El viaje de la psicoterapia a la ficción

 

 

El viaje de la psicoterapia

a la ficción

ESTAMPAS DEL PACIENTE: LOS PRIMEROS PASOS EN LA NARRATIVA

Mis tres últimas publicaciones, un libro de cuentos de terapia y dos novelas, parecen representar un salto radical respecto a mis libros de texto y a mis artículos de investigación empírica publicados en revistas de psiquiatría. De la prosa académica a contar historias, ¡qué transfor­mación! ¿Qué ha sucedido?

La respuesta es menos dramática que la pregunta. No ha habido una transformación repentina, sólo un desarrollo gradual pautado. Las historias me han encantado desde que era un niño, por lo menos des­de el día que cumplí nueve años. Recuerdo vivamente aquel cumplea­ños; yaciendo enfermo en la cama, hinchado con paperas, agradeciendo las visitas de los parientes, la mayoría tías (los tíos estaban totalmente absorbidos por el negocio del colmado). Cada uno me trajo un peque­ño regalo: una peonza, un maravilloso cañón de juguete que disparaba balas de madera, una colección de soldados americanos de juguete (la Segunda Guerra Mundial se asomaba), una cabaña de madera que te­nía chimenea y pequeños troncos de madera cortados y atados, postígos rojos y pequeñas ventanas de celofán (pronto destinadas a ser el objetivo de disparos de balas de madera). Pero ningún presente fue tan intrigante como la edición de La isla del tesoro que me trajo mi tía Leah. Tenía una cubierta de color azul claro y brillante donde apare­cían un ceñudo Long John Silver —con el loro sobre el hombro— y sus piratas remando hacia una isla con el cofre del tesoro visible en la proa del bote.

Tan pronto como se fue ojeé el libro, devoré las ilustraciones, y en­tonces empecé a leer. En unos minutos olvidé del todo mis dolorosas mandíbulas hinchadas; floté desde la pequeña cama empotrada en una esquina del comedor de nuestro apartamento, infestado de olor a pes­cado y ubicado encima del colmado de mi padre, en Firt and Seaton Place, en Washington, D. C., y entré en el mágico mundo de Robert Louis Stevenson.

Me encantó aquel mundo; penetré en él y odié tener que abando­narlo. Tan pronto como acabé de leer el libro volví a la primera página y lo empecé de nuevo. Desde entonces continuamente he leído ficción; nunca he dejado de estar inmerso en una novela. Cada noche antes de ir a dormir (de hecho, desde hace tiempo es un requisito para dormir) penetro en algún mundo ficticio. A mitad de mi adolescencia era cons­ciente de mi enorme gratitud hacia los creadores de estos mundos en­cantados: Dickens, Steínbeck, Thomas Wolfe, James Farrel, Thomas Hardy, Kipling, sir Walter Scott, Melville, Hawthorne. Qué regalos han dejado, para mí, para todo el mundo. Y después, un par de años más tarde, cuando penetré en los incomparables mundos de Dos­toievsky y Tolstoi, llegué a la poderosa convicción, que aún mantengo casi con fervor religioso, de que lo más hermoso que una persona pue­de hacer en la vida es escribir una buena novela.

Durante toda mi infancia y adolescencia, mis padres, Ben y Ruth (o Beryl y Rifke), inmigrantes judíos de un pequeño shtetl de Rusia, tra­bajaron juntos catorce horas al día en su polvorienta tienda de comes­tibles. Cuando obtuvieron la licencia para vender licor, las horas au­mentaron aún más, ya que los viernes y los sábados la tienda seguía abierta hasta medianoche. Nunca vi a ninguno de los dos leer un libro (no tenían ni el tiempo ni ningún tipo de educación secular), pero siempre pareció darles placer el verme leer. Movían la cabeza con apro­bación; algunas veces mi padre venía a acariciarme el pelo y a echar una ojeada, tan sólo por un instante, a mi libro. En una ocasión mi tío Sam (en realidad un primo lejano, pero todos los parientes eran «tíos» y «tías») me explicó que en su juventud mi padre había escrito mara­villosos poemas. A menudo me lo imaginaba sentado en lo alto de un pajar de la campiña rusa intentando escribir poesía. Incluso hoy evoco esa deliciosa imagen. Me encanta pensar que, a través de mí, sus sue­ños se han hecho realidad.

El colmado de mi padre estaba en medio de un barrio negro y po­bre tan inseguro que no osaba pasear demasiado lejos. Por ello pasé gran parte de mi primera infancia solo. La larga reunión del domingo del clan de mis padres —quince o veinte amigos o parientes que ha­bían emigrado del mismo shtetl— atenuaba en parte mi aislamiento pero exigía un alto precio: encasillamiento, conformismo, una estrecha y paranoica mentalidad de gueto. Me sentía ahogado. Necesitaba una salida y sabía cuál era el camino. Semana tras semana, año tras año, iba y volvía en bicicleta con las alforjas repletas de libros a reventar a la bi­blioteca principal de las calles Siete y K.

Pero años más tarde, cuando llegó la hora de escoger una profe­sión, no esquivé mi ambiente. Mis opciones profesionales eran limita­das —o al menos yo las percibía como limitadas— y la idea de tener la escritura como profesión nunca se presentó como posibilidad: todos los jóvenes brillantes de mi entorno o bien iban a los negocios de sus padres, o iban a la facultad de medicina, o, si eso fallaba, a la facultad de odontología. Tenía la premonición que una carrera de medicina po­día ser una decisión errónea pero por lo menos la facultad de medici­na —y especialmente la de psiquiatría— estaba más cerca de Tolstoi y Dostoievsky de lo que lo estaba el negocio de comestibles de mi padre.

Una vez entré en psiquiatría, mi amor por contar historias desper­tó gradualmente de su sueño y una voz insistió. Por ejemplo, el enfo­que terapéutico que finalmente desarrollé está estrechamente vinculado al proceso creativo, a la lectura y escritura de ficción: lectura porque siempre escucho atentamente la historia única y fascinante de la vida de cada paciente; escritura porque creo, junto a Jung, que la terapia es un acto creativo y el terapeuta eficaz debe inventar una nueva terapia para cada paciente.

En mis textos profesionales he satisfecho mi pasión por contar his­torias introduciendo de forma encubierta pequeños cuentos en el texto mediante estampas de casos: algunas veces un breve párrafo, otras ve­ces una o dos páginas. Los estudiantes que han leído estos textos saben a lo que me refiero. ¿Cuántas veces he oído decir a profesores que les gusta usar mis textos porque los estudiantes disfrutan leyéndolos?

Los estudiantes me han informado sobre varios aspectos llamati­vos de mis escritos profesionales. Aprecian la ausencia de jerga profe­sional (aborrezco especialmente la jerga profesional: ya sea psiquiátri­ca, psicoanalítica, filosófica, postestructuralista, desconstruccionista, o new age, toda esta jerga es igual de oscura y crea una distancia entre el estudiante y el verdadero entendimiento). Los estudiantes me han di­cho que aprecian mi claridad. A lo largo de mi carrera me he hecho la propuesta de no escribir nunca nada que yo mismo no comprenda completamente. Puede parecer un dato poco significativo, pero la lite­ratura profesional está llena de contribuciones en las que autores que van desde Sullivan, Lacan, Fenichel y Klein hasta Boss y Binswanger, suponen de forma un tanto oscura que la claridad lingüística no es esencial, que es posible comunicarse directamente desde el incons­ciente del escritor hasta el del lector. Jamás he creído una sola palabra de esto. Si un lector inteligente y aplicado no puede entender el texto, es error del autor y no del lector.

Pero más allá de la claridad y la ausencia de jerga, creo que las bre­ves historias clínicas que he entramado en mis textos contribuyen en gran medida a su éxito. Los estudiantes desean pagar el precio de so­portar las lecciones de teoría e investigación, si saben que después de la siguiente curva les está esperando una historia atractiva, quizá una o dos páginas más tarde.

Las cuatro estampas de pacientes aquí presentadas ejemplifican varios problemas sobre técnica de terapia de grupo e individual.

La terapia de grupo es especialmente apropiada para los pacientes narcisistas. Aunque la sana autoestima es esencial para el desarrollo del respeto y la confianza en uno mismo, una excesiva autoestima puede crear varios problemas interpersonales, como vemos en este fragmen­to de The Theory and Practice y Group Psychotherapy.

El paciente narcisista generalmente tiene un desarrollo más violento pero más productivo en grupo que en terapia individual. De hecho, la terapia individual proporciona tanta gratificación que el problema central emerge mucho más lentamente: cada palabra del paciente es escuchada; se exami­na cada sentimiento, fantasía y sueño; se le da todo al paciente y se le pide poco.

Sin embargo, en grupo se espera del paciente que comparta el tiempo, que haga un esfuerzo de comprensión, que sienta una empatía hacia los otros pacientes que le invite a ayudarles, que establezca relaciones, que se sienta implicado en los sentimientos de los demás, que reciba una com­pensación constructiva aunque en ocasiones sea crítica. A menudo los pa­cientes narcisistas se sienten vivos cuando están sobre el escenario: juz­gan la utilidad que el grupo les aporta de acuerdo con el tiempo del grupo y del terapeuta que han conseguido en un encuentro. Velan fieramente por su singularidad y a menudo ponen reparos cuando alguien señala similitu­des entre ellos y otros miembros del grupo. Por la misma razón, también reprochan el ser incluidos con los demás miembros en interpretaciones de

conjunto.

Vicky

Una paciente, Vícky, frecuentemente criticaba la terapia de grupo al co­mentar su preferencia por la terapia cara a cara. A menudo apoyaba su opi­nión citando literatura psicoanalítica, crítica con el enfoque de terapia de grupo. Le amargaba tener que compartir tiempo con el grupo. Por ejemplo, un día a tres cuartas partes del tiempo de un encuentro, el terapeuta observó que veía a Vicky y John bajo mucha presión. Ambos admitieron que necesi­taban y querían tiempo en la reunión de ese día. Después de una situación un poco embarazosa, John renunció diciendo que pensaba que su problema po­día esperar a la siguiente sesión. Vicky consumió el tiempo que quedaba de reunión y, en la siguiente sesión, continuó donde lo había dejado. Cuando pa­reció que tenía la intención de ocupar de nuevo toda la reunión, uno de los miembros del grupo comentó que John había dejado su asunto pendiente desde la sesión anterior. Pero el relevo no fue fácil, porque, tal y como el te­rapeuta señaló, sólo Vicky podía ceder ante el grupo, y no parecía tener nin­guna intención de hacerlo cortésmente (se había sumido en un silencio re­sentido).

No obstante, el grupo se dirigió a John, que estaba en medio de una pro­funda crisis vital. John presentó su situación, pero no se avanzó mucho. Justo al final del encuentro, Vicky empezó a llorar en silencio. Los miembros del gru­po, pensando que lloraba por John, se giraron hacia ella. Pero lloraba, dijo, por todo el tiempo que se gastaba en John, tiempo que ella podía haber invertido mucho mejor. Lo que Vicky no pudo apreciar, durante por lo menos un año en el grupo, era que este tipo de incidente no indicaba que podía estar mejor fuera, en una terapia individual. Sino más bien al contrario: el hecho de que ese tipo de dificultades surgieran en grupo era precisamente la razón por la cual la terapia de grupo estaba especialmente indicada para ella.

La apertura personal es una parte esencial del éxito de la psicote­rapia de grupo, y el terapeuta debe estar preparado para tratar todos y, los aspectos que conlleva: cómo fomentarla, cómo minimizar los ries­gos que entraña sincerarse, cómo conducir al grupo hacia una apertu­ra

útil y terapéutica. Este fragmento de The Theory and Practice of Group Psychotherapy ilustra algunos de los principios de la respuesta terapéutica a la apertura personal en la terapia.

El miembro del grupo que acaba de sincerarse sobremanera se enfrenta a un momento de vulnerabilidad y requiere el apoyo de los miembros del grupo y/o del terapeuta. Sin tener en cuenta las circunstancias, ningún pa­ciente debería ser atacado por una importante revelación personal. Un caso clínico lo ilustrará.

Joe

Cinco miembros estaban presentes en una reunión de un grupo formado desde hacía un año. (Dos miembros estaban fuera de la ciudad y uno estaba en­fermo.) Joe, el protagonista de este episodio, empezó el encuentro con una lar­ga e inconexa declaración sobre el hecho de que se sentía incómodo en un gru­po más pequeño. Desde el momento en que Joe había empezado en el grupo, su forma de hablar repelía a los miembros del grupo. A todo el mun­do le parecía pesado escucharlo y ansiaban que dejase de hablar. Pero en re­alidad nadie se había enfrentado honestamente a estos vagos e incómodos sen­timientos sobre Joe hasta este encuentro, cuando, tras unos pocos minutos, Betsy lo interrumpió: «¡Si no grito voy a explotar! No puedo aguantar más! Joe, me gustaría que dejaras de hablar. No soporto escucharte. No sé a quién te estás dirigiendo: quizás al techo, quizás al suelo, pero desde luego a mí no te diriges. Me preocupa cada uno de los demás miembros del grupo. Pienso en ellos. Significan mucho para mí. Odio decir esto, pero por alguna razón, Joe, no me importas».

Aturdido, Joe trató de entender la razón que había detrás de los senti­mientos de Betsy. Otros miembros estaban de acuerdo con Betsy y sugirieron que Joe nunca decía nada personal. Todo era de relleno, algodón azucarado:

nunca revelaba nada importante sobre sí mismo; nunca se relacionaba perso­nalmente con ninguno de los miembros del grupo. Incitado y picado, Joe se atrevió a dirigirse al grupo y a describir sus sentimientos personales hacia cada uno de los miembros.

Pensé que, a pesar de que Joe se había abierto más de lo que lo había hecho anteriormente, aún se mantenía en un territorio cómodo y seguro. Le pregun­té: «Joe, si tuvieras que valorar en una escala del uno al diez en qué profundi­dad te has sincerado, considerando que “uno” representa una conversación de cóctel y “diez” representa lo máximo que jamás podrías imaginarte revelar so­bre ti a otra persona, ¿cómo valorarías lo que has hecho en el grupo los últimos diez minutos?». Pensó en ello un momento y dijo que suponía que se daría a sí mismo un «tres» o un «cuatro». Le pregunté: «¿Qué pasaría, Joe, si te movie­ras uno o dos grados más arriba?».

Meditó un poco y dijo: «Si me moviera un par de grados le diría al grupo que soy alcohólico».

Esto fue una asombrosa muestra de apertura personal. Joe había estado en el grupo durante un año, y nadie —ni yo, ni mi coterapeuta, ni los miembros del grupo— sabíamos nada de ello. Es más, se trataba de una información cru­cial. Durante semanas, por ejemplo, Joe se había lamentado del hecho de que su mujer estaba embarazada y había decidido abortar en lugar de tener un hijo suyo. El grupo estaba desconcertado por el comportamiento de su mujer y en tres semanas llegó a ser muy crítico con ella; algunos miembros se pregunta­ban incluso por qué Joe permanecía casado. El nuevo dato de que Joe era al­cohólico aportaba un eslabón perdido crucial. ¡Ahora el comportamiento de su mujer tenía sentido!

Mi primera reacción fue de enfado. Recordé todas esas horas inútiles en las que Joe había llevado al grupo por sitios imposibles. Tuve la tentación de gritar: «¡Maldita sea, Joe, la de sesiones gastadas hablando de tu mujer! ¿Por qué no nos lo dijiste antes?». Pero éste es justo uno de aquellos mo­mentos en los que hay que morderse la lengua. Lo importante no es que Joe no nos diera antes esa información sino que sí nos la dio ese día. En lugar de castigarlo por haber ocultado la información anteriormente, debía ser animado por haber provocado tal ruptura y por desear arriesgarse en el grupo. La técnica apropiada consistía en apoyar a Joe y facilitarle una ma­yor apertura «horizontal», esto es, una apertura sobre el proceso de aper­tura.

Anteriormente ya he discutido la modificación de la técnica de la terapia de grupo para enfrentarse a la situación clínica especializada. Un paso crucial en esta modificación es la construcción de una serie de metas razonables y factibles. El siguiente episodio, de describe una meta importante de los grupos de terapia con pacientes ingresados.

La duración de la terapia en los grupos de terapia formados por pacien­tes hospitalizados es demasiado breve para permitir a los pacientes trabajar en sus problemas. Pero el grupo puede ayudar de forma eficaz a que los pa­cientes descubran problemas en los que puedan seguir trabajando benefi­ciosamente en la terapia individual en curso, ya sea en su estancia en el hos­pital ya sea en una terapia posthospitalaria. La terapia de grupo señala a los pacientes las áreas en las que hay que trabajar. Al proporcionar un enfoque discreto para la terapia, los grupos de pacientes ingresados aumentan la efi­cacia de otras terapias.

Es importante que los grupos identifiquen los problemas con algún asi­dero terapéutico: problemas que el paciente perciba como circunscritos y maleables (no un problema generalizado, como la depresión o tendencias suicidas, ya que el paciente puede ser muy consciente de tenerlo, pero no ofrecen ningún asidero para la terapia). El grupo es el contexto más apro­piado para ayudar a los pacientes a identificar los problemas que versan so­bre la forma de relacionarse con las otras personas. Ya he mencionado an­teriormente que la terapia de grupo no es una forma eficaz para reducir la ansiedad o para mejorar el pensamiento psicótico o la depresión profunda, pero sí es un escenario de terapia sin igual para instruirse sobre el comporta­miento interpersonal de inadaptación. La historia de Emily puede ser una buena ilustración de este punto.

Emily

Emily era una mujer joven extremadamente aislada. Se quejaba de que siempre era ella la que tenía que tomar la iniciativa para una reunión social. Nunca recibía invitaciones; no tenía amigas cercanas que acudieran a su en­cuentro. Sus citas con hombres siempre se convertían en citas de una sola no­che. Intentaba complacerles yéndose con ellos a la cama, pero nunca llamaban para una segunda cita. La gente parecía olvidarse de ella tan pronto como se la encontraban. A lo largo de las tres sesiones en grupo a las que vino, el grupo le dio coherentes respuestas sobre el hecho de que siempre era agradable, siem‑

pre parecía tener una cortés sonrisa en la cara, y siempre parecía decir lo que

creía que los otros querían oír. En este proceso, sin embargo, la gente siempre perdía pronto la pista sobre quién era Emily. ¿Cuáles eran sus propias opinio­nes? ¿Cuáles eran sus propios deseos y sentimientos? Su necesidad de ser siem­pre complaciente tenía una seria consecuencia negativa: la gente la encontraba aburrida y predecible.

Un dramático ejemplo tuvo lugar en su segundo encuentro, cuando olvidé su nombre y me disculpé por ello. Su respuesta fue: «Es igual, no importa». Su­gerí que el hecho de que no le importara era quizá una de las razones por las que había olvidado su nombre. En otras palabras, si hubiera sido el tipo de per­sona a la que le hubiera importado, o el tipo de persona que expresa sus nece­sidades de forma más abierta, entonces probablemente no habría olvidado su nombre. En las tres sesiones con el grupo, Emily dio muestras de tener un pro­blema básico con consecuencias de gran alcance para sus relaciones en el exte­rior: su tendencia a sumergirse en un intento desesperado y contraproducente

de conseguir el afecto de los demás.

Asumir la responsabilidad —tanto en la vida como en la terapia—es un paso fundamental en el proceso de psicoterapia. Este episodio extraído de Psicoterapia existencial describe algunos de los aspectos del trabajo de terapia con un paciente que se resistía inflexiblemente a dar ese paso.

Un terapeuta que tiene la sensación de estar cargando con todo el peso del paciente, que está convencido de que nada útil ocurrirá en la hora de vi­sita, a no ser que él o ella sea el responsable de ello, lo que ha hecho es per­mitirle al paciente trasladar el peso de la responsabilidad de sus hombros a los del terapeuta. Los terapeutas pueden enfrentarse a este proceso de dis­tintas formas. La mayoría de los terapeutas optan por reflexionar sobre ello. El terapeuta puede comentar que el paciente parece cargarlo todo sobre sus espaldas (las del terapeuta), o que él o ella (el terapeuta) no ve que el pa­ciente esté colaborando activamente en la terapia. O puede hacer comenta­rios sobre la sensación de tener que cargar con todo el peso de la terapia. También puede considerar que no queda otro modo más efectivo de empujar a un paciente lento a la acción que simplemente preguntándole: «¿Para qué vienes?».

Hay varias resistencias típicas por parte de los pacientes frente a estas intervenciones, y se centran en la idea: «No sé qué hacer», o «Si supiera qué hacer, no estaría aquí», o «Ésta es la razón por la que he venido a verle», o «Dígame lo que tengo que hacer». El paciente finge impotencia. A pesar de insistir en que él o ella no sabe qué hacer, de hecho el paciente ha recibido muchas directrices explícitas e implícitas del terapeuta. Pero el paciente no

revela sus sentimientos; no puede recordar sus sueños (o está demasiado cansado para escribirlos o se olvida de dejar papel y lápiz cerca de la cama); el paciente prefiere discutir cuestiones intelectuales, o empezar una discu­sión inacabable con el terapeuta sobre cómo funciona la terapia. El proble­ma, como ya sabe un terapeuta muy experimentado, no es que el paciente no sepa lo que hacer. Cada una de estas tácticas refleja la misma cuestión: el paciente rechaza aceptar la responsabilidad de cambiar, de la misma mane­ra que, fuera de las horas de terapia, él o ella rechaza aceptar la responsabi­lidad de un difícil problema vital.

