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Edipo y la víctima propiciatoria 87

convertirse en la verdad del mito, en el propio mito. La fijación mítica debe definirse como un fenómeno de unanimidad. Allí donde dos, tres, mil acu­saciones simétricas e invertidas se cruzaban, predomina una sola de ellas, y en torno a ella todo el resto calla. El antagonismo de cada cual contra cada cual es sustituido por la unión de todos contra uno.

¿Qué milagro se ha producido? ¿Cómo es posible que la unidad de la comunidad, completamente deshecha por la crisis sacrificial, pueda recom­ponerse de repente? Nos encontramos en el paroxismo de la crisis; las circunstancias parecen absolutamente desfavorables a esta repentina inver­sión. Es imposible encontrar dos hombres que estén de acuerdo en nada; cada cual se esfuerza en liberarse del peso colectivo descargándolo sobre los hombros de su hermano enemigo. En una comunidad enteramente infla­mada, parece reinar un caos indescriptible. Diríase que ningún hilo con­ductor une todos los conflictos, todos los odios, todas las fascinaciones individuales.

En este instante en que todo parece perdido, en que la sinrazón triun­fa en la infinita diversidad de los sentidos contradictorios, la solución, en cambio, está muy próxima; la ciudad entera se desplazará de golpe hacia la unanimidad violenta que la liberará.

¿De dónde procede esta misteriosa unanimidad? En la crisis sacrificial, todos los antagonistas se creen separados por una diferencia formidable. En realidad, todas las diferencias desaparecen paulatinamente. En todas partes aparece el mismo deseo, el mismo odio, la misma estrategia, la misma ilusión de formidable diferencia en una uniformidad cada vez más total. A medida que la crisis se exaspera, todos los miembros de la comunidad se convierten en gemelos de la violencia. Llegaremos a decir que unos son los dobles de los otros.

En la literatura romántica, en la teoría animista de la religiosidad primi­tiva y en la psiquiatría moderna, el término de doble siempre designa un fenómeno esencialmente imaginario e irreal. En este caso no ocurre lo mismo. Aunque la relación de los dobles suponga unos aspectos alucina­torios de los que trataremos más adelante, no tiene nada de imaginaria; así como tampoco la simetría trágica de la que es la perfecta expresión.

Si la violencia uniforma a los hombres, si cada cual se convierte en el doble o en el «gemelo» de su antagonista, si todos los dobles son idén­ticos, cualquiera de ellos puede convertirse, en cualquier momento, en el doble de todos los demás, es decir, en el objeto de una fascinación y de un odio universales.

Una sola víctima puede sustituir a todas las víctimas potenciales, a todos los hermanos enemigos que cada cual se esfuerza en expulsar, esto es, en todos los hombres sin excepción, en el interior de la comunidad. Para que la sospecha de cada cual contra todos los demás se convierta en la convicción de todos contra uno solo, no hace falta nada o muy poco. El indicio más ridículo, la más ínfima presunción, se comunicará de unos a otros a una velocidad vertiginosa y se convertirá casi instantáneamente en

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