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Edipo y la víctima propiciatoria 84

plicado en el caso en su calidad de dios de las reglas matrimoniales y de todas las diferencias familiares.

«…¡Ah bodas, bodas madres, / que nos sembrasteis y, sem­brándonos, la misma / simiente hacíais luego germinar, y dábais / a la luz hermanos, padres, hijos, todos juntos en sangre, esposas, madres, novias…»

Como se ve, el parricidio y el incesto sólo adquieren su auténtico sen­tido en el seno de la crisis sacrificial y en relación a ella. No es a un indi­viduo concreto o a todos los individuos en general, es a una situación his­tórica determinada, a la crisis de las diferencias que Shakespeare refiere el tema del parricidio en Troilo y Cresida. La reciprocidad violenta culmina en el homicidio del padre: and the rude son shall strike his father dead.

En el mito de Edipo, al contrarío —no decimos en la tragedia—, el parricidio y el incesto parecen sin relación alguna y sin medida común con ninguna otra cosa, ni siquiera el infanticidio abortado de Layo. Se trata de una cosa aparte, de una enormidad tal que es imposible pensarla con los elementos de simetría conflictiva que la rodean. Se ve en ella un desas­tre al margen de cualquier contexto, que afecta exclusivamente a Edipo bien por accidente, bien porque el «destino» u otros poderes sacros así lo han decidido.

Ocurre con el parricidio y con el incesto exactamente lo mismo que con los gemelos en numerosas religiones primitivas. Los crímenes de Edipo signi­fican el final de toda diferencia, pero llegan a ser, precisamente gracias al hecho de ser atribuidos a un individuo concreto, una nueva diferencia, la monstruosidad exclusiva de Edipo. Cuando debieran afectar a todo el mundo o a nadie, se convierten en el patrimonio de un solo individuo.

Así, pues, el parricidio y el incesto desempeñan en el mito de Edipo exactamente el mismo papel que los restantes motivos míticos y rituales ya considerados en los capítulos anteriores. Disfrazan la crisis sacrificial mucho más que la designan. Es cierto que expresan la reciprocidad y la identidad violenta, pero bajo una forma tan extrema que aterroriza, y para convertirla en el monopolio exclusivo de un individuo concreto; perdemos de vista, en suma, esta misma reciprocidad en tanto que es común a todos los miembros de la comunidad y que define la crisis sacrificial.

Frente al parricidio y al incesto, hay otro tema que también disfraza la crisis sacrificial más que designarla, y es la peste.

Ya hemos hablado de las diferentes epidemias como de un «símbolo» de la crisis sacrificial. Aunque Sófocles haya pensado en la famosa peste del año 430, hay algo más y diferente en la peste de Tebas que la enfer­medad microbiana del mismo nombre. La epidemia que interrumpe todas las funciones vitales de la ciudad no puede ser ajena a la violencia y a la pérdida de las diferencias. El propio oráculo hace la cosa evidente. Atribuye el desastre a la presencia contagiosa de un asesino.

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