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Edipo y la víctima propiciatoria 88

una prueba irrefutable. La convicción tiene un efecto acumulativo, y cada cual deduce la suya de la de los demás bajo el efecto de una mimesis casi instantánea. La firme creencia de todos no exige otra comprobación que la unanimidad irresistible de su propia sinrazón.

La universalización de los dobles, la completa desaparición de las dife­rencias que exaspera los odios, pero, a la vez, los hace completamente inter­cambiables, constituye la condición necesaria y suficiente de la unanimidad violenta. Para que el orden pueda renacer, es preciso que el desorden llegue a su punto máximo; para que los mitos puedan recomponerse, es preciso que estén enteramente descompuestos.

Allí donde unos instantes antes había mil conflictos particulares, mil parejas de hermanos enemigos aislados entre sí, existe de nuevo una comu­nidad, enteramente unánime en el odio que le inspira uno solo de sus miembros. Todos los rencores dispersos en mil individuos diferentes, todos los odios divergentes, convergerán a partir de ahora en un individuo único, la víctima propiciatoria.

La dirección general de la presente hipótesis parece clara. Cualquier comunidad víctima de la violencia o agobiada por algún desastre se entrega gustosamente a una caza ciega del «chivo expiatorio». Instintivamente, se busca un remedio inmediato y violento a la violencia insoportable. Los hombres quieren convencerse de que sus males dependen de un respon­sable único del cual será fácil desembarazarse.

Pensamos inmediatamente, en este caso, en las formas de violencias co­lectivas que se desencadenan espontáneamente en las comunidades en crisis, en los fenómenos del tipo linchamiento, pogrom, «justicia expeditiva», et­cétera. Es revelador que estas violencias colectivas se justifiquen a sí mis­mas, casi siempre, por unas acusaciones de tipo edípico: parricidio, inces­to, infanticidio, etc.

La aproximación sólo tiene un valor limitado, pero basta para iluminar nuestra ignorancia. Ilumina el parentesco secreto de unos textos trágicos aparentemente extraños entre sí. No sabemos hasta qué punto sospechaba Sófocles la verdad cuando escribía Edipo rey. Los textos citados anterior­mente hacen poco creíbles la tesis de una ignorancia tan profunda como la nuestra. Pudiera ser muy bien que la inspiración trágica fuera inseparable de una cierta suspicacia respecto a la génesis verdadera de algunos temas mitológicos. Es posible alegar aquí otras tragedias que Edipo rey, y otros poetas que Sófocles, Eurípides en especial.

Andrómaca es la amante, Hermíone la esposa legítima de Pirro. Ambas mujeres, auténticas hermanas enemigas, sostienen un debate trágico. Su creciente exasperación lleva a la esposa humillada a proferir contra su rival la acusación típica de «parricidio y de incesto», la misma que Tiresias profiere contra Edipo en el mismo momento crucial de otra tragedia:

«¿Hasta dónde has podido llegar, desdichada? Te atreves a dormir con el hijo del hombre que ha matado a tu marido (Pirro,

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