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Segunda sesión: El camión volcador

Segunda sesión: El camión volcador

John parecía más vivaz y subió las escaleras con paso impaciente. Excitado, olfateó el almohadón marrón y después me olfateó a mí, dio una vuelta alrededor de mi sillón, se paró junto a mí, me miró a la cara y, riendo, comenzó a saltar como si rebotara*. Advirtió una pelota roja dentro de un recipiente, la recogió y la arrojó lejos de sí. Salió corriendo con el aeroplano mientras emitía zumbidos, se tocó fugazmente el pene y se tendió en el diván meciéndose y riendo. Al oír el ruido de un aeroplano se puso de pie de un salto, me golpeó el brazo diciendo “papá” y olfateó mis piernas. Se llevó el avión y el auto verde al diván y aplicó la nariz del avión a la parte posterior del auto, miró por su ventana trasera y después comenzó a saltar y rebotar sobre las rodillas. Mediante risas y balbuceos mantuvo una “conversación” con el auto, luego arqueó repentinamente la espalda y lanzó la cabeza por encima del extremo del diván. Vino hacia mí y me tiró la oreja, me empujó para que me sentara junto al diván y se tendió de espaldas atravesado sobre mi falda; después subió y bajó la caja del camión volcador a la vez que me daba el ocasional manotazo en la espalda. Esto se prolongó durante un rato, mientras John hacía fuerzas y emitía gases. De repente el camión volcador cayó detrás del diván quedando fuera de la vista. John pareció desolado, se aferró al lóbulo de mi oreja tirándolo con fuerza, después extendió los brazos para ser elevado hasta mi falda y se sentó arrebujado contra mi pecho. Poco a poco se recostó en mis brazos, siempre aferrado firmemente al lóbulo de mi oreja, y me miró a los ojos con atención. Luego se incorporó, tomó una pelota en cada mano, lamió una de ellas y mordió la otra varias veces. Al final de la sesión se mostró reacio a dejarlas y le dio a cada una un fuerte mordisco de despedida.

Comentario. Seleccionaré sólo unos pocos ítems a partir de este rico mate­rial. En primer lugar llama la atención la marcada acentuación del olfato como medio de identificar objetos. Tal vez John tenía la ilusión de que sus flatos habían

 

creado una barrera, un círculo que me rodeaba como su cuerpo enroscado lo había hecho el día anterior. Al principio realmente se comportó como si yo hubiera sido el pecho-pelota rojo que le había sido infiel con papá y que debía ser ya descartado, ya reposeído con violencia. Mi infidelidad parece haber sido experimentada sólo cuando el sonido del aeroplano entró en su conciencia. El golpearme mientras decía “papá”, sugiere que el aeroplano no era sentido corno externo y distante, sino que había invadido su espacio vital, compitiendo con John por la ocupación de mi cuarto y de mi cuerpo. Por unos minutos pare­ció sentir que podía estar dentro y participar en la relación sexual entre papá y mamá, pero sus palmadas y ventosidades traicionaron sus celos. Así John, al comienzo de su tratamiento, como Timmy después de cuatro años, no diferen­ciaba con claridad entre afuera y adentro del cuarto, adentro o afuera de mi cuerpo, o, alternativamente, sus ojos tenían la capacidad de revertir la perspec­tiva (Bion) en un momento (o sus dedos de dar vuelta la piel, como cuando me retorció el lóbulo de la oreja o dio vuelta el broche), de modo que el interior y el exterior parecían intercambiarse instantáneamente. Se revertían como si él hubiera atravesado una puerta giratoria. Tampoco sentía su cuerpo muy dife­renciado del mío: al parecer, con un manotazo, “papá” podía ser volteado tan fácilmente de mi espalda corno de su propio trasero. Existía, sin embargo, un pun­to peligroso: en el proceso de descartar a “papá” también podía perder a “mamá”, o caerse él mismo como de un camión volcador. En ese momento se sintió perdido y desolado y se tomó con fuerza del lóbulo de mi oreja, de mis brazos y de mis ojos. Cuando lo levanté, su capacidad de gratitud quedó indicada por el lamer una pelota y separar su enojo de ella dirigiéndolo sobre la otra; pero tal disociación se desmoronó pronto, frente a la separación ineludible, al final de la sesión. En efecto, yo no volvería a tener un contacto tan estrecho con él por algún tiempo.

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