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El Sacrificio 18

En el Ajax de Sófocles, algunos detalles subrayan el estrecho paren­tesco de la sustitución animal y de la sustitución humana. Antes de arro‑

jarse sobre los rebaños, Ajax manifiesta por un instante la intención de sacrificar a su propio hijo. La madre no toma esta amenaza a la ligera y hace desaparecer al niño.

En un estudio general del sacrificio no hay ningún motivo para sepa­rar las víctimas humanas de las víctimas animales. Si el principio de la

sustitución sacrificial está basado en la semejanza entre las víctimas actua‑

les y las víctimas potenciales, no hay por qué temer que esta condición no se cumpla cuando en ambos casos se trate de seres humanos. No es

sorprendente que unas sociedades hayan intentado sistematizar la inmola­ción de algunas categorías de seres humanos a fin de proteger otras ca­tegorías.

No pretendemos minimizar en absoluto la ruptura entre las sociedades en las que se practica el sacrificio humano y aquellas sociedades en las

que no se practica. Sin embargo, esta ruptura no debe disimular los ras‑

gos comunes; a decir verdad, no existe ninguna diferencia esencial entre el sacrificio humano y el sacrificio animal. En muchos casos, a decir ver‑

dad, son sustituibles entre sí. Nuestra tendencia a mantener, en el seno

de la institución sacrificial, unas diferencias que prácticamente carecen de realidad, nuestra repugnancia, por ejemplo, a situar en el mismo plano el

sacrificio animal y el sacrificio humano, no es ajena, sin duda, a la extrema ignorancia que, aún en nuestros días, rodea este aspecto esencial de la cul­tura humana.

Esta repugnancia a considerar conjuntamente todas las formas del sacri­ficio no es nueva. Joseph de Maistre, por ejemplo, después de haber defi‑

nido el principio de la sustitución, afirma brutalmente y sin ningún tipo de explicaciones que este principio no se aplica al sacrificio humano. No se puede inmolar al hombre para salvar al hombre, afirma este autor. Esta opinión entra continuamente en contradicción con la tragedia griega, de manera implícita en una obra como Medea, de manera perfectamente explí­cita, por otra parte, en Eurípides.

Según la Clitemnestra de Eurípides, el sacrificio de Ifigenia, su hija, sería justificable si hubiera sido decretado para salvar vidas humanas. Así, a través de un personaje, el poeta trágico nos aclara la función «normal» del sacrificio humano, la misma que Maistre declara inadmisible. Si Aga­menón, exclama Clitemnestra, hubiera aceptado ver morir a su hija:

«…para evitar el saqueo de la ciudad para servir su casa, redimir sus hijos,

inmolando a uno de ellos para salvar a los demás,

hubiéramos podido perdonarle.

¡Pero no ! He aquí una Elena impúdica…»

Sin excluir jamás de manera expresa el sacrificio humano de sus inves‑

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