Ruth

Ruth, una paciente de terapia de grupo, ilustra este punto. Eludía la res­ponsabilidad en todos los ámbitos de su vida. Estaba desesperadamente sola, no tenía amigas íntimas, y todas sus relaciones con hombres habían fracasado porque sus necesidades de dependencia eran demasiado fuertes para sus pare­jas. Más de tres años de terapia individual habían resultado ineficaces. Su te­rapeuta individual decía que Ruth parecía un «peso pesado» de la terapia: no producía más material que sus pensamientos circulares sobre sus dilemas con los hombres, ni fantasías, ni transferencias de material, y ni un solo sueño a lo largo de un período de tres años. Desesperado, su terapeuta individual la había enviado a un grupo de terapia. Pero en el grupo Ruth simplemente retomó su postura de impotencia y pasividad. Pasados seis meses no había trabajado nada en el grupo y no había hecho ningún progreso.

En un encuentro crucial se lamentó del hecho de que no había recibido ayuda del grupo y dio a entender que se preguntaba si ese era el grupo adecua­do o la terapia adecuada para ella.

TERAPEUTA: Ruth, haces aquí lo que haces fuera del grupo. Esperas a que pase algo. ¿Cómo quieres que sea posible que el grupo te sea útil si tú no lo uti­lizas?

RUTH: No sé qué hacer. Vengo aquí cada semana y no pasa nada. No saco nada de la terapia.

TERAPEUTA: Claro que no sacas nada de la terapia. ¿Cómo quieres que pase algo si tú no haces que ocurra?

RUTH: Me he quedado en blanco. No sé qué decir.

TERAPEUTA: Parece importante para ti no saber nunca qué decir o qué hacer. RUTH: (llorando) Dígame qué quiere que haga. No quiero ser así toda mi vida.

Este fin de semana me fui de acampada; todos los demás se encontraban en

el séptimo cielo, el campo estaba en flor, y yo me pasé todo el tiempo en la

más completa miseria.TERAPI iTA: Quieres que te diga lo que tienes que hacer aunque sabes perfecta­mente cómo funcionarías mejor en el grupo.

RUTH Si lo supiera, lo haría.

TERAPEUTA: ¡ Todo lo contrario! Parece que te dé miedo hacer lo que te conviene. RUTH: (sollozando) Estoy otra vez aquí en este jodido sitio. Tengo la cabeza he‑

cha un lío. Tú estás enfadado conmigo. En este grupo no me siento mejor

sino peor. No sé qué hacer.

En este punto el resto del grupo intervino. Uno de sus miembros se unió a Ruth diciendo que él se encontraba en la misma situación. Otros dos dijeron que estaban hartos de su eterna impotencia. Otro comentó, con exactitud, que ya habían habido en el grupo discusiones inacabables sobre cómo podían los miembros participar de forma más efectiva. (De hecho, gran parte del en­cuentro anterior había sido dedicada precisamente a esa cuestión.) Otro le dijo que tenía gran cantidad de opciones. Podía hablar de sus lágrimas, su tris­teza, o sobre lo herida que estaba. O sobre lo capullo que era el terapeuta. O sobre sus sentimientos respecto a cualquiera de los miembros del grupo. Ella ya sabía estas opciones, y todo el mundo sabía que las sabía. «¿Por qué —se preguntaba el grupo—, necesitaba mantener esa postura de impotencia y pseu­do demencia?.

Eso fue un empuje, Ruth explicó que durante las tres últimas semanas mientras iba hacia el encuentro tomaba la resolución de discutir sus sentimien­tos hacia otros miembros del grupo, pero siempre se echaba atrás. Este día dijo que quería hablar de por qué nunca iba a tomar café con el grupo después de los encuentros. A ella le habría gustado pero no lo había hecho porque era rea­cia a intimar con Cynthia (otro miembro del grupo) no fuera que Cynthia, a la que veía especialmente necesitada, la empezase a llamar a mitad de la noche pi­diéndole ayuda. Siguiendo una abierta interacción con Cynthia, Ruth mostró abiertamente sus sentimientos hacia otros dos miembros del grupo y hacia el final de la sesión había avanzado más que durante los seis meses anteriores jun­tos. Lo importante a señalar de este ejemplo es que la afirmación de Ruth — «Dí­game lo que quiere que haga»— era una forma de eludir la responsabilidad. Cuando se le dio el impulso suficiente, supo muy bien lo que tenía que hacer en la terapia. ¡Pero ella no quería saber lo que tenía que hacer! Quería que la ayu­da y los cambios viniesen de fuera. Ayudarse a sí misma, ser su propia madre, le daba miedo; le hacía demasiado consciente de que era libre, responsable y de que estaba básicamente sola.

 

 

EVER Y DAV GETS A LITTLE CLUSER: UN EXPERIMENTO DE TERAPIA Y NARRATIVA

A pesar de las muchas oportunidades que he tenido para introducir na­rrativa clandestinamente en mis escritos profesionales, deseaba expresar mis impulsos creativos de forma más completa y abierta. La oportunidad para ello se presentó por sí sola un día de 1974 cuando Ginny Elkins (un seudónimo) entró en mi despacho. Gínny era una escritora de literatura con talento —una becaria de Stegner en Stanford— que sufría una gran in­hibición. No sólo se había bloqueado para escribir, sino que estaba tan blo­queada para expresarse que de poco podía servirle la terapia de grupo que le ofrecí.

Había decidido dejar el grupo de terapia —se le había acabado la beca y no podía costeárselo— cuando le propuse un experimento inusual. Le ofrecí verla en terapia individual y sugerí que, en lugar de pagarme, escribie­ra un resumen sin censuras, libre y fluido después de cada hora de terapia; en otras palabras, le pedí que expresara por escrito todas las sensaciones y pensamientos que no había verbalizado durante nuestra sesión. Yo, por mi parte, propuse hacer exactamente lo mismo. Es más, sugerí que cada uno entregaría su crónica semanal en sobres cerrados a mi secretaria, y que cada varios meses revisaríamos las notas del otro.

Mi propuesta estaba más que decidida. Tenía muchas razones para ha­cer una petición de ese tipo. En primer lugar, implicaba el tomarse seria­mente la máxima de crear una nueva terapia para cada paciente. Esperaba que la misión de escribir podría no sólo acabar con el bloqueo de mi pa­ciente para escribir, sino animarla a expresarse con más libertad en la tera­pia. Además, quizá, el hecho de que ella leyese mis notas podía mejorar nuestra relación. Tenía la intención de escribir anotaciones sin censura en las que revelaría Mis propias experiencias vividas durante la hora de visita: satisfacciones, frustraciones, distracciones. Posiblemente, si Ginny podía llegar a verme de forma más realista, podría empezar a desidealizarme y a re­lacionarse conmigo sobre una base más humana.

Pero seamos honestos. Tenía otro motivo para mi propio beneficio: este recurso me proporcionó un ejercicio inusual de escritura, una oportunidad para romper mis límites profesionales, para liberar mi voz, para asociar li­bremente sobre el papel, para escribir todo lo que me viniera a la cabeza en los diez minutos posteriores a cada encuentro.

El intercambio de anotaciones cada varios meses fue muy instructivo. Siempre que los participantes en una relación estudian su propia interac­ción (es decir, examinan su propio «proceso») se sumergen con más pro­fundidad en sus encuentros. Cuando ( ;inny y yo leíamos los resúmenes del otro, ocurría precisamente eso: con cada lectura, la terapia se catalizaba.

Las anotaciones producían un efecto Rashomon: aunque habíamos vivi­do la misma hora, la habíamos experimentado de forma muy distinta. Por alguna razón, dábamos valor a partes muy distintas de la sesión. ¿Mis ele­gantes e intelectuales interpretaciones? Jamás las oía siquiera. En cambio valoraba los pequeños actos personales que yo apenas notaba: mis cumpli­dos sobre su ropa, su apariencia o sus escritos, mis torpes disculpas por lle­gar un par de minutos tarde, mis risitas por su tono satírico, mis burlas cuando dramatizaba, mi forma de enseñarle a relajarse.

Más adelante, cuando utilicé los resúmenes de las sesiones en mis clases de Psicoterapia, me sorprendió el intenso interés de los estudiantes en la suce­sión de resúmenes. Mi esposa, especialista en literatura y una editora ex­celente, consideraba que los resúmenes se podían leer como una novela epistolar. Sugirió publicar las notas como un libro y se ofreció a editarlas. (La edición de las anotaciones de las sesenta sesiones consistió en pulirlas y aclararlas. No se añadió nada: en general permanecieron como se habían es­crito por primera vez.)

Ginny se entusiasmó con el proyecto; acordamos que cada uno escribi­ría un prólogo y un epílogo y que compartiríamos los derechos de autor por igual. El libro fue publicado en 1974 bajo el título de Every Day Gets a Lit­tle Closer. Mirando hacia atrás el subtítulo, A Twice-Told Therapy, habría sido más adecuado, pero a Ginny le encantaba la vieja canción de Buddy Holly y siempre había querido que la tocaran el día de su boda. A pesar del desafortunado título, el libro se ganó a un pequeño pero fiel público y du­rante los veinte años siguientes se vendieron regularmente de dos a tres ejemplares por día. Ha sido traducido a varios idiomas y en 1994 se hizo una publicación en rústica que ha dado nueva vida al libro.

Este fragmento está compuesto por mi prólogo, el prólogo de Ginny, nuestras anotaciones de la tercera sesión, y los párrafos finales de mi epilogo.

Prólogo del doctor Yalom

Siempre me descoloca encontrar viejas agendas de visita llenas de nom­bres medio olvidados de pacientes con los que he tenido las experiencias más tiernas. Tantas personas, tantos buenos momentos. ¿Qué ha sido de ellos? Mis numerosos armarios de archivos dispuestos en hileras, los mon­tones de cintas de grabaciones a menudo me recuerdan un inmenso cemen­terio: vidas comprimidas en carpetas clínicas, voces atrapadas en bandas

electromagnéticas representando silenciosamente y eternamente sus dra­mas. Vivir con estos monumentos me imbuye de un agudo sentido de lo efí­mero. Incluso cuando me encuentro sumergido en el presente, siento la mi­rada y la espera del espectro de la descomposición: una descomposición que en última instancia derrotará a la experiencia vivida pero que, por su inexorabilidad, proporciona patetismo y belleza. El deseo de relatar mi ex­periencia con Ginny es muy imperioso; estoy intrigado por la oportunidad de evitar la descomposición, de prolongar el espacio de nuestra breve vida conjunta. Es mucho mejor saber que existirá en la mente del lector, en lugar de hacerlo en un abandonado almacén lleno de anotaciones clínicas no leí­das y cintas electromagnéticas no escuchadas.

La historia empieza con una llamada de teléfono. Un hilo de voz me dijo que se llamaba Ginny, que acababa de llegar a California, que había asistido a una terapia durante varios meses con un colega mío del este que le había dado mis referencias. Como acababa de llegar de un año sabático en Lon­dres, todavía tenía mucho tiempo libre y quedé con Ginny dos días más tar­de. La encontré en la sala de espera y la conduje de la entrada a mi despa­cho. Yo no podía caminar lo suficientemente despacio; como una esposa japonesa, ella me seguía a unos cuantos silenciosos pasos detrás. No per­tenecía a sí misma, nada pegaba con nada, su cabello, su sonrisa, su voz, su andar, su jersey, sus zapatos, todo parecía haber sido juntado por casuali­dad, y había la inmediata posibilidad de que todo —cabello, andar, extre­midades, tejanos agujereados, calcetines militares, todo— saliera volando por separado. ¿Y qué dejaría? Me pregunté. Quizá sólo la sonrisa. ¡Si no eres bonita, no importa cómo te arregles! Pero curiosamente era atractiva. De alguna manera, en tan sólo unos minutos, se las arregló para hacerme sa­ber que yo sería capaz de hacerlo todo y que ella lo dejaba absolutamente todo en mis manos. A mí no me importó. En ese momento no me pareció una pesada carga.

Cuando habló me enteré de que tenía veintitrés años, era hija de una mujer que en otros tiempos había sido cantante de ópera y de un hombre de negocios de Filadelfia. Tenía una hermana cuatro años menor que ella y un don para escribir literatura. Había venido a California porque la habían aceptado, gracias a algunos relatos cortos, en un programa de un año de du­ración de escritura literaria en una facultad cercana.

¿Por qué estaba ahora buscando ayuda? Decía que necesitaba conti­nuar la terapia que había empezado un año atrás, y de un modo confuso y poco sistemático, enunció gradualmente las principales dificultades de su vida. Además de sus demandas explícitas, a lo largo de la entrevista recono­cí varias áreas mucho más problemáticas.

En primer lugar, su autorretrato, expuesto rápidamente y jadeando, con atractivas metáforas ocasionales que puntualizaban la letanía de su odio ha­cia sí misma. Es masoquista en todos los aspectos. Toda su vida ha desaten­dido a sus propias necesidades y placeres. No tiene ningún respeto hacia sí misma. Se siente como un espíritu incorpóreo: como un canario gorjeador brincando de acá para allá de un hombro a otro, mientras camina con sus amigos por la calle. Cree que sólo es interesante para los demás como sus­tancia etérea.

No tiene ningún juicio sobre sí misma. Dice: «Tengo que prepararme para estar con la gente. Planifico lo que voy a decir. No tengo sentimientos espontáneos: sí que los tengo, pero encerrados en alguna pequeña jaula. Siem­pre que salgo tengo miedo y debo prepararme». No reconoce o no expresa sus enfados. «Estoy llena de compasión por la gente. Soy ese cliché andante de: “Si no puedes decir nada bueno sobre la gente, no digas nada”». Sólo re­cuerda haberse enfadado una vez en su vida adulta: años atrás le chilló a un compañero de trabajo insolente y marimandón. Después estuvo temblando durante horas. No tiene derechos. No se le ocurre enfadarse. Está tan abso­lutamente absorbida por gustar a los demás que nunca piensa en pregun­tarse a sí misma si los demás le gustan a ella.

Está consumida por su autodesprecio. Una pequeña voz interior la in­sulta sin descanso. Si alguna vez se olvida por un momento de sí misma y re­toma la vida de forma espontánea, esta voz que le destroza los buenos mo­mentos la devuelve bruscamente a su nicho de timidez. En la entrevista no se permitió ni un solo comentario sobre algo que la hiciera sentir orgullosa. Tan pronto como mencionó el programa de escritura literaria se apresuró a recordarme que lo había conseguido por pereza; le habían llegado noticias de este programa por habladurías, e hizo la solicitud porque no tenía otros requisitos formales que los de mandar algunos relatos que hubiera escrito en los dos últimos años. Por supuesto, no hizo ninguna referencia a la pre­sunta alta calidad de sus relatos. Su rendimiento literario había menguado gradualmente y en ese momento se encontraba en medio de un grave blo­queo creativo.

Todos su problemas vitales se reflejaban en sus relaciones con los hom­bres. A pesar de que buscaba desesperadamente una relación duradera con un hombre, nunca había sido capaz de mantener una relación de ese tipo. A los veintiún años saltó de una núbil inocencia sexual a relaciones sexuales con varios hombres (no tenía derecho a decir «no») y lamentaba haber en­trado bruscamente en el dormitorio sin haber pasado siquiera por la an­tecámara de la adolescencia de pedir citas y acariciarse. Le gusta estar físi­camente cerca de un hombre pero no puede liberarse sexualmente. Ha

experimentado orgasmos masturbándose, pero la voz interna que la insulta ya se encarga de que raramente alcance el orgasmo en relaciones sexuales.

Ginny raramente mencionaba a su padre, pero la presencia de su madre era enorme. «Soy un pálido reflejo de mi madre», decía. Siempre han esta­do unidas de una forma poco común. Ginny se lo contaba todo a su madre. Recuerda cómo ella y su madre acostumbraban a leer y reírse bastante de las cartas de amor de Ginny. Ginny siempre estaba delgada, le repugnaban muchos alimentos, y durante casi un año al principio de su adolescencia vomitaba con tanta regularidad antes del desayuno que su familia llegó a con­siderarlo corno parte de su rutinario aseo matutino. Siempre comió mucho, pero cuando era muy joven tragaba con mucha dificultad. «Podía comér­melo todo y al final de la comida tenerlo todavía en la boca. Entonces trataba de tragármelo de una sola vez.»

Al final de la hora de visita, estaba muy alarmado por Ginny. A pesar de muchos puntos fuertes —un suave encanto, una profunda sensibilidad, in­teligencia, un sentido del humor muy sofisticado, un don especial para las metáforas— encontré patologías allí donde miraba: demasiado material pri­mitivo, sueños que borraban la frontera entre la realidad y la fantasía, pero sobre todo una extraña confusión, como si las «fronteras del ego» se hubie­ran borrado. Parecía como si se estuviera diferenciando de su madre sin ha­berlo conseguido por completo, y sus problemas de alimentación podían ser un débil y patético intento para liberarse. La vi como si estuviera atra­pada en el terror de una dependencia infantil que requería un abandono de la individualidad —un estancamiento permanente— y, por otra parte, una asunción de una autonomía que, sin un profundo sentido del yo, parecía rí­gida e insoportablemente solitaria.

Raramente me preocupo excesivamente por los diagnósticos. Pero sabía que ella estaba seriamente preocupada y que la terapia sería larga y arries­gada. En ese momento estaba preparando una terapia de grupo que mis es­tudiantes iban a observar como parte de su programa de prácticas, y como mi experiencia en grupos de terapia con personas que tienen problemas si­milares a los de Ginny ha sido buena, decidí ofrecerle un sitio en el grupo. Ella aceptó la recomendación un poco a regañadientes; le gustaba la idea de estar con otros pero tenía miedo de convenirse en la niña del grupo y no po­der contar nunca sus pensamientos íntimos. Ésta es una de las suposiciones típicas de los pacientes que se enfrentan por primera vez a un grupo de tera­pia, yo le aseguré que, a medida que su confianza en el grupo se desarrolla­ra, sería capaz de compartir sus sentimientos con los demás. Desafortunada­mente, como veremos, la predicción que tuvo sobre su comportamiento fue del todo acertada.

Además de mi consideración práctica de formar un grupo y buscar pa­cientes, tenía mis reservas en tratar a Ginny individualmente. Concreta­mente, me sentía tan intranquilo por su admiración hacia mí, que era como si, de improviso, un manto me cubriera tan pronto como entraba en mi des­pacho. Consideren el sueño que tuvo la noche anterior a nuestro primer en­cuentro: «Tenía una diarrea muy fuerte y un hombre iba a comprarme una medicina que tenía escrito “con receta médica” en la etiqueta. Yo pensé que tenía que comprar Kaopectate porque era más barato, pero él quería com­prarme la medicina más cara posible». Parte de su buena consideración ha­cia mí era debida a que su anterior terapeuta me había alabado mucho, los títulos profesionales también influyeron pero el resto de la admiración no sé de dónde venía. Sin embargo, la sobrevaloración era tan extrema que supu­se que podría ser un impedimento para la terapia individual. Participar en un grupo de terapia, razoné, le daría a Ginny la oportunidad de verme a tra­vés de los ojos de muchas personas. Es más, la presencia de un coterapeuta en el grupo le permitiría tener una visión más equilibrada de mí.

Durante el primer mes del grupo a Ginny no le fue nada bien. Cada no­che terribles pesadillas interrumpían su sueño. Soñó, por ejemplo, que sus dientes eran de cristal y que su boca se había vuelto sangre. Otro sueño mostraba algunas de las sensaciones que tenía por el hecho de compartirme con el resto del grupo. «Estaba abatida, tumbada en la playa, y me cogían y me llevaban a un doctor que iba a operarme el cerebro. Las manos del doc­tor estaban sujetas y guiadas por dos miembros del grupo y por ello acci­dentalmente cortaba una parte del cerebro sin tener la intención de hacer­lo.» En otro de sus sueños asistía a una fiesta conmigo y rodábamos juntos por el césped en un juego sexual.

Ginny asistía al grupo religiosamente, raramente se perdió un encuen­tro incluso cuando, un año después, se trasladó a San Francisco, lo cual su­ponía un largo e incómodo traslado en transporte público. A pesar de que Ginny recibió el apoyo suficiente del grupo para defenderse durante ese tiempo, en realidad no hizo ningún progreso. De hecho, pocos pacientes habrían mostrado la perseverancia para continuar durante tanto tiempo en el grupo con tan pocos beneficios. Había razones para creer que Ginny con­tinuaba en el grupo sobre todo para mantener el contacto conmigo. Persistía en la convicción de que yo, y sólo yo, tenía el poder de ayudarla. Repetidas veces los terapeutas y los miembros del grupo hacían esta observación; re­petidas veces notaban que Ginny tenía miedo al cambio ya que una mejora hubiera implicado perderme. Sólo permaneciendo en su estado de impo­tencia podía asegurarse mi presencia. Pero no hubo movimiento. Ella per­maneció tensa, apartada y a menudo nada comunicativa con el grupo. Los otros miembros estaban intrigados por ella; cuando sí hablaba, normalmen­te era perceptiva y ayudaba a los demás. Uno de los miembros del grupo se enamoró profundamente de ella, y otros se disputaban su atención. Pero nunca se ablandó; se mantuvo helada de terror y nunca pudo expresar sus sentimientos libremente o interactuar con los demás.

Durante la época de la terapia de grupo, Ginny buscó otros métodos para escapar del calabozo de la timidez que había construido para sí misma. Asistía frecuentemente a Esalen y otros centros locales de desarrollo. Los encargados de estos programas diseñaron una serie de técnicas de confron­tación en un programa de choque para cambiar a Ginny de forma instantá­nea: maratones desnuda para superar su reserva y su ocultación, técnicas psicodramáticas y kárate psicológico para alterar su docilidad y su falta de asertividad, y estimulación vaginal con un vibrador eléctrico para despertar su dormido orgasmo. ¡Todo en vano! Era una excelente actriz y podía asu­mir fácilmente otro papel sobre el escenario. Desafortunadamente, cuando la representación acababa, se desprendía rápidamente de su nuevo papel y se quitaba el disfraz con tanta facilidad como se lo había puesto.

