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b. Organización del self y los objetos

b. Organización del self y los objetos

Ya hemos sugerido que el estudio de la organización del espacio vital en estos niños rinde una alta información científica acerca de los procesos más tempranos en esta área, y una recompensa semejante se puede derivar del estudio de la orga­nización del self y los objetos. Sin embargo, ésta es de carácter más restringido: básicamente, lo que descubrimos son fenómenos relacionados con los aspectos más primarios de los mecanismos obsesivos que son, tanto de interés general en lo que respecta a la obsesión, como de interés más específico respecto del elemento obsesivo en las perversiones, sobre todo en la posición del objeto del juego fetichista, como ha descrito el editor (D. M.) en otro lugar.1

Nuestro punto de vista es que la obsesión puede ser descrita en general emer­giendo de dos factores en cuanto a la relación del self con sus objetos; primero de todo, depende del control omnipotente sobre los objetos, y, segundo, se apoya en los ataques al vínculo para separar a los objetos y mantenerlos de esta manera mejor controlados. Aunque el orden lógico de las operaciones parece ser el que hemos establecido —control primero, seguido de la separación como baluarte del control— queremos discutirlos en el orden inverso.

Como dijimos antes, encontramos que estos niños tienen en alto grado la capacidad de disociar sus modalidades sensoriales del vínculo consensual ordina­rio que las liga entre sí. Nos inclinamos a ver esta función ordinaria a la luz de la formulación de Bion de la función alfa, como una manera de describir la función mental que convierte a las sensaciones en pensamientos manipulables en el pensar. Queremos describir otro tipo de fracaso que produce eventos sensuales adecuados solamente para el placer, y que no pueden ser aprehendidos como experiencias, ya sea para manipularlas en el pensamiento o, consiguientemente, para la comu­nicación, Pensamos que estos eventos difieren de los elementos beta de Ilion, adecuados solamente para la evacuación.

En Sexual States of Mind. Clunie Press, 1973.

 

Mientras en su forma más extrema esta disociación de la consensualidad con­figura la operación esencial para la formación del estado autista propiamente dicho, su uso parcial es característico de la personalidad postautista y es la base de la obsesionalidad extrema, como va a ser ejemplificado en el material de Piffie. Debemos subrayar una vez más que el ataque al vínculo se dirige contra el yo, es muy pasivo y no de modalidad sádica. La función yoica de la atención se manipula en forma tal que permite simplemente que la experiencia de los objetos caiga en pedazos y se restituya de golpe.

Esta diferencia entre el ataque destructivo directo al vínculo entre obje­tos u objetos parciales y los ataques indirectos a estos vínculos a través del des­mantelamiento de la capacidad del self de experiencias consensuales, es una impor­tante distinción general en lo que respecta a las perturbaciones obsesivas. El gran misterio acerca de estas perturbaciones ha sido siempre el amplio grado de varia­ción en el nivel de ansiedad persecutoria consiguiente al establecimiento del con­trol omnipotente y la separación de objetos. Desde luego, en general se considera que el grado de persecución consecuente a la operación de una defensa es propor­cional al grado de sadismo con que. ésta fue montada. Freud, en sus trabajos “Fe­tichismo” (1927, S.E., xxi) y “Escisión del yo en el proceso de defensa” (1938,

xxiü) señaló la dirección a seguir para la resolución de este misterio, que co­rrectamente vinculó con el problema general del mantenimiento de la salud men­tal frente a conflictos infantiles no resueltos. El estudio posterior hecho por Me­lanie Klein de los procesos de disociación en su trabajo de 1946, “Notas sobre al­gunos mecanismos esquizoides”*, y en contribuciones ulteriores se concentró básicamente en el problema de la psicopatología. Podemos ahora sustentar, con cierta precisión, la formulación que hiciera Freud acerca de la operación de los procesos disociativos cuando están al servicio de preservar la parte sana de la per­sonalidad de la invasión de las partes enfermas o, digámoslo así, de su sometimien­to a éstas.

El proceso de desmantelamiento del self, especialmente en cuanto a su capa­cidad para tener experiencias perceptuales consensuales, y por consiguiente a la capacidad de introyección de objetos integrados, da una respuesta muy satisfac­toria a este problema. No era, finalmente, una mera cuestión de cómo salud y en­fermedad pueden existir lado a lado en la personalidad sin destruir la salud de la mente. El problema era económico y de una naturaleza más delicada: ¿cómo es posible mantener a los objetos buenos bajo control y separados sin que se de­biliten y, por ende, se hagan vulnerables a los ataques sádicos de la parte destruc­tiva de la personalidad, como sucede en la catatonía? Se utiliza el mismo princi­pio, por ejemplo, para hacer la distinción entre la unión de un grupo por medios concretos (con cadenas) o abstractos (como en una sociedad secreta) y la simple asociación de miembros con el propósito de ser reconocidos por ellos mismos y por otros (como en el caso de cualquier tipo de uniforme). Este último método define al grupo en términos de reconocimiento, es decir perceptualmente —más que en términos de acción, ya sea impuesta o cercenada—. En realidad, en la for­mación de grupos en el mundo exterior, ambos métodos se utilizan conjunta‑

* En Obras completas. 3. Buenos Aires, Paidós-Horrné, 1978.

