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EL SEGUNDO PERIODO DE LA PSICOTERAPIA

EL SEGUNDO PERIODO DE LA PSICOTERAPIA

En la primera ocasión lloró porque el electricista, que había estado cambian­do los cables de su casa, había terminado su trabajo y se había ido. Con lágrimas me contó que “todas las cosas hermosas tienen un final” y que por ello él no podía disfrutar de nada. También expresó sus agudos temores de que su madre muriera. A continuación miró sus antiguos dibujos, recordándolos en gran detalle, y quedó encantado cuando yo también los recordé. Había una gran idealización de la ya perdida infancia que pasó conmigo.

Sin embargo, una vez que se decidió que la terapia debía recomenzar regular­mente (aunque sólo una vez por semana) se puso a trabajar en su manera carac­terística. Para comenzar se preocupó en explorarme para dominar los hechos que habían ocurrido durante su ausencia. Dibujó planos de una casa de departamentos;

 

160                                                           S, HOXTER

yo ocupaba uno de ellos. Una enredadera creció y gradualmente invadió los depar­tamentos. Los límites entre los departamentos cambiaron al acomodarse los dis­tintos ocupantes en los territorios de otros: intercambiaban recintos, echaban a los rivales, se casaban, cambiaban de pareja o tenían hijos que a su vez echaban a los padres. En su viejo estilo, el mismo dibujo era dibujado, rehecho y alterado interminablemente. Hubo también una larga serie de árboles genealógicos, que mostraban que yo tenía hijos locos o asesinos, o que Piffie era mi pariente; pero que mostraban, también, sus esfuerzos por controlar la mortalidad.

Durante un tiempo pareció que la sesión semanal era suficiente para aliviar su depresión, sobre todo al asegurarle de que yo aún estaba viva. Al principio usó las sesiones fundamentalmente como medio de facilitar sus fantasías de dete­ner el progreso, con preferencia a mantener los siempre cambiantes pero inva­riables procesos omnipotentes de posesión invasora y de control. No obstante, estos procesos podían vincularse ahora más directamente con su ecuación simbó­lica de la separación del objeto materno y la muerte. Sus mecanismos obsesivos eran considerados una defensa contra el temor a la muerte pero también como procesos para las satisfacciones primarias del control omnipotente.

Después de largos períodos de trabajo sobre ‘este lineamiento, le fue posible usar las sesiones con menos exclusividad para Piffie el bebé omnipotente y lograr analizar más directamente las ansiedades persecutorias experienciadas en la escuela y el funcionamiento de su psicopatología en su vida externa. Durante un largo período, sin embargo, cualquier amenaza a su fantasía de posesión omnipotente de al menos un segmento de su objeto, daba lugar a un rápido refuerzo de sus me­canismos obsesivos.

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