La beca de Ginny en la facultad llegó a su fin, sus ahorros se iban aca­bando y tuvo que encontrar un trabajo. Finalmente, el trabajo de media jor­nada que consiguió provocó una incompatibilidad de horarios irresoluble, y Ginny, después de unas agonizantes semanas de deliberación, avisó que tendría que dejar al grupo. Casi al mismo tiempo, mi coterapeuta y yo ha­bíamos llegado a la conclusión de que era poco probable que sacara benefi­cios del grupo. Quedé con ella para discutir planes futuros. Saltaba a la vis­ta que necesitaba una terapia continuada; aunque estaba más firmemente agarrada a la realidad, las monstruosas pesadillas nocturnas que la desper­taban habían disminuido, vivía con un hombre joven, Karl (del que sabre­mos más cosas más adelante), y había formado un pequeño grupo de ami­gos, a pesar de todo ello todavía disfrutaba de la vida con sólo una pequeña fracción de sus energías. Su demonio interior, la pequeña voz que le destro­zaba los buenos momentos, la atormentaba implacablemente, y continuaba viviendo su vida contra un horizonte de terror y timidez. La relación con Karl, la más íntima que había experimentado jamás, era especialmente una fuente de agonía. A pesar de que él le importaba profundamente, los senti­mientos que él tenía hacia ella estaban tan condicionados que cualquier pa­labra estúpida o cualquier movimiento en falso inclinaría la balanza en su contra. Así pues, extraía pocas satisfacciones del bienestar que compartía con Karl.

Pensé en enviar a Ginny a una terapia individual en una clínica pública de San Francisco (no podía permitirse pagar una terapia en el ejercicio pri­vado), pero me acechaban muchas dudas. Las listas de espera eran largas, en ocasiones los terapeutas no tenían experiencia. Pero el factor principal fue que la fe ciega que Ginny tenía en mí se confabuló con mi ilusión de sal­vador para convencerme de que sólo yo podía salvarla. Además de todo esto, tengo una vena muy testaruda; odio abandonar y admitir que no pue­do ayudar a un paciente.

Así que no me sorprendí a mí mismo cuando me ofrecí a seguir tratan­do a Ginny. Quería, sin embargo, romper la racha. Varios terapeutas habían fracasado en ayudarla y yo buscaba un enfoque que no repitiese los errores de los demás y que, al mismo tiempo, me permitiera sacar partido de la pode­rosa y positiva transferencia de Ginny hacia mí, para beneficio de la terapia. En el Epílogo describo con detalle mi plan terapéutico y el razonamiento teórico que subyace bajo mi enfoque. Por ahora, sólo necesito comentar un aspecto de mi enfoque, una táctica atrevida para proceder, que ha dado por resultado las páginas que siguen. Le pedí a Ginny que, en lugar de pagarme con dinero, escribiera un resumen sincero de cada sesión, que incluyera no sólo sus reacciones frente a lo que se transpiraba sino también una descrip­ción de los acontecimientos subterráneos que tenían lugar, anotaciones de lo que ocurría clandestinamente: todos los pensamientos y fantasías que nunca salían a la luz del trato verbal. Consideré que la idea, novedosa en la práctica psicoterapéutica, al menos hasta donde llegaban mis conocimien­tos, era un feliz hallazgo; en aquellos momentos Ginny estaba tan inerte que valía la pena intentar cualquier técnica que exigiera un esfuerzo y un movi­miento. El bloqueo absoluto que Ginny tenía para escribir, que la privaba de una fuente positiva para tener una mejor consideración de sí misma, hizo aún más atractiva la idea de un procedimiento que exigiera escritos obliga­torios.

Estaba intrigado por el potencialmente poderoso ejercicio de apertura personal. Ginny no podía abrirse a mí, ni a nadie, en un encuentro cara a cara. Ella me veía como infalible, omnisciente, despreocupado, perfecta­mente estable. Me la imaginaba enviándome, en una carta si se quiere, sus escondidos deseos y sentimientos hacia mí. Me la imaginaba leyendo los personales y profundamente falibles mensajes que yo le enviaba. No podía saber los efectos precisos del ejercicio, pero estaba convencido de que el proyecto liberaría algo poderoso.

Sabía que nuestros escritos podían sufrir inhibiciones si éramos cons­cientes de la inmediata y cuidadosa lectura del otro; así que acordamos no leer las crónicas del otro en varios meses. Mi secretaria las guardaría. ¿Arti­ficial? ¿Forzado? Sabía que el ruedo de la terapia y del cambio estaría en la relación que existiera entre nosotros. Confiaba en que si un día pudiéramos sustituir las cartas por palabras cruzadas en el momento, si pudiéramos re­lacionarnos de una forma honesta y humana, entonces todos los demás cam­bios esperados vendrían solos.

Prólogo de Ginny

Yo era una estudiante de sobresaliente en mi instituto de Nueva York. Aunque era creativa, era una cosa secundaria en mi carácter aturdido, como si una monstruosa vergüenza me hubiera golpeado la cabeza. Pasé mi pu­bertad con los ojos cerrados y migrañas. Bastante pronto en mi vida univer­sitaria me jubilé académicamente. Aunque ocasionalmente hacía algún «gran» trabajo, nada me gustaba más que ser un reloj de sol humano, un sueñecito acurrucado al aire libre. Los chicos me asustaban y no tenía nin­guno. Mis pocas relaciones posteriores fueron todas sorpresas. Como parte de mi educación universitaria, pasé un tiempo en Europa trabajando, estu­diando y coleccionando un currículo dramático lleno de anécdotas y ami­gos, pero no de progreso. Lo que podía parecer valor era en realidad una forma de energía nerviosa e inercia. Tenía miedo de volver a casa.

Después de graduarme en la universidad, volví a Nueva York. No podía encontrar trabajo, de hecho no tenía dirección a dónde ir. Mis calificaciones goteaban como el reloj de Dalí, pues me atraía todo y nada al mismo tiem­po. Por casualidad, encontré un trabajo dando clases a niños pequeños. En realidad ninguno de los niños (y había sólo unos ocho) eran alumnos; eran espíritus afines y lo que hicimos fue jugar durante un año.

Mientras estuve en Nueva York tomé clases de actuación: cómo gritar, respirar y leer versos para que sonaran como si emanaran de una corriente sanguínea real. No importaba lo apresuradamente que viviera mis clases y mis amigos, en mi vida había inmovilidad.

Incluso cuando no sabía lo que estaba haciendo, sonreía mucho. Un amigo, sintiéndose presionado contra una optimista redomada, me dijo: «¿Por qué tienes que estar tan contenta?», De hecho, con mis pocos buenos amigos (siempre los he tenido) podía ser feliz; mis faltas parecían pequeñas distracciones comparado con lo fácil y natural que era vivir. Sin embargo, mi sonrisa era sofocante. Mi pensamiento estaba ocupado por un desapaci­ble tiovivo de palabras que giraba constantemente entorno a disposiciones anímicas y ambientes, y en muy pocas ocasiones pasaban a mi voz o a un pa­pel. Tampoco era tan bueno cuando se convertían en hechos.

En Nueva York vivía sola. Mi contacto con el mundo exterior, excepto por las clases y las cartas, era mínimo. Empecé a masturbarme por primeravez, y lo encontré espantoso, sólo porque era algo privado que ocurría en mi vida. El carácter transparente de mis miedos y alegrías siempre me había he­cho sentir ligera y tonta. Un amigo me dijo: «Puedo leerte como un libro». Era alguien como Puck, que no necesitaba ninguna responsabilidad; que nunca hizo nada más serio que vomitar. Y de repente empecé a actuar de forma distinta. Rápidamente empecé a sumergirme en la terapia.

La terapeuta era una mujer y en los cinco meses que estuve con ella, dos veces por semana, intentó borrar la sonrisa de mi cara. Estaba convencida de que todo mi objetivo en la terapia era conseguir que yo le gustara a ella. En las sesiones se ensañó con mi relación con mis padres. Siempre había sido ridículamente amorosa, abierta e irónica.

Tenía miedo de la terapia porque estaba convencida de que mi mente me estaba ocultando algún horrible secreto. Una explicación de por qué sentía mi vida como uno de esos cuadernos de dibujo para niños: cuando le­vantas el papel, las simples y graciosas caras, los garabatos, están todos bo­rrados, sin dejar un sólo trazo. En esa época no importaba cuanto hiciera ni cuantos amigos tuviera, dependía de que los demás me hicieran un lugar y me dieran fuerza, estaba vibrante y al mismo tiempo muerta. ¡Necesitaba su empujón! Nunca podía tomar la iniciativa. Y mi memoria se encontraba so­bre todo en un momento despectivo y funesto.

Progresaba en mi terapia hasta el punto en que ambos, yo y mis senti­mientos, nos llegamos a sentar en el mismo sillón de piel. Entonces, una cir­cunstancia extraordinaria cambió mi vida, o al menos mi residencia. Por un capricho, había hecho la solicitud a un programa de escritura literaria en California y fui aceptada. Mi terapeuta de Nueva York no se alegró de la no­ticia; de hecho, estaba en contra de mi marcha. Me dijo que estaba encalla­da, que no me hacía responsable de mi vida, y que una beca sería totalmen­te inútil para sacarme del bache. Sín embargo, no pude actuar en este asunto como una adulta y escribir a la gente de la beca diciendo: «Por favor, pospongan mi milagroso estipendio mientras intento encontrar mis emo­ciones y sentirme un poco más segura y humana». No, como con todo lo de­más, me abalancé a mi nuevo medio, a pesar de que tenía el temor de que las palabras de mi terapeuta fueran correctas y de que estuviera abando­nándolo todo justo al principio, arriesgando mi vida por un año garantiza­do de sol. Pero no podía rechazar la experiencia, pues esa era mi coartada, mi medio de sentir, mi forma de pensar, de moverme. Siempre el enfoque externo en lugar del camino serio e interior.

Al final mi terapeuta me dio su bendición, convencida de que podía conseguir una ayuda excelente de un psiquiatra de California que conocía. Abandoné Nueva York y, como siempre, algo emocionante había en la partida. NO importa la cantidad de cosas valiosas que has dejado atrás, toda­vía tienes tu energía y tu mirada, y justo antes de partir, mi sonrisa, como un logotipo permanente, volvió a mi cara con la euforia de la reaparición. Con­fié en que el soporte psicológico me estaría aún esperando cuando llegara a California y que no tendría que partir de cero como los niños.

Dado el intenso y heroico trabajo que había hecho en Nueva York con el teatro, la terapia y la soledad, me dirigí a California con todos mis cir­cunscritos y protegidos sentimientos todavía intactos. Era una gran época de mi vida porque tenía un futuro asegurado, además de no tener a ningún hombre con quien intentar una relación, por el cual esforzarme o por el cual ser juzgada, No había tenido novio desde la facultad. Encontré una peque­ña casa de campo con un naranjo en la entrada; nunca pensé en coger na­ranjas hasta que un amigo me dijo que podía hacerlo. Sustituí el tenis por el teatro. E hice mi cuota usual de amiga íntima. En la facultad trabajé correc­tamente, aunque actué como una ingenua.

Fui de un terapeuta al otro nada más llegar a Mountain View.

Encontrándome en un oscilante estado mental, picoteando de Chcjov, Jacques Brel y otras tristezas agridulces, fui a ver por primera vez al doctor Yalom. Las expectativas, que son una parte importante de mi lote, eran enormes, pues él había sido recomendado por mi terapeuta de Nueva York. Como entré en la sala vulnerable y cálida, quizá Bela Lugosi podría haber conseguido los mismos efectos, pero lo dudo: el doctor Yalom era especial.

En aquella primera entrevista con él mi alma se encaprichó. Podía ha­blar sin tapujos; podía llorar, podía pedir ayuda sin sentir vergüenza. Nin­guna recriminación me acompañaría a casa. Todas sus preguntas parecían penetrar a través de mi masa cerebral. En su despacho parecía tener la li­cencia de ser yo misma. Confiaba en el doctor Yalom. Era judío, y ese día, yo también. Parecía familiar y natural sin ser el típico psiquiatra Santa Claus.

El doctor Yalom sugirió que me uniera al grupo que dirigía junto a otro doctor. Era como apuntarse al curso erróneo: yo quería Poesía y Religión en una visita cara a cara y en lugar de eso conseguía un curso puente (y sin nin­gún aliciente). Me envió al codirector del grupo. En mi entrevista prelimi­nar con el otro doctor no hubo lágrimas, ni verdades, sólo el subtexto de la respiración de una grabadora impersonal.

La terapia de grupo es muy dura. Especialmente si la mesa está forma­da de inercia como la nuestra. El grupo de unos siete pacientes y dos doc­tores se reunía entorno a una mesa con un micrófono colgando del techo; en un lado había una pared de espejos como una tela de cristal donde mi cara era atrapada cada vez que se hacía una mirada instantánea. Un grupo dedoctores residentes se sentaba en el otro lado del espejo y miraban a través de él. La verdad es que no me molestaba nada. Aunque soy vergonzosa, soy un poco exhibicionista, así que me transformé para la ocasión y actué como una Ofelia disecada. La mesa y la silla te ponían en una postura que hacía difícil arrancar.

Muchos de nosotros teníamos los mismos problemas: una incapacidad para sentir, enfados sin cuajar, problemas amorosos. Hubo unos cuantos días milagrosos en que alguno de nosotros se encendía y algo ocurría. Pero los límites de tiempo de la hora y media normalmente apaciguaban cual­quier progreso importante. Y a la semana siguiente ya nos habíamos hundi­do en nuestro rigor mortis psicológico habitual.

Empecé a sentirme de nuevo muerta y pretenciosa, así que busqué res­piración artificial en otros grupos de encuentro que eran propios de la zona. Nos reuníamos en exuberantes casas de campo, sobre alfombrillas, o esterillas de esparto, en baños japoneses, a medianoche. Me gustaba más el medio que el contenido. Físicos, bailarines, gente de mediana edad, boxeadores desenmascaraban sus habilidades y sus problemas. Una luz iluminaría el esce­nario y Bob Dylan nos entrenaría desde un radiocasete situado en una es­quina: sabes que algo está pasando, pero no sabes qué es.

Esta forma de teatro con el alma haciendo una representación me atraía. Había lágrimas, gritos, risas y silencio: todo energía. Miedo, auténticas pal­madas en la espalda, y amistad surgían del lodo de la medianoche. Los ma­trimonios se deshacían delante de tus ojos; los trabajos de cuello blanco eran atacados. Me apunté felizmente a estos días de juicios y resurrecciones porque no tenía nada parecido en mi vida.

Algunas veces simplemente te quedabas abatido aunque sin ningún mo­vimiento ascendente, ni salvación. Se suponía que tenías que ser capaz de seguir un ritmo y un compás ritual, del miedo y el pánico a una revelación clamorosa, a una confesión, a una aclamación. Y si esto fallaba se suponía que podías decir: «Bueno, soy imbécil, no tengo esperanza, ¿y qué? Voy a partir de este punto», y a llevar el compás de tus retortijones.

Finalmente, sin embargo, me encontré en una encrucijada entre dos sal­vaciones: el grupo de terapia, compacto, sólido, perezoso, constante, pacien­te, que era igual que mi vida; y los carnavales medievales con la mente y el corazón de los psicodramas. Sabía que el doctor Yalom desaprobaba mis encuentros, y especialmente a uno de los líderes del grupo, que a pesar de tener inspiración y ser brillante no tenía otras credenciales que la magia. En realidad nunca llegué a escoger mi bando y continué con ambas formas de terapia, mientras me iba debilitando por el camino. Finalmente en el grupo de terapia me llegué a sentir como si involucrara la fuerza en mi interior, encerrada en un capullo, como si la agarrara a la silla cada semana, sujeta du­rante una hora y media, y después se fuera. Rechazando nacer.

Los numerosos meses que llevaba en el grupo de terapia me habían hin­chado, pero no hice ningún movimiento para salir de la situación. Mi vida era feliz y como siempre todavía me sentía algo hundida y brumosa. A tra­vés de unos amigos conocería a mi novio llamado Karl, que era inteligente y dinámico. Tenía su propio negocio de libros, negocio en el que colaboré sin aprender otra cosa que a arreglármelas para importunado con mis chistes y sentirme agitada interiormente. Al principio, sin embargo, no me sentía atraída instintivamente hacia él. Había algo en sus ojos que parecía ajeno y feroz. No obstante, a pesar de que tenía muchas dudas, me gustaba estar con él, porque, a diferencia de mis pocos amores anteriores, lo de Karl no fue una locura repentina, no fue alguien al que hubiese escogido a ciegas.

Tras unas terribles semanas de flirteos, nos acostumbramos a una lleva­dera despreocupación. Un día, casi como de pasada, me dijo que sabía de un apartamento en el que podíamos vivir juntos, y me trasladé de Mountain View a la ciudad. Una vez, abrazándome, Karl me dijo que le daba humani­dad a su vida, pero no era muy dado a hacer declaraciones de amor.

Empezamos a vivir juntos sin problemas y disfrutando el uno del otro. Era el principio de nuestra vida en común y estaba llena de frescas nove­dades: cine, libros, paseos, conversaciones, abrazos, comidas; compartía­mos a nuestros amigos y dejamos también de lado a algunos. Recuerdo que por aquel entonces me hicieron un reconocimiento físico en una clínica y escribieron: «Mujer blanca de veinticinco años en un estado de salud ex­celente».

Ya había abandonado el psicodrama, pero la terapia de grupo era un há­bito que no osaba dejar. Como siempre, en lugar de escoger mi propio des­tino, esperaba ver qué ocurría con la terapia. Un día el doctor Yalom me lla­mó y me preguntó si me gustaría asistir a una terapia privada y gratuita con él con la condición de que ambos escribiéramos sobre ella después de las se­siones. Fue una de esas maravillosas llamadas llovidas del ciclo a las que ya estoy acostumbrada. Le dije que sí, sin caber en mí de alegría.

Cuando empecé la terapia como paciente privada del doctor Yalom ya habían pasado dos años desde mi primera y fructífera entrevista con él. Ha­bía sustituido el teatro por el tenis, el buscar a alguien por el estar con al­guien, el experimentar la soledad por el intentar recordarla. En mi interior tenía la sensación de haber omitido mis problemas y de que estarían espe­rándome en la emboscada de la noche, de alguna noche. Los críticos, como mi terapeuta de Nueva York, y los seres queridos, que llevaba conmigo allí donde iba, habrían dicho que había un duro trabajo que hacer. Que habíatriunfado con demasiada facilidad sin merecérmelo, y que Karl, que había empezado a llamarme «nena», en realidad no sabía mi nombre. Intenté que me llamara por mi nombre —Ginny— y siempre que lo hacía mi vida fluía. Algunas veces, sin embargo, por deferencia a mi pelo rubio y a mis nervios, me llamaba la Aprensiva de Oro.

Dieciocho meses de hibernación en el grupo de terapia me habían dejado rebajada y aturdida. Empecé la terapia privada con sólo vagas ansiedades.

TERCERA SESIÓN: NOTAS DEL DOCTOR YALOM

Hoy ha ido mejor. ¿Qué es lo que ha ido mejor? Yo soy el que ha estado mejor. De hecho, hoy he estado muy bien. Es casi como si estuviera haciendo una representación delante de un público. El público que leerá esto. No, creo que esto no es cierto del todo: ahora estoy haciendo exactamente aquello de lo, que acuso a Ginny, es decir, negar los aspectos positivos de mí mismo. Hoy he estado bien para Ginny. He trabajado duro y la he ayudado a llegar a descu­brir algunas cosas, aunque me pregunto si no estaba intentando simplemente impresionarla, intentando hacer que se enamorara de mí. ¡Dios mío! ¿Alguna vez me libraré de ello? No, aún está ahí, debo mantener los ojos abiertos: el tercer ojo, el tercer oído. ¿Para qué quiero que me ame? No es algo sexual —Ginny no despierta un deseo sexual en mí— no, esto no es del todo cierto: sí que lo hace, pero esto no es realmente importante. ¿Será que quiero que Ginny me vea como la persona que cultivó su talento? Algo de eso hay. Algu­na vez me he pillado a mí mismo deseando que se diera cuenta de que algunos de los libros de mis estanterías no eran de psiquiatría, obras de O’Neill, Dos­toievsky. ¡Dios, qué cruz! Lo absurdo que es. Aquí estoy intentando ayudar a Ginny con sus problemas de supervivencia y yo sigo cargado de pequeñas vanidades.

Pensemos en Ginny, ¿cómo ha estado? Hoy iba un poco descuidada. El pelo despeinado, nada en orden, los tejanos gastados, una camisa con un par de remiendos. Ha empezado explicándome la mala noche que había tenido la semana pasada, cuando fue incapaz de llegar al orgasmo, y luego no había po­dido dormir en toda la noche porque temía el rechazo de Karl. Entonces ha empezado a ir atrás para recuperar aquella imagen de sí misma, como un cuerpo de jovencita que, en los primeros años de instituto, acostumbraba a quedarse despierta toda la noche escuchando a las tres de la mañana los can­tos del mismo pájaro, y, de repente, de nuevo estaba yo allí con Ginny, de vuelta a un confuso, brumoso, místico y mágico mundo. Qué atractivo es todo, cómo me gustaría pasearme durante un rato por esa niebla pero… está contraindicado. Eso sería realmente egoísta por mi parte. Así que he atajado el problema. Hemos vuelto al tenia del acto sexual con su novio y hemos ha­blado de algunos factores evidentes que le impiden llegar al orgasmo. Por ejemplo, hay algunas cosas claras que Karl podría hacer para ayudarla a llegar al clímax, pero ella es incapaz de pedírselas, y entonces hemos pasado a su in­capacidad para pedir. Era todo tan obvio que casi pienso que Ginny lo esta­ba haciendo a propósito para dejarme demostrar lo perceptivo y provechoso que puedo ser.

