jamás nos preguntamos de qué manera las sociedades carentes de penalidad judicial mantienen a raya una violencia que ya no percibimos. Nuestra ignorancia constituye un sistema cerrado. Nada puede desmentirla. No tenemos necesidad de lo religioso para re­solver un problema del que se nos escapa hasta la existencia. De modo que lo religioso nos parece desprovisto de sentido. La solución nos oculta el problema y el desvanecimiento del problema nos oculta lo religioso en tanto que solución.

El misterio que constituyen para nosotros las sociedades primitivas va unido sin duda a esta ignorancia. Este misterio es el responsable de nuestras opiniones siempre extremas respecto a tales sociedades. A veces las consideramos muy superiores, otras, al contrario, muy inferiores a lo que nosotros somos. Es un único e idéntico orden de hecho, la ausencia de sistema judicial, lo que podría provocar muy bien esta oscilación de un extremo a otro, estos juicios constantemente excesivos. Nadie, sin duda, puede juzgar acerca de la mayor o menor cantidad de violencia de los individuos y, con mayor motivo, de las sociedades. Lo que, al contrario, es muy fácil juzgar es que la violencia, en una sociedad carente de siste­ma judicial, no se situará en los mismos espacios y no aparecerá bajo las mismas formas que en la nuestra. De acuerdo con los aspectos que reten­gan nuestra atención, se tenderá a pensar que tales sociedades están aban­donadas a un salvajismo terrorífico o, al contrario, a idealizarlas, a pre­sentarlas como unos modelos a imitar, como los únicos modelos de hu­manidad real.

En esas sociedades, los males que la violencia puede desencadenar son tan grandes, y tan aleatorios los remedios, que el acento recae sobre la prevención. Y el terreno de lo preventivo es fundamentalmente el terreno

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