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ANSIEDADES RELACIONADAS CON LA ESCUELA

ANSIEDADES RELACIONADAS CON LA ESCUELA

Durante los primeros años escolares surgió material relacionado con las seve­ras ansiedades que vivenciaba al asistir a la escuela. Esto continuaba básicamente sin cambios cuando recomenzó su terapia. Sin embargo, hasta que cumplió doce años no fue realmente capaz de hablar acerca de la escuela de manera directa en su tratamiento. Los siguientes comentarios se refieren entonces al sufrimiento experimentado desde al menos la edad de seis años, y que sólo disminuyeron de alguna manera en tiempos más recientes.

A la sola mención de la escuela acostumbraba poner las manos sobre sus orejas y a correr como un animal atrapado. Quería mantener su relación conmigo como un área protegida de uso exclusivo para las ansiedades e indulgencias de Piffie, su self bebé, y excluir todo lo relacionado con su vida exterior como Chris­topher, el escolar.

La rígida separación entre la vida escolar y familiar se ilustraba en sus senti­mientos acerca del uniforme escolar. Cuando pequeño había experimentado severas ansiedades al usar ropas nuevas. Ponerse el uniforme escolar, especialmente la corbata, era para él una prueba muy penosa. Con grandes esfuerzos evitó siem­pre venir a la sesión con su uniforme. Esta ansiedad había sido un factor más en

 

sus dificultades en hacer amigos; era incapaz de tolerar el encuentro con alguien vinculado con la escuela, fuera de ésta. E, incluso más tarde, cuando deseaba tener amigos, sufría terribles dilemas acerca de si las visitas debían hacerse en vestimenta escolar o de casa.

Sentía terror de los otros niños y era totalmente incapaz de participar en nin­gún juego que implicara actividad física y que lo expusiera a burlas; se agitaba excesivamente si alguien tomaba prestado o escondía útiles en su pupitre. Una paradoja de la rígida separación que había impuesto entre hogar y escuela fue su insistencia en que lo llamaran “Piffie” en la escuela. Era suficiente que un compañero lo llamara Christopher para que quedara reducido a rabia y lágrimas impotentes. Piffie el bebé debía permanecer seguro en casa dentro de mamá y sólo en estos términos era capaz de entrar en su uniforme e identidad de escolar. Pero también existía el terror de la pérdida total de identidad. Parecía que la mera mención del nombre del alumno Christopher, podía confirmar mágicamente la finalidad de ser segregado de la identidad de Piffie, el bebé que vive dentro de la mamá.

Podía separarse de su madre y asistir a la escuela en tanto sintiera que una parte de sí mismo continuaba viviendo dentro del objeto, manteniéndose ambos, él y ella, en un estado de unión eterna. Emerger de su objeto, separarse y crecer, contenían los terrores de una muerte inminente. Los cumpleaños (antes de los trece años) estaban siempre precedidos por semanas de creciente ansiedad. Mien­tras no se mencionaran, todo parecía andar bien, pero si alguien en su casa o en la escuela hacía la menor mención de su cumpleaños, surgían en él ansiedades de proporciones aterrorizant es.

Había un tabú semejante con respecto a toda mención sobre su crecimiento. Si podía de alguna forma imaginarse como un adulto, era como un huérfano sol­terón, viviendo como un ermitaño, aprisionado en un cuarto en ruinas, en un estado de la más abyecta miseria y pobreza. Más adelante dejaba caer comentarios como “cuando crezca…” o “cuando vaya a la universidad.. .”, y entonces se tapaba la boca con las manos.

Durante su segundo período de psicoterapia se hizo evidente que todos los intereses y hobbies de Piffie se relacionaban con sus mecanismos e impulsos obsesivos. Poseía una gran colección de conocimientos inútiles. Para dar sólo dos entre muchos ejemplos posibles: acostumbraba copiar de los diarios los detalles acerca de la temperatura del día anterior, máxima y mínima, la cantidad de lluvia caída, etc. Se enfurecía cuando había huelga de diarios, y su temor a las vacaciones se expresaba en gran parte en su rabia por los intervalos que habría en sus anotaciones del tiempo, mientras viajaba al exterior. También hacía listas de todos los artículos lavados en el lavarropas familiar. Era posible, por ejemplo, saber cuántas veces había sido lavado un determinado par de medias. Las vacacio­nes familiares y los lavados de ropa inesperados despertaban su furia por causar estragos en sus anotaciones. Muchos temas y palabras eran tabú, es decir que no podían abrirse los compartimientos donde habían sido encerrados. Así su nom­bre, Christopher, no podía ser mencionado, pero también había palabras que nunca debían pronunciarse juntas: “madre” era permitida, “fumando” también, pero las palabras “madre fumando” eran excesivamente peligrosas y las contra‑

 

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rrestaba tapándose los oídos y con gritos. De esta manera, continuó, en gran medida con su excesivo control en el hogar, aunque fuera capaz en varios aspectos de llevar la vida corriente de un niño de su edad.

Continuaba fascinado por explorar casas. Tanto en la vida real como en sus sueños, pasaba mucho tiempo investigando el espacio bajo el techo de su propia casa y de la casa vecina. También disfrutaba en rastrear los sistemas de cañerías y hablaba de abrir agujeros secretos para pozos de inspección, con la esperanza de hacer trabajos de detective sobre la prueba provista por la defecación y la menstruación.

Tenía un extenso conocimiento de geografía y en particular disfrutaba en coleccionar datos concernientes a oscuros lugares de los cuales nadie había oído hablar. Su envidia y rivalidad habían sido casi exclusivamente expresadas en este contexto. Muchos de sus sueños se referían a bordes y fronteras, aduanas y control de pasaportes. Había viajado mucho con su familia, pero sus largas histo­rias de las vacaciones no daban información alguna acerca de sus experiencias, pues se reducían a listas de datos. tales como nombres de lugares y horarios de salida y de llegada.

Podía disfrutar de la lectura de enciclopedias pero no sentía ningún placer en la ficción o la literatura. Los boletines escolares indicaban que su compren­sión era pobre y que sus composiciones carecían de imaginación. Se hacían comentarios acerca de su tendencia a manipular hechos sin entrar en materia. Era excelente en cronología y en hacer árboles genealógicos buscando en la Biblia, por ejemplo, desde Adán a Jesucristo. Pero los boletines escolares indi­caban un progreso irregular en conocimientos de religión y odiaba historia de la manera en que la enseñaban en la escuela, debido a que se ocupaba sobre todo de guerras. Era excelente en matemática.

Al principio, en la escuela lo consideraban un alumno excepcionalmente capaz; quizá la pobreza del programa de estudios que imponía el examen de ingreso y el énfasis puesto en el aprendizaje mecánico de memoria, enmascararon la aridez del desarrollo de Piffie. Más tarde, sin embargo, los boletines escolares indicaron en principio una creciente conciencia de la naturaleza de sus dificultades educacionales, y luego cierto progreso en este aspecto.

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