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Edipo y la víctima propiciatoria 86

sonaje se convierte en el muladar de las fuerzas maléficas que asediaban a los tebanos.

El mito sustituye la violencia recíproca esparcida por doquier con la transgresión formidable de un individuo único. Edipo no es culpable en sentido moderno, sino que es responsable de las desdichas de la ciudad. Su papel es el de un auténtico chivo expiatorio humano.

En la conclusión, Sófocles hace pronunciar a Edipo las palabras más adecuadas para tranquilizar a los tebanos, es decir, para convencerles de que nada ha ocurrido en su ciudad de lo cual no sea el único responsable la víctima propiciatoria, y de lo cual no deba ser el único en pagar las consecuencias:

«Confiaos, no temáis: pues estos males míos / nadie de los hombres puede más que yo sufrirlos.» *

Edipo es el responsable por excelencia, tan responsable, a decir ver­dad, que ya no queda responsabilidad para nadie más. La idea de la peste resulta de esta carencia. La peste es lo que resta de la crisis sacrificial cuando ha sido vaciada de toda su violencia. La peste ya nos introduce en el clima de la medicina microbiana del mundo moderno. Sólo hay enfer­mos. Nadie tiene que rendir cuentas a nadie, a excepción, claro está, de Edipo.

Para liberar a toda la ciudad de la responsabilidad que pasa sobre ella, para hacer de la crisis sacrificial la peste, vaciándola de su violencia, hay que conseguir transferir esta violencia sobre Edipo, o más generalmente sobre un individuo único. En el debate trágico, todos los protagonistas se esfuerzan por operar esta transferencia. Como hemos visto, la investigación respecto a Layo es una investigación respecto a la propia crisis sacrificial. Siempre se trata de endosar la responsabilidad del desastre a un individuo concreto, de contestar a la pregunta mítica por excelencia: «¿Quién ha co­menzado?» Edipo no consigue fijar la censura sobre Creonte y Tiresias, pero éstos consiguen perfectamente fijar esta misma censura sobre Edipo. Toda la investigación es una caza al chivo propiciatorio que acaba por dirigirse, a fin de cuentas, contra el que la ha comenzado.

Después de haber oscilado entre los tres protagonistas, la acusación decisiva acaba por fijarse sobre uno de ellos. De igual manera hubiera po­dido fijarse sobre otro, o no fijarse en ninguno. ¿Cuál es el misterioso mecanismo que consiguió inmovilizarla?

La acusación que a partir de ahora pasará por «verdadera» no se dife­renciará en nada de las que pasarán por «falsas», salvo que ninguna voz se levanta ya para contradecir nada de lo dicho. Una versión especial de los acontecimientos acaba por imponerse; pierde su carácter polémico para

* Idem, p. 65. (N. del T.)

 

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