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Edipo y la víctima propiciatoria 81

siempre se han apañado para decidir una especie de compromiso que disi­mula la contradicción. Nosotros no tenemos ninguna necesidad de respetar los viejos compromisos o de buscar otros nuevos. Tenemos algo mejor que hacer. Hay que seguir la perspectiva trágica hasta el final, aunque sólo sea para ver dónde nos lleva. Tal vez tiene algo esencial que decirnos respecto a la génesis del mito.

Hay que comenzar por volver al parricidio y al incesto, preguntarse acerca de la atribución exclusiva de estos crímenes a un protagonista con­creto. Como hemos visto, la tragedia convierte el homicidio de Layo, al igual que el parricidio y el incesto, en un intercambio de maldiciones trágicas. Edipo y Tiresias se arrojan mutuamente la responsabilidad del desastre que asola la ciudad. El parricidio y el incesto sólo son una variación espe­cialmente complicada de este intercambio de buenas intenciones. No hay ningún motivo, en esta fase, para que la culpabilidad se fije sobre cual­quiera de los dos. Todo es igual por ambos lados. Nada permite decidir; el mito, sin embargo, decidirá y de manera inequívoca. A la luz de la reci­procidad trágica, conviene preguntarse sobre qué bases y en qué condiciones puede decidir el mito.

En este punto, una idea extraña, casi fantástica, cruza necesariamente por nuestra mente. Si eliminamos los testimonios que se acumulan contra Edipo en la segunda parte de la tragedia, podemos imaginarnos que, lejos de ser la verdad que cae del cielo para fulminar al culpable e iluminar a todos los mortales, la conclusión de mito no es más que la victoria camuflada de una parte sobre la otra, el triunfo de una lectura polémica sobre su rival, la adopción por la comunidad de una versión de los acontecimientos que sólo pertenece en un principio a Tiresias y a Creonte, y que a continuación pertenece a todos y a nadie, habiéndose convertido en la verdad del propio mito.

El lector pudiera creer, en este punto, que mantenemos extrañas ilu­siones sobre el potencial «histórico» de los textos que comentamos y sobre el tipo de información que razonablemente cabe pedirles. Confío en que no tardará en descubrir que sus temores son infundados. Antes de continuar, sin embargo, hay que detenerse en otro tipo de objeciones que la presente lectura no puede dejar de plantear.

La crítica literaria sólo se interesa por la tragedia; el mito sigue sien­do para ella un dato imprescriptible, que no conviene tocar. La ciencia de los mitos, al contrario, deja a la tragedia de lado; se cree obligada in­cluso a mostrar a su respecto una cierta desconfianza.

Esta división del trabajo se remonta, a decir verdad, a Aristóteles que, en su Poética, nos enseña que el buen autor trágico no toca y no debe tocar los mitos, porque todo el mundo los conoce; debe limitarse a pedirles unos «argumentos». Esta prohibición de Aristóteles nos sigue impidiendo la confrontación de la simetría trágica con la diferencia mítica, y protege, con ello, tanto la «literatura» como la «mitología», y sus respectivos espe‑

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