Lo mismo con el siguiente problema. Ha descrito como se encontró en la calle a dos amigos y, como siempre, se puso en ridículo. Lo he analizado con ella, y hemos llegado a algunas áreas que quizá Ginny no se esperaba. Se com­portó con ellos en un encuentro casual en la calle y tal y como ella lo describía, parecía que ellos al alejarse comentaran: «la pobre patética Ginny». Así que le he preguntado, «¿Qué podrías haberles dicho para darles a entender que eres enérgica?». De hecho, le he mostrado que había algunas cosas constructivas que podía haber mencionado. Está ensayando para un grupo de teatro de im­provisación, ha escrito algunas cosas, tiene novio, ha pasado un verano intere­sante en el campo, pero nunca puede decir nada positivo de sí misma porque entonces no provocaría la respuesta de «la pobre patética Ginny», y gran parte de sí misma quiere precisamente esa reacción.

Hace lo mismo conmigo durante la sesión de terapia, como le he señalado. Por ejemplo, nunca me había dicho que es lo suficientemente buena para tra­bajar en un grupo de teatro profesional. Su modestia es un tema bastante om­nipresente, volviendo a su comportamiento en el grupo. Le ha chocado un poco que le dijera que parecía intencionadamente una gandula, que algún día me gustaría verla guapa, incluso hasta el punto de llegarla a peinar. He intenta­do dejar de reflejar su mirada interior autoindulgente, sugiriéndole que quizá su esencia no se encuentra en medio de su vasto vacío interior, que quizá su esencia se encuentra en su exterior, incluso con otras personas. También le he señalado que, aunque le es necesario mirar en su interior para escribir, el hecho de no escribir o no hacer alguna otra forma de creación para evitar la intros­pección es a menudo un ejercicio estéril. Sí que ha dicho que durante la última semana ha escrito bastante. Esto me alegra mucho. Puede ser que esté hacién­dome un regalo, algo que me anticipe una mejora.

He intentado discutir con ella la idea que tiene de lo que yo espero de ella, porque es un auténtico punto ciego para mí. Supongo que tengo grandes ex­pectativas puestas en Ginny; ¿estaré explotando su talento para escribir para que produzca algo para mí? ¿Hasta qué punto no le he pedido que escriba en lugar de pagarme para desviar mi altruismo? ¿Cuánto egoísmo hay en ello? Quiero segun- presionándola para hablar de lo que piensa que estoy esperando de ella; debo seguir concentrándome en ello —la divina y todopoderosa con­tratransferencia— cuanto más la adoro menos la provoco en Ginny. Lo que no debo hacer es llenar su sentimiento de vacío interior con mis propias expecta­tivas de Pigmalión.

;inny es un alma atractiva y encantadora, sí que lo es. Aunque también es un dilema para un doctor. Cuanto más me guste cómo es, más difícil le será cambiar; pero para que tenga lugar un cambio, tengo que mostrarle que me gusta, y al mismo tiempo transmitirle el mensaje de que yo también quiero que cambie.

TERCERA SESIÓN: NOTAS DE GINNY

Si pareciera más natural algo podría pasar. Así que me he dejado las gafas puestas. Aunque podría ser que no pasara nada.

He hablado de la mala noche que pasé el martes como resultado de haber tenido un mal principio de día. La idea que has sugerido y exigido de mi ca­rácter, enérgico y vigoroso, ha sido muy alentadora. Mi idea habitual de «éxi­to» consiste en ver cuánto me he liberado y cuántas cosas difíciles he hecho, como llorar o pensar directamente sin fantasear. Y tú me has empujado en esa

dirección.

Me lo he pasado bien en la sesión y, antes de que pudiera molestarme, he disfrutado de la sensación, del optimismo. Me ha parecido ver alternativas a mi forma de actuar. Y esto ha durado incluso cuando después he ido al campus. Aunque, durante y después de la sesión, obviamente he estado cuestionando este sentimiento optimista. ¿La felicidad de verdad ha de ser más dura? ¿Po­dría acabar con ello como una muchacha enérgica?

He atendido a tu forma de tratarme, como a una adulta. Me pregunto si crees que soy patética o, si no lo crees, si consideras que soy hipócrita, o sim­plemente una vieja revista que leerías en la sala de espera del médico. Tus mé­todos son muy reconfortantes y absurdos. Aún pareces creer que puedes ha­cerme preguntas que responderé amablemente o con perspicacia. Me tratas

con interés.

Creo que durante la sesión fanfarroneo, intentando lucirme. Dejo caer pe­queñas indirectas y hechos autoindulgentes, como que soy bonita (un hecho real estático), como el grupo de teatro, como la buena frase que escribí (pisan­do agua enfrente de tu cara). Sé que son una pérdida de tiempo porque no me hacen ningún bien y son cosas que me pasan por la cabeza cada día con o sin ti. Incluso cuando dices «no te acabo de entender» lo veo como una especie de adulación de mis peores y viejos hábitos de ser elusiva de palabra y de hecho. Y dentro de mí tampoco lo entiendo. Dios sabe que conozco la diferencia en­tre las cosas que digo y las que siento. Y lo que digo la mayoría de las veces no me satisface. Las pocas veces que en la terapia reacciono de forma no premedí­tada, me siento como si estuviera viva eternamente.

Así que la experiencia de ayer fue extraña. Normalmente desconfío de las cosas que se dicen. El típico sermón de padre para animar. Ya me lo hago a mí misma con regularidad.

Pero cuando acabó la sesión no me sentí sin fuerzas, o desilusionada. Tuvo gracia oír hablar de mi pelo y mi forma de vestir. A la manera de mi padre pero no del todo. Por supuesto quizá pienses que Franny vestía bien. Para mí estaba atractiva pero siempre parecía distante. Yo parezco una percha mal torcida con las ropas colgando. Me gusta parecer heroica, como si acabara de hacer algo. Aunque me gustaría no tener un instinto tan misterioso y burlesco para ves­tir. Algunas veces lo intento pero todavía parezco arrastrarme.

La noche después de la sesión no pude dormir nada. Me sentía correr la sangre por las venas y oí como latía mi corazón toda la noche. ¿Sería porque en la sesión no me había liberado o porque no podía esperar a que empezara un nuevo día? Tenía muchas ganas de empezar. Estoy diciendo esto ahora porque no quiero decirlo en la próxima sesión.

Creo que no es bueno para mi ser demasiado tímida en la terapia, decir cosas como: «Estoy sintiendo algo en mi pierna». Probablemente sean baraterías añadi­das que han quedado de mis tardes de conciencia sensorial y que se desvían de la dirección a la que me conduces. Debes estar harto de ellas, castigo, indulgencia.

Fue divertido que dijeras que no puedo hacer una carrera a partir de la es­quizofrenia. (Todavía pienso que la catatonia es una carta que me guardo en la manga.) En cierto sentido esto quita gran parte del romanticismo con el que he estado jugando. Me siento molesta y con carencias y no puedo conectar en las situaciones sociales. Tiene que haber otro camino. Con el doctor M., creo que pensaba que las cosas que decía eran estrafalarias, misteriosas, y que debían ser grabadas por sus matices. Creo que tú sabes que son una mierda. Siempre le veía tomando notas. No sé muy bien lo que hace tu cara excepto que pareces estar ahí sentado esperando algo. Y pareces tener mucha paciencia. No me gus­ta mirar tu cara porque sé que no he dicho nada. Si se iluminara en los mo­mentos incorrectos empezaría a desconfiar de ti.

En estas primeras sesiones creo que puedo ser tan mala como quiera, así después la transición parecerá maravillosa.

Fragmento del epílogo del doctor Yalom

…Tanto tiempo para llegar a la teoría que hay detrás de mi terapia con Ginny, para las técnicas y su razón fundamental. Lo he demorado tanto como he podido. ¿Qué hay del terapeuta, yo, el otro actor de esta obra? En mi despacho me escondo detrás de mí título, mis interpretaciones, mi bar­ba freudiana, mi penetrante mirada, y una actitud de extrema amabilidad; en este libro me he escondido detrás de mis explicaciones, mi diccionario y mis esfuerzos explicativos y retóricos. Pero esta vez he ido demasiado lejos. Si no salgo cortésmente de mi sanctum sanctorum es muy probable que mis colegas y críticos analíticos me arranquen de un tirón.

La cuestión radica, por supuesto, en la contratransferencia. Durante nuestro trayecto juntos, Ginny a menudo se relacionaba conmigo de una forma irracional, sobre la base de una valoración muy poco realista de mí. ¿Pero qué hay de mi relación con ella? ¿Hasta qué punto mis necesidades inconscientes o apenas conscientes dictaban mi percepción de Ginny y mi actitud con ella?

No es del todo cierto que ella fuera la paciente y yo el terapeuta. Lo descubrí por vez primera hace unos cuantos años cuando pasé un año sa­bático en Londres. No tenía el tiempo muy ocupado y había planificado no hacer nada más que trabajar en un libro sobre terapia de grupo. Pero eso no pareció suficiente; empecé a sentirme deprimido, intranquilo y, final­mente, decidí tratar a dos pacientes: más por mi propio bien que por el suyo. ¿Quién era el paciente y quién el terapeuta? Yo estaba más preocu­pado que ellos y creo que me beneficié más yo que ellos de nuestro traba­jo juntos.

Durante quince años he sido un curandero; la terapia se ha convertido en una parte central de la imagen que tengo de mí; me aporta un sentido, di­ligencia, orgullo, autoridad. Así, Ginny me ayudó al permitirme que la ayu­dara. Pero yo tuve que ayudarla mucho, muchísimo. Yo era Pigmalión, y ella mi Galatea. Tenía que transformarla, que triunfar allí donde otros habían fracasado, y triunfar en un sorprendentemente breve período de tiempo. (Aunque las notas de nuestras sesiones pueden parecer extensas, sesenta horas es un tiempo relativamente corto para una terapia.) El milagrero. Sí, lo reconozco, y no silencié en la terapia esta necesidad: la presioné implaca­blemente, expresaba mi frustración cuando ella descansaba o se concentraba durante incluso unas cuantas horas, yo improvisaba continuamente. «Re-ponte —le gritaba—, reponte por tu propio bien, no por el de tu madre o el de Karl, reponte por ti misma.» Pero, muy suavemente, también le decía: «Reponte por mí, ayúdame a ser un curandero, un salvador, un milagrero». ¿Me oía? Apenas me oía yo a mí mismo.

En otro sentido todavía más evidente, la terapia se dirigía a mí. Me con­vertí en Ginny y me traté a mí mismo. Ella era el escritor que yo siempre había querido ser. El placer que sentía leyendo sus frases trascendía toda apreciación estética. Luché para desbloquearla, para desbloquearme a mí mismo. Cuán­tas veces durante la terapia volví veinticinco años atrás, a las clases de inglés del instituto, con la pobre señora Davis leyendo a toda la clase mis redac­ciones en voz alta, volví a mis embarazosas libretas de poesía, a mí nunca empezada novela thomas-wolfiana. Ginny me devolvió a una encrucijada, a un camino que nunca osé emprender por mí mismo. Intenté emprenderlo a tra­vés de ella. «Si Ginny hubiera sido más profunda», me decía a mí mismo.

Porqué se contentaba con la sátira y la parodia? ¡Lo que yo podría haber hecho con su talento!» ¿Me oía?

El paciente-curandero, el salvador, un Pigmalión, el milagrero, el gran escritor no realizado. Sí, todo eso. Y todavía hay más. Ginny desarrolló una fuerte transferencia positiva hacia mí. Sobrevaloraba mi sabiduría, mi fuer­za. Se enamoró de mí. Intenté trabajar con esa transferencia, intenté «tra­bajar a través» de ella, resolviéndola de una forma terapéutica benéfica. Pero también tenía que trabajar en contra de mí mismo. Quiero parecer sabio y omnipotente. Es importante que las mujeres atractivas se enamoren de mí. De este modo, en mi despacho habría muchos pacientes sentados en muchas sillas. Luché contra partes de mí mismo, intentando aliarme a partes de Ginny en un conflicto contra otras partes. Tenía que controlarme continuamente. ¿Cuántas veces me pregunté en silencio: «¿Lo he hecho por mí o por Ginny?». A menudo me sorprendía a mí mismo enzarzándome o a punto de enzarzarme en una seducción que no podía hacer más que fo­mentar la exaltación de Ginny hacia mí. ¿Cuántas veces eludí mi propia mi­rada vigilante?

Yo pasé a ser mucho más importante para Ginny que ella para mí. Con todos los pacientes es así, ¿podría ser de otro modo? Un paciente tiene sólo un terapeuta, un terapeuta, en cambio, tiene muchos pacientes. Y así, Ginny soñaba conmigo, a lo largo de la semana mantenía conversaciones imaginarias conmigo (del mismo modo yo acostumbraba a charlar con mi analista, la vieja Olive Smith —bendito sea su leal corazón—, o se imagina­ba que yo estaba allí, muy cerca de ella, observando cada una de sus acciones). Y todavía hay más sobre el asunto. Verdad es que Ginny raramente entraba en mi vida fantasiosa. No pensaba en ella entre las sesiones, nunca soñé con ella, pero sé que me importaba profundamente. Creo que no me permitía a mí mismo conocer del todo mis sentimientos, por ello, debo reconocer con dificultad estos aspectos de mí mismo. Había muchas claves: mis celos de Karl; mi decepción cuando Ginny se perdía una sesión; mis cómodos y aco­gedores sentimientos cuando estábamos juntos («cómodos» y «acogedores» son las palabras adecuadas: ni claramente sexuales ni de ninguna manera etéreas). Todas estas claves son evidentes por sí mismas, las esperaba y re­conocía, pero lo inesperado fue la explosión de mis sentimientos cuando mi esposa, editora de nuestras anotaciones, se introdujo en mi relación con Ginny. Ya he descrito anteriormente nuestro encuentro en California tras fi­nalizar la terapia. Cuando Ginny se fue, yo estaba malhumorado, difusa­mente irritado, y rehusaba bruscamente las invitaciones de mi mujer a ha­blar de nuestro encuentro. Aunque mis conversaciones telefónicas con Ginny generalmente eran breves e impecablemente profesionales, siempreme incomodaba la presencia de mi mujer en la habitación. Es posible, in­cluso, que de forma ambivalente invitase a mi mujer a entrar en nuestra re­lación para ayudarme en mi contratransferencia. (Aunque no estoy seguro; generalmente es mi mujer quien edita mis trabajos.) Todas estas reacciones son explicables si se llega a la conclusión de que me encontraba en medio de un idilio fuertemente sublimado con Ginny.

La transferencia positiva de Ginny complicó la terapia de muchas for­mas. Ya he escrito anteriormente que ella asistía a la terapia en gran parte para estar conmigo. Mejorar supondría decir adiós. «Y en consecuencia ella permanecía suspendida en una gran tierra baldía y desinteresada, ni tan bien como para perderme, ni tan mal como para conducirme a la frustra­ción.» ¿Y yo? ¿Qué hice para evitar que Ginny me abandonase? Nuestro li­bro ha asegurado que Ginny nunca se convierta en un nombre medio olvidado de mi agenda de visitas o en una voz perdida en una banda electromagnéti­ca. Tanto en un sentido simbólico como real hemos vencido a la descompo­sición. ¿Sería ir demasiado lejos si dijera que nuestro idilio fue consumado en este trabajo compartido?

Añade, pues, Lotarío, amante, a la lista de paciente-curandero, salvador, Pigmalión, escritor no nacido, y todavía hay más que no puedo ver ni veré. La contratransferencia siempre estuvo presente, como un velo de gasa a través del cual intentaba ver a Ginny. Intenté tirar de él con todas mis fuerzas, mi­raba fijamente a través de él, intenté evitar lo mejor que pude que obstruyera nuestro trabajo. Sé que no siempre lo conseguí, ni tampoco estoy convenci­do de que la subyugación absoluta de mi lado irracional, mis necesidades y mis deseos hubiera favorecido la terapia; la contratransferencia, de una for­ma desconcertante, suministró mucha de la energía y humanidad que hicie­ron que nuestra empresa tuviera éxito.

¿Tuvo éxito la terapia? ¿Ha sufrido Ginny un cambio sustancial? ¿O lo que vemos es una «cura por transferencia», donde ella simplemente ha aprendido a comportarse de forma distinta, a apaciguar y contentar al aho­ra interiorizado doctor Yalom? Los lectores tendrán que juzgarlo por sí mis­mos. Estoy satisfecho de nuestro trabajo y me siento optimista por el pro­greso de Ginny. Aún quedan algunas áreas conflictivas, pero las veo con ecuanimidad; hace tiempo que he perdido la sensación de que yo, por ser el terapeuta, tengo que hacerlo todo. Lo importante es que Ginny ya no es de hielo y puede tomar una postura abierta a nuevas experiencias. Tengo con­fianza en su capacidad para seguir cambiando, y mi impresión se apoya en elementos más objetivos.

Ha acabado con su relación con Karl, una relación que, vista retrospec­tivamente, tardaba en madurar por ambas partes; está escribiendo activa‑

mente y, por primera vez, funciona bien en un trabajo de responsabilidad y que constituye un reto (nada que ver con vigilar el patio de un colegio o ha cer de guardia urbano con un cartel); tiene un círculo social y una relacion más satisfactoria con otro hombre. Ya han desaparecido los pánicos noc­turnos, las pesadillas de desintegración, las migrañas, la petrificadora timi­dez y la humildad.

Pero habría estado satisfecho incluso sin estos resultados observables. Me estremezco al confesarlo, porque he dedicado gran parte de mi carrera profesional al riguroso y cuantificable estudio de los resultados en la psico­terapia, es una paradoja difícil de aceptar, y aún más difícil de proscribir. El «arte» de la psicoterapia tiene en mi opinión un doble significado: es «arte» en tanto que la ejecución de la terapia requiere el uso de facultades intui­tivas que no derivan de principios científicos y es «arte» en el sentido keat­siano, en tanto que establece su propia verdad trascendiendo el análisis objetivo. La verdad es una belleza que Ginny y yo experimentamos. Nos co­nocíamos el uno al otro, llegamos a lo más profundo del uno y del otro, y compartimos espléndidos momentos difíciles de obtener.

 

EXECUTIONER: DE HISTORIALES CLÍNICOS A RELATOS CORTOS

Después de que The Therapy and Practice of Group Psychotherapy fuese publicado en 1970, me alisté en las filas de los escritores de libros de texto que se encuentran, para su sorpresa, que han asumido una mi­sión para toda la vida. Aprendí que las exigencias de un escritor de li­bros de texto son severas: me mantuve al corriente de la literatura de la profesión, sin permitir que ningún artículo importante sobre la tera­pia de grupo se escapara de mi alcance; continué con mí propia inves­tigación sobre terapia de grupo; registré los episodios significativos de mi propio ejercicio clínico; e invertí muchos años en preparar revisio­nes: de la segunda, tercera y cuarta edición.

La descripción del trabajo de un profesor y académico universita­rio requiere estar al corriente del área de investigación a la que uno se dedica y continuar contribuyendo de forma significativa en ella. Sabía como hacerlo en el área de la psicoterapia de grupo: era cuestión de continuar con mis investigaciones clínicas y de revisar mi libro de tex­to sobre terapia de grupo. ¿Pero cómo podía contribuir en mi segun­da área de investigación, en la psicoterapia existencial? Era mucho’ .^1,11~ loovelm.

más problemático por una serie de razones. (La falta de ganas nunca fue uno de los factores: aunque era muy conocido en el amplio cam­po de conocimiento de la terapia de grupo, siempre consideré el mun­do de la terapia existencial como mi verdadero hogar.) Más importan­te era el hecho de que la actividad habitual de los profesores médicos —el estudio de investigación empírica— no era posible porque el ob­jeto de estudio del enfoque existencial no es apto para la investigación empírica.

Otra razón era mi incertidumbre sobre cómo escribir acerca de la terapia existencial. Mucho después de que mi estudio Psicoterapia exis­tencial fuera publicado, continué la búsqueda de una comprensión más profunda de las ideas existenciales y la búsqueda de métodos más efectivos para su aplicación en mi práctica terapéutica cotidiana. Leí extensamente importantes obras filosóficas. Asistí como oyente a cla­ses de filosofía y estudios religiosos en Stanford. Di cursos con otros colegas de los departamentos de filosofía e inglés. Centré mi práctica clínica en pacientes que se enfrentaban a problemas existenciales: en­fermedades terminales, la aflicción por la muerte de un ser querido, la crisis de los cuarenta, separaciones, divorcios.

Pensé en revisar Psicoterapia existencial pero finalmente desistí: no había ninguna tradición de estudios en desarrollo, ninguna investiga­ción para revisar y poner al día. Por otra parte, parecía absurdo poner al día un libro que pretendía ocuparse de elementos atemporales de la condición humana.

