MATERIAL CLINICO N° 3

MATERIAL CLINICO N° 3

Cuando Jonathan comenzó su análisis llevaba casi cinco años en un estado catatónico de creciente profundidad, al cual lo habían impulsado de manera ine­xorable varios años de creciente confusión, ansiedades paranoides y estallidos de

 

EL MUTISMO                                                                                177

rabia que comenzaron en la pubertad. A los veinte años tenía el aspecto de un púber desgreñado de doce, de un triste payasito o incluso, a ratos, de un muñeco de trapo. Sus respuestas verbales estaban prácticamente limitadas a una especie de tic consistente en “no sé, no sé” o “sí, sí”, excepto en momentos dé rabia cuan­do corría por todos lados golpeando las puertas y gritando: “Dejen de molestar­me” o “Déjenme de joder”. A veces, y a propósito de nada en particular, insistía con enojo: “Me voy a salir con la mía” o “Voy a hacer lo que quiera”. Su voz carecía de música, era arrítmica, mecánica. Se orinaba y se ensuciaba constante­mente, se masturbaba, desgarraba sus ropas, se reía sin motivo y afectadamente, y era incapaz de mirar a la gente en la cara, especialmente en los ojos. En algunas sesiones se quedaba completamente inmóvil, sentado con las ropas mal puestas–sin zapatos o con pantuflas puestas en el pie que no correspondía, con la bra­gueta abierta, la camisa fuera del pantalón y las manos metidas dentro de las mangas—. Parecía generalmente exhausto a pesar de que por las noches dormía mu­cho y profundamente.

No puedo describir el contenido completo de los primeros cinco años de su análisis, pero quisiera concentrarme en el aspecto del lenguaje. Luego de estable­cido el contacto, las respuestas tipo tic de “no sé, no sé” fueron reemplazadas por series de palabras que parecían referirse a sueños y, más raramente, a cancio­nes o títulos de películas de TV. Más tarde intentó recitar toda la letra de la canción, de modo que fue evidente que el contenido tenía significado en relación con la experiencia de la transferencia psicoanalítica. En muy pocas ocasiones, irrumpía un fragmento de recuerdo, totalmente desubicado en el tiempo o la geo­grafía de su experiencia vital; pero inevitablemente se reducía a algo inaudible y era reemplazado por “no sé, no sé, no sé”. A medida que el analista comenzó a reunir estos fragmentos en una historia de su vida interior, se hizo notorio que ciertos elementos fijos, tales como llamarse a sí mismo “Boris” o insistir en que tenía dieciocho años (edad en que fue admitido en el hospital) comenzaron a ablandarse y a moverse hacia la verdad. La impresión no dejaba lugar a dudas del • hecho de que a veces él había comenzado a ser capaz de retomar de esa “ningu­na parte” de su sistema delirante, al mundo de la identidad, el espacio y el tiem­po de la realidad psíquica y externa. De alguna forma la absoluta desesperación (en el sentido de Kierkegaard) de su enfermedad había cedido su lugar a la espe­ranza. Fue entonces cuando las reacciones a la separación comenzaron a ser muy severas.

En el cuarto año de análisis, fue ocasionalmente capaz de relatar un sueño o un recuerdo alterado o de describir un suceso reciente en el hospital o en la casa de la pareja a la que visitaba regularmente. En el quinto año comenzó a reunir palabras con significados abstractos y pudo experimentar perplejidad acerca del significado de la conducta de otra gente o de sus propias y numerosas compulsio­nes, que incluían extrañas fonnas de locomoción, conteo y repetición de palabras de dos a cuatro veces. Su uso del lenguaje con propósitos de comunicación, sin embargo, encontraba gran oposición interior, de modo que su discurso era inte­rrumpido con frecuencia debido a que cubría su boca con sus manos, se pellizca­ba los labios, se reía sin sentido y se rascaba el trasero, o bien iba de un salto a “lavarse”. El grado de su esclavitud con un perseguidor interior podría apreciarse

 

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adecuadamente por la distancia a la que sus manos se retraían dentro de las man­gas de su camisa.

Esta larga descripción de un proceso de parcial recuperación de una catástro­fe esquizofrénica, tiene la intención de ilustrar una cierta tesis sobre el desarrollo del lenguaje y acerca del mutismo en el paciente catatónico. La enfermedad irro­gó una destrucción tal del objeto interno, la base de la identidad, que acarreó la destrucción de la capacidad de tener pensamientos y, por ende, los fundamentos del habla, tanto en su aspecto vocal como verbal. En el lento avance que Jona­than hizo hacia la recuperación de su estructura y sus funciones mentales, se pue­de discernir una recapitulación lenta del desarrollo de estas dos dimensiones del proceso del habla, aunque con mucha distorsión y sufrimiento.

La primera dimensión, la verbalización, está ilustrada por la manera en que Jonathan logró introyectar un objeto parlante, o más bien cantante, y pudo repetir con notable precisión la letra de una canción, primero de manera mecáni­ca, pero gradualmente, con mayor ritmo y modulaciones. Fue fácil reconocer que el contenido de esas canciones hacía referencia a interpretaciones recientes acerca de la evolución de las cualidades y relaciones de sus objetos internos y de su signifi­cado transferencial, extraídas de la inferencia analítica de sus sueños, relatos de hechos y recuerdos, y de su conducta durante las sesiones.

La segunda dimensión, la vocalización, que corresponde al balbuceo o al jue­go con palabras del niño pequeño, estaba representada en el tormento de la repe­tición de palabras por parte de Jonathan, y su construcción y reconstrucción de un vocabulario para la expresión de sus propios pensamientos y experiencias, todo lo cual parecería dar sustento a un creciente sentido de identidad.

En contraste, entonces, con el adusto retraimiento de Sylvia de todo inter­cambio verbal y del desplazamiento hecho por Phillipa de este intercambio verbal en una conversación mímica silenciosa con un objeto alucinado, Jonathan ilustra un mutismo basado en una severa fragmentación de la estructura de la personali­dad, con la cor _iguiente pérdida de la capacidad de poseer sus propios pensa­mientos con los cuales pensar. Al progresar ambas dimensiones de la evolución del habla, comenzó a tener pensamientos propios, de Manera que pudo sentir el deseo de comprender sus experiencias, y pedir al analista que le explicara su sig­nificado. La gran diferencia con el desarrollo gozoso de un niño sano radica en el grado extraordinario de sufrimiento mental. Para Jonathan, cada paso adelante debía darse enfrentando la severa oposición de un perseguidor interno amenazan­te y, en la matriz del resentimiento por las separaciones, también frente a su deseo cruel de decepcionar a sus objetos.

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