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Edipo y la víctima propiciatoria 94

persona de la víctima. Atribuir la conclusión benéfica a esta víctima parece mucho más lógico en la medida en que la violencia ejercida contra ella tenía por objetivo devolver el orden y la paz.

En el momento supremo de la crisis, cuando la violencia recíproca, llegada a su paroxismo, se transforma de repente en unanimidad pacifica­dora, las dos caras de la violencia parecen yuxtapuestas: los extremos se tocan. Esta metamorfosis tiene a la víctima propiciatoria por pivote. Así, pues, esta víctima parece congregar en su persona los aspectos más malé­ficos y más benéficos de la violencia. No carece de lógica ver en ella la encarnación de un juego en el que los hombres quieren y pueden verse completamente extraños, el juego de su propia violencia, juego cuya regla principal, efectivamente, se les escapa.’

No basta con decir que la víctima propiciatoria «simboliza» el paso de la violencia recíproca y destructora a la unanimidad fundadora; es la que garantiza el paso y coincide con él. El pensamiento religioso se ve nece­sariamente impulsado a ver en la víctima propiciatoria —esto es, simple­mente, en la última víctima, la que sufre la violencia sin provocar nuevas represalias— una criatura sobrenatural que siembra la violencia para reco­ger a continuación la paz, un temible y misterioso salvador que hace enfer­mar a los hombres para curarlos después.

Para el pensamiento moderno, el héroe no puede llegar a ser benéfico sin dejar de ser maléfico y viceversa. No ocurre lo mismo con el empirismo religioso que se limita a registrar de la manera más exacta posible todo lo que ha ocurrido, pero sin investigar su razón auténtica. Edipo comienza por ser maléfico y se convierte después en benéfico. No se trata de «exo­nerarle», pues nunca se ha intentado condenarle en el sentido moderno y moralizante del término. No se trata, tampoco, de proceder a una de esas pomposas «rehabilitaciones», cuyo secreto poseen, en nuestra época, aque­llas personas que pretenden haber abjurado de cualquier perspectiva mora­lizante. El pensamiento religioso es demasiado modesto y está demasiado aterrorizado para juzgar las cosas desde tamañas alturas. Se sabe superado. La misteriosa unión de lo más maléfico y de lo más benéfico es un hecho que resulta imposible negar o descuidar, pues interesa a la humanidad en grado superlativo, pero este hecho escapa totalmente al juicio y a la com­prensión humanas. El Edipo benéfico, posterior a la expulsión, predomina sobre el Edipo maléfico anterior a ella, pero no lo anula. ¿Cómo podría anularlo puesto que es la expulsión de un culpable lo que ha provocado la desaparición de la violencia? El resultado confirma la unánime atribución a Edipo de parricidio y del incesto. Si Edipo es salvador, lo es en su cali­dad de hijo parricida e incestuoso.

3. Veremos más adelante que este fenómeno de sacralización es facilitado por los elementos alucinados que aparecen en la experiencia religiosa primordial. Sin embargo, estos elementos no resultan indispensables para la comprensión de los grandes princi­pios de cualquier sistema religioso. La lógica de estos sistemas nos resulta a partir de ahora accesible.

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