Tampoco me parecía atractivo el panorama de escribir algún otro estudio profesional. Cada vez empezaba a tener más la sensación de que la prosa formal psiquiátrica o filosófica era inevitablemente ina­decuada para describir el verdadero dilema existencial, la humana, de­masiado humana, de carne y hueso y profunda experiencia subjetiva. Desde que Freud postuló que el psicoanálisis era una ciencia sujeta a las mismas reglas de método y observación que las ciencias naturales, la psicoterapia ha luchado siempre para encajarse a sí misma en este mar­co estructural. Pero los historiales clínicos escritos en un frío y preciso lenguaje científico simplemente fracasan en comunicar la complejidad, la pasión y el dolor de los dilemas emocionales a los que se enfrenta cada ser humano.

Así que empecé a buscar con la mayor seriedad un método más su­gestivo de comunicar estos sentimientos. Mi búsqueda se unió rápidamente a mis inclinaciones literarias y no pasó mucho tiempo antes d que empezara a experimentar con un medio francamente literario. Por supuesto, no soy ni mucho menos el primero en utilizar este método. , Existe una larga lista de pensadores existenciales que decidieron que 1 profunda experiencia que deseaban describir era mejor expresarla a través de la literatura que a través de la prosa formal filosófica: piensen en Camus, Sartre, Unamuno, Kierkegaard, Nietzsche, Ortega y Gas-set, de Beauvoir. En psiquiatría no existen modelos parecidos, más allá de algunos de los casos de Freud y de la colección de cuentos de Ro­bert Lindner sobre la hipnoterapia, The Fifty-Minute Hour, publicada unos cuarenta años antes.

Todas estas consideraciones explicaban la forma y la extensión de mi siguiente proyecto, Love’s Executioner. Al escribir Love’s Executio­ner, tenía dos objetivos: enseñar los fundamentos de un enfoque exis­tencial clínico y expresar mis aspiraciones literarias. Decidí que, en esta obra, invertiría mi estrategia anterior de colar relatos ilustrativos en medio del material teórico: en lugar de ello, le daría al relato el papel principal y dejaría que el material teórico emanara de él.

Tenía abundante material. Desde los ínicios de mi carrera psiquiá­trica he registrado acontecimientos terapéuticos significativos; epifa­nías en el sentido joyciano, esto es, reveladores momentos de lumino­sa comprensión, algún evento, expresión o sueño que contenga una cantidad de información prodigiosa sobre la esencia, el «qué» o el «por­qué», de un estado del ser. Escribo estas notas inmediatamente des­pués de las sesiones de terapia y siempre organizo mis horarios tenien­do en cuenta unos quince o veinte minutos entre cada paciente (en lugar de los tradicionales cinco o diez minutos) especialmente con este propósito.

Mi primer proyecto para Love’s Executioner estaba basado en el modelo de The Lives of a Cell de Lewis Thomas. Este libro, una refle­xiva y armoniosa obra, consiste en una serie de ensayos de tres a cua­tro páginas donde se describe en cada uno de ellos un impresionante fenómeno biológico seguido de una breve discusión de las implica­ciones más amplias que el fenómeno tiene para el comportamiento humano. Esperaba, entonces, hacer algo análogo para la psicoterapia; describiría un evento terapéutico en una o dos páginas y a continua­ción, en las siguientes páginas, exploraría sus implicaciones para la comprensión de la psicoterapia. El conjunto de treinta o cuarenta de estas breves exposiciones constituiría un manuscrito de la extensión de un libro.

Y así empecé un año sabático alrededor del mundo con mí ordena­dor portátil y mis anotaciones. El primer caso iba de un atraco que trau­matizó a una anciana viuda, Elva, y la enfrentó a su propia condición como ser común. Aunque Elva había perdido a su marido dieciocho me­ses antes, en realidad nunca se había hecho a la idea de su muerte. Para resguardarse de todo el impacto de su pérdida, se había escudado en la negación y moraba en un estado intermedio en el que sabía que estaba muerto pero, al mismo tiempo, creía en su prolongada existencia y su ca­pacidad para protegerla de las cosas desagradables de la vida. Entonces llegó la demoledora experiencia del atraco, que la enfrentó a la realidad de la muerte de su marido y de su propia condición efímera.

Ésta era la parte esencial de la historia. Escribí una estampa de tres páginas seguida de una discusión sobre algunos aspectos relevantes del dolor, por ejemplo, cómo la muerte de los demás sirve, si uno no se re­siste a ello, para que uno mismo se enfrente a su propia finitud. Des­cribí también los principales mecanismos psicológicos que empleamos para la negación de la muerte, incluyendo, en el caso de Elva, la creen­cia en un salvador supremo, encarnado en su marido, Albert: en vida había sido cuidadoso, y una vez muerto, era una penetrante presencia que la vigilaba, la protegía y siempre estaba allí para retirarla del bor­de del abismo.

Cuando volví a leer la historia me sentí insatisfecho. Elva era un personaje plano, y requería más redondez, pero cuanto más se la daba más la requería. Incluso cuando ya parecía completamente caracteri­zada, la propia historia parecía truncada y exigía una resolución más completa. Así que añadí otra estampa: una interacción con Elva que tuvo lugar unas cuantas semanas después del atraco. Había estado bro­meando con ella sobre el hecho de que llevara un bolso tan grande y sugerí que muy pronto tendría que ponerle ruedas para poder llevarlo de un sitio a otro. Ella insistió en que necesitaba todo lo que llevaba en él. Dudé de su afirmación y, entonces, tratando los dos de resolverlo, vaciamos su bolso y examinamos cada uno de los objetos que contenía. Este proceso se convirtió en un acto extraordinariamente íntimo; nos acercó más el uno al otro y en último término convenció a Eva de que no había perdido su capacidad para tener una intimidad, incluso en un mundo sin su marido.

Las extrañas palabras que acabo de utilizar —«Elva requería más redondez, la historia exigía»— reflejan con detalle mi experiencia. Des­de el principio tenía la intención de que mis historias fueran orgánicas:

en otras palabras, tenían que evolucionar a medida que eran escritas. Así, la historia tenía un pie en la realidad y otro en la ficción. ¿Era fiel’ a la realidad? Por ejemplo, ¿describí detalladamente el contenido de su bolso? Casi no lo recuerdo. ¿Y qué diferencia hay?

Incluso la selección de las historias fue orgánica. Empecé el libro sin ninguna idea preconcebida de cuál de mis estampas utilizaría, ni en qué orden lo haría, Tampoco sabía, cuando escribía una historia, cuál sería la siguiente que seleccionaría. Tenía la sorprendente experiencia literaria de la iniciativa de mi inconsciente. Cuando me acercaba al fi­nal de una historia, inexplicablemente me venía a la mente otra ráfaga: era como si yo no escogiera la historia sino que la historia me escogía a mí. De hecho, el proceso pronto se invirtió a sí mismo de una forma extraña: la primera aparición en mi mente de la siguiente historia me anunciaba que la que escribía estaba llegando a su fin.

La palabra «orgánico» denota, pues, que la historia crecía de for­ma indeterminada, autónomamente, como sí se estuviera escribiendo a sí misma, Pero todavía me estaban esperando más ejemplos chocantes de la organicidad literaria. Una y otra vez creaba personajes —basados en parte en pacientes pero muy novelados para disfrazar su identi­dad— que eran traviesos, rebeldes, que tomaban vida propia y no se de­jaban encajar en mi esquema para la historia.

Aunque estas afirmaciones —«la historia exigía», «la historia me es­cogía a mí», «los personajes tomaban vida propia»            pueden parecer caprichosas y rebuscadas, describen un fenómeno muy conocido. E. M. Forster señaló: «Los personajes vienen cuando son evocados, pero llegan llenos de un sentido de la rebelión […] “se escapan”, “se te van de las manos”: son creaciones dentro de una creación y a menudo inarmó­nicas respecto a ella; si se les diera una libertad absoluta harían pedazos el libro, pero si estuvieran demasiado controlados, se vengarían mu­riendo, y destrozarían el libro con una descomposición intestinal».’

Se cuenta una historia del novelista del siglo xix Thackeray quien un día salió de su estudio, cansado por las largas horas que llevaba escribiendo. Su mujer le preguntó cómo le había ido el día y él le con‑

testó, «Fatal. Pendenis [uno de sus personajes de ficción] se ha puesto en ridículo y no he podido hacer nada para impedirlo».

Aunque Elva se resistía, me las arreglé, sin embargo, para cerrar su historia («Nunca pensé que pudiera ocurrirme a mí») en ocho páginas (en lugar de las tres o cuatro que había planificado originalmente). Pero con cada una de las historias que me salía bien, acabarlas se me hacía más difícil. Pronto tuve que echar por la borda el escribir de treinta a cuarenta piezas cortas: cada historia exigía más y más espacio. Diez his­torias vinieron a configurar un manuscrito de la extensión de un libro.

También formaba parte de mi plan original escribir un epílogo teórico para cada historia de Love’s Executioner. Pero cada epílogo que escribía parecía artificial e innecesario. Mantuve dos de los epílogos y eliminé los otros ocho: éstos los incorporaría en un extenso prólogo te­órico para el libro.

Pero la editora estaba totalmente en desacuerdo. Phoebe Hoss, mi editora desde hacía tiempo en Basíc Books, insistía en que las historias eran suficientes y en que menos es más. Mantuvimos una larga batalla: cada vez que le enviaba un prólogo ella, con notable coherencia, subraya­ba en rojo del setenta al ochenta por ciento del texto. A la larga entendí que no podía defender que sólo la literatura podía expresar pensamien­tos profundos, inexpresables de otro modo, y al mismo tiempo no res­petar esta idea: tenía que introducir todo lo que quería decir dentro de la narración y no dejar nada para una pedagógica visión de conjunto se­parada de la narración. Finalmente, Love’s Executioner fue publicado con un prólogo de ocho páginas y sin epílogo. Me llevó catorce meses escribir las trescientas páginas de mis diez historias: luché durante cua­tro meses para escribir el prólogo de diez páginas. Pero fue una lucha personal por cruzar una línea divisoria que me permitió abandonar el estilo didáctico y dejar que la historia hablara por sí misma.

En las páginas siguientes se reproducen el prólogo y la segunda historia, «Si violar fuera legal…».

El verdugo del amor: prólogo

Imagínense esta escena: trescientas a cuatrocientas personas, extrañas entre sí, a las que se les dice que formen parejas y que le hagan a su pareja una sola pregunta: «¿Qué quieres?», una y otra vez.

¿Podría haber algo más sencillo? Una pregunta inocente y su respues­ta. Sin embargo, una vez tras otra, he visto como este ejercicio en grupo evoca poderosos sentimientos inesperados. A menudo, en cuestión de mi­nutos, la habitación es sacudida por la emoción. Hombres y mujeres —y para nada personas desesperadas, necesitadas, sino personas triunfadoras, sin problemas, bien vestidas, que brillan al caminar— se conmueven en lo más profundo. Llaman a quienes han perdido para siempre: parientes falle­cidos o ausentes, esposas, hijos, amigos. «Quiero verte otra vez». «Quiero tu amor.» «Quiero saber que estás orgulloso de mí.» «Quiero que sepas que te quiero y lo mucho que siento no habértelo dicho nunca.» «Quiero que vuel­vas; estoy tan solo.» «Quiero la infancia que nunca tuve.» «Quiero tener sa­lud, ser joven de nuevo. Quiero ser amado, respetado. Quiero que mi vida signifique algo. Quiero lograr algo. Quiero importar, ser importante, ser re­cordado.»

Querer tantas cosas. Anhelar tanto. Y tanto dolor, tan cerca de la su­perficie, a sólo unos minutos de profundidad. El dolor por el destino. El do­lor por la existencia. Un dolor que siempre está ahí, zumbando continua­mente justo debajo de la membrana de la vida. Un dolor que es muy fácilmente accesible. Muchas cosas —un simple ejercicio de grupo, unos cuantos minutos de reflexión profunda, una obra de arte, un sermón, una crisis personal, una pérdida— nos recuerdan que nuestras carencias más profundas nunca podrán ser satisfechas: nuestras necesidades de juventud, de interrumpir el envejecimiento, de que vuelvan nuestros seres queridos, de amor eterno, protección, trascendencia, nuestra necesidad incluso de in­mortalidad.

Cuando estas carencias inalcanzables toman posesión de nuestras vidas nos volvemos para pedir ayuda a la familia, a los amigos, a la religión y al­gunas veces a los psicoterapeutas.

En este libro cuento la historia de diez pacientes que le pidieron ayuda a la terapia y en el curso de su trabajo se enfrentaron al dolor existencial. Ésta no era la razón por la que habían venido a pedirme ayuda; al contrario, los diez sufrían problemas habituales de la vida cotidiana: soledad, autodes­precio, impotencia, migrañas, compulsión sexual, obesidad, hipertensión, dolor, una obsesión amorosa aniquiladora, cambios de humor, depresión. Pero de alguna manera («alguna manera» que se revela de forma distinta en cada historia), la terapia dejó al descubierto las raíces profundas de estos problemas cotidianos; raíces que se extendían en la profundidad de la exis­tencia.

«¡Quiero! ¡Quiero!» se oye a lo largo de estos relatos. Una paciente gri­taba: «Quiero que vuelva mi querida hija muerta» mientras descuidaba a susdos hijos vivos. Otro insistía: «Quiero follarme a cualquier tía que vea», mientras su cáncer linfático invadía los sitios más recónditos de su cuerpo. Otro suplicaba: «Quiero los padres, la infancia que nunca tuve», mientras se atormentaba por tres cartas que no conseguía obligarse a abrir. Otra, una mujer anciana, declaraba: «Quiero ser joven para siempre», mientras se ne­gaba a renunciar a un obsesivo amor hacia un hombre treinta años menor que ella.

Creo que la sustancia original de la psicoterapia es siempre este tipo de dolor existencial, y no, como se reivindica a menudo, instintivas pulsio­nes reprimidas o fragmentos de un trágico pasado mal enterrados. En la te­rapia que llevé a cabo con cada uno de estos diez pacientes, mi premisa clí­nica principal —premisa en la que basé toda mi técnica— es que la ansiedad básica surge de los esfuerzos de la persona, conscientes o inconscientes, para enfrentarse con los duros hechos de la vida, los «datos» de la exis­tencia.

He descubierto que cuatro datos de la existencia son especialmente re­levantes para la psicoterapia: la muerte inevitable de cada uno de nosotros y de los seres queridos; la libertad de construir nuestras vidas como quera­mos; nuestro aislamiento último; y, finalmente, la ausencia de todo signifi­cado o sentido evidente de la vida. A pesar de lo inexorables que pueden parecer estos datos de la existencia, contienen las semillas de la sabiduría y la redención. Espero demostrar, en estos diez cuentos de psicoterapia, que es posible enfrentarse a las verdades de la existencia y aprovechar su poder en beneficio del cambio y la maduración personal.

De entre estos datos, la muerte es el más evidente, el más manifiesto in­tuitivamente. A una edad temprana, bastante antes de lo que a menudo se cree, aprendemos que la muerte llegará, y que no hay escapatoria. A pesar de ello, «todo», en palabras de Spinoza, «se esfuerza por permanecer en su propio ser». En el alma existe un conflicto siempre presente entre el deseo de seguir viviendo y la conciencia de una muerte inevitable.

Para adaptarnos a la realidad de la muerte, continuamente nos las inge­niamos para inventar formas de negarla o evitarla. Cuando somos jóvenes negamos la muerte con la seguridad que nos proporcionan nuestros padres y los mitos seculares y religiosos; después, la personificamos transformán­dola en una entidad, un monstruo, un hombre del saco, un demonio. Al fin y al cabo, si la muerte es una entidad acosante, uno debe encontrar la forma de eludirla; además, por muy espantoso que pueda ser un monstruo rela­cionado con la muerte, es menos aterrador que la verdad, la que uno acarrea dentro de las esporas de la propia muerte. Más adelante, los niños experi­mentan con otras formas de atenuar la ansiedad por la muerte: se desintoxican de la muerte burlándose de ella, desafiándola a través de atrevidas tra­vesuras, o insensibilizándola al exponerse a sí mismos, en la reconfortante compañía de sus iguales y de palomitas de maíz, ante historias de fantasmas y películas de terror.

A medida que nos hacemos mayores, aprendemos a quitarnos del pen­samiento la muerte; la transformamos en algo positivo (pasar a mejor vida, volver a casa, reunirse con Dios, descansar en paz); la negarnos apoyán­donos en mitos; luchamos por conseguir la inmortalidad a través de obras imperecederas, proyectando nuestra semilla en el futuro a través de nues­tros hijos, o abrazando un sistema religioso que nos ofrece una perpetua­ción espiritual.

Muchas personas disienten de esta descripción de la negación de la muerte. «¡No tiene sentido! —dicen—. No negamos la muerte. Todo el mun­do va a morir. Ya lo sabemos. Los hechos son evidentes. ¿Pero tiene algún sentido insistir en ello?»

Lo cierto es que sabemos pero no sabemos. Sabemos sobre la muerte, intelectualmente conocemos los hechos pero nosotros —es decir, la parte inconsciente de nuestra mente que nos protege de la arrolladora ansiedad—hemos separado, o disociado, el terror vinculado a la muerte. Este proceso de disociación es inconsciente, invisible para nosotros, pero podemos con­vencernos de su existencia por esos extraños episodios donde el mecanismo de negación falla y la ansiedad por la muerte se abre camino con plena fuer­za. Esto puede ocurrir sólo raramente, algunas veces sólo en una o dos oca­siones en nuestra vida. Ocasionalmente tiene lugar en el despertar de la vida, a veces después de un encuentro personal con la muerte, o cuando un ser querido ha muerto; pero lo más común es que la ansiedad por la muer­te salga a la superficie en las pesadillas.

Una pesadilla es un sueño fallido, un sueño que, al no controlar la an­siedad, ha fracasado en su papel de guardián del sueño. Aunque las pesadi­llas difieren entre sí por su contenido manifiesto, el proceso que subyace de­bajo de cada pesadilla es el mismo: la cruda ansiedad por la muerte se ha escapado de sus guardianes y ha explotado en la conciencia. La historia «En Busca del Soñador» ofrece una perspectiva interna única del intento de evi­tar la ansiedad por la muerte y del último recurso que tiene la mente para impedirla: aquí aparece, en medio de las penetrantes imágenes de la oscura muerte presentes en la pesadilla de Marvin, un instrumento de desafío a la muerte y de impulso de la vida —una vara incandescente con la punta blan­ca con la que se batía en un duelo sexual con la muerte.

El acto sexual es visto también por los protagonistas de otras historias como un talismán para evitar debilitarse, envejecer, y acercarse a la muerte:por ejemplo, la promiscuidad compulsiva de un hombre joven ante su cán­cer terminal («Si violar fuera legal…»); el aferramiento de un hombre ancia­no a unas amarillentas cartas enviadas hacía más de treinta años por su que­rida ya muerta («No te vayas Dulce»).

En los muchos años que llevo trabajando con pacientes que se enfren­tan a una muerte inminente, he observado dos métodos particularmente po­derosos y comunes de disipar los miedos ante la muerte, dos creencias, o ilusiones, que proporcionan una sensación de seguridad. Una es la creencia en la singularidad personal; la otra, la confianza en un salvador supremo. Aunque se trata de ilusiones, porque representan «falsas creencias fijas», no empleo el término ilusión en un sentido peyorativo: se trata de creencias universales que, en algún nivel de la consciencia, existen en todos nosotros y están presentes en varios de estos cuentos.

La singularidad, el sentirse especial, es la creencia de que uno es invulne­rable, inviolable: más allá de las leyes ordinarias de la biología y el destino humanos. En algún punto de nuestra vida, cada uno de nosotros se enfrenta a alguna crisis: puede ser una enfermedad seria, un fracaso profesional, o un divorcio; o como le ocurrió a Elva en «Nunca pensé que pudiera ocurrirme a mí», puede ser un hecho tan simple como un atraco que de repente pone al descubierto su condición común y desafía la extendida creencia de que la vida siempre será una eterna espiral ascendente.

Mientras que la creencia en una singularidad personal proporciona una sensación de seguridad desde dentro, el otro mecanismo principal de nega­ción de la muerte —la creencia en un salvador supremo— nos permite sen­tirnos vigilados y protegidos para siempre por una fuerza exterior. Aunque podemos desfallecer, ponernos enfermos, aunque podemos llegar al borde mismo de la vida, existe, estamos convencidos, un inminente servidor om­nipotente que siempre nos devolverá a la vida.

Estos dos sistemas de creencias juntos construyen una dialéctica: dos respuestas diametralmente opuestas a la situación humana. El ser humano puede o bien afirmar su autonomía a través de una heroica autoafirma­ción, o bien buscar la seguridad a través de una fusión con una fuerza su­perior: es decir, puede o emerger o fundirse, o separarse o incrustarse. O bien uno se convierte en su propio padre o bien permanece siendo eternamente un niño.

La mayoría de nosotros, gran parte del tiempo, vivimos cómodamente evitando con inquietud la mirada de la muerte, riéndonos y aprobando la idea de Woody Allen cuando dice: «No tengo miedo de la muerte. Simple­mente no quiero estar ahí cuando ocurra». Pero hay otro camino —una lar­ga tradición, aplicable a la psicoterapia— que nos enseña que la plena consciencia de la muerte hace madurar a nuestra sabiduría y enriquece nuestra vida. Las palabras finales de uno de mis pacientes (en «Si violar fuera le­gal…») demuestran que aunque el hecho, lo físico, de la muerte nos destru­ye, la idea de la muerte nos puede salvar.

