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Edipo y la víctima propiciatoria 79

Con la entrada en escena de Tiresias, nuestra simetría trágica recibe un mentís categórico. Tan pronto como descubre a este noble personaje, el coro exclama:

«…pues ya éstos/al Santo Adivino traen aquí, ése en quien, sólo/ de entre los hombres, la verdad está arraigada.» *

Nos tropezamos en este caso con el profeta infalible y omnisciente. Posee una verdad acuñada, un secreto prolongadamente urdido y atesorado. Por una vez, triunfa la diferencia. Unas lineas más adelante, sin embargo, se borra de nuevo y reaparece la reciprocidad, más explícita que nunca. El propio Tiresias rechaza la interpretación tradicional de su papel, la misma que acaba de formular el coro. En respuesta a Edipo que le interro­ga con ánimo de burla respecto al origen de sus dones proféticos, él niega poseer ninguna verdad que no proceda de su propio adversario:

EDIPO. — ¿De quién la sabes [la verdad]?: Que lo que es de tu arte, no.

TIRESIAS. — De ti, pues tú me forzaste a hablar mal-de-mi­grado.**

Si nos tomamos estas líneas en serio, la formidable maldición que Ti­resias acaba de arrojar a la cabeza de Edipo, la acusación del parricidio y del incesto, nada tiene que ver con un mensaje sobrenatural. Se nos sugiere otro origen. Esta acusación coincide con la incitación de las repre­salias; se arraiga en el intercambio hostil del debate trágico. Edipo dirige el juego, a pesar suyo, obligando a Tiresias a hablar «mal-de-su-grado». Edipo es el primero en acusar a Tiresias de estar relacionado con la muerte de Layo; obliga a Tiresias a volverse contra él, a devolverle su acusación.

La única diferencia entre la acusación y la contraacusación es la para­doja que sustenta esta última; esta paradoja podría constituir una debilidad pero se transmuta en fuerza. Al «tú eres culpable» de Edipo, Tiresias no se contenta con responder con un mero «tú eres culpable», idéntico y de sentido inverso. Subraya lo que aparece, en su perspectiva personal, como el escándalo de su acusación, el escándalo de una culpabilidad acusadora: «Tú furia a mi dureza inculpas, y la tuya/no ves que habita en ti. Que a mí me la reprochas.» ***

Por supuesto que no todo es falso en esta polémica. Acusar al otro de la muerte de Layo, es verle como único responsable de la crisis sacrificial. Todos son igualmente responsables puesto que todos, como se ha visto, participan en la destrucción del orden cultural. Los golpes que los hermanos

* Idem, p. 24. (N. del T.) ** Idem, p. 27. (N. del T.) *** Idem, p. 26. (N. del T.)

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