 

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mente, como por ejemplo, el atuendo clerical y los votos sagrados. Es una conti­nuación o extrapolación del proceso natural mediante el cual las especies se identifican unas a otras y reconocen a sus depredadores. Los ratones de la fábula querían ponerle un cascabel al gato para conocer sus movimientos; es decir, querían utilizar su percepción a distancia para identificar a un depredador. Por el contrario, para identificar una relación más íntima, se elige una percep­ción de contacto. Este es el método general en la naturaleza, establecer criterios a distancia para la identificación de enemigos, y proximales para las indicaciones de amor y amistad. Este sistema queda destruido en el proceso de desmantela­miento y, al hacerlo, se sacrifica gran parte de la capacidad adaptativa.

¿Cómo es posible, entonces, que el desmantelamiento del self perceptivo afecte el control omnipotente sobre los objetos sin debilitarlos frente a las partes destructivas? Supongamos, por ejemplo, que mamá usa un uniforme, y papá una campanilla, de manera que son identificados por la vista y el oído respectivamente. La asignada capacidad perceptual, cuando se desmonta, trastroca la experiencia. de tal modo que el niño no está tratando ya con una mamá de uniforme y un papá con campanilla, sino con una mamá sorda y un papá ciego. Mamá no puede oír la campanilla de papá, y papá no puede ver el uniforme. de mamá. Pasan como los barcos en la noche del proverbio. Es decir, el niño descontento les hace pasar la noche bien separados en su mente.

Lo importante acerca de estas operaciones es que dan lugar a la introyección de objetos defectuosos en cuanto a las relaciones íntimas. La sexualidad cons­truida sobre esta base se inclina con mucho peso hacia lo fetichista; o, para mantener nuestra analogía, a la búsqueda de una mujer con campanilla o un hom­bre con uniforme. Esto es lo que en realidad sucede en el fetichismo propiamente dicho y aporta el elemento fetichista de la elección de objeto en todo el ámbito de las perversiones.

En la personalidad postautista, esto se manifiesta en el grado y el tipo es­pecial de obsesión, que va a ser descrito particularmente en el material de Piffie. Ahí se verá cómo la preocupación de mantener a los objetos incomunicados (co­mo en el episodio del hombre en la escalera) promueve también una curiosidad rumiante cuasicientífica acerca de cómo se unen las cosas y de cómo se previene su desunión. Uno de los ejemplos más notables de este tipo fue el período en que Piffie experimentaba con permutaciones de forma y color en un dibujo bastante estilizado de una casa y un árbol. El cielo azul, el pasto verde, la casa amarilla, el techo rojo, el árbol marrón, etcétera. En forma similar los cambios de colores al­ternaban con el interior y el exterior d’e la casa. La impresión final era que Piffie no tenía ninguna convicción de que el azul del cielo o el verdor del pasto eran algo más esencial que el rojo del techo o el amarillo de la casa, o que si uno estuviera dentro de la casa, todo pudiera quedar invertido.

Pudimos ver que, con una actitud ciertamente tiránica, no toleraría que el azul del cielo estuviera siempre apareado al verdor da césped, afirmando, más bien, que este arreglo estaba bajo su propio control y que la combinación sólo existiría mientras él lo viera así. De la misma manera en que él pudo encarar la sorpresa del hombre en la escalera con una serie de dibujos en los cuales cesaba gradualmente de existir como experiencia recordada, podía también enfrentarse

 

con los datos de los hechos diarios de la naturaleza empleando sus sentidos de manera selectiva y de acuerdo a su conveniencia. Esto indica un alto grado de in­teligencia, capaz de usar la atención para efectuar tales abstracciones en el estado postautista y que, sin embargo, llevado a su extremo de no-atención en el esta­do autista, puede aparecer_como defecto intelectual.