La libertad, otro de los datos de la existencia, representa un dilema para algunos de estos diez pacientes. Cuando Betty, una paciente obesa, me anunció que se había dado una comilona justo antes de venir a verme y te­nía pensado darse otra tan pronto como saliera de mi despacho, estaba in­tentando abandonar su libertad induciéndome a que fuera yo el que asu­miera el control sobre ella. Todo el desarrollo de la terapia de otra paciente (Thelma en Love’s Executioner) se centraba en el tema de su renuncia a un amor pasado (y terapeuta) y mi búsqueda de estrategias para ayudarla a recuperar su poder y libertad.

La libertad como dato de la existencia parece la verdadera antítesis de la muerte. Aunque tememos a la muerte, generalmente consideramos que la libertad es inequívocamente positiva. ¿Acaso la historia de la civilización occidental no ha sido interrumpida por anhelos de libertad, e incluso con­ducida por ellos? Pero la libertad desde una perspectiva existencialista está vinculada a la ansiedad al afirmar que, bien al contrario de la experiencia cotidiana, no entramos dentro, ni finalmente abandonamos, un universo perfectamente estructurado por un magnífico proyecto eterno. La libertad implica que uno es responsable de sus propias decisiones, acciones, de su propia situación en la vida.

Aunque la palabra responsable puede ser utilizada de diversas maneras, prefiero la definición de Sartre: ser responsable es «ser el autor de», siendo pues cada uno de nosotros el autor o autora del proyecto de su propia vida. Somos libres para serlo todo, menos no libres: estamos, diría Sartre, conde­nados a la libertad. De hecho, algunos filósofos reclaman mucho más: que la arquitectura de la mente humana nos hace a cada uno de nosotros res­ponsables incluso de la estructura de la realidad exterior, de la propia forma del espacio y el tiempo. Es aquí, en la idea de autoconstrucción, donde mora la ansiedad: somos criaturas que desean una estructura, y tenemos miedo de un concepto de libertad que implica que más allá de nosotros no hay nada, una ausencia total de fundamentos.

Todo terapeuta sabe que el primer paso crucial de la terapia es que el paciente asuma la responsabilidad de su problema. Mientras uno crea que sus propios problemas están causados por alguna fuerza o agente exterior a uno mismo, la terapia carece de fuerza. Si, después de todo, el problema está ahí fuera, ¿para qué tendría uno que cambiarse a sí mismo? Es el mundo ex­terior (amigos, trabajo, pareja) lo que tiene que ser cambiado, O intercam­biado. Así, Dave (en «No te vayas Dulce»), mientras se lamentaba amarga­mente de estar encerrado en una prisión marital por una esposa posesiva y fisgona, vigilante, no podía proceder con la terapia hasta que reconociera que era él el responsable de la construcción de esa prisión.

Como los pacientes tienden a resistirse a asumir la responsabilidad, los terapeutas tienden a desarrollar técnicas para que los pacientes sean cons­cientes de que son ellos los que crean sus propios problemas. Una técnica efectiva, que utilizo en bastantes de estos casos, es el enfoque del aquí-y­ahora. Como los pacientes tienden a recrear en el escenario de la terapia los mismos problemas interpersonales que les acosan fuera, en sus vidas, me centro en lo que está ocurriendo en el momento entre yo y el paciente en lu­gar de centrarme en los acontecimientos de su pasado o su vida actual. Exa­minando los detalles de la relación en la terapia (o, en un grupo de terapia, las relaciones entre los miembros del grupo), puedo señalar en el acto cómo un paciente ejerce influencia en las respuestas de otras personas. Así, aun­que Dave podía resistirse a asumir la responsabilidad de sus problemas conyugales, no podía resistirse a los datos inmediatos que él mismo estaba generando en la terapia de grupo: esto es, que su reservado, burlón y elusi­vo comportamiento invitaba a los otros miembros del grupo a tratarle del mismo modo que su mujer lo hacía en casa.

Del mismo modo, la terapia de Betty («La señora gorda») sería ineficaz mientras pudiera atribuir su soledad a la alocada y desarraigada cultura cali­forniana. Sólo cuando yo le demostré que, durante nuestras sesiones juntos, su conducta impersonal, vergonzosa y distante recreaba el mismo ambiente impersonal en la terapia, pudo ella empezar a analizar su responsabilidad en crear su propia soledad.

Aunque asumir la responsabilidad conduce al paciente al vestíbulo del cambio, ello no es sinónimo de cambiar. Y, por mucho que el terapeuta pue­da solicitar comprensión, asunción de la responsabilidad y autorrealización, la verdadera presa es el cambio.

La libertad no sólo nos exige asumir la responsabilidad sobre nuestras decisiones en la vida sino que también postula que el cambio exige un acto de voluntad. Aunque voluntad es un concepto que los terapeutas rara vez uti­lizan explícitamente, sin embargo nos dedicamos mucho tiempo a influir en la voluntad de un paciente. Continuamente nos dedicamos a aclarar e inter­pretar, asumiendo (y esto es un acto de fe, sin ningún apoyo empírico con­vincente) que la comprensión invariablemente engendrará el cambio. Cuando han fracasado años de interpretación para engendrar un cambio, podemos empezar a hacer llamamientos directos a la voluntad: «También se necesita

esfuerzo. Tienes que intentarlo, sabes. I lay un tiempo para pensar y anali­zar pero también hay un tiempo para la acción». Y cuando la exhortación directa fracasa, al terapeuta ya sólo le queda, como dan fe estas historias, emplear todos los medios conocidos por los que una persona puede influir a otra. Así, puedo aconsejar, razonar, acosar, camelar, irritar, implorar, o simplemente aguantar, esperando a que la neurótica cosmovisión del pa­ciente se desmorone de pura fatiga.

Es la voluntad, el origen de la acción, el medio para realizar nuestra li­bertad. En mi opinión la voluntad tiene dos estadios: la persona empieza deseando y luego se realiza decidiendo.

Algunas personas están bloqueadas para desear, sin saber ni lo que sien­ten ni lo que quieren. Sin opiniones, sin impulsos, sin inclinaciones, se con­vierten en parásitos de los deseos de los otros. Este tipo de personas tienden a ser pesadas. Betty era aburrida precisamente porque ahogaba sus deseos, y otros se cansaban de facilitarle deseos e imaginación.

Otros pacientes no pueden decidir. Aunque saben perfectamente lo que quieren y lo que deben hacer, no pueden actuar y, en lugar de ello, se pasean preocupados y atormentados delante de la puerta de la decisión. Saul, en «Tres cartas sin abrir», sabía que cualquier persona razonable abriría las cartas; pero el miedo que invocaban paralizaba su voluntad. Thelma (Love’s Executioner) sabía que su obsesión amorosa estaba despojando a su vida de realidad. Sabía que estaba, tal y como ella decía, viviendo su vida ocho años atrás; y que para recuperarla tendría que abandonar su encaprichamiento. Pero también sabía que no podría hacerlo o, simplemente, no lo haría, y fe­rozmente resistía todos mis intentos de activar su voluntad.

Las decisiones son difíciles por muchas razones, algunas de ellas prove­nientes de lo más hondo del ser. John Gardner, en su novela Grendel, habla de un hombre sabio que resume sus meditaciones sobre los misterios de la vida en dos simples pero terribles postulados: «Las cosas se desvanecen: las alternativas se excluyen». Del primer postulado, la muerte, ya he hablado. El segundo, «las alternativas se excluyen», nos da una clave importante para entender por qué la decisión es difícil. La decisión inevitablemente impli­ca una renuncia: para cada sí ha de haber un no, cada decisión elimina o mata otras opciones (la raíz de la palabra decidir significa «matar», como en homocidio o suicidio). Así, Thelma se aferró a la infinitesimal posibilidad de que pudiera alguna vez revivir la relación con su amante, significando la re­nuncia a esa posibilidad el debilitamiento o la muerte.

El aislamiento existencial, un tercer dato de la existencia, remite al espacio abismal que hay entre el yo y los otros, un espacio que existe incluso en la pre­sencia de relaciones interpersonales profundamente gratificantes. Uno está ais­lado no sólo de los otros seres sino que, hasta el punto de que uno constituye su propio mundo, uno también está aislado del mundo. Este tipo de aisla­miento ha de distinguirse de otras dos clases de aislamiento: el aislamiento in­terpersonal y el intrapersonal. Uno experimenta el aislamiento interpersonal, o la soledad, si carece de las habilidades sociales o el estilo de personalidad que da lugar a interacciones sociales íntimas. El aislamiento intrapersonal tiene lu­gar cuando se escinden partes del yo, como cuando uno separa la emoción del recuerdo de un acontecimiento. La forma más extrema y dramática de es­cisión, la personalidad múltiple, es relativamente rara (aunque cada vez más ampliamente reconocida); cuando efectivamente tiene lugar el terapeuta debe enfrentarse, como me ocurrió con el tratamiento de Marge («Monogamia te­rapéutica»), al desconcertante dilema de qué personalidad mimar.

Si bien al aislamiento existencial no tiene solución, los terapeutas deben oponerse a las falsas soluciones. El esfuerzo de uno para evitar el aislamien­to puede sabotear sus relaciones con las demás personas. Muchas veces una amistad o un matrimonio han fracasado porque una persona, en lugar de re­lacionarse con la otra y de preocuparse por ella, lo que ha hecho es utilizarla como escudo contra el aislamiento.

Un intento común y enérgico para resolver el aislamiento existencial, que tiene lugar en algunas de estas historias, es la fusión: el debilitamiento de los límites de uno, el mezclarse con otro. El poder de la fusión ha sido de­mostrado por experimentos de percepción subliminal donde el mensaje «mamá y yo somos uno», proyectado en una pantalla de forma tan rápida que los sujetos no podían verlo conscientemente, daba como resultado que los sujetos en su informe dijeran que se sentían mejor, más fuertes, más op­timistas, e incluso que respondieran mejor que otras personas al tratamien­to (con modificación de comportamiento) de problemas como fumar, la obesidad o comportamiento adolescente perturbado.

Una de las grandes paradojas de la vida es que la autoconciencia produ­ce ansiedad. La fusión extirpa la ansiedad de forma radical, eliminando la autoconciencia. La persona que se ha enamorado, y que ha entrado en un maravilloso estado de fusión, no es autorreflexiva porque el yo solitario que se cuestiona (y la ansiedad intrínseca al aislamiento) se ha disuelto en un no­sotros. Así, se arroja la ansiedad pero se pierde la individualidad.

Ésta es precisamente la razón de porqué a los terapeutas no les gusta tratar a un paciente que se haya enamorado. La terapia y el estado de fusión amorosa son incompatibles porque el trabajo terapéutico requiere un cues­tionamiento de la autoconciencia y una ansiedad que finalmente servirán como guía hacia los conflictos internos.

Es más, es difícil para mí, como para muchos terapeutas, empezar una relación con un paciente que se ha enamorado. En la historia Love’s Execu­tioner, Thelma, por ejemplo, lógicamente no iba a relacionarse conmigo: su energía estaba completamente consumida por su obsesión amorosa. Hay que tener cuidado con la poderosa atadura exclusiva hacia otra persona; no es, como la gente a menudo piensa, una prueba de la pureza del amor. Un amor tan encapsulado y exclusivo —alimentándose de sí mismo, sin dar nada a los demás ni importarle los demás— está destinado a hundirse por sí mismo. El amor no es sólo una chispa pasional entre dos personas; hay una gran diferencia entre enamorarse y mantenerse en el amor. Por mejor decir, el amor es una forma de ser o estar, un «dar a uno» y no un «enamorarse de»; una forma de relacionarse a largo plazo, y no un acto limitado a una sola persona.

Aunque nos esforzamos en ir por la vida de dos en dos o en grupos, en ocasiones, especialmente cuando se acerca la muerte, la verdad —la verdad de que hemos nacido solos y debemos morir solos— se abre camino con una claridad escalofriante. He oído decir a muchos pacientes terminales que lo más terrible de morir es que es algo que debes hacer solo. Pero, in­cluso en el momento de la muerte, la voluntad de otro de estar completa­mente presente puede penetrar el aislamiento. Como dijo un paciente en «No te vayas Dulce»: «Aunque te encuentras solo en tu bote, siempre es re­confortante ver las luces de los otros botes balanceándose a tu alrededor».

Ahora bien, si la muerte es inevitable, si todas nuestras realizaciones, in­cluso el sistema solar entero, algún día van a quedar en ruinas, si el mundo es contingente (es decir, si todo podía haber sido también de otro modo), si los seres humanos han de construir el mundo y el papel del hombre en este mundo, entonces, ¿qué significado perdurable puede haber en la vida?

Esta pregunta acosa a los hombres y mujeres contemporáneos, y mu­chos buscan la terapia porque sienten que sus vidas no tienen sentido ni rumbo. Somos criaturas que buscan significado. Biológicamente, nuestros sistemas nerviosos están organizados de tal forma que el cerebro agrupa au­tomáticamente los estímulos recibidos en configuraciones. El significado proporciona también un sentido del dominio: al sentirnos impotentes y confusos ante acontecimientos casuales y no reglados, buscamos ordenarlos y, al hacerlo, intentamos conseguir el control sobre ellos. Pero todavía más importante es que el significado es el origen de los valores y, en consecuen­cia, de un código de comportamiento: así la respuesta a las preguntas de por qué (¿por qué vivo?) proporciona una respuesta a las preguntas de cómo (ecómo vivo?).

En estos diez cuentos de psicoterapia, hay pocas discusiones explícitas del sentido de la vida. La búsqueda del sentido, igual que la búsqueda del placer, debe ser conducida indirectamente. El sentido aparece como resul­tado de la actividad significativa: cuanto más deliberadamente lo buscamos, menos probable será que lo encontremos; las preguntas racionales que uno puede formular sobre el sentido siempre sobrevivirán en un subproducto del compromiso y la obligación, y allí es donde los terapeutas deben dirigir sus esfuerzos: no en el hecho de que el compromiso proporcione la res­puesta racional a las preguntas sobre el significado, sino en el hecho de que el compromiso hace que estas preguntas no tengan importancia.

En este dilema existencial —un ser que busca el significado y la certi­dumbre en un universo que no los tiene— tiene una relevancia tremenda para la profesión de la psicoterapia. En su trabajo cotidiano, los terapeutas, sí pretenden relacionarse con sus pacientes de forma auténtica, experimen­tan una incertidumbre considerable. No sólo es que, efectivamente, el hecho de que un paciente se enfrente a preguntas sin respuesta exponga al tera­peuta ante las mismas preguntas, sino que también el terapeuta debe reco­nocer, como tuve que hacer yo en «Dos sonrisas», que la experiencia del otro es, al final, inflexiblemente privada e imposible de conocer.

Ciertamente, la capacidad para tolerar la incertidumbre es un requisito previo para la profesión. Aunque el público puede pensar que los terapeu­tas guían a sus pacientes de forma sistemática y con mano segura a través de predecibles estadios de la terapia, hasta llegar a una meta conocida de ante­mano, raramente se da este caso: en lugar de ello, tal y como estas historias atestiguan, los terapeutas con frecuencia vacilan, improvisan, y buscan a tientas la dirección a seguir. La poderosa tentación de alcanzar la certidum­bre abrazando una escuela ideológica y un hermético sistema terapéutico es traicionera: esta creencia puede bloquear el encuentro incierto y espontá­neo que es necesario para una terapia eficaz.

Este encuentro, verdadero corazón de la psicoterapia, es una afectuosa y profundamente humana reunión entre dos personas, donde una de las cuales (generalmente el paciente, pero no siempre) tiene más problemas que la otra. Los terapeutas tienen un doble papel: tienen que observar y además participar en las vidas de los pacientes. Como observador, uno debe ser lo suficientemente objetivo para proporcionarle al paciente la guía rudimenta­ria necesaria. Como participante, uno entra en la vida del paciente y resulta afectado y, en ocasiones, transformado por el encuentro.

Al escoger entrar plenamente en la vida de cada paciente, yo, el te­rapeuta, no sólo estoy expuesto a los mismos problemas existenciales que afectan a mis pacientes, sino que también debo estar preparado para examinarlos con las mismas reglas de indagación. Debo asumir que saber es mejor que no saber, aventurar mejor que no aventurar; y que la magia y la ilusión, por muy ricas que sean, por muy fascinantes que puedan parecer, en último término debilitan el espíritu humano. Me tomo con profunda serie­dad las firmes palabras de Thomas Hardy: «Si hubiera un camino hacia lo Mejor, sería igual que una mirada completa a lo Peor».

El doble papel de observador y participante exige mucho del terapeuta y, para mí, en estos diez casos, me planteó angustiosas preguntas. ¿Debería, por ejemplo, esperar de un paciente, que me había pedido que le guardara sus cartas de amor, que se enfrentara a los mismos problemas que yo, en mi propia vida, había evitado? ¿Era posible ayudarle a que fuera más lejos de lo que yo había ido? ¿Debería hacer las duras preguntas existenciales a un hombre a punto de morir, una viuda, una afligida madre, y un ansioso jubi­lado con sueños trascendentales, preguntas para las que no tenía respuesta? ¿Debería revelar mi debilidad y mis limitaciones a un paciente cuya otra personalidad alternativa me parecía tan seductora? ¿Podría empezar una re­lación honesta y afectuosa con una señora gorda cuya apariencia física me repelía?¿Debería, bajo la bandera de un autoesclarecimiento, desmantelar la irracional pero sustentante y reconfortante ilusión de amor de una mujer anciana? ¿O imponer mi voluntad por la fuerza a un hombre que, incapaz de actuar por sus propios intereses, se permitía a sí mismo el permanecer aterrorizado por tres cartas nunca abiertas?

Aunque en estos cuentos de psicoterapia abundan las palabras pacien­te y terapeuta, no se debe despistar uno por tales términos: éstas son histo­rias de todo hombre, de toda mujer. La condición de paciente es ubicua; el asumir tal etiqueta es muy arbitrario y a menudo depende más de factores culturales, educativos y económicos que de la gravedad de la patología. Como los terapeutas, al igual que los pacientes, deben enfrentarse a estos hechos de la existencia, la postura profesional de desinteresada objetivi­dad, tan necesaria para el método científico, aquí es inapropiada. Nosotros los psicoterapeutas no podemos simplemente chasquear con la lengua con simpatía y exhortar a los pacientes a que luchen resueltamente con sus pro­blemas. No podemos decirles tú y tus problemas. En lugar de ello, debe­mos hablar de nosotros y nuestros problemas, porque nuestra vida, nuestra existencia siempre estará clavada a la muerte, el amor a la pérdida, la liber­tad al miedo, y la plenitud a la separación. En esto, todos nosotros estamos juntos.

Si violar fuera legal…

—Tu paciente es un estúpido de mierda y esto le dije en el grupo de te­rapia, ayer por la noche, exactamente con estas palabras—. Sarah, una jo­ven psiquiatra residente, se detuvo en este punto y me miró echando fuego por los ojos, desafiándome a que la criticara.

Obviamente había pasado algo extraordinario. No cada día irrumpe un estudiante en mi despacho y, sin muestra alguna de disgusto —es más, pa­recía orgullosa y desafiante— me dice que ha atacado verbalmente a uno de mis pacientes. Especialmente a un paciente con un cáncer avanzado.

—Sarah, ¿puedes sentarte y explicarme lo que ha ocurrido? Aún tengo unos minutos antes de que llegue mi próximo paciente.

Luchando por mantener la compostura, Sarah empezó:

—¡Carlos es el ser humano más asqueroso y despreciable que he cono­cido jamás!

—Bueno, tampoco es mi persona favorita, sabes. Ya te lo dije antes de enviártelo. —Había estado viendo a Carlos con tratamiento individual du­rante unos seis meses y, unas cuantas semanas atrás, lo envié a Sarah para que lo incorporara a una terapia de grupo—. Pero continúa, perdona por interrumpirte.

Bueno, como ya sabes, casi siempre se ha comportado de forma bas­tante repugnante, olfateando a las mujeres como si él fuera un perro y ellas zorras en celo, e ignorando todo lo que ocurriera en el grupo. Ayer por la noche, Martha —una mujer joven, un poco limitada y realmente frágil, que ha estado en el grupo casi siempre muda— empezó a hablar de que el año pasado fue violada. No creo que hubiera compartido esto antes; desde lue­go no en un grupo. Estaba tan asustada, sollozaba tanto, era tan difícil para ella explicarlo, que fue increíblemente doloroso. Todo el mundo la ayudaba a hablar y, sea o no correcto, decidí que ayudaría a Martha si también yo compartía con el grupo que hace tres años me violaron.

No lo sabía, Sarah.

¡Nadie lo sabía!

Sarah paró aquí y se frotó los ojos. Pude notar que era difícil para ella ex­plicarme esto, pero en ese momento no podía estar seguro de qué le dolía más: explicarme lo de su violación, o haberse sincerado excesivamente con el grupo. (El hecho de que yo fuera el instructor de la terapia de grupo en el programa debió de complicarle las cosas.) ¿O estaba quizá más preocupada por lo que todavía tenía que decirme? Decidí comportarme con naturalidad.

e.Y luego?

—Bueno, ahora es cuando tu Carlos entra en acción.

¿Mi Carlos? ¡Ridículo! Pensé. Como si fuera mi hijo y yo tuviera que res­ponder por él. (Aunque era verdad que había presionado a Sara’, para que lo cogiera: ella había sido reacia a incorporar a un paciente con cáncer en su grupo. Pero también era cierto que al grupo sólo le quedaban cinco miem­bros, y ella necesitaba a más personas.) Nunca la había visto comportarse de forma tan irracional y tan desafiante. Temía que más tarde se sintiera incó­moda por ello, y no quería empeorarlo con alguna crítica indirecta.

—¿Qué hizo?

