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Edipo y la víctima propiciatoria 82

cialistas, de las consecuencias radicalmente subversivas que pudiera tener, para unos y para otros, dicha confrontación.

A esta confrontación pretendemos entregarnos. Nos preguntamos, en verdad, cómo han podido esquivarla hasta ahora los lectores atentos de Edipo rey. En el paroxismo del conflicto trágico, Sófocles ha deslizado en su texto dos réplicas que nos parecen estremecedoras, pues evocan de nuevo la hipótesis que acabamos de sugerir. La próxima caída de Edipo no tiene nada que ver con una monstruosidad excepcional, hay que ver en ella el resultado de la derrota en el enfrentamiento trágico. Edipo responde al coro que le suplica que perdone a Creonte:

«Entiende ahora bien que, cuando tal demandas, / mi muerte buscas o destierro de esta tierra.» *

El coro insiste. Creonte no merece la suerte que su adversario le reser­va. Es preciso permitirle que se aleje libremente. Edipo cede, pero a pesar suyo, y no sin reclamar una vez más la atención del coro sobre el carácter de la lucha cuyo desenlace todavía no está decidido. No expulsar o matar al hermano enemigo equivale a condenarse a sí mismo a la expulsión o a la muerte:

«Que él pues se vaya, aunque yo haya de morir sin fallo / o sin honra verme arrojado a la fuerza del país.» **

¿Es posible atribuir estas réplicas a la «ilusión trágica»? Las lecturas tradicionales no pueden hacer otra cosa pero, en tal caso, conviene referir a esta misma ilusión la totalidad de la tragedia y su prodigioso equilibrio. Ya es hora de dar su oportunidad a la visión trágica. Tenemos la oscura sensación de que el propio Sófocles nos obliga a hacerlo.

Y, sin embargo, el propio Sófocles se dispone ahora a soslayarla. La subversión trágica tiene sus límites. Si pone en cuestión el contenido del mito, siempre es de manera sorda e indirecta. Jamás puede ir más allá sin quitarse a sí misma la palabra, sin hacer estallar el marco mítico fuera del cual no existiría.

No disponemos de ninguna guía o modelo; no participamos en ninguna actividad cultural definible. No podemos ampararnos en ninguna disciplina reconocida. Lo que queremos hacer es tan ajeno a la tragedia o a la crítica literaria como a la etnología o al psicoanálisis.

Hay que volver una vez más a los «crímenes» del hijo de Layo. Es exactamente lo mismo ser regicida en el orden de la polis que ser parricida en el orden de la familia. Tanto en un caso como en otro, el culpable transgrede la diferencia más fundamental, más elemental, más imprescripti­ble. Se convierte, literalmente, en el asesino de la diferencia.

* Idem, p. 38. (N. del T.) ** Idem, p. 38. (N. del T.)

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