Podría decirse que el carácter obsesivo de la personalidad postautista se compone, por tanto, de una tendencia a emplear el desmantelamiento del self en una forma particular, al servicio del control omnipotente y de la separación de los objetos, que trae como consecuencia una preocupación rumiante por la forma en que los elementos del mundo se vinculan entre sí. Cuando decimos que esta actitud es cuasicientífica no descartamos la posibilidad de que pueda efecti­vamente resultar una verdadera actividad científica más tarde en la vida. Es muy posible que muchos científicos hayan tenido un período autista y un carácter postautista. La natural extrapolación de un carácter postautista daría lugar al estilo de vida del idiota sabio; y esta tendencia puede verse por cierto en Piffie y en Barry. Otro niño, cuyo material no pudo ser incluido aquí, estaba a los ocho años casi exclusivamente preocupado con la pintura de flores. Robert, prácticamente ineducable en otras áreas, a partir de su identificación narcisista con su madre, que era una pintora de retratos, era capaz de producir las más maravillosas acuarelas de flores, precisamente coloreadas y llenas de vida, en la forma más rápida, hábil y organizada.

Nuestra conclusión general, respecto de las implicaciones de estos descu­brimientos en niños autistas, con arreglo a nuestra comprensión del campo más amplio de la obsesionalidad —en el carácter y las neurosis, así como también en el aspecto compulsivo de la perversión— es que es posible construir un es­pectro del sadismo. En una punta de este espectro podemos encontrar la cata­tonía, el gozo cruel más extremo con que los objetos se mantienen en un estado de paralización. En el otro extremo está el desmantelamiento no sadista del self en la personalidad postautista. Aquél ubica al objeto en un estado de tor­turante esclavitud, éste trastorna simplemente la capacidad de encontrarse de los objetos, pero sin infligirles dolor o provocarles debilidad. Entre estos dos polos se podría acomodar el espectro de las perturbaciones obsesivas en función de una mezcla relativa de estas dos operaciones, para construir una especie de tabla periódk,a. con referencia a la gravedad de la perturbación mental. Debe recor­darse que la severidad de la enfermedad en el estado postautista no se relaciona especialmente con el grado de obsesionalidad, sino con la otra área de la psico­patología, es decir, la perturbación en la organización del espacio mental, que trae como consecuencia un serio obstáculo para la maduración. El sistema obsesivo es, más que psicopatológico, no adaptativo, en el mismo sentido que muchos sis­temas filosóficos y teológicos son no adaptativos cuando se toman como una guía de conducta en el mundo. El problema reside en que queda interferida la respuesta emocional frente a la complejidad del mundo, cuando la sobresimplificacióri “cerebral” del pensamiento obsesivo interfiere con la experiencia. En un sentido filosófico, se sacrifica la estética de la armonía turbulenta del crecimiento por la armonía plácida del orden. Esto conduce a un estado mental que sería adecuado para la vejez, para el recuerdo de experiencias; pero no para un momento de la

 

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vida en que aún hay muy pocas experiencias para recordar. Produce una tranqui­lidad wordsworthiana en un momento de la vida en que hace falta todavía una pujante turbulencia. Es así que Barry, en búsqueda de trabajo y vivienda a los veinte años de edad, no pudo encontrar nada que satisficiera sus requerimientos y prefirió permanecer en su casa como ama de llaves de su madre. La posibilidad de que el mundo le impusiera exigencias era simplemente extraña para su pensar,’ muy semejante al Bartleby de Melville.

Antes de cerrar este perfil introductorio de los descubrimientos que serán ejemplificados en los capítulos siguientes sobre cada niño en particular, queremos decir algunas, palabras acerca de la relación de este tipo especial de sistema obse­sivo con el problema de los llamados objetos transicionales. En sus últimos escri­tos, Winnicott reconoció el valor equívoco de estas construcciones: mientras que puede servir económicamente para ayudar a superar la transición del niño en sus relaciones objetales, también existe un gran peligro de que el objeto transicional tome una significación fetichista y sea usado como foco para el aislamiento de una tendencia perversa. Creemos que el mecanismo de desmantelamiento es en realidad la base para la formación de un objeto transicional. Es posible ver cómo emerge en el caso de John y su osito de felpa; pero también es claro que, gradual­mente, el osito se convirtió en el foco de la organización del narcisismo en el que John se refugiaba para aliviar sus sentimientos depresivos, al reducirse su tenden­cia autista. Lo mismo sucedió con Timmy, y estaba también presente enalto grado en la relación de Barry con el aparato de televisión. Nuestra conclusión es que la formación de un objeto transicional es, en efecto, una operación muy riesgosa para el desarrollo de la personalidad y que su sentido último depende de un balance muy delicado, básicamente de la manera en que es recibido por los objetos externos. Si, por ejemplo, la madre acepta muy rápidamente el alivio del peso de la dependencia que le ofrece el interés del niño por el objeto transi­cional, es probable que dé lugar a la formación de una fuerte organización narci­sista, que implica un uso esencialmente perverso del objeto transicional como juguete fetichista.

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