Le hizo a Martha muchas preguntas sobre detalles concretos: cuándo, dónde, qué, quién. Al principio eso la ayudó a hablar, pero tan pronto como yo empecé a hablar de mi ataque, ignoró a Martha y empezó a hacer lo mis­mo conmigo. Entonces empezó a preguntarnos por detalles más íntimos. ¿El violador nos arrancó la ropa? ¿Eyaculó dentro de nosotras? ¿En algún mo­mento empezamos a disfrutar de ello? Pasó de forma tan insidiosa que tuvo que pasar un lapso de tiempo antes de que el grupo empezara a caer en la cuenta de que él mismo estaba disfrutando con ello. No condenó lo que nos habían hecho a Martha y a mí, simplemente estaba consiguiendo placer se­xual. Sé que debería sentir más compasión por él, ¡pero es que es tan canalla!

¿Cómo acabó todo?

Bueno, al final el grupo lo cazó y empezó a echarle en cara su insensi­bilidad, pero él no mostró ningún remordimiento en absoluto. De hecho, pasó a ser más ofensivo y nos acusó a Martha y a mí (y a todas las víctimas de una violación) de darle demasiada importancia. «¿Qué tiene de grave?», preguntó y entonces declaró que a él personalmente no le importaría que una mujer atractiva lo violara. La traca final al grupo fue decir que daría la bienvenida a un intento de violación de cualquiera de las mujeres del gru­po. Entonces fue cuando le dije: «Si eso es lo que crees, entonces eres un jo­dido ignorante!»

Creía que tu intervención terapéutica había sido llamarle estúpido de mierda. —Esto redujo la tensión de Sarah, y los dos sonreímos. —¡Eso también! Perdí totalmente los estribos.

Me esforcé por encontrar constructivas palabras de apoyo, pero me sa­lieron más pedantes de lo que pretendía.

—Recuerda, Sarah, que a menudo las situaciones extremas como ésta pueden acabar siendo importantes puntos decisivos si son trabajadas cuida­dosamente. Se le puede sacar provecho a todo lo que ocurre en la terapia. Intentemos convertir esto en una experiencia de la que él pueda sacar algu­na enseñanza. Mañana tengo una sesión con él, y trabajaré duro en este asunto. Pero quiero asegurarme que te cuidarás. Estoy disponible si quieres hablar con alguien; hoy o en cualquier momento de la semana.

Sarah me dio las gracias y me dijo que necesitaba tiempo para pensar en ello. Mientras se iba de mi despacho, pensé que si en efecto decidía hablar con otra persona de sus propios problemas, intentaría tener un encuentro con ella más adelante cuando estuviera más calmada, para ver si podíamos hacer de esto una experiencia de la que también ella pudiera sacar alguna ense­ñanza. Para ella había supuesto pasar por algo horrible, y lo sentía en el alma, pero consideré que había cometido un error al intentar obtener clandestinamente una terapia para ella misma en el grupo. Hubiera sido mejor, pensé, que hu­biera trabajado sobre ese problema primero en su terapia personal y luego, incluso si escogía hablar de ello en el grupo —y esto era problemático— se las hubiera manejado mejor respecto a todas las partes implicadas.

Entró entonces mí siguiente paciente, y dirigí mi atención hacia ella. Pero no puede evitar pensar en Carlos y preguntarme cómo me las arreglaría en la próxima sesión con él. No era raro que Carlos me viniese a la mente. Era un paciente extraordinario; y desde que lo había empezado a ver unos me­ses antes, siempre pensaba en él bastante más de la una o dos horas sema­nales que pasábamos juntos.

—Carlos es como un gato con siete vidas, pero parece como si estuvie­ra llegando al final de su séptima vida—. Ésta fue la primera cosa que el on­cólogo que me lo envió para tratamiento psiquiátrico me dijo. Continuó ex­plicándome que Carlos tenía un linfoma raro, que crecía poco a poco, que le causaba más problemas por su brutal volumen que por su malignidad. Durante diez años el tumor había respondido bien al tratamiento pero aho­ra había invadido sus pulmones y estaba avanzando hacia su corazón. Sus doctores se estaban quedando sin opciones: le habían dado la máxima ex­posición de radiación y habían agotado su farmacopea de agentes de qui­mioterapia. ¿Hasta qué punto tenían que ser honestos? me preguntaron. Carlos parecía no escuchar. No estaban seguros de lo honesto que él quería ser consigo mismo. Lo que sí sabían es que estaba entrando en una profun­da depresión y parecía que no tenía a nadie a quien acudir para pedir ayuda.

Carlos estaba ciertamente solo. A parte de un hijo y una hija de diecisiete años —gemelos bivitelinos, que vivían con su ex-mujer en Sudamérica—Carlos, a la edad de treinta y nueve años, se encontraba virtualmente sólo en el mundo. Se había criado, como hijo único, en Argentina. Su madre había muerto de sobreparto, y veinte años atrás su padre sucumbió al mismo tipo de linfoma que ahora estaba matando a Carlos. Nunca había tenido un ami­go. «¿Quién los necesita? —me dijo una vez—. Nunca he conocido a nadie que no te fuera a hacer el vacío por un dólar, un trabajo o un coño.» I labia estado casado por un corto período de tiempo y no había tenido otras rela­ciones significativas con mujeres. «¡Tienes que estar loco para joder a una mujer más de una vez!» Su objetivo en la vida, me dijo sin muestra alguna de vergüenza o timidez, era tirarse a tantas mujeres distintas como pudiera.

No, en mi primer encuentro no me pareció muy entrañable el carácter de Carlos, ni su apariencia física. Estaba demacrado, lleno de protuberan­cias (tenía nódulos linfáticos hinchados, muy visibles, en los codos, en el cuello y detrás de las orejas) y, como resultado de la quimioterapia, estaba completamente calvo. Sus patéticos esfuerzos cosméticos —un sombrero panameño de ala ancha, las cejas pintadas, y una bufanda para ocultar los bultos de su cuello— sólo conseguían llamar más la atención de forma adi­cional sobre su apariencia inintencionadamente.

Era evidente que estaba deprimido —y con razón— y hablaba con amargura y fatiga de su ordalía de diez años de duración con el cáncer. Su linfoma, decía, le estaba matando por fases. Ya había matado la mayor par­te de él: su energía, su fuerza, y su libertad (tenía que vivir cerca del Hospi­tal de Stanford, en un exilio permanente de su propia cultura).

Lo más importante era que había matado su vida social, que para él era lo mismo que su vida sexual: cuando tenía quimioterapia era impotente; cuando acababa un período de quimioterapia, y sus fluidos sexuales empezaban a correr de nuevo, no podía hacerlo con mujeres porque era calvo. Incluso cuando le volvió a crecer el pelo, unas semanas después de la quimioterapia, decía que todavía no podía ligar: ninguna prostituta se iba con él porque creían que sus grandes nodos linfáticos eran por el sida. Su vida sexual es­taba ahora confinada en la masturbación mientras veía vídeos sadomaso­quistas alquilados.

Era verdad —me dijo, sólo después de que yo le incitara a hacerlo—que estaba solo y, sí, que eso le suponía un problema, pero sólo porque ha­bía veces en que se encontraba demasiado mal para cuidar de sus propias necesidades físicas. La idea de placer derivado de un estrecho contacto hu­mano (no sexual) parecía ajena a él. Había una excepción —sus hijos— y cuando Carlos hablaba de ellos una auténtica emoción, emoción a la que yo me unía, se abría camino. Me conmoví por la imagen de su débil cuerpo pal­pitando en sollozos cuando describía su miedo a que ellos, también, le aban­donaran: miedo a que su madre triunfara finalmente en ponerlos en contra suya, o a que su cáncer les repeliera y se alejaran de él.

—¿Qué puedo hacer para ayudarte, Carlos?

—Si quieres ayudarme, entonces ¡enséñame a odiar a los armadillos!
Por un momento Carlos disfrutó de mi perplejidad, y entonces procedió
a explicarme que había estado trabajando en metáforas visuales, una forma
de autocuración que muchos pacientes experimentan. Las metáforas visua‑
les para su nueva quimioterapia (a la que sus oncólogos llamaban OC) eran

«( )s» y «Ces» gigantes: Osos y Cerdos; la metáfora que representaba a sus nodos linfáticos cancerosos era un armadillo plateado. Así, en sus sesiones de meditación, veía a osos y cerdos matando armadillos. El problema era que no conseguía que sus osos y cerdos fueran lo suficientemente perversos para abrir violentamente y destrozar a los armadillos.

A pesar del horror de su cáncer y su estrechez de espíritu, me vi arras­trado hacia Carlos. Quizás era una generosidad que brotaba de mi alivio por ser él, y no yo, el que estaba muriendo. Quizás era el amor por sus hijos o la quejumbrosa forma con que sus dos manos agarraban la mía cuando abandonaba mi despacho. Quizá fue la extravagancia de su petición: «En­séñame a odiar a los armadillos».

Así pues, cuando consideré si podía tratarlo, minimicé los potenciales obstáculos al tratamiento y me convencí de que Carlos era más un insocia­ble que una persona antisocial, y de que muchos de sus comportamientos y creencias nocivas eran débiles y susceptibles de ser modificadas. No pensé claramente, con detenimiento, en mí decisión e, incluso después de decidir aceptarle en la terapia, estaba inseguro sobre qué objetivos de tratamiento iban a ser realistas y apropiados. ¿Tenía simplemente que acompañarlo a lo largo de este período de quimioterapia? (Como muchos pacientes, Carlos se ponía enfermo de muerte y deprimido durante la quimioterapia.) O, si esta­ba entrando en una fase terminal, ¿iba a comprometerme a estar junto a él hasta la muerte? ¿Iba a estar satisfecho de ofrecerle mi total presencia y apoyo? (Quizá eso sería suficiente. ¡Dios sabe que no tenía a nadie más con quien hablar!) Por supuesto, su soledad se la había creado él mismo, pero ¿iba yo a ayudarlo a reconocerla o a cambiarla? ¿Ahora? Ante la muerte es­tas consideraciones parecían sin importancia. ¿O no? ¿Era posible que Car­los consiguiera algo más «ambicioso» en la terapia? ¡No, no, no! ¿Qué sen­tido tiene hablar de tratamiento «ambicioso» con alguien cuya expectativa de vida puede ser, como mucho, una cuestión de meses? ¿Quiere alguien, quiero yo, invertir tiempo y energía en un proyecto de tal evanescencia?

Carlos enseguida aceptó verse conmigo. Con su típica actitud cínica, dijo que su póliza de seguros pagaría el 90 % de mi remuneración, y que él no rechazaría un negocio de ese tipo. Además, él era una persona que que­ría probarlo todo una vez, y nunca antes había hablado con un psiquiatra. Dejé nuestro contrato de tratamiento poco claro, además de decir que tener a alguien con quien compartir los sentimientos dolorosos siempre ayudaba. Sugerí que hiciéramos seis sesiones y que después evaluáramos si el trata­miento valía la pena.

Para mi sorpresa, Carlos hizo un uso excelente de la terapia; y después de seis sesiones acordamos vernos en un tratamiento continuado. Venía a cada sesión con una lista de cuestiones que quería discutir: sueños, proble­mas de trabajo (era un exitoso analista financiero, había continuado traba­jando a lo largo de su enfermedad). Algunas veces hablaba de su mal esta­do físico y su aversión a la quimioterapia, pero de lo que más hablaba era de mujeres y de sexo. En cada sesión describía todos los encuentros con mujeres de esa semana (a menudo no consistían en más que cazar la mira­da de una mujer en el colmado) y se obsesionaba por lo que podría haber hecho en cada instante para consumar una relación. Estaba tan preocupa­do por las mujeres que parecía olvidar que tenía un cáncer que se estaba in­filtrando activamente en los sitios más recónditos de su cuerpo. Lo más probable es que ese fuera el centro de su preocupación: que podría olvidar su infestación.

Pero su fijación por las mujeres era bastante anterior a su cáncer. Siem­pre había rondado en busca de mujeres y las veía sobre todo en términos de­gradantes y como objetos sexuales. Así que la crónica de Sarah sobre el comportamiento de Carlos en el grupo, chocante como era, no me sorpren­dió. Sabía que era perfectamente capaz de comportarse de una forma tan repugnante, y todavía peor.

¿Pero cómo tenía que manejar la situación en la próxima sesión con él? Por encima de todo, quería proteger y mantener nuestra relación. Es­tábamos progresando, y en ese momento yo era su principal conexión hu­mana. Pero también era importante que continuase asistiendo a su grupo de terapia. Seis semanas atrás lo había emplazado a un grupo para pro­porcionarle una comunidad que le ayudaría tanto a penetrar en su soledad como a crear conexiones en su vida social, identificando y obligándole a modificar algunos de sus comportamientos más objetables socialmente. Durante las cinco primeras semanas había hecho un uso excelente del grupo pero, a menos que cambiase su comportamiento radicalmente, se ganaría la antipatía, estaba seguro, de todos los miembros del grupo… ¡si no lo había hecho ya!

Nuestra siguiente sesión empezó tranquilamente. Carlos ni siquiera mencionó al grupo sino que, por el contrario, quiso hablar de Ruth, una atractiva mujer que acababa de conocer en una reunión de la parroquia. (Era miembro de media docena de parroquias porque creía que le daban oportunidades ideales para ligar.) Había hablado un poco con Ruth y ésta se excusó porque tenía que volver a casa. Carlos se despidió pero luego se convenció de que había perdido una oportunidad de oro al no ofrecerse a acompañarla al coche; de hecho, se había convencido a sí mismo de que ha­bía la razonable posibilidad, de un diez a un quince por ciento, de que pu­diera haberse casado con ella. Sus autorrecriminaciones por no haber actuado

Con más diligencia continuaron toda la semana incluyendo ataques verbales y tísicos: se pellizcaba a sí mismo y se golpeaba la cabeza contra la pared.

No indagué más sobre sus sentimientos hacia Ruth (aunque eran irra­cionales de una forma tan patente que decidí volver a ella en algún punto de la sesión) porque pensaba que era urgente que hablásemos del grupo. Le dije que había hablado con Sarah sobre el encuentro.

—¿Ibas a hablar hoy del grupo? —le pregunté.

—No especialmente, no es importante. De todos modos, voy a dejar ese grupo. Estoy demasiado avanzado para él.

¿Qué quieres decir?

Todo el mundo es deshonesto y juega. Soy la única persona allí con las suficientes agallas para decir la verdad. Los hombres son todos perdedores, si no no estarían allí. Son unos pelmazos sin cojones,” se sientan por ahí llo­riqueando sin decir nada.

—Explícame lo que pasó en el encuentro desde tu punto de vista.

Sarah habló de su violación, ¿te lo ha contado?

Yo asentí.

Y Martha también. Esa Martha. Dios mío, esa sí que es para ti. Es un desastre, una auténtica enferma, sí que lo es. Es un caso mental, para tran­quilizantes. ¿Qué coño estoy haciendo en un grupo con gente como esa? Pero escucha. Lo importante es que hablaron de sus violaciones, las dos, y todo el mundo se quedó ahí sentado, con la boca abierta, embobados. Por lo menos yo reaccioné. Les hice preguntas.

Sarah sugirió que algunas de tus preguntas no eran del tipo de pre­guntas que ayudan.

Alguien tenía que hacerlas hablar. Además, siempre han despertado mi curiosidad las violaciones. ¿A ti no? ¿Acaso no a todos los hombres? ¿Sobre cómo se hace, sobre la experiencia de la víctima?

—Oh, venga Carlos, si esto es lo que estabas buscando, podrías haber­lo leído en algún libro. Lo que allí había eran personas de verdad, no fuen­tes de información. Algo más estaba en juego.

—Quizá sí, lo admito. Cuando empecé en el grupo, tus instrucciones fueron que debía ser honesto para expresar mis sentimientos en el grupo. Admito que me excité. Es una emoción fantástica imaginarse a Sarah sien­do jodida. Me encantaría unirme a ello y poner mis manos sobre sus tetas. Aún no te he perdonado que me desaconsejaras pedirle una cita.

Cuando seis semanas atrás empezó por vez primera en el grupo, habla­ba mucho de su encaprichamiento por Sarah —o mejor por sus pechos— y

* En castellano en el original. (N. del ed.)

estaba convencido de que ella estaba deseando salir con él. Para ayudar a Carlos a que fuera aceptado en el grupo, en los primeros encuentros, tuve que prepararlo para que se comportara socialmente del modo apropiado. Le convencí, con dificultad, de que un acercamiento sexual a Sarah sería tan inútil como impropio.

Además, todo el mundo sabe que los hombres se excitan con las vio­laciones. Los otros hombres del grupo se reían de mí. ¡Mira el negocio de la pornografía! ¿Alguna vez has mirado con atención los libros y cintas de ví­deo sobre violaciones y secuestros? ¡Hazlo! Ve y visita las tiendas pomo de Tenderloin: será bueno para tu educación. Graban esas cosas para alguien, algún mercado debe de haber. Te diré la verdad, si violar fuera legal, yo lo haría… de vez en cuando.

Carlos paró en este punto y me sonrió con satisfacción, ¿o era una mali­ciosa sonrisa de complicidad, una invitación a tomar asiento a su lado en la hermandad de los violadores?

Estuve sentado en silencio varios minutos, intentando identificar mis opciones. Era fácil estar de acuerdo con Sarah: efectivamente, parecía un depravado. Pero estaba convencido de que parte de esto eran fanfarrona­das, y de que había una forma de llegar a algo mejor, a algo más bueno en él. Estaba interesado, y agradecido, por sus últimas palabras: el «de vez en cuan­do». Estas palabras, añadidas casi como una reflexión posterior, parecían sugerir algún resto de inseguridad y vergüenza.

Carlos, te enorgulleces de tu honestidad con el grupo. ¿Pero real­mente eras sincero? ¿O sólo honesto en parte, o con una sinceridad fácil? Es cierto, fuiste más abierto que los otros hombres del grupo. Expresaste al­gunos de tus verdaderos sentimientos sexuales. Y también sabes lo amplios que son estos sentimientos: el negocio del pomo ofrece algo que atrae im­pulsos que tienen todos los hombres. ¿Pero estás siendo completamente ho­nesto? ¿Qué hay de todos los otros sentimientos que pasan dentro de ti y que no has expresado? Déjame hacer una suposición: cuando te referiste a lo graves que eran las violaciones de Sarah y Martha, ¿es posible que estu­vieras pensando en tu cáncer y a lo que tienes que enfrentarte en cada mo­mento? Es muchísimo más duro enfrentarte a algo que amenaza tu vida aho­ra mismo que a algo que ocurrió uno o dos años atrás. Quizá te gustaría conseguir algún auxilio del grupo, pero ¿cómo quieres conseguirlo si te pre­sentas tan duro? Todavía no has dicho que tienes cáncer.

Había estado apremiando a Carlos para que revelara al grupo que tenía cáncer, pero él aplazaba su decisión: decía que tenía miedo de que sintieran lástima de él, y no quería sabotear sus oportunidades sexuales con las muje­res del grupo.

Carlos me sonrió.

¡Buen intento, doctor! Tiene mucho sentido. Tienes una buena cabe­za. Pero te seré sincero: la idea del cáncer nunca ha entrado en mi pensa­miento. Desde que paró la quimioterapia hace dos meses, paso días sin pen­sar en el cáncer. Esto está puñeteramente bien ¿no?, ¿olvidarlo, ser libre de ello, ser capaz de tener una vida normal por unos momentos?

¡Buena pregunta! Pensé. ¿Era bueno olvidar? No estaba seguro. Du­rante los meses que había estado viendo a Carlos, había descubierto que po­día trazar, con asombrosa precisión, el curso de su cáncer al ver las cosas en las que pensaba. Cada vez que su cáncer empeoraba y estaba enfrentándo­se activamente a la muerte, reordenaba sus prioridades en la vida y se volvía más pensativo, más compasivo y más juicioso. Cuando, por el contrarío, el cáncer remitía, se guiaba, tal y como él decía, por su polla y se volvía bas­tante más grosero y frívolo.

Una vez vi una tira cómica de periódico sobre un pequeño hombre gor­dinflón que decía: «De repente, un día cuando estás en los cuarenta o los cincuenta, todo se vuelve claro… ¡Y luego desaparece!» Ese tebeo era adecua­do para Carlos, sólo que él no tenía uno, sino repetidos episodios de claridad, y siempre desaparecían de nuevo. A menudo pensaba que si conseguía la forma de mantenerle permanentemente consciente de su muerte y del «claro» que la muerte le abría, podría ayudarle a hacer cambios más importantes en la forma en que él se relacionaba con la vida y con las demás personas.

Por la forma de hablar que tenía ese día, y un par de días antes en el gru­po, era evidente que su cáncer de nuevo estaba inactivo, y que la muerte, con la sabiduría que traía consigo, estaba totalmente fuera de su pensamiento.

Intenté seguir otro rumbo.

Carlos, antes de que empezaras en el grupo intenté explicarte el razo­namiento básico que hay detrás de la terapia de grupo. ¿Te acuerdas que puse de relieve que todo lo que ocurra en el grupo puede ayudarnos a tra­bajar en la terapia?

Él asintió.

Continué:

—¿Y que uno de los principios más importantes sobre los grupos es que el grupo es un mundo en miniatura: cualquiera que sea el ambiente que crea­mos en el grupo refleja la forma en que hemos escogido vivir? ¿Te acuerdas que dije que cada uno de nosotros escoge en el grupo el mismo tipo de mun­do social que tenemos en nuestra vida real?

Asintió de nuevo. Estaba escuchando.

