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El Sacrificio 20

los esclavos, el pharmakos. En la mayoría de las sociedades primitivas, los niños y los adolescentes que todavía no han sido iniciados, tampoco perte­necen a la comunidad; sus derechos y sus deberes son casi inexistentes. Nos encontramos, de momento, con unas categorías exteriores o margina­les que jamás pueden establecer con la comunidad unos vínculos análogos a los que establecen entre sí los miembros de ésta. A veces por su calidad de extranjero, o de enemigo, otras por su edad, o también por su condi­ción servil, las futuras víctimas no pueden integrarse plenamente a esta comunidad.

Pero, ¿y el rey?, cabe preguntar. ¿Acaso no es el centro de la co­munidad? Sin duda, pero en su caso es precisamente esta condición cen­tral y fundamental la que le aísla de los restantes hombres, le convierte en un auténtico fuera-de-casta. Escapa a la sociedad «por arriba», de la misma manera que el pharmakos escapa a ella «por abajo». Tiene, ade­más, un asistente, en la persona de su loco o bufón, que comparte con su amo una situación de exterioridad, un aislamiento de hecho que con fre­cuencia se revela más importante en sí mismo que por el valor pOsitivo o negativo, fácilmente reversible, que pueda atribuírsele. Bajo todos los aspectos, el bufón es eminentemente «sacrificable», el rey puede aliviar sobre él su irritación, pero también sucede que el propio rey sea sacrifi­cado, y a veces de la manera más ritual y regular, como en algunas mo­narquías africanas.’

Definir la diferencia entre sacrificable y no sacrificable por la plena pertenencia a la sociedad no es del todo inexacto, pero la definición sigue siendo abstracta y no brinda gran ayuda. Cabe argumentar que, en nume­rosas culturas, las mujeres no pertenecen realmente a la sociedad y sin embargo nunca, o casi nunca, han sido sacrificadas. Este hecho tal vez obedezca a una razón muy simple. La mujer casada conserva unos víncu­los con su grupo de parentesco, al mismo tiempo que se convierte, bajo ciertos aspectos, en propiedad de su marido y del grupo de éste. Inmo­larla significaría siempre correr el peligro de que uno de los dos grupos interprete el sacrificio como un auténtico crimen y se decida vengarlo. Por poco que reflexionemos sobre ello, debemos comprender que el tema de la venganza aporta en este caso una gran luz. Todos los seres sacrificables, trátense de las categorías humanas que acabamos de enumerar o, con mu­cho mayor motivo, de las animales, se diferencian de los no sacrificables por una cualidad esencial, y esto es así en todas las sociedades sacrificiales sin ninguna excepción. Entre la comunidad y las víctimas rituales no apa­rece un cierto tipo de relación social, la que motiva que no se pueda re­currir a la violencia contra un individuo, sin exponerse a las represalias de otros individuos, sus allegados, que sienten el deber de vengar a su pariente.

Para convencerse de que el sacrificio es una violencia sin riesgo de

4. Cf. p. 162.

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