Edipo y la víctima propiciatoria 95

De las dos tragedias edipianas de Sófocles se desprende un esquema de transgresión y de salvación con el que se sienten a sus anchas todos los espe­cialistas: reaparece en infinito número de relatos mitológicos y folklóricos, de cuentos de hadas, de leyendas y hasta de obras literarias. Promotor de violencia y de desorden mientras habita entre los hombres, el héroe apa­rece como una especie de redentor tan pronto como es eliminado, y siempre a través de la violencia.

Sucede también que el héroe, incluso sin dejar de ser en muchos casos un transgresor, aparece esencialmente como un destructor de monstruos. Es el caso del propio Edipo en el episodio de la esfinge. El monstruo desem­peña en cierto modo el mismo papel que la peste de Tebas; aterroriza a la comunidad; le exige un tributo periódico de víctimas.

Debemos preguntarnos inmediatamente si la explicación propuesta para el episodio principal del mito de Edipo no es igualmente aplicable a todos estos textos; en otras palabras, si no se trata, en cada ocasión, de las huellas diferenciadas de una misma y única operación, la de la víctima propiciato­ria. En todos estos mitos, en efecto, el héroe atrae hacia su persona una violencia que afecta al conjunto de la comunidad, una violencia maléfica y contagiosa que su muerte o su triunfo convierten en orden y en seguridad.

Hay otros temas que también podrían contribuir a disimular la crisis sacrificial, y su resolución violenta: el tema de la salvación colectiva, por ejemplo, obtenido del dios o del demonio al precio de una víctima única, el tema del inocente, o del culpable, arrojado como pasto a la ferocidad del monstruo o del diablo, entregado a su «venganza», o, al contrario, a su exi­gencia de «justicia».

El mecanismo de la víctima propiciatoria explica los principales temas del mito de Edipo; es tan eficaz en el plano de la génesis como en el de la estructura. Es lo que los análisis anteriores nos han permitido verificar. Pero también comprobamos que este tipo de análisis podría extenderse fácil­mente a una gran cantidad de mitos. Nos vemos obligados a preguntarnos si este mismo mecanismo no revelará ser el resorte estructurante de cual­quier mitología. Y eso no es todo; otra cosa y todavía más esencial está en juego si el engendramiento mismo de lo sagrado, la trascendencia que lo caracteriza, procede de la unanimidad violenta, de la unidad social hecha o rehecha en «la expulsión» de la víctima propiciatoria. De ser así, no son únicamente los mitos los que se cuestionan sino la totalidad de los rituales y de lo religioso.

Por ahora nos imitamos a sostener una simple hipótesis, algunos de cuyos elementos están apenas esbozados e incluso llegan a faltar por com­pleto. En los capítulos siguientes convendrá al mismo tiempo precisar y verificar la hipótesis, hacerla manifiesta, esto es, conferirle un poder expli­cativo que, por ahora, no podemos más que intuir. Entonces sabremos si esta hipótesis es capaz de desempeñar el formidable papel que estamos esbo­zando para ella. Hay que comenzar por preguntarse acerca de la propia

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