—Entonces, ¡mira lo que te ha pasado en el grupo! Empezaste con un número de personas con las que tendrías que haber desarrollado estrechas

relaciones. Y cuando empezaste, los dos acordamos que necesitabas traba­jar de forma que desarrollas relaciones. Esto es por lo que empezaste en el grupo, ¿te acuerdas? Pero ahora, después de sólo seis semanas, todos los miembros, y al menos uno de los coterapeutas, están hasta la mismísima co­ronilla de ti. Y lo has hecho tú solo. ¡Has hecho dentro del grupo lo que ha­ces fuera de él! Quiero que me contestes con honestidad: ¿estás satisfecho? ¿Es esto lo que quieres de tus relaciones con los demás?

—Doctor, entiendo perfectamente lo que me quieres decir, pero hay una pega en tu argumento. No doy una mierda, ni una, por ninguna de las per­sonas del grupo. No son personas de verdad. Nunca me voy a juntar con perdedores como esos. Su opinión no significa nada para mí. No quiero es­trechar mi relación con ellos.

Ya había visto a Carlos cerrarse en banda de esta forma en otras ocasio­nes. Sería más razonable, sospechaba, en una o dos semanas, y en circuns­tancias normales yo hubiera sido simplemente paciente. Pero a menos que algo cambiara rápidamente, Carlos dejaría de ser miembro del grupo o, ha­cia la semana siguiente, habría roto sin remedio sus relaciones con los de­más miembros. Como después de este encantador incidente dudaba mucho de que fuera capaz de convencer a otro terapeuta de incluirlo en el grupo, insistí en mi cometido.

—Ya escucho tus airados y críticos sentimientos, y sé que realmente los sientes. Pero, Carlos, intenta apartarlos por un momento y piensa si puedes entrar en contacto con algo más. Tanto Sarah como Martha pasaban mo­mentos de mucho dolor. ¿Qué otros sentimientos tuviste sobre ellas? No es­toy hablando de grandes sentimientos, o sentimientos predominantes, sino de cualquier otra sensación repentina que tuvieras.

—Ya sé lo que buscas. Estás haciendo lo que puedes por mí. Querría ayudarte, pero tendría que inventármelo todo. Estás intentando poner sen­timientos en boca mía. Exactamente aquí, en este despacho, es el único lu­gar donde puedo decir la verdad, y la verdad es que, más que nada, ¡lo que quiero hacer con esos dos coños es joderlos! Esto es lo que quería decir cuando he dicho que, si violar fuera legal, ¡yo lo haría! ¡Y sé perfectamente por quién empezaría!

Lo más probable es que se refiriera a Sarah, pero no se lo pregunté. Lo último que quería hacer era entrar en ese tipo de discurso con él. Probable­mente alguna fuerte rivalidad edípica había entre nosotros que hacía más dificil la comunicación. Nunca dejaba pasar la oportunidad para describir­me en términos gráficos lo que le gustaría hacer a Sarah, como si considera­ra que competíamos por ella. Sabía que creía que la razón por la que ante­riormente lo había disuadido de invitar a Sarah a salir era porque queríaguardármela para mí. Pero este tipo de interpretaciones ahora no tenían ninguna utilidad para mí: Carlos estaba demasiado cerrado y a la defensiva. Si quería llegar al final, tenía que utilizar algo más convincente.

El único acercamiento posible que me quedaba tenía relación con el es­tallido de emoción que había visto en nuestra primera sesión: la táctica pa­recía tan simple y efectista que jamás podría haber predicho el asombroso resultado que produciría.

—Muy bien, Carlos, consideremos esta sociedad ideal que imaginas y por la que abogas, esta sociedad en la que la violación es legal. Piensa aho­ra, por unos minutos, en tu hija. ¿Cómo sería para ella vivir en esta comu­nidad en la que podría ser violada de forma totalmente legal, un pedazo de culo para el primero que se ponga cachondo y quiera descargarse por la fuerza en una niña de diecisiete años?

De repente Carlos dejó de sonreír. Se estremeció visiblemente y se limi­tó a decir:

—No me gustaría que le ocurriera.

—¿Pero entonces dónde encajaría ella, en este mundo que estás cons­truyendo? ¿Encerrada en un convento? Tú tienes que construir un lugar en el que pueda vivir; esto es lo que hacen los padres: construyen un mundo para sus hijos. Nunca te lo he preguntado antes: ¿qué quieres para ella?

Quiero que viva una relación de amor con un hombre y que tenga una familia llena de cariño.

¿Pero cómo quieres que eso ocurra si su padre aboga por un mundo en que la violación sea legal? Si quieres que viva en un mundo donde la gen­te se quiera, entonces construir ese mundo depende de ti, y tienes que em­pezar con tu propio comportamiento. No puedes estar fuera de tu propia ley: esto es la base de cualquier sistema ético.

El tono de la sesión había cambiado. No más torneos ni tosquedad. Nos habíamos puesto totalmente serios. Me sentía más como un profesor de filosofía o religión que como terapeuta, pero sabía que esa era la pista correcta. Y eran cosas que tendría que haber dicho antes. Carlos había bromeado a menudo sobre su propia inconsistencia. Me acuerdo de una vez que describía con una sonrisa una conversación de sobremesa con sus hijos (lo visitaban un par o tres de veces al año) en la que le dijo a su hija que quería conocer y dar el visto bueno a todos los chicos con los que sa­liera. ¡Y tú, —dijo señalando a su hijo—, tú consigue todos los culos que puedas!

Ahora que yo tenía su atención, Carlos no tenía escapatoria. Intenté sa­car partido de mi ventaja mediante una triangulación, y enfoqué el mismo problema desde otra dirección:

—Y Carlos, algo más me viene ahora mismo a la cabeza. ¿Te acuerdas del sueño que tuviste hace dos semanas sobre el Honda verde? Volvamos a él.

Le encantaba trabajar sobre los sueños y le alegró poder dedicarse a este sueño y así dejar la dolorosa discusión sobre su hija.

Carlos había soñado que iba a una agencia de alquiler de coches para al­quilar uno, pero los únicos disponibles eran Honda Civics: los que menos le gustaban. De los varios colores disponibles, él eligió el rojo. Pero cuando fue a buscarlo, el único coche disponible era verde: ¡ el color que menos le gustaba! Lo más importante de un sueño es su emoción, y este sueño, a pe­sar de su benigno contenido, estaba lleno de terror: lo había desvelado y desbordado de ansiedad durante horas.

Dos semanas atrás no habíamos podido ir más lejos con el sueño. Car­los, creo recordar, se fue por la tangente al hablar de algunas asociaciones que hacía sobre la identidad de la dependienta de la agencia de alquiler. Pero ese día yo veía el sueño con nueva luz. Muchos años atrás, Carlos ha­bía desarrollado una fuerte creencia en la reencarnación, una creencia que le ofrecía un bendito alivio ante los miedos de la muerte. La metáfora que ha­bía utilizado en uno de nuestros primeros encuentros era que morir era sim­plemente intercambiar tu cuerpo por otro: igual que si das tu coche viejo a cambio de otro. Le recordé en ese momento la metáfora.

Supongamos, Carlos, que este sueño es algo más que un sueño sobre coches. Evidentemente alquilar un coche no es una actividad que dé miedo, no es una cosa que se convierta en una pesadilla y te mantenga despierto toda la noche. Creo que tu sueño es sobre la muerte y la vida futura, y utili­za tu símbolo de comparar la muerte y el renacimiento con el intercambio de coches. Si lo miramos de esta forma, podemos entender porqué te daba tanto miedo. ¿Qué opinas del hecho de que el único tipo de coche que po­días conseguir fuera un Honda Civic verde?

Odio el verde y odio los Honda Civics. Mi próximo coche será un Maserati.

Pero si los coches son símbolos soñados de cuerpos, ¿por qué, en tu siguiente vida, tomarías el cuerpo, o la vida, que más odias?

Carlos no tenía otra opción más que responder:

Tienes lo que te mereces, dependiendo de lo que has hecho o de lo que has vivido en tu vida presente. Puedes tanto ascender como descender.

Se dio cuenta de dónde conducía esta conversación, y empezó a sudar. El denso bosque de estupidez y crueldad que le rodeaba siempre había cho­cado y espantado a sus visitantes. Pero ahora le tocaba a él sorprenderse. Yo había invadido sus dos templos más sagrados: su amor por sus hijos y su creen­cia en la reencarnación.

Venga, Carlos, es importante: aplica esto a ti mismo y a tu vida. Arrancó de su boca cada una de las palabras muy despacio.

El sueño dice que no estoy viviendo de la manera correcta.

Estoy de acuerdo, creo que esto es lo que dice el sueño. Di algo más sobre lo que piensas de vivir correctamente.

Iba a pontificar sobre lo que constituye una vida buena en todo sistema re­ligioso —amor, generosidad, cuidado, pensamientos nobles, búsqueda de la bondad, caridad— pero nada de eso fue necesario. Carlos me dejó ver que ha­bía acertado: dijo que estaba aturdido, y que aquello era demasiado para tra­tarlo en un solo día. Quería tiempo para pensar en ello durante la semana. Al ver que aún teníamos quince minutos, decidí trabajar un poco en otro frente.

Volví al primer asunto que había sacado en la sesión: su creencia de que había perdido una oportunidad de oro con Ruth, la mujer que había visto brevemente en una reunión de la parroquia, y los golpes que se había dado en la cabeza y las autorrecriminaciones por no haberla acompañado al co­che. La función a la que obedecía esta creencia irracional era patente. Des­de el momento en que continuase creyendo que estaba cerca de ser deseado y amado por una mujer atractiva, podía reforzar su creencia de que no era diferente a los demás, de que no había nada seriamente malo en él, de que no estaba desfigurado, de que no estaba mortalmente enfermo.

En el pasado no me había entrometido en su negación. En general, es mejor no minar una defensa a menos que esté creando más problemas que soluciones, y a menos que uno tenga algo mejor que ofrecer en su lugar. La reencarnación es uno de estos casos: aunque personalmente lo considero una forma de negación de la muerte, esta creencia le fue a Carlos de mucha utilidad (igual que a mucha de la población mundial); de hecho, en lugar de socavarla, siempre la había apoyado y en esta sesión la reforcé al apremiar­lo para que fuera consecuente y prestara atención a todas las implicaciones de la reencarnación.

Pero era hora de desafiar algunas de las partes que menos ayudaban de su sistema de negación.

—Carlos, ¿de verdad crees que si hubieras acompañado a Ruth a su co­che tendrías de un diez a un quince por ciento de posibilidades de casarte con ella?

—Una cosa podría llevar a la otra. Había algo entre los dos. Lo sentía. ¡Sé lo que sé!

—Pero dices esto cada semana: la mujer del supermercado, la recepcio­nista de la consulta del dentista, la taquillera del cine. Incluso pensaste eso de Sarah. A ver, ¿cuántas veces tú o cualquier hombre ha acompañado a una mujer al coche y no se ha casado con ella?

—Vale, vale, quizá está más cerca de un uno o un uno y medio por cien­to de posibilidades, pero había todavía alguna oportunidad, si no hubiera sido tan memo. ¡Ni siquiera pensé en ofrecerme a acompañarla al coche!

¡Qué cosas coges para echarte en cara! Carlos, te voy a ser franco. Lo que dices no tiene ningún sentido. Todo lo que me has dicho de Ruth —sólo hablaste con ella cinco minutos— es que tiene veintitrés años, dos niños pe­queños y que hace poco que se ha divorciado. Seamos realistas, tal y como dices, éste es el lugar adecuado para ser sincero. ¿Qué le vas a decir de tu salud?

—Cuando la conociera mejor, le diría la verdad: que tengo cáncer, que ahora está bajo control, que los médicos lo pueden tratar.

—¿Y?

Que los médicos no están seguros de lo que va a pasar, que cada día se descubren nuevos tratamientos, que puede que se reproduzca en un futuro.

¿Qué te dijeron los médicos? ¿Dijeron que se podía reproducir? —Tienes razón: que se reproducirá en el futuro, a menos que se encuen­tre una cura.

Carlos, no quiero ser cruel, pero sé objetivo. Ponte en el lugar de Ruth: tiene veintitrés años, dos niños pequeños, ha pasado un mal momen­to, posiblemente esté buscando algún apoyo fuerte para ella y para sus hi­jos, y tenga sólo un rudimentario conocimiento y miedo de lo que es el cán­cer, ¿crees que representas el tipo de seguridad y apoyo que está buscando? ¿Crees que va a estar dispuesta a aceptar la incertidumbre que rodea a tu sa­lud? ¿A arriesgarse a ponerse en una situación en la que podría estar obli­gada a tener que cuidarte? ¿Realmente, cuáles son las posibilidades de que se permitiera a sí misma conocerte de la forma que tú quieres, de que se im­plicara contigo?

Probablemente ni una en un millón— dijo Carlos con una voz triste y cansada.

Estaba siendo cruel, pero la opción de no serlo, de simplemente com­placerle, de reconocer tácitamente que era incapaz de ver la realidad, era to­davía más cruel. Su fantasía sobre Ruth le permitía sentir que todavía podía recibir ternura y cuidado de otro ser humano. Esperaba que entendiera que le llamaba la atención con buena voluntad, que no guiñaba el ojo a sus es­paldas, y que esa era mi forma de darle ternura y cuidado.

Todas las fanfarronadas se habían acabado. Con una débil voz Carlos preguntó:

¿Y entonces en qué me deja todo esto?

Si lo que verdaderamente quieres ahora es cercanía, entonces es hora de sacarte de encima toda esta idea tuya de conseguir mujer. Te he observa‑

do castigándote a ti mismo sobre esto durante meses. Creo que es hora de dejar de presionarte. Acabas de finalizar un período difícil de quimiotera­pia. 1 lace cuatro semanas no podías comer, salir de la cama o dejar de vo­mitar. Has perdido mucho peso, estás recuperando fuerzas. Deja de estar-a -la expectativa de una mujer ahora mismo: es pedirte demasiado a ti mismo. Ponte una meta razonable, puedes hacerlo tú tanto como yo. Concéntrate en tener una buena conversación. Intenta profundizar en la amistad de la gente que ya conoces.

Vi que una sonrisa empezaba a dibujarse en los labios de Carlos. Vio cuál era la siguiente frase que iba a decir: «Y, ¿qué mejor lugar que empezar en el grupo?».

Carlos nunca fue la misma persona después de esta sesión. Nuestra si­guiente cita era para el día después del encuentro con el grupo. La primera cosa que dijo es que no me creería lo bien que había estado en el grupo. Ahora fanfarroneaba de que era el miembro del grupo más sensible y que más apoyo daba. Había decidido sabiamente ayudarse a sí mismo y decirle al grupo que tenía cáncer. Decía —y, semanas más tarde, Sarah lo corrobo­ró— que su comportamiento había cambiado tan radicalmente que ahora los miembros del grupo acudían a él buscando apoyo.

Alabó nuestra sesión anterior.

Nuestra última sesión fue de lejos la mejor de todas. Ojalá tuviéramos sesiones como esa cada día. No me acuerdo exactamente de lo que habla­mos, pero me ha ayudado a cambiar mucho.

Encontré uno de sus comentarios particularmente divertido.

—No sé por qué, pero me estoy relacionando de forma diferente con los hombres del grupo. Todos son mayores que yo pero, tiene gracia, ¡tengo la sensación de estar tratándolos como si fueran mis propios hijos!

El hecho de que hubiera olvidado el contenido de nuestra sesión ante­rior me preocupó poco. Era mucho mejor que se hubiese olvidado de lo que habíamos hablado que pasara lo contrario (una opción más habitual en los pacientes): recordar detalladamente lo que se habló pero cambiar poco.

La mejora de Carlos creció exponencialmente. Dos semanas más tarde, empezó nuestra sesión anunciando que, en esa semana, había tenido dos re­velaciones importantes. Estaba tan orgulloso de las revelaciones que las ha­bía bautizado. A la primera la llamó (ojeando sus notas) «Todo el mundo tiene corazón». La segunda se llamaba «No soy mis zapatos».

Primero explicó «Todo el mundo tiene corazón».

Durante el encuentro con el grupo la semana pasada, las tres mujeres estaban poniendo en común sus sentimientos, sobre lo duro que era ser sol­tera, sobre pesadillas. No sé por qué, ¡pero de repente las vi de distinta ma‑

itera! ¡ Eran como yo! ‘tenían los mismos problemas en la vida que yo. An­tes siempre me había imaginado a las mujeres sentadas en un Monte Olim­po con una hilera de hombres enfrente de ellas mientras los clasificaban: ¡éste a mi habitación éste no!

—Pero en ese momento —continuó Carlos—, tuve una visión de sus co­razones desnudos, la pared que cubría su tórax se había desvanecido, se había esfumado, dejando una cavidad cuadrada rojo-azulada cubierta de costillas y, en el centro, un corazón del color del hígado latiendo fuertemente. Du­rante toda la semana he estado viendo el corazón de todo el mundo latir, y me he estado diciendo a mí mismo: «Todo el mundo tiene corazón, todo el mundo tiene corazón». Le he visto el corazón a todo el mundo: ¡a un joro­bado deforme que trabaja en la recepción, a una vieja mujer que hace el sue­lo, incluso a los hombres con los que trabajo!

El comentario de Carlos me dio tanta alegría que me saltaron lágrimas de los ojos. Creo que lo vio pero, para evitarme la embarazosa situación, no hizo ningún comentario y se dio prisa en explicar la siguiente revelación: «No soy mis zapatos».

Me recordó que en nuestra última sesión habíamos discutido su fuerte ansiedad por una presentación que tenía que hacer en el trabajo. Siempre había tenido dificultades para hablar en público: horriblemente sensible a cualquier crítica, a menudo, decía, había hecho un espectáculo de sí mismo al contraatacar visiblemente a toda persona que cuestionara algún aspecto de su presentación.

Le ayudé a comprender que había perdido de vista sus límites persona­les. Es natural, le expliqué, que alguien responda con adversidad a un ata­que a lo más hondo de uno mismo: al fin y al cabo, en una situación así está en juego la propia supervivencia. Pero le señalé que había extendido sus lí­mites personales hasta abarcar su trabajo y, en consecuencia, a la mínima crítica de cualquier aspecto de su trabajo respondía como si fuera un ataque mortal a su ser más hondo, una amenaza para su propia supervivencia.

Presioné a Carlos para que diferenciara entre su ser central y otras acti­vidades o atributos periféricos. Tenía, pues, que «desidentificarlos» de las partes no centrales: podrían representar lo que le gustaba, o lo que hacía, o lo que valoraba, pero no eran él, no era su esencia.

A Carlos le había intrigado este razonamiento. No sólo explicaba el que
estuviera a la defensiva en el trabajo, sino que también podía extender este mo‑
delo de «desidentificación» como apropiado para su cuerpo. En otras palabras,
aunque su cuerpo estaba en peligro, él mismo, su esencia vital, estaba intacto.
Esta interpretación disipó mucha de su ansiedad, y su presentación en
el trabajo la semana anterior fue maravillosamente lúcida, sin que se pusie‑

ra a la defensiva. Nunca había hecho un trabajo mejor. A lo largo de la pre­sentación, había zumbado una pequeña letanía en su cabeza: «No soy mi trabajo». Cuando acabó y se sentó cerca de su jefe, la letanía continuó: «No soy mi trabajo. No soy lo que explico. No soy mi ropa. Nada de estas cosas». Cruzó las piernas y vio sus desgastados y maltrechos zapatos: «Y tampoco soy mis zapatos». Empezó a mover los dedos de los pies y los pies, desean­do llamar la atención de su jefe para decirle: «¡No soy mis zapatos!».

Las dos revelaciones de Carlos —las primeras de muchas otras que iban a venir— fueron un regalo para mí y mis estudiantes. Estas dos revelacio­nes, cada una generada por una forma distinta de terapia, ilustraban la quintaesencia de la diferencia entre lo que uno puede sacar de la terapia de grupo, centrándose en la comunión entre personas, y la terapia individual, centrándose en la comunión dentro de uno mismo. Todavía utilizo muchas de sus gráficas revelaciones para ejemplificar mis clases.

En los pocos meses que le quedaban de vida, Carlos escogió seguir dan­do. Organizó un grupo de autoayuda para los enfermos de cáncer (no sin al­gún golpe de humor sobre que era su última parada para ligar) y también fue el conductor de unos grupos de habilidades interpersonales en una de sus parroquias. Sarah, ahora una de sus principales impulsoras, fue recibida como conferenciante invitada por uno de sus grupos y dio fe de su respon­sable y competente liderazgo.

Pero por encima de todo se entregó a sus hijos, que notaron el cambio y escogieron vivir con él al apuntarse durante un semestre en una facultad cercana. Era un padre extraordinariamente generoso y atento. Siempre he creído que la forma en que uno se enfrenta a la muerte está muy determina­da por el ejemplo que dan los padres. El último presente que un padre puede dejar a sus hijos es enseñarles, a través del ejemplo, a enfrentarse a la muer­te con ecuanimidad; y Carlos dio una extraordinaria lección de armonía. Su muerte no fue uno de esos fallecimientos oscuros, apagados, conspiratorios. Hasta el último momento de su vida, él y sus hijos fueron honestos sobre su enfermedad y se reían juntos cuando bufaba, cruzaba sus ojos y arrugaba sus labios al referirse a su «linfoma».

Pero no hizo mejor regalo que el que me ofreció poco antes de morir, y fue un presente que contesta para siempre a la pregunta de si es racional o apropiado luchar por conseguir una terapia «ambiciosa» para los enfermos terminales. Cuando lo visité en el hospital estaba tan mal que casi no se po­día mover, pero levantó la cabeza, me apretó la mano, y susurró:

—Gracias. Gracias por salvarme la vida.

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