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LAS SIGUIENTES CUATRO SEMANAS Y MEDIA: ARROJADO EN LAS ORILLAS DE LA DESOLACION

LAS SIGUIENTES CUATRO SEMANAS Y MEDIA:
ARROJADO EN LAS ORILLAS DE LA DESOLACION

En la tercera sesión John jugó con el aeroplano y con el camión volcador pero los tiró muy pronto detrás del diván. Comenzó a arrancar pequeños fragmen­tos de unos panes de plastilina de distintos colores y dijo “flor” con voz profunda y ronca. Me trajo los trocitos y me indicó con claridad que yo debía amasarlos juntos y formar con ellos una bola. Una vez que lo hice se puso muy excitado, se subió al diván de un brinco y comenzó a masticar trozos grandes de la bola de plastilina. Al final de la sesión gritó y tironeó con fuerza de los cajones de los otros niños.

Después del primer fin de semana golpeó la cabeza contra la cómoda, arrojó la pelota de goma en la estufa diciendo “ida”, tiró al suelo las tazas de plástico y descartó la pelota de plastilina diciendo “no para comer”. Luego se sentó a raspar la plastilina adherida a la suela de su zapato, ¡y se la comió! Todo lo bueno se había ido, como yo me había ido durante el fin de semana. ¿Sintió que yo lo ha­bía abandonado con indiferencia dejándole sólo la comida fecal-plastilina sobre el

 

66                                                         I. WITTENBERG

zapato? ¿Sus celos se.componían de su rabia y su desesperación por estos niños-flores que eran contenidos y alimentados en lugar de él? ¿Por qué era “no para comer” la bola de plastilina? ¿Para resguardarla de sus dientes filosos? Es proba­ble que se me acusara de permitir que John y sus objetos cayeran en pedacitos.

Durante las cuatro semanas siguientes tuve frente a mí a un niño cuyos ojos habían perdido su vivacidad y que se precipitaba de una actividad a otra; si bien su cuerpo continuaba moviéndose con determinación, todas sus actividades pare­cían inconexas. ¿Cómo puede describirse el propósito de la falta de intenciona­lidad? (purposeful aimlessness). Incluso relatarlo supone una ordenación de los sucesos que le es ajena. John lamía, mordía, descartaba juguetes, emitía sonidos ininteligibles, se apoyaba contra mis piernas, desmenuzaba la plastilina, retorcía pequeñas varillas que luego arrojaba por encima del hombro, corría de un lado a otro, pisoteaba algunos trozos, se sentaba sobre otros como por accidente y después pateaba la escalera diciendo “abajo, abajo” en voz que iba perdiendo fuerza con cada paso descendente. Habiendo comenzado su terapia de modo muy semejante al de Timmy después de cuatro años de tratamiento, John se compor­taba ahora como el Timmy de la sesión decimoquinta.

Sólo de manera gradual emergieron ciertas pautas, tras gran esfuerzo de mi parte para identificar algunos de los fragmentos de su conducta; tal vez no fue tanto lo que dije sino la presencia de mi voz lo que lo introdujo de nuevo en mi órbita. Así, comenzó a emerger el olfateo de la escalera durante el ascenso y a establecerse como una manera de probar si otros pies la habían subido desde que él estampara sus olores de plastilina sobre ella. Esparcir la plastilina por todo mi cuarto se convirtió en una manera de delimitar su territorio y de detener a sus rivales. También se hizo evidente que el hacerme amasar la plastilina con las manos la transformaba: se convertía en una salchicha grande y larga que él sus­pendía delante de su boca a la manera del suplicio de Tántalb.

La plastilina no era lo único que despedazaba. Llegaba cada mañana arras­trando una planta que luego destrozaría con habilidad dejando un reguero de cabezas-flores y de carne-hojas en la escalera y en el cuarto. Despojaba a la planta de su follaje hasta que sólo quedaba un esqueleto, que suspendía invertido y lo sacudía sobre el suelo. La forma de la estructura subsistente se parecía a veces a la de un paraguas con las varillas dadas vuelta de adentro hacia afuera.

Un rasgo permaneció siempre constante: su misteriosa conciencia de los aviones que se acercaban. Sus oídos los detectaban mucho antes que los míos. El suspendía inmediatamente lo que estuviera haciendo, me arrastraba a la ventana y extendía los brazos para ser alzado hasta el antepecho. Tan pronto como el avión podía verse u oírse retumbar en lo alto, él se aferraba al lóbulo de mi oreja, hundía su cabeza en mi hombro y luego se chupaba el antebrazo. A veces aparecía un pájaro en su campo visual y, al verlo volar, apretaba la espalda contra mi pecho y permanecía inmóvil, contemplando los pájaros y las flores del jardín de abajo. En esas ocasiones parecía infinitamente de,,Jlado, como si el mundo que se ex­tendía más allá del vidrio contuviera todo aquello de lo que él estaba excluido de un modo irreparable. Este encantamiento silencioso solía quebrarse de golpe: me miraba a los ojos, hurgaba mis oídos, me propinaba violentas palmadas en el hombro y golpeaba la cabeza contra la mía. Al parecer, mis ojos eran tan trans‑

 

parentes como el cristal de la ventana y también mi interior era pasible de ser es­cudriñado. El interior de mi cuerpo para John equivalía absolutamente al jardín donde atisbaba a los pájaros y flores-bebés rivales; pero al mismo tiempo esos rivales parecían erigir una barrera dura como el panel de vidrio, sólo penetrable a golpes y por la fuerza. Era como si la presencia de aeroplanos, pájaros y flores significara que esos rivales habían tomado posesión completa de mí, dejándolo fuera; como si no existiera un espacio vital separado que él pudiese poseer, ningún lugar donde esconderse de ellos: o ellos o él debían poseer la totalidad del cuerpo materno. Una vez más John se parecía, en la cuarta semana, a Timmy en el cuarto año de tratamiento.

De un modo retrospectivo, los fragmentos de su conducta pueden ser conce­bidos como conchillas, cada una de las cuales contenía aspectos de su relación conmigo; un intento constante de apoderarse de un trocito de mis contenidos que, aunque momentáneamente atractivo, sentía que era arruinado por sus mordiscos o arrebatado y destrozado por sus rivales, lo cual lo dejaba en las playas de la desesperanza. Impulsado por la ira y la desesperación, John no sólo volteaba, arrancaba, despojaba, destruía y descartaba mis contenidos (convirtiéndome en un objeto tan devastado como el jardín de sus padres) sino que hacía lo mismo también con su propia mente, que quedaba desechada junto con esos objetos. Cuando lo conduje “abajo, abajo”, se lo veía ausente como si hubiera dispersado sus pensamientos y funciones mentales, diseminándolas en el viento, como si no pudiera tolerar el terror de que lo dejaran caer. Sin embargo, John no deseaba bajar: se colgaba con fuerza del lóbulo de mi oreja con la inflexible determina­ción de quien se aferra a su preciosa vida.

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