Sueño a los catorce años

Sueño a los catorce años

Unos meses más tarde Piffie dejó de usar la mesa pequeña y de necesitar tener a mano los restos de material de juego para recurrir a ellos si el silencio o un intervalo amenazaran la rigidez de su plan de controlar a su terapeuta y sus sesiones. En este punto fue capaz de usar el diván y relatar sus sueños de la manera acostumbrada. En la fantasía consciente, sin embargo, había vuelto a una posición semejante a la de los castos monjes, y repudiaba con vehemencia las señales crecientes de la pubertad. El siguiente sueño ocurrió en un momento en que luchaba con la masturbación y anticipaba con miedo su primera emisión.

Soñó que caminaba a lo largo de un canal que estaba separado del mar. En la orilla había un refugio hecho de madera hermosamente tallada. Supuso que estaba allí para proteger a la gente en caso de que el canal desbordara. Repenti­namente hubo una terrible tormenta, el mar se embraveció y desbordó sobre el canal. Era muy peligroso. Huyó muy lejos subiendo la ladera de la montaña. Cuando alcanzó una altura segura se detuvo y miró hacia atrás, pero había una densa niebla; no pudo ver nada ni decir qué estaba sucediendo. Finalmente la tormenta pasó y se aclaró la niebla. Volvió al canal, esperando encontrar el refugio destruido por la inundación, pero en cambio encontró, para su gran alivio, que “alguien lo había desmantelado”. Las partes de madera del refugio, que estaban hacinadas y sin daño, podían ser armadas nuevamente con facilidad. (“Desmante‑

 

lar” fue su propia palabra al relatar el sueño y yo nunca había usado ese término con él.)

El canal, las aguas quietas contenidas dentro de límites fijos y separadas del mar, ilustra su acostumbrada rigidez circunscrita, ejemplificada en esa época por la insistencia de que su pene sólo existía como conducto urinario. El mar y las tormentas ocurrían frecuentemente en sus sueños como imágenes utilizadas para representar fuerzas amorfas (es decir anónimas, irreconocibles) que resistían los límites y controles de sus sistemas clasificatorios. En esta ocasión, el surgimiento de sus impulsos sexuales irrumpió, atravesó y barrió con las barreras obsesivas. Sintió que era una peligrosa amenaza tanto para sí mismo como para el refugio materno, cuya belleza apreciaba. Por un momento pareció que lo único que podía hacer era huir. Pero esta vez no se retiró mediante una mayor movilización de su estado obsesivo. Permaneció íntegro y en pleno contacto con el choque emo-,ional de la situación, contando con una montaña-pecho a la cual huir; un objeto eviden­temente capaz de contener su asustado self y de restaurarle el coraje de percibir lo que “realmente” sucede. Desde la posición ventajosa y segura de la madre, se aclaran las nieblas del temor (¿y posiblemente también la amenaza de un inter­valo de desmentalización?). Al recobrarse, es capaz de percibir que las ondas tormentosas del orgasmo no causaron un estado devastador de desintegración. El valorado refugio materno, con sus partes hermosamente talladas, no era tan frágil como temía; mediante el uso del proceso de desmantelamiento, él puede protegerlo con amor del tormentoso empuje de